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ROMA AETERNA





















[Acuñaciones monetales con reverso ROMA RENASCENS -RIC 28, de época de Galba- y ROMA AETERNA -RIC 174, de época de Claudio Tácito, ya en el siglo III d. C.-, denario y áureo respectivamente, muy acordes, en el texto de la leyenda, con el contenido de este post]

"¿Qué nos queda de Roma?" Ese fue el título bajo el que una exbecaria del proyecto de la Fundación Uncastillo en Los Bañales -más que eso, diríamos, una prometedora estudiante de Historia que, seguro, pronto será colega- nos invitó a participar en la serie de encuentros "Saber y Sabor" que, a lo largo del año, organizan, en Madrid, los Cruzados de Santa María, en esta ocasión en la Residencia Universitaria Santa María, en la zona universitaria de Madrid, en Moncloa. En esos encuentros, y desde una muy conveniente óptica iluminada por el humanismo cristiano -que tanto ha tenido que ver en la forja de la cultura occidental y de la institución universitaria y que es, evidentemente, una realidad de raíces antropológicas y filosóficas clásicas- se discuten y debaten, en un marco extraordinariamente grato y familiar, cuestiones de actualidad. Cuando recibimos la invitación, además de aceptar, vinieron a nuestra cabeza algunos de los habituales recursos pedagógicos que empleamos en las aulas y, también, la necesidad de aprovechar la ocasión para ordenar algunas ideas que girasen en torno a, por un lado, el papel de Roma como hábil constructora -en el sentido amplio del término que incluye el de Roma casi como "laboratorio" de las sociedades contemporáneas, como ya reclamara Edward Gibbon (1737-1794)- de la civilización occidental y, también, de qué modo en la Historia de Roma podemos -como señalaran, por ejemplo, el gran Géza Alföldy (1935-2011) o, antes Sir Ronald Syme (1903-1909), éste último especialmente a propósito del tránsito de la República al Principado- encontrar luz para comprender -y si es posible, solucionar- algunas de las situaciones de la crisis -sin duda económica pero también moral e identitaria- por la que pasa nuestra sociedad y que, lógicamente, tanto nos turba [*]. Somos conscientes de que la empresa es absolutamente inabarcable y que merecería un volumen amplísimo pero, al menos, queremos compartir aquí algunas reflexiones que, además, fueron el hilo conductor de la cena-coloquio antes citada.

Póngamonos en situación con un "guiño" cinematográfico tomado de El Club de los Emperadores (Michael Hoffmann, 2002), una película inexcusable que reivindica la validez "moral" de la formación clásica y con cuya escena inicial (puedes verla aquí, ¡fabulosa!) resulta extraordinariamente sugerente -siempre que nos es posible- abrir nuestras clases de Historia Antigua/Mundo Clásico en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra. En ese recomendabilísimo film -además de la escena antes enlazada- hay una secuencia en la que un político -precisamente un político, el más digno oficio para Roma, hoy tan denostado-, el senador Hiram Bell (Harris Yulin), mantiene una algo caótica conversación sobre la validez de la Historia de Roma en la formación de la juventud con el profesor William Hundert (Kevin Kline) docente de Civilizaciones de la Antigüedad en un elitista colegio americano al que asiste el hijo del primero, Sedewich Bell (Emile Hisrch), eje de la trama argumental de la cinta. La conversación, de extraordinaria viveza y con un gran acierto en la caracterización de los personajes -casi en la "caricaturización" de los personajes, podría decirse-, tiene una actualidad extraordinaria y viene, desde luego, a nuestra mente cada vez que alguien cuestiona el peso del legado de Roma en nuestra civilización y, más aun, el papel -y la utilidad- de la Historia de Roma en la formación de la juventud a todos los niveles. Veámosla:
Difícilmente se puede explicar mejor. Seguramente, todos coincidiríamos en señalar que la reflexión -veremos más abajo que, especialmente, la acción- política y democrática constituye una de las principales aportaciones de Roma -y de Grecia- a la cultura occidental [2], pero, ¿es eso todo? , ¿qué más hemos recibido del mundo clásico? ¿qué nos queda de Roma?; centrándonos en Roma, ¿qué más aspectos podríamos destacar cómo claves en esa herencia, en ese "legado" de Roma a nuestro tiempo? He aquí -a continuación- una lista -en realidad, una selección pues acometer una lista así adquiere per se tintes de osadía- de, al menos cinco grandes ámbitos en los que nos parece que el influjo de Roma en nuestro tiempo es absolutamente insustituible y, además, éste trasciende de lo que consideraríamos, sencillamente, una pervivencia cultural como la que puede verse en el arte y en la literatura donde, efectivamente, ésta se ha hecho, sucesivamente en el tiempo, más evidente, asunto que obviaremos aquí.

[1] La Historia como modelo cultural y de acción. Suele atribuirse al mundo griego, y en particular a Tucídides de Atenas, la invención de la Historia. Y es cierto. Sin embargo, Roma -y como se verá más abajo, hay abundante bibliografía al respecto- fue, probablemente, la primera civilización de la Antigüedad capaz de convertir los acontecimientos del pasado no sólo en algo que debería ser rememorado para no caer en el olvido o para depurar responsabilidades políticas -como se propusieron en su día el propio Tucídides o Heródoto- sino en el único saber capaz de preparar, de verdad, a la juventud, para la acción política. Seguramente uno de los más grandes historiadores de Roma, Polibio, de origen griego, lo dejó nítidamente claro cuando afirmó que "del aprendizaje de la Historia resulta la preparación para la actividad política" y, aun más, que sólo ella "puede ayudar [al hombre] a soportar con entereza los cambios de fortuna" (Polyb. 1, 1). Ninguna civilización como Roma supo construir -con carácter encomiástico pero con rigor documental, analístico y de fuentes- la Historia de un glorioso pasado e, incluso, ninguna otra nos ha ofrecido tantos ejemplos de cómo gestionar los acontecimientos especialmente en materia política. Vendrán a la mente de todos acontecimientos concretos de la Historia de Roma -y el propio Marco Aurelio (Marc. Aur. Med. 7, 1: un tratado muy recomendable, completo: pincha aquí) así lo escribiría recomendando "tener siempre presente lo que has visto muchas veces pues no hay nada nuevo bajo el sol"- y aciertos y errores en su gestión si pensamos en lo necesario que es equilibrar el poder entre los distintos agentes políticos y sociales (algo que estuvo detrás de los cambios y reajustes constitucionales -constantes- de la República Romana), las ventajas de cuidar al tiempo la dimensión política y la esencia íntima y moral de la persona (que, tal vez, Roma descuidó y que, fue, sin duda, una de las razones de la profunda transformación de su esencia con la llegada del Cristianismo), lo conveniente que es aceptar la diferencia como elemento de construcción social y de estímulo identitario (algo que dio sentido y base a la praxis imperialista y a la vez integradora de Roma en provincias), el esfuerzo en emplear la cultura como elemento de homogeneización y de desarrollo social y político (la tan manida "Romanización") o lo necesario que es saber explotar desde una óptica propagandística los logros públicos y particulares (el lenguaje epigráfico como medio de comunicación es, sin duda, muestra de ello: pincha aquí para un trabajo nuestro no hace mucho incorporado a nuestro perfil en Academia), enseñanzas todas que hoy valoramos a partir de problemas a los que Roma se enfrentó y resolvió con mayor o menor acierto en cada caso. Si hay, pues, una Historia "pedagógica", como decía Polibio, ésa es la Historia de Roma y de su estudio y contemplación sólo pueden venir cosas buenas (ya, por ejemplo, Valerio Máximo, en época de Tiberio, se esforzó por recoger ejemplos históricos, de Roma y de otros pueblos, sobre valores como las opera pietatis -entre ellas la piedad con la patria: Val. Max. 5, 4-6-, la liberalitas -"generosidad": Val. Max. 4, 8- la siempre conveniente uenerabilis fides -"lealtad pública": Val. Max. 6, 6-, o la gloria -el "ansia de gloria": Val. Max. 8, 14, de lectura más que recomendable). Más aun, la propia Roma entendió, desde los momentos inmediatos a su expansión mediterránea, que su expansión territorial sólo podía legitimarse y despertar admiración si soportaba el juicio -moral, por supuesto- sobre cómo fue -cómo se ejerció- su gobierno del mundo (Polyb. 3, 6).

[2] La práctica política y la acción democrática. Hace algo más de un año se convirtió en un auténtico best-seller y mereció la atención incluso de la prensa política española -que lo empleó como 'arma arrojadiza' ante la actual crisis de identidad de la vida pública- un sencillo -y muy recomendable- opúsculo articulado por un tal Philipp Freeman -un entusiasta y prolífico profesor del Luther College de Iowa- y titulado How to run a country: an ancient guide for modern leaders (Princeton, 2013) -desde aquí puedes leer la introducción y desde aquí acceder a su muy sugerente índice- que, en realidad, como rezaba su segundo subtítulo era una adaptación de diversos tratados ciceronianos sobre el arte de gobernar, sobre las virtudes que el buen gobernante debería atesorar y sobre los vicios de los que debería huir (deliciosos son, a este respecto, los consejos sobre el buen gobierno, propios del agathós basiléus, del "buen emperador", dados por Filóstrato en el siglo II d. C.: Philostr. VA. 5, 36 o los que, en un sentido muy parecido, ofrece el ya citado Marco Aurelio cuando -en Med. 1, 16- hace balance de lo que ha aprendido de sus antepasados). Efectivamente, aunque fueran los griegos los grandes teóricos de la doctrina política en el mundo antiguo, a Roma le cabe el mérito, indiscutible, de habernos aportado los mejores ejemplos -y, también, contraejemplos- del buen gobierno muy en la línea, sin duda, de lo dicho más arriba [1]. Es cierto que, en esencia, la constitución romana que tan bien conocemos gracias a Polibio (Polyb. 6, 12) era, fundamentalmente, una constitución aristocrática, sin embargo, al pueblo se reservaba la potestad de ser "árbitro de los honores" (démos kyrios timés) y "responsable de la cohesión de las dinastías" (kyrios en té politéiai), como dice el propio Polibio (Polyb. 6, 12) y, por tanto, las bases participativas de la moderna democracia pueden ya buscarse en la Res publica romana acaso, incluso, más que en la pólis de los Atenienses. Desde luego, como en todos los sistemas políticos, también Roma asistió a procesos en los que determinados políticos desarrollaron comportamientos nada honorables orientados a su propio beneficio (especialmente elocuente es, por ejemplo, el caso narrado en Cic. Verr.) y no al del pueblo, alejados por tanto de ese modelo idílico descrito por el historiador de Megalópolis. Pero, incluso en esos casos, no sólo los textos de los procesos judiciales a que tuvieron que enfrentarse sino, también, la legislación que, sistemáticamente, Roma fue emitiendo sobre algunos de esos delitos (la maiestas, las repetundae, el ambitus, relacionables con nuestras actuales prevaricación, malversación de fondos o soborno) -y que constituye uno de los repertorios jurídicos más completos de la Historia- nos aportan claves sobre el modo cómo se fueron combatiendo en Roma lacras como las antes citadas que, sin duda, resultan tristemente actuales, casi cotidianas. En medio de algunos episodios de descrédito, tampoco las opciones que hoy llamaríamos "populistas" acabaron bien sino que contribuyeron a la generación de división, violencia y desorden. Algunas noticias de las fuentes antiguas, como  el texto Liv. 2, 32 relativo a la secesión de los plebeyos (las manus de Roma) contra los patricios (el os, la "boca" de Roma, que vivía del alimento generado por los plebeyos) o las palabras de Tiberio Sempronio Graco (Plut. Ti. Gracch. 9, 4) sobre los ciudadanos romanos que "luchan y mueren por el enriquecimiento de otros" pueden servir como actualísimo ejemplo al respecto pero subrayan, también -y no debe olvidarse esto- de qué modo el equilibrio entre el control aristocrático de las instituciones y la voluntad popular (la uoluntas popularis tan exaltada en el Commentariolum petitionis de Q. Cicerón, otro de esos clásicos romanos intemporales) podía articular los cambios y las transformaciones manteniendo siempre, eso sí, las reglas del juego básicas de la tradicional constitución como el episodio del ascenso político de Augusto pone de manifiesto y como el mismo Polibio, de hecho, demandaba (Polyb., 6, 18).

[3] Los conceptos de identidad, ciudadanía y pertenencia. Con un proyecto, como escribió Polibio (Polyb. 3, 2, 6) de "dominar el universo", sin lugar a dudas, si en algo se ha reivindicado -no sólo en la actual Europa sino también desde el final del mundo romano- el mérito de Roma ha sido en su capacidad para crear una ficción jurídica -la de "ser Romano"- que, superpuesta a las patrias e identidades locales -que a Roma no le causó ningún rubor ni respetar ni, en ocasiones, incluso potenciar- generó un espacio común, una "oikumene" -como escribió Elio Aristídes en su imprescindible Elogio de Roma (Aristid. Orat. 26, 102)- en la que todos se sentían, igualmente, Romanos. Roma fue, como se ha subrayado no hace mucho en una publicación bien recomendable (pincha aquí) "generadora de identidades", tanto locales, como provinciales, tanto étnicas como "nacionales". Cuentan que Benjamin Disraeli, que fuera Primer Ministro del Reino Unido en el siglo XIX solía afirmar que su esposa -a la que calificaba, previamente, de inteligentísima- no distinguía jamás si los griegos eran anteriores en el tiempo, o no, a los romanos y estaba convencido de que esa dificultad descansaba, sin duda, en la capacidad de Roma para integrar la diferencia para, como se diría hoy, "gestionar la diversidad" y hacer que todos, en todas partes, se considerasen -como hicieron los propios griegos- Romaoi anteponiendo, incluso, la ciudad, Roma [5] al ámbito itálico, por ejemplo. Esa gestión de la diferencia es, sin duda, otro de los valores básicos que, desde luego, hemos aprendido de Roma (pincha aquí para leerlo en una entrevista a Isabel Rodà en La Vanguardia en Diciembre de 2009 o en esta otra, a quien escribe estas líneas, en Diario de Navarra, en Enero de 2010, aquí). Los textos no escatiman datos al respecto, y resulta paradigmático, por ejemplo, el discurso de Claudio en el Senado recogido por Tácito (Tac. Ann. 11, 23-24) jactándose de los additi prouincialium ualidissimi, es decir de haber sido capaz de incorporar a la gestión del Principado a "los mejores y más preparados de entre los provinciales". Tan importante fue este sentido de pertenencia creado por Roma que célebres ajusticiados por el Imperio no dudaron en hacer gala de su condición -recibida por nacimiento, no por compra- de ciudadanos de Roma, como nos consta hizo Pablo de Tarso (Act. Apost. 22, 27-29) en varios de sus procesos judiciales ante las autoridades del Imperio. No cabe duda que esta capacidad de integrar se cuenta como otro de los "haberes" de Roma -quizás de los más pedagógicos- no en vano sobre ella se cimentó la verdadera democratización que Roma generó en Occidente: el proceso de municipalización. Por encima del territorio, la pertenencia al mundo romano y a un proyecto común -tanto que la propia Roma medía su actitud imperialista como elemento civilizador (Polyb. 3, 4)- eran los patrones que Roma consideraba que mejor construían civilización y que eran, incluso, valorados al final por quienes se enfrentaban inicialmente a Roma y quedaban, después, bajo su órbita. El cristianismo tomará ese mismo modelo como referencia y así nos lo recuerda Tertuliano cuando afirma que "somos de ayer y ya llenamos el mundo" (Tert. Apolog. 37, 4) un mundo cuya escala era, naturalmente, romana.

[4] La globalización cultural (y, con ella, la difusión del cristianismo). Es frecuente, incluso desde ambientes más bien apologéticos, contraponer Roma y el Cristianismo y citar en el mensaje cristiano uno de los elementos 'dinamitadores' de la Romanitas. Nada más lejos de la realidad por más que, efectivamente, el Credo cristiano estuviera contra el culto imperial, uno de los elementos clave de la lealtad oficial sostenida durante los tiempos del Principado. Como se ha escrito en ocasiones, el cristianismo no fue la fuerza que causó el final del mundo romano o, al menos, esa transformación de Roma no la causó exclusivamente su conversión. La globalización cultural que Roma había creado y el modelo que, ya desde la literatura augústea, se había ido desarrollando oponiendo -en un perfecto juego con la idea de alteridad (pincha aquí para saber más)- por un lado, a los Romani, y, por otro, a los peregrini había funcionado y había servido, también, como guía de la incidencia del modelo de Romanización estableciéndose una especie de frontera cultural entre el mundo civilizado y el bárbaro siempre, en cualquier caso, con posibilidades de acercarse a la Romanidad. Pero es que, además, como se ha señalado en ocasiones, la religión romana tenía unas carencias -su carácter más pragmático y litúrgico que espiritual, su visión de la divinidad más panteísta que personal, su dependencia del pensamiento griego y su ausencia de normas morales- que el mensaje de Cristo vino a llenar empleando, además, como vehículo de propagación del Evangelio la esencia misma de la globalización cultural latina: las ciudades [3], el ejército y los patrones de la homogeneización económica y comercial impuesta por las armas de Roma. Además, cuando Roma se convirtió al credo de Jesús de Nazaret ese modelo siguió existiendo pero fue la conversión de los pueblos germánicos la que hizo -unida a una serie de cambios sociales y, también, a la completa devaluación del hecho de ser ciudadano a partir de la concesión de la ciudadanía romana en bloque a todos los hombres libres del Imperio por parte de Caracalla en el 212 d. C. (Cass. Dio 77, 9)- que esa diferencia cultural que había contrapuesto el orbis Romanus y el espacio Barbaricum no pudiera ya sostenerse más. A uno y otro lado del limes había población cristiana, Roma lo era oficialmente desde el 313 d. C. y los Germanos, en su mayor parte, también lo acabarían siendo. Como señaló, con muchísimo acierto, en la célebre Historia Social de Roma, Géza Alföldy, ahí radicó uno de los cambios fundamentales de la estructura ideológica y política de Roma. No hay globalización y sentido de pertenencia [3] si no hay alteridad, si no hay diversidad. La creación de un orbis Christianus, si se nos permite la expresión, fue la que cerró uno de los grandes episodios de la Historia pero, sencillamente, para abrir el de la administración de su legado (sabrosas son a este respecto las conclusiones del libro de Luis Suárez que se recoge en la bibliografía final de este post). Como suele decirse en broma, ya que nadie revocó administrativamente la concesión del derecho de ciudadanía establecida por Caracalla y al a que antes aludimos, todos seguimos siendo ciues Romani...

[5] Roma en sí misma. Aludiendo al incendio de la Roma de Nerón en Julio del año 64 d. C., Tácito, en los Annales (Ann. 15, 41) alude a los efectos de aquél afirmando que aquéllos fueron desoladores para los monumenta ingeniorum antiqua et incorrupta, es decir, para "los testimonios antiguos e intactos de tantos ingenios" en alusión a la pericia de sus creadores. Aunque Tácito parece referirse a la literatura griega perdida en los templos y las casas aristocráticas dañadas por la catástrofe, Roma sigue siendo, hoy -como lo ha sido durante toda la Historia- el mejor monumentum, la mejor memoria de la grandeza de Roma. Ya en la Antigüedad, el efecto que Roma debía ofrecer a sus visitantes la colocaba casi al nivel de las grandes ciudades míticas -y destruidas- del mundo antiguo como Troya o Cartago. Sus restos han inspirado movimientos artísticos, han sido testigos mudos de grandes acontecimientos históricos y siguen siendo una llamada de atención -como, en realidad, lo es siempre la cultura material del mundo clásico- al sentimiento universal -pero personal- de dejar poso y huella en este mundo (pincha aquí para un audio al respecto). El legado de la Vrbs y, por extensión, el de todas y cada una de las effigies paruae simulacraque Romae ("las pequeñas imágenes de Roma en miniatura", en las palabras con que Aulo Gelio define las ciudades provinciales: Aul. Gell. NA. 16, 3) a partir de las cuales -y como vía para la extensión de las ideas de ciudadanía [3] y de globalización cultural [4] antes citadas- se artículo el mundo romano -un Imperio, fundamentalmente, urbano- es un reclamo -qué mejor lugar para subrayarlo que este blog, consagrado, en principio al estudio de esos Oppida Imperii Romani- a la permanencia de Roma. De Roma también hemos recibido eso, un legado que es hoy una herencia patrimonial que hemos de ser capaces de gestionar y, por tanto, de conocer, amar y difundir y de la que, lógicamente, hemos de aprender (como se ha hecho a lo largo de la Historia del Arte tal como se explica en algunos de los títulos recomendados más abajo [*]). La imagen de estas ciudades del Imperio -como la de la propia Roma- es, también, una invitación a redescubrir, precisamente, lo que Roma -desde una óptica material pero de alto contenido espiritual- nos ha legado como potencia cultural y política sabeedores, además, de que, también en esto, como dice el adagio evangélico, nihil enim est occultum quod non scietur (Mat. 10, 26). Por eso, la investigación arqueológica en Arqueología de Roma -y se ha dicho reiteradas veces en este blog: pincha aquí- debe ser, fundamentalmente, una investigación histórica orientada a descubrir de qué modo -como escribió Vitrubio (Vitr. De Arch. 1, 2)- la maiestas Imperii -la "majestuosidad del Imperio"- tuvo su fundamento en el "testimonio de sus edificios públicos" (publicorum aedificiorum auctoritates egregias). Convertir la Arqueología de Roma y de las Provincias en otra cosa sería -ya lo hemos dicho en otras ocasiones- prostituirla en aras de un cientifismo y una parcelación metodológica y disciplinar poco menos que absurda.

En fin, quod tu es ego fui quod nunc sum et tu eris, reza un epitafio romano de la Umbria (CIL XI, 6243 de Fanum Fortunae): "lo que tú eres (ahora) yo (ya) lo fui; lo que ahora soy, tú lo serás". Con esas palabras se dirige el propio difunto al viandante, invocado también en la inscripción. Esa reflexión nos sirve para cerrar estas líneas pues es un adagio aplicable, desde luego, a personas, pero también a civilizaciones, a culturas, a sociedades, a economías. No debemos olvidar que, dado el carácter cíclico de la Historia, grandes civilizaciones, grandes empresas políticas, ideológicas y espirituales, como lo fue la propia Roma -y como lo es nuestra actual civilización e, incluso, el modelo social y económico generado a partir de ella en los últimos dos siglos- pasarán, sencillamente, a disgregarse o, al menos, a integrarse en nuevos modelos que conserven parte de su esencia pero transformen otra parte de ella. ¿Cómo fue posible que eso sucediera -el propio Edward Gibbon veíamos, más arriba, que se lo preguntaba ya en el siglo XVIII y en 2012 Géza Alföldy, en la Nueva Historia Social de Roma (Sevilla, 2012) volvía sobre el tema- en una potencia que, probablemente, contó con el mejor ejército de los tiempos antiguos y con uno de los mejores sistemas culturales y de vertebración territorial, jurídica y administrativa que haya conocido la Historia Universal? Reflexionar sobre ello -a partir de los ejemplos concretos que, como vimos, Roma nos ofrece a través de sus más de diez siglos de Historia (que se dice pronto)- puede darnos algunas pistas máxime cuando Roma fue una potencia experta en preservar su Historia [1] y en articularla como repertorio de exempla para la acción cotidiana [1].

Puede resultar simplista decirlo: Roma hizo bien muchas cosas -las indicadas más arriba y muchas otras- pero, sin embargo, también la fueron debilitando una serie de vicios (la auaritia, la libido, la iracundia, la ambitio..., tal como las describía Ambrosio de Milán) totalmente destructivos que los autores cristianos de la tardoantigüedad se dedicaron a recordar cierto que, a veces, no sin exageración (Ambr. Ev. Luc. 10, 10 y 11) pero que, también -y con una gran validez contemporánea, sin duda- fueron recordados por autores del último paganismo como Amiano Marcelino que en el capítulo sexto del libro decimocuarto de sus Res Gestae (Amm. Marc. 14, 6) hace un diagnóstico de los males y vilezas de Roma que parece encajar perfectamente como diagnóstico de la sociedad contemporánea. Estas vilezas están en la mente de todos los lectores de Oppida Imperii Romani: la ambición desmedida, la conversión de la riqueza y del dominio en el único criterio moral, la ausencia de espiritualidad en un aparato religioso -como vimos [4]- totalmente mitológico y pragmático, la corrupción, la absolutización del poder, la vejación -en muchos ámbitos- de la dignidad de la persona humana e, incluso, la reducción de ésta a un simple objeto de intercambio o a un engranaje mecanicista o, por último, el predominio de la atomización frente a la unidad -que, sobre todo, caracterizó lo acaecido en tierras del Imperio a partir de la crisis del modelo municipal- son algunos de esos "males" que aquejaron a Roma -algunos incluso de modo estructural pues se revelaron sucesivamente y Roma fue haciendo frente a ellos a lo largo del tiempo- y que pudieron estar detrás de la desmembración de su Imperio cuyos valores más positivos, sin embargo, se asumieron como propios por las civilizaciones posteriores -al menos hasta el año 1000- y forman -gracias a ello- una parte fundamental de nuestra sociedad occidental. Urge que las generaciones actuales manejemos ese legado con rigor y hagamos fructificar lo mejor de la contribución de esa civilización que tanto nos fascina. ¡Ojalá podamos¡ ¡ojalá sepamos! Nos hará falta, no hay que olvidarlo, como dejó escrito Amiano Marcelino (Amm. Marc. 14, 6, 3), un poco de suerte (Fortuna) pero, por supuesto, también virtud (uirtus) pues, sin ella -como era creencia romana- la suerte suele servir de poco.

[*] Nota bibliográfica y documental (...para saber más): Para no convertir este post en un artículo de carácter científico ni colmarlo de citas bibliográficas ni de alusiones a las fuentes antiguas, se remite, para algunos de los textos clásicos citados -al margen de que sean enlazados a su versión original en griego o en latín, si es que ésta existe en red- que pueden alimentar la discusión y la reflexión -y que, de hecho, la alimentaron en el coloquio que justifica estas líneas- a la presentación que, alojada en nuestro perfil en SlideShare (pincha aquí) sirvió como base para la discusión que siguió a la cena-coloquio del pasado 7 de Febrero de 2015, presentación que figura bajo estas líneas, cerrándolas. Sobre el valor educativo del mundo antiguo ya nos ocupamos hace algún tiempo, en 2006, al dictar la lección magistral de apertura del curso académico 2006-2007 en la UNED de Tudela (ANDREU, J.: La Historia, magistra uitae: una reivindicación de su utilidad desde la óptica de la Antigüedad Clásica, Tudela, 2006) y, también, más recientemente, en 2013, cuando fuimos invitados a pronunciar la conferencia inaugural del curso académico de Bachillerato en el Colegio Montearagón, en Zaragoza, reflexiones aquéllas que fueron recogidas en otro post de este blog (pincha aquí). Una sencillamente excelente panorámica -muy sagaz- sobre ese legado de Roma -con anotaciones muy clásicas y otras más "sugerentes"- puede verse en JENKYNS, R.: "The Legacy of Rome", en The Legacy of Rome. A New Appraisal, Oxford, 1992, pp. 1-35, sencillamente el mejor complemento a la lectura de este post. También resultan útiles, especialmente para la asimilación y "recepción" de Roma en los tiempos medievales los trabajos de BOLGAR, R. R.: "Introduction: a way ahead", en Classical Influences on European Culture (AD 500-1500), Cambridge, 1971, pp. 1-25 y el de WICKHAM, CH.: "El peso del Imperio", en El legado de Roma. Una historia de Europa de 400 a 1000, Barcelona, 2007, pp. 57-89 ambos actualizados con el soberbio ROWLAND, I.: "Roma Aeterna", en ERDKAMP, P. (ed.): The Cambridge Companion to Ancient Rome, Cambridge, 2013, pp. 558-574. Sugerente, para el punto [4] resulta la reflexión final de SUÁREZ, L.: La conversión de Roma, Madrid, 1987, pp. 207-209 y gran parte de los trabajos -y el mismo Prefacio (pp. IX-X)- recogidos en CANDAU, J. Mª., GASCÓ, F., y RAMÍREZ DE VERGER, A. (eds.): La conversión de Roma. Paganismo y Cristianismo, Madrid, 1990.

Material base de la cena-coloquio "¿Qué nos queda de Roma?" (Madrid, 7 de Febrero de 2015), con los principales textos a partir de los cuales se vertebró el debate y que, también -en parte- están implícitos en el contenido de este post


DE CONTROVERSIA VASCONIAE


[Fotografía de la ciudad romana, de nombre aun no confirmado, de Santa Criz de Eslava, un enclave romano extraordinario de la Navarra Media -ver aquí reciente reportaje de Diario de Navarra- que corresponde a alguna de las antiguas ciudades de los Vascones. La foto es de Luis del Rey, de la Guía Arqueológica de la Península Ibérica que mereció nuestra atención ya en otro post de este blog]

Hace ya algunos años, en los últimos ochenta, Juan José Sayas publicaba un 'programático' artículo titulado "De historiae Vasconiae rebus controversis" (la referencia completa aquí) en el que repasaba algunas cuestiones todavía controvertidas sobre los Vascones de las fuentes antiguas un pueblo al que, como sabrá el asiduo de Oppida Imperii Romani, venimos prestando atención al menos desde que tuvimos el privilegio de coordinar el volumen Navarra en la Antigüedad. Propuesta de Actualización (Gobierno de Navarra, Pamplona, 2006) y de ocuparnos, para él, de la reducción de las ciuitates supuestamente vasconas citadas por las fuentes (pincha aquí) un tema que, como podrá comprobar quien descargue el artículo, aun tiene muchas cuestiones abiertas si bien, obviamente, no es el fundamental de este pueblo de la Antigüedad. Pero, lo cierto es que, desde ese momento, el año 2006 -pero también 1987, la fecha del trabajo de Juan José Sayas- la bibliografía sobre Vascones se ha multiplicado notablemente (un cierto balance hacíamos no hace mucho en el post Scripta Vasconica, de este mismo blog) y, también, la presencia de algunas de las ciuitates del denominado "territorio vascón" en Oppida Imperii Romani (Andelo, Cara, Pompelo, Santa Criz, Campo Real, Los Bañales...) se ha ido incrementando de manera continuada. Ese incremento bibliográfico -con un volumen publicado en la Serie Instrumenta de la Universitat de Barcelona en 2009 (pincha aquí) y con el reciente Entre Vascones y Romanos. Sobre las tierras de Navarra en la Antigüedad, Pamplona, 2013- ha permitido que, cada vez, estén más claras -al menos para la communis opinio, otra cosa es que haya gente que siga aferrada a viejas teorías que, a veces, aun siguen desfilando por publicaciones más o menos contrastadas, especialmente en la red- algunas cuestiones 'esenciales' -y remarcamos el término- respecto de ese grupo de población al que Roma, por razones que desconocemos pero que bien tuvieron que ver con su deseo -y necesidad- de controlar el territorio, bautizó como Vascones (confesamos que nos sentimos totalmente herederos de la visión que respecto de éstos expone WULFF, F.: "Los Vascones como paradigma", en ROLDÁN, J. M., y WULFF, F.: Citerior y Vlterior. Las provincias de Hispania en la era republicana, Madrid, 2001, pp. 407-416, imprescindibles).

Por eso, cuando el pasado mes de Diciembre, nuestra compañera en el Departamento de Historia, Historia del Arte y Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra y a la sazón directora de la Cátedra de Lengua y Cultura Vasca de la Universidad de Navarra, María del Mar Larraza, nos invitó a -como hiciera el pasado año, entonces, todavía profesando nosotros en la Universidad Nacional de Educación a Distancia- dictar una charla de carácter general sobre los Vascones de las fuentes antiguas (a la del año pasado puedes acceder desde aquí) pensamos que era una buena ocasión para remarcar esas certezas que, desde luego, modifican mucho la visión tradicional que se ha ido forjando -tras decenios de investigación- sobre los antiguos habitantes del entorno de Navarra, y subrayamos, también, lo del 'entorno' por razones que más abajo se aducirán y que conoce ya el lector más o menos versado en la cuestión vascónica.

Esas certezas que, a la vez, son, a nuestro juicio, características definitorias de la etnia en cuestión son (y algunas, de hecho, están bien tratadas en un simpático opúsculo editado por el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra hace algunos años: MÚGICA, M.: Los Vascones, Pamplona, 2007):

[1] Si entendemos por etnia -como la define la Real Academia de la Lengua- un grupo cohesionado, con identidad de sí mismo, ancestro, cultura e historia comunes y definido, por tanto, en función de una serie de afinidades, los Vascones, desde luego, no lo fueron o, al menos, no lo fueron estrictamente. Probablemente la consideración de aquéllos como tales obedece más a una observación externa, por parte de Roma, y a un sentido utilitario de control territorial que a uno identitario que, en cualquier caso, exigiría que Roma percibiera algún elemento distintivo en la comunidad a la que definió como Vascones. Mientras de otros colectivos indígenas hispanos sí se conservan, por ejemplo -como ha subrayado recientemente M. Navarro en un trabajo publicado en CABALLOS, A. (dir.): Roma generadora de identidades. La experiencia hispana, Madrid, 2011, pp. 107-140- menciones de procedencia en la onomástica (Celtiber, Calaicus, Cantaber...) no existen éstas para los Vascones un término que, además de en las fuentes literarias, sólo aparece atestiguado epigráficamente en documentos de carácter oficial, el más célebre la recientemente redescubierta inscripción del censo de C. Mocconius Verus (CIL VI, 1643: pincha aquí para los últimos datos sobre la pieza y de su paradero, en el Museo del Louvre de París).

[2] Desde un punto de vista territorial, entre la República y el Principado, no hay un territorio que pueda ser considerado -al margen de como recurso metodológico- como propio de los Vascones antiguos. Los datos de Estrabón, Livio y Plinio apenas coinciden en señalar la vinculación de aquéllos con el Pirineo, su relación con la ciuitas de Pompelo y de Oiasso y con un espacio más llano en el entorno de Calagurris, el ager Vasconum (esto se ha subrayado con acierto por E. Cantón en un imprescindible trabajo en Veleia, 22, 2005, pp. 129-143) y con otro más bien boscoso, del entorno de Oiasso, el saltus Vasconum, acaso un distrito minero (Arkeolan, 15, 2008, imprescindible). Los datos onomásticos, toponímicos y de la teonimia indican, sin embargo, que la población claramente vascónica -si por tal entendemos la que hablaba vasco antiguo- se concentraría, sin embargo, entre la Navarra Media Oriental y las actuales Cinco Villas de Aragón (y no en la Comunidad Autónoma Vasca, no en vano hacia ese actual territorio los testimonios disponibles remiten más bien a una lengua de raigambre céltica, como han demostrado, entre otros J. Velaza o F. Beltrán Lloris, por ejemplo en VELAZA, J.: "El vasco antiguo y sus vecinos según la epigrafía", en IGARTUA, I. (ed.): Euskara eta inguruko hizkuntzak historian zehar, Vitoria, 2012, pp. 75-84). En ningún momento puede sostenerse, por tanto, una expasión vascona, como se pensó en los años ochenta, y menos a costa de pueblos de su entorno, sencillamente, los Vascones o, mejor dicho, población 'vascónica' aparecía dispersa y repartida por un territorio, desde luego, en lo geográfico, nada homogéneo.

[3] Si el territorio no parece un elemento unitario y la lengua vasco-aquitana apenas está atestiguada epigráficamente -y en fecha ya tardía, como se ha visto en las referencias anteriores o como ha repetido constantemente J. Gorrochategui: Veleia, 24-25, 2007-2008, pp. 1185-1201, por ejemplo- en un sector muy concreto del espacio que se atribuye a los Vascones -fundamentalmente, insistimos, colocando en el mapa las póleis que le atribuye Ptolomeo- no parece que el vasco fuera la lengua mayoritaria -ni desde luego, fue la lengua de la elite- en el espacio vascónico. Muy verosímilmente, ese elemento -una lengua que no era ni ibérica ni indoeuropea- pudo llamar la atención de Roma que debió otorgar el apelativo de Vascones a la población de un territorio que era, efectivamente, un trifinium cultural de celtas, íberos y, claro, vasco-aquitanos. La diversidad pudo ser, por tanto -a espera de un marcador arqueológico que permita caracterizar una cultura material, prerromana, común y distinta a la de los celtíberos, por ejemplo- la nota dominante de este grupo étnico de la Antigüedad Peninsular. Algunas ciudades claramente vascónicas -por su ubicación en relación al registro epigráfico del entorno y, por tanto, al medio lingüístico y por su propio topónimo- como pudo serlo Segia (Ejea de los Caballeros, Zaragoza) evidencian, a través del Bronce de Áscoli (CIL I, 709) una composición poblacional étnicamente heterogénea.

[4] En ningún momento -salvo tras el final de Roma y justo coincidiendo con el momento en que la desaparición de la globalización cultural de Roma motivó el resurgir de viejas identidades, que casi no se ha detenido hasta nuestros días- los Vascones consta que actuaron como grupo, en bloque, desde una perspectiva política. No puede, pues, afirmarse, ni que fueran hostiles a Roma en las guerras de conquista -lo que no parece, dado que no hay noticias al respecto, como suele haberlas en las fuentes para otros pueblos belicosos- ni que se alineasen en favor de Sertorio o de Pompeyo en las guerras civiles de la década de los setenta del siglo I a. C. La documentación epigráfica que atestigua, desde la época republicana romana, el modo de funcionamiento de la administración al modo romano, pone bien de manifiesto que, en realidad, fue siempre la ciudad, y no la etnia, la que articuló las relaciones Roma-indígenas o las relaciones de los indígenas entre sí. Debió haber, sin duda, ciudades que tomaron partido por Sertorio -como Calagurris (véase el trabajo de J. L. Ramírez Sádaba en Gerión, 3, 1985, pp. 232-245- pero la existencia de un foedus (ver aquí, con discusión y fuentes) suscrito por los Tarracenses -y el propio episodio de la fundación de Pompelo, pese a su carácter ambivalente- permiten pensar que también habría otros centros colaboracionistas con la causa senatorial dentro de lo que venimos considerando el "territorio vascón". Más diversidad, por tanto, como no podía ser de otro modo.

[5] Desde una postura historiográfica, ¡y también política!, cualquiera de las opciones que han recurrido -nunca mejor dicho- a los Vascones para justificar planteamientos de carácter territorial -bien nacionalista español bien nacionalista vasco bien autonomista navarro- merecen nuestro respeto una vez que se han amparado en el análisis de la documentación antigua por más que éste, ocasionalmente, haya sido un análisis superficial o torticero. Sin embargo, el lector comprenderá que con lo dicho hasta aquí, no puede de ningún modo sostenerse que los Vascones sean un elemento que tenga algo que ver con la población antigua de las provincias de la Comunidad Autónoma Vasca aunque tampoco que sean, estrictamente -aunque esta afirmación puede tener más fundamento histórico o, cuando menos, documental- los antecesores de los actuales "Navarros". Sencillamente, se trata de un pueblo -definido por su diversidad- que, muy probablemente, por el nombre que Roma le dio, ha despertado la atracción de pensadores y politólogos a veces sin demasiada documentación o, cuando menos, sin demasiada reflexión. En cualquier caso, esos usos y abusos de esta etnia histórica son siempre sugerentes y hacen, siempre, 'grandes', los tiempos antiguos (nosotros mismos nos ocupamos del asunto en un trabajo publicado en la Revista de Historiografía, 8-1, 2008, pp. 41-54, con abundante bibliografía), ¡y hay mucho por hacer, aun, en este sentido!

Pues bien, esto, y no otra cosa, son los Vascones, a partir de ahí el resto de elementos -su conexión pirenaica, el concepto de los mismos en la tardoantigüedad, la reducción de sus ciudades, sus elementos definitorios materiales, etcétera- pueden aun discutirse y, seguro, se irán aportando nuevas luces en años venideros. En un reciente trabajo -en los Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra- en el que nos ocupábamos, precisamente, de esa imagen social -o, más bien, pedagógica- de los Vascones (pincha aquí) hacíamos una reflexión del esfuerzo de transferencia que, empleando, además, las potencialidades de la web 2.0, debíamos hacer docentes e investigadores para difundir a la sociedad los resultados de nuestra investigación. La charla que inspira este post, impartida en un foro universitario, pretendía hacer síntesis, y balance de esas cuestiones que, en su mayor parte, como se ha visto, se apoyan en investigaciones propias y, también, en geniales ideas de otros colegas. Si compartir aquí la presentación y el audio de la intervención -que puedes obtener más abajo- sirve para dar un paso más en pro de esa difusión, el esfuerzo, de nuevo, habrá valido la pena.

¡Esperamos que así sea!

Audio íntegro de la conferencia "¿Quiénes eran los Vascones?: una resupuesta -y muchos interrogantes- desde las fuentes antiguas? (Pamplona, 23 de Enero de 2015)



Diapositivas de la conferencia "¿Quiénes eran los Vascones?: una resupuesta -y muchos interrogantes- desde las fuentes antiguas? (Pamplona, 23 de Enero de 2015)


TESTIS TEMPORVM (M. A. N.)

















[Sobre estas líneas, segunda parte del primer corredor de la Sala dedicada a Hispania Romana en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y patio central con la mayor parte de la colección epigráfica y escultórica de dicha sección. Si quieres conocer, en un rápido pero ilustrativo vistazo, el aspecto de la nueva exposición permanente del Museo Arqueológico Nacional, debes ver este vídeo, compuesto por Antonio Malalana Ureña, del blog DOC Malalana y profesor de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, ciertamente envidiable]

En el mes en que se escribe este post, se ha inaugurado el nuevo Museo Arqueológico Nacional, en Madrid. Fundado por Isabel II en 1867 es, con diferencia, la institución clave para entender la Arqueología Española y, por tanto, una visita obligada para cualquier lector de Oppida Imperii Romani, para cualquier amante del mundo clásico. Y más desde el pasado 1 de Abril, en que se ha inaugurado la reforma que lo ha mantenido cerrado al público durante estos últimos seis años (pincha aquí para conocer, con audios y vídeos complementarios, los detalles de la reforma y los nuevos retos a los que, en adelante, se enfrenta el centro) y, especialmente, además, durante estas próximas semanas en que dicha institución estará "de puertas abiertas" permanentes -durante prácticamente todo el mes en curso- para recibir, gratuitamente, a todo el que quiera acercarse a conocerlo.

Quien escribe estas líneas no es, ni mucho menos, un experto en museografía ni en gestión del patrimonio -aunque hayamos puesto en marcha algún proyecto ciertamente innovador al respecto (pincha aquí) y tengamos nuestra propia concepción, nuestro propio "modelo" de lo que debe ser el trabajo de gestión del patrimonio arqueológico (pincha aquí)- pero nos parecía que un espacio como éste tenía, de algún modo, que recomendar visitar este espacio dado su tremendo carácter formativo en el marco, además, de su reciente reapertura. De momento, y como "aperitivo" de otras razones más científicas y, quizás, algo eruditas -la mayoría relacionadas con la presencia de la Epigrafía Latina en el Museo Arqueológico Nacional- van aquí algunas razones intrínsecas al propio Museo y que pueden aducirse como razones (marcadas en rojo, unas y otras) para visitarlo cuanto antes, válidas -esperamos- para profanos pero también para versados en el mundo antiguo:

[1] Lógicamente -y casi por sentido común- acercarse al Museo Arqueológico Nacional, al llamado ya "neomuseo", es un auténtico must para el estudioso y aficionado al mundo antiguo y también para el interesado en la Arqueología, una disciplina que, además, se reivindica a sí misma en el vestíbulo de entrada a las salas de exposición con una entretenidísima -¡para pasarse horas!- proyección de vídeos (¡uno de ellos sobre Los Bañales, éste, emitido por Aragón TV hace ya varios veranos!) y de imágenes que repasan desde grandes personajes de la investigación en Prehistoria y Arqueología a paradigmas revolucionarios en su tiempo y que crearon escuela familiarizando de ese modo al profano, también, con conceptos clave para entender una ciencia, la arqueológica, en completa renovación (el título de la sala "La Arqueología, una ciencia para conocernos" es, desde luego, totalmente programático: pocos modos hay de definir mejor a esta rama del saber). Y la primera razón que convierte en obligatoria la visita al Museo Arqueológico Nacional -quizás la de mayor peso, sin duda- es nítida para todos: el prestigio de la propia institución, y, esencialmente, su carácter de "símbolo" y de "sumario" de la Arqueología Peninsular. Pasear por sus salas es, en definitiva, recorrer la Historia -y la Prehistoria, claro está- de la Península Ibérica a través de los restos de la cultura material con que aquélla ha sido -y es, pues la interpretación de muchos sigue estando abierta tras tantos años desde su descubrimiento- escrita, es, en definitiva, "tocar" las fuentes con que se escribe la Historia de nuestro país.

[2] Para Museografía, evidentemente, hay gustos pero está claro que la tendencia actual -en la era de la imagen y de la sociedad de la información- debe transformar los museos -y así se está haciendo, de hecho- de lo que fueron cuando se crearon como institución -casi cenáculos a modo de almacén y exhibición más o menos organizada de objetos antiguos, muchas veces cuántos más y más espectaculares mejor, no sin cierto aire "anticuarista" (nótese la semántica que, al respecto, existe todavía en muchas lenguas europeas: Cabinet des Antiquités, Antikensammlung...)- a lo que deben ser: espacios de "socialización" de la ciencia y de la investigación, de reencuentro del hombre del presente con las formas de vida de las sociedades del pasado y, por tanto, de revisión de su propia identidad cultural. Es por eso que -para quienes conocimos la versión antigua de este singular Museo- resulta reseñable anotar la decidida apuesta pedagógica y por la interactividad que ha hecho el Museo Arqueológico Nacional en esta nueva fase de su historia, entrado ya el siglo XXI. Esta apuesta es especialmente nítida, por ejemplo, en las salas de Prehistoria en las que algunas piezas -como, por ejemplo, los ilustres enterramientos de El Argar- han sido presentadas no en una fría vitrina sino en el marco de recreaciones muy trabajadas que reproducen los ámbitos domésticos en que deben entenderse, y contextualizarse, estos enterramientos. En ese sentido todo el innovador grafismo de los paneles explicativos del Museo -especialmente de los que aparecen ambientando algunas, todo el vitrinas y de modo muy especial en las salas de Prehistoria- amén de la decidida apuesta por los vídeos y por la "tangibilidad" de los materiales -pensada, es cierto, para los invidentes, pero, en cualquier caso, aprovechable y deliciosa para cualquiera- constituyen aciertos evidentes que consiguen el propósito de implicar al visitante más curioso y, también, de llamar la atención del más desinteresado facilitando, al tiempo, la inteligibilidad de las sociedades del pasado, algo que, en esencia, debe presidir la labor de todo arqueólogo y de todo historiador de la Antigüedad.

[3] En último lugar, a nuestro juicio, hay un tercer acierto que no debe considerarse menor en el marco de la reforma acometida aunque podrá resultar algo más opinable que los otros dos: el carácter, generalmente diáfano, de la exposición. Efectivamente, las salas del Museo Arqueológico Nacional -especialmente con el aprovechamiento de los patios centrales- están lo suficientemente completas como para -excepto en las de Egipto, por ejemplo, demasiado abigarradas a nuestro juicio- no resultar recargadas y son lo suficientemente amplias como para favorecer el movimiento de los visitantes. A ese respecto, por ejemplo, el patio central de las salas de Roma -con la espectacular colección de retratística y de escultura que fija la atención del visitante y que constituye uno de los puntos de máximo interés de la colección- ofrece unas condiciones de luz absolutamente extraordinarias que -todo hay que decirlo- también deberían disfrutar, a nuestro juicio, algunas de las estancias que circundan ese espacio y en las que se exhiben, fundamentalmente, algunas colecciones epigráficas de carácter temático -fundamentalmente la epigrafía sobre bronce y la funeraria, reservándose la de carácter público, bien de obras públicas, bien votiva, para el espacio central- y objetos de cerámica, bronce y vidrio de los ajuares domésticos.

Pero, al margen de estas razones, como epigrafista -o, al menos, como asiduo investigador sobre fuentes epigráficas- que soy, sin embargo, creo que la mirada de Oppida Imperii Romani al Museo Arqueológico Nacional debe hacerse desde esa óptica y aunque, efectivamente, hay muchos otros atractivos arqueológicos en la exposición permanente del Museo (esta selección que hizo en estos días el digital 20 Minutos, puede ser una guía válida de algunas recomendaciones además de las que incluye la sección de catálogo de la remodelada web del propio MAN), creo que las inscripciones que aquél exhibe se encuentran, sin duda, entre los atractivos que justifican la atención de quien se acerque a Madrid a visitarlo, entre otras cosas porque, además, muy pronto -y este post sirve también como pretexto para anunciarlo con gozo- gran parte de ese material epigráfico del Museo Arqueológico Nacional estará disponible online gracias al trabajo de nuestro colega -y amigo- Manuel Ramírez Sánchez, autor del blog E-Pigraphia, y que últimamente, gracias a la FECYT, anda embarcado en un proyecto de digitalización de un buen repertorio de inscripciones latinas del MAN cuyo resultado, además, se volcará, para uso educativo, en red, a través del proyecto Epigraphia 3D cuya web debes visitar y añadir, desde ya, a tus favoritos. Para "acompañarte" en esa visita o facilitar que puedas prepararla hemos creado, en la aun joven galería de Oppida Imperii Romani en Flickr, el álbum, "La Epigrafía Latina en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid". Nos parece que una paseo por las inscripciones recogidas en la Sala 16 -de ellas hemos seleccionado diez-, consagrada a la Hispania Romana, debe, pues, detenerse en, cuando menos, las siguientes singularidades que son, también -y por eso seguimos marcándolos en rojo- reclamos indudables en la exposición permanente de este espectacular espacio.

[I] Sin lugar a dudas, sólo el acercamiento que las salas del Museo Arqueológico Nacional hacen al visitante respecto de la epigrafía sobre bronce -el soporte tradicional de la documentación oficial en época romana, como se ha subrayado en algunos trabajos recientes (pincha aquí, con extensa bibliografía)- justifica un detenido paseo por su fondo de Epigrafía Latina. De hecho, apenas el visitante ingresa en la citada Sala, un amplio corredor muestra, sobre las paredes y a la altura de la vista -como, de hecho, sabemos que exigía la propia legislación municipal romana- algunas piezas emblemáticas de un conjunto que ha constituido, como tantas veces se ha escrito, la verdadera "fuente del Derecho", y de un repertorio en el que, además, la aportación de la documentación hispana ha resultado fundamental (creemos que esa aportación se valora muy bien en un capítulo de nuestro Fundamentos de Epigrafía Latina pero, también, en un monográfico, poco conocido de la revista Mainake, 23, 2001). Así, el visitante que se acerque al MAN puede contemplar, entre otros, y casi sobre la misma pared, varias tablas de la lex Vrsonensis (CIL II2/5, 1022 y AE 2006, 645 -con foto en el álbum de Flickr: aquí-), la lex Salpensana (CIL II, 1963), el famoso decreto de Italica (CIL II, 6278) sobre los juegos gladiatorios -muy de actualidad en tanto que documenta la "contención del gasto" en este tipo de espectáculos-, y, en varias vitrinas, los extraordinarios documentos relacionados con las instituciones romanas del hospitium y del patronatus o con los iusiuranda o juramentos cívicos procedentes de Conobaria (CILA 2, 990), Clunia (CIL II, 5792) o Lacilbula (CIL II, 1343), entre otros (para un repaso a algunas de las piezas que, de esta categoría, conservamos en las Hispanias, puedes ver este enlace de Hispania Epigraphica OnLine al criterio de búsqueda "Law/legal text"; para un tradicional trabajo sobre las dos primeras instituciones, pincha aquí y accede, a través de Academia.edu, a la reciente propuesta de BELTRÁN LLORIS, F. y de PINA, F.: "Clientela y patronos en Hispania", en Actes 1er Congrés Internacional d'Arqueologia i Món Antic. Govern i Societat a la Hispània Romana. Novetats Epigraphiques. Homenatge a Géza Alföldy, Tarragona, 2013, pp. 51-62, un libro, por cierto, recomendabilísimo).

[II] Un altísimo porcentaje -casi por encima del 90%- del registro epigráfico que conservamos de las sociedades clásicas es el funerario. Las inscripciones funerarias, los tituli sepulcrales, bien analizados, ofrecen abundante información sobre aspectos demográficos, cliométricos, ideológicos, espirituales, onomásticos, económicos o sociales, de la sociedad romana. Y, precisamente, el repertorio de inscripciones funerarias que se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional supone un buen "muestrario" en este sentido a propósito, además, de las provincias hispanas -cierto que las ciudades que están representadas son unas pocas con un alto protagonismo de Augusta Emerita-. Colocadas, la mayor parte de ellas, en la trasera del gran patio que alberga la mayor parte de la estatuaria y la epigrafía de la colección -y del que ofrecemos una foto coronando este post- el repertorio de epitafios latinos exhibidos en el Museo incluye desde hitos de delimitación -de indicatio pedaturae (sobre el tema resulta utilísimo el trabajo de D. Vaquerizo y S. Sánchez en Archivo Español de Arqueología, 81, 2008, 101-131)- del tamaño de los sepulcros, como CIL II, 5919 de Salaria (con foto aquí), hasta un amplio muestrario de los distintos tipos de soporte de las inscripciones funerarias: altares como CIL II, 496 de Augusta Emerita (con foto aquí), sencillas estelas como CIL II2/5, 669 de Iliberris u otras, de sabor más vernáculo y con retrato funerario como EE VIII-2, 155 de Lara de los Infantes (con foto aquí), la cupa ILMadrid 21 procedente de Complutum, la sensacional placa en mármol con retrato funerario EE VIII-2, 30, de Augusta Emerita (con foto aquí) y, en la última sala sobre mundo romano, hermosos epitafios cristianos como CIL II2/5, 334 de Igabrum (con foto aquí) o ILCV 1409 de Augusta Emerita, o la lauda sepulcral de Vrsinus, sobre mosaico, procedente de Gracchurris (ERRioja 2).

[III] Pero, lógicamente, la documentación epigráfica latina, la cultura epigráfica de los romanos no se acabó con las inscripciones funerarias o con los decretos oficiales y, por eso, el Museo Arqueológico Nacional, constituye una buena plataforma desde la que, a partir de su colección epigráfica, de su "lapidario", familiarizarse con otros tipos de inscripciones igualmente característicos del hábito epigráfico romano. Un primer conjunto, en este sentido, lo constituirían las inscripciones votivas, la mayor parte de ellas presentadas -como se dijo más arriba- en el patio central, justo frente a la colección de retratística. En nuestro álbum anejo en Flickr hemos seleccionado dos (AE 1899, 108 de Augusta Emerita y CIL II, 3410 de Carthago Noua, con fotos aquí y aquí respectivamente) pero la colección incluye otras, hermosísimas que, además, han generado notable bibliografía al respecto, especialmente, relacionada con las actividades del culto imperial. Nos referimos, por ejemplo, al hermoso altar dedicado a la Venus Victrix por el médico L. Cordius Symphorus (CIL II, 2470 de Augusta Emerita) -sobre este colectivo médico en época romana puedes consultar este trabajo de Mª Á. Alonso en Veleia, 28, 2011, 83-107- y, en especial, colocado frente a él, al pedestal de un pequeño busto dorado -hoy perdido- del emperador Tito promovido por la prouincia Lusitania (CIL II, 5264) y al que quien escribe estas líneas tiene un especial cariño por razones que se descubren echando un vistazo a nuestro historial académico. Esas piezas, pese a su carácter votivo, comparten con las que les rodean una cierta dimensión pública en tanto que tuvieron que ver con ceremonias abiertas de carácter cultual. Por eso, en dicho contexto encaja extraordinariamente bien una impresionante inscripción -con foto en nuestro álbum de Flickr, aquí- alusiva al acto munificente edilicio de un notable de Carthago Noua, L. Aemilius Rectus (CIL II, 3423) (para la cuestión del evergetismo y de cómo los notables locales sostenían el desarrollo económico y urbanístico de las ciudades para las que trabajaban, véase la ingente producción, al respecto, de E. Melchor Gil). Pero, quizás, entre todas las inscripciones que pueden verse en el MAN, hay dos con un sabor especial, de esas que cuando uno culmina la visita al Museo, le producen la sensación de haber visto casi dos unica en el mundo romano, nos referimos a los mosaicos con textos relativos a la escena que representan que se pueden ver en el ala derecha del gran patio y sobre los que nos hemos detenido en nuestro álbum (pincha aquí) y, en particular, a la conmovedora carta que, en el contexto de los materiales relacionados con las explotaciones fundiarias romanas -entre los que se encuentran algunos de los más hermosos mosaicos hispanorromanos- se deja ver al final de la Sala que ha centrado nuestra atención: (AE 1899, 107 de Villafranca de los Barros, con foto aquí).

En definitiva, hay muchas maneras de acercarse al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Aquí, hemos querido aportar tres razones desde la óptica museográfica (véase [1], [2] y [3] más arriba) y un bloque de otras tres (ver [I], [II] y [III]) desde la óptica epigráfica. Confiamos en que el post resulte útil para aproximarse a un auténtico testis temporum que, además, está tan directamente relacionado con nuestra Historia y, por tanto, también, con nuestro presente. Inexcusable.

TITVLI AD RES ROMANAS PERTINENTES



[Portada de RUIZ TRAPERO, Mª D.: Inscripciones Romanas de la Comunidad Autónoma de Madrid (siglos I-VI), Madrid, 2001 (en adelante ILMadrid), disponible para descarga desde aquí, gracias a la red Archport, de la Universidade de Coimbra, y cuyo contenido puede servir de excusa para conocer cómo debe ser tratada, sometida a crítica y empleada como fuente histórica una inscripción latina, una inscripción ad res romana pertinens: "que guarda relación con el mundo romano"]

Hace algunos meses que los posts de contenido exclusivamente epigráfico se acumulan en este blog. La razón es eminentemente pedagógica -un prisma que está presente desde los inicios en Oppida Imperii Romani- y, por eso, en anteriores entregas hemos atendido a recomendaciones de material audiovisual y en red sobre Epigrafía Latina (pincha aquí), a vídeos sobre el proceso material de las inscripciones romanas (pincha aquí) -asunto sobre el que pronto volveremos, además, con un material muy especial- o a listas de corpora y repertorios epigráficos varios de consulta recomendable para el estudioso de la Antigüedad Clásica y, desde luego, para el estudiante de Ciencias de la Antigüedad (pincha aquí). Esta sucesión de posts "epigráficos" -que nos ha llevado a incorporar al blog una nueva etiqueta: Epigraphica- tiene continuidad en este en el que ofrecemos para descarga en red un útil y conocido repertorio epigráfico hispano referente a las inscripciones de la actual Comunidad de Madrid -editado en 2001 bajo la autoría de Mª Ruiz Trapero, durante muchos años docente de Epigrafía Latina en la Universidad Complutense de Madrid-, libro que, desde hace no mucho tiempo, está disponible en red. El objetivo, además de complementar la serie de Digitalia Scripta de nuestro blog, es el de reflexionar sobre lo importante que es, en materia de investigación, tratar adecuadamente tres aspectos al estudiar -siquiera con carácter tangencial- una inscripción latina: el soporte [I], el texto [II], y el contexto [III], tres conceptos de los que ya hablamos en un volumen de temática epigráfica que, nos consta, ha alcanzado una notable difusión en las bibliotecas especializadas (pincha aquí) y que, también, está a disposición del usuario de la red (pincha aquí) gracias a la prestigiosa editorial Liceus E-Excellence y tres conceptos que, nos consta, les resulta difícil aprehender a muchos de nuestros estudiantes pero que, sin embargo, están en la base de la dedicación a las inscripciones romanas.

[I] Soporte. Durante muchos años, la investigación histórica respecto de las fuentes epigráficas se detuvo en las inscripciones, sencillamente por su valor textual, como si el "continente" de aquéllas estuviera por encima del "contenido", de la información de los textos o, incluso, de los propios textos. La estrecha relación entre Filología Latina y Epigrafía o entre Lingüística y Epigrafía fue, en parte, responsable de esta "miope" aproximación a las inscripciones romanas. A partir de los años ochenta, sin embargo, con el auge de la elaboración de repertorios y corpora epigráficos de carácter regional, determinados autores -en España fue, por ejemplo, pionero J. Bonneville, en una obra, Epigraphie Hispanique: problèmes de méthode et d`édition (París, 1984), que alcanzó extraordinaria difusión y revolucionó los estudios epigráficos (pincha aquí para una valoración de la misma en la revista Faventia)- empezaron a llamar la atención de que que no era igual valorar un texto epigráfico que estuviera grabado sobre un dintel monumental de carácter arquitectónico, sobre un altar de carácter votivo o sobre una estela de uso funerario y que, además, consignar la descripción adecuada de ese soporte, resultaba fundamental en cualquier modelo de edición epigráfica. Así, el lector curioso constatará como, en las fichas de cada una de las inscripciones recogidas en el ILMadrid, la primera atención -el primer o el segundo párrafo- se consagra a describir las circunstancias relativas al soporte, tanto a su tipología (para familiarizarse con ésta suelen resultar útiles las páginas que, en los corpora epigráficos regionales, se dedican a analizar los soportes atestiguados en el área objeto de estudio, ver por ejemplo, pp. 29-31 -y, en cierta medida, también pp. 15-29- del ILMadrid que justifica este post o pp. 821-827 del volumen segundo del IRCP de José d'Encarnaçao que, como comentamos hace varios posts, está ya disponible online) como a las circunstancias concretas que acompañaron al hallazgo y a la indicación de las que rodearon a la "autopsia", al estudio detenido -y de primera mano-, de la inscripción por el autor responsable de editarla (a este respecto, y como se recomendará más abajo, siempre puede resultar útil echar un vistazo a publicaciones de temática epigráfica -especialmente a las que abordan la presentación de nuevas inscripciones- que salpican las revistas de nuestra especialidad; así, y por no abandonar el entorno "madrileño", puede seguirse muy bien el modelo de tratamiento de esa parte relativa al "soporte" -y en general del modelo de ficha de edición- en trabajos como éste de STYLOW, A. U., "Dos cupas Complutenses", Archivo Español de Arqueología, 79, 2006, pp. 283-286 o éste de GÓMEZ-PANTOJA, J., y RUBIO, Mª J.: "Las cupae Complutenses", en ANDREU, J. (ed.): Las cupae hispanas: origen, difusión, uso, tipología, Uncastillo, 2012, pp. 175-196 que, además, tratan inscripciones comunes -ambas de Complutum, precisamente, no hace mucho protagonista de este blog- lo que es muy útil para verificar cómo se transmite, entre autores, el texto y las características de una inscripción: así, las dos piezas presentadas por el trabajo de A. U. Stylow son las nºs 3 y 8 del catálogo del volumen que tuvimos la fortuna de editar hace un par de años, sobre las cupae). En este apartado, además, es fundamental dedicar unas líneas a presentar los rasgos paleográficos de la inscripción: ¿con qué tipo de letra está compuesta?, ¿qué dimensiones tienen los caracteres? ¿hay signos de interpunción separándolos?, etcétera (para estas cuestiones paleográficas puede ser útil consultar el enlace sobre capitales cuadradas y otros enlaces, en él sugeridos, de la Wikipedia). Ser, además, extraordinariamente minuciosos en la descripción de estas piezas -especialmente si se encuentran en un estado o contexto de conservación no muy apropiado- puede hacer de nuestro trabajo una fuente historiográfica de gran validez en el futuro, no en vano es sabida la gran cantidad de inscripciones que -hoy perdidas- se conocen sus textos o sus características formales y materiales gracias a la tradición manuscrita (sobre ésta, es inexcusable ABASCAL, J. M., y CEBRIÁN, R.: Manuscritos sobre Antigüedades, Madrid, 2006, en el marco de la rehabilitación que, sobre este tema, ha protagonizado la Real Academia de la Historia) o a las primeras publicaciones de noticias epigráficas protagonizada por numerosos eruditos de los siglos XVIII y XIX (a este respecto es muy útil la sección Inscripciones Romanas (España y Portugal) de la Biblioteca Cervantes Virtual, regentada por el Dr. D. J. M. Abascal, uno de los grandes epigrafistas de nuestro tiempo). 

[II] Texto. Una vez que, ante una inscripción determinada, nos hemos detenido -con exhaustividad y siempre pasando de lo más general (tipo de soporte) a lo más particular (estado de conservación, aparato decorativo, dimensiones, paleografía)- respecto del soporte epigráfico, la atención de todo epigrafista debe centrarse en el texto en lo que la inscripción dice y, también, en cómo lo dice, fenómeno éste que ha dado lugar al muy manido concepto de la auto-representación, recurrente en trabajos recientes, sobre todo a partir del legado de G. Alföldy (sobre él, y algunos de esos trabajos, pincha aquí). Sin embargo, y aunque esto pudiera parecer lo más fácil -al menos si la inscripción está en buen estado de conservación- se convierte en lo más complejo si aquélla ha sido objeto de atención por una amplia serie de investigadores previos. La labor de edición epigráfica (a ella dedicamos un capítulo específico del Fundamentos de Epigrafía Latina [Madrid, 2009] al que aludimos más arriba y, también aportamos algunos rudimentos, en un viejo post de Oppida Imperii Romani) se contagia, entonces, del método filológico y es necesario -inmediatamente después de la presentación del texto, sobre la que luego hablaremos- citar de manera sucesiva y de más antigua a más moderna, todas las obras que se ocuparon de la pieza en cuestión. El modo de hacerlo es sencillo, esos autores se colocan ordenados, siempre, del más antiguo (el que dio a conocer la inscripción por primera vez: la editio princeps) al más moderno y, es, además, recomendable que, cuando un autor -o un repertorio epigráfico del tipo del Corpus Inscriptionum Latinarum, L'Anné Epigraphique o Hispania Epigraphica- se ha limitado, simplemente, a recoger la lectura dada por otro, la referencia a éste se coloque entre paréntesis inmediatamente después del anterior, del que ha sido fuente del segundo (para el modo cómo se abrevian este tipo de publicaciones o, en general, como punto de partida para tener una lista de corpora epigráficos, puede accederse al que ofrece la última revista citada, por ejemplo, a partir de la p. 413, del nº 18, correspondiente a 2012). Antes de todo ese "aparato crítico" -que, a veces, puede acompañarse de las variantes de lectura aportadas por cada autor y que, como vemos en el ILMadrid, puede colocarse, también, al final de la ficha, tras los comentarios alusivos al "contexto" [III]- es necesario haber ofrecido el texto y, para ello, es necesario conocer algo de Epigrafía Latina (para familiarizarse con la tipología de los textos epigráficos y su singular lenguaje formular, existen en red, en varios portales de descarga de libros, versiones en PDF del clásico manual de KEPPIE, L: Understanding Roman Inscriptions, Baltimore, 1991, además de algunos que ya fueron recomendados en un post anterior de esta serie y que se convierte, aquí, en inexcusable: pincha aquí) pero, también, familiarizarse, antes, con los signos diacríticos que, de carácter universal, indican si una letra se conserva completa o dañada y deducida por el contexto, si hay una laguna, si hay un error, si el texto es el que vemos en la pieza o lo estamos desarrollando, etcétera (desde aquí puedes descargar un repertorio válido de esos signos). Estos hacen que, ante la edición de un determinado texto, cualquier epigrafista entienda de modo unívoco lo que sobre el soporte está escrito.

[III] Contexto. La Epigrafía es, como tantas veces se ha dicho, una disciplina histórica, una ciencia al servicio de la Historia, por eso, contextualizar una inscripción es, sencillamente, extraer de ella toda la información histórica con que nos obsequia y ésta, normalmente, va orientada en tres ámbitos, sin que sean exclusivos: el cronológico -cuándo se hizo la inscripción-, el onomástico -quién la hizo, para quién la hizo, con quién la hizo- y el histórico-sociológico -a qué contexto social pertenece el monumento o qué motivaciones hay tras su erección-. Por eso, tras la presentación del texto y del aparato crítico, hay que comentar los aspectos que se desprendan de los nombres citados en la inscripción -si, además, aparecen cargos públicos puede realizarse un cierto ensayo prosopográfico (sobre este método véase un tradicional trabajo: CABALLOS, A.: "La técnica prosopográfica en la Historia Antigua ante la pérdida de Sir Ronald Syme", Veleia, 7, 1990, pp. 189-207)-, lo que resulte de la valoración cronológica del documento -las fórmulas empleadas en el texto, el tipo de soporte y, por supuesto, también el contexto arqueológico, si lo hay, puede resultar útil- y la información histórica, social y económica que de él se pueda extraer (por ejemplo, estudios como el de SILLIÈRES, P., MAGALLÓN, Mª Á., y NAVARRO, M.: "El municipium Labitolosanum y sus notables novedades arqueológicas y epigráficas", Archivo Español de Arqueología, 68, 1995, pp. 107-130 puede resultar un buen modelo de estudio de conjunto de un repertorio de inscripciones hallado, extraordinariamente, in situ, en la ciudad romana de Labitolosa, en La Puebla de Castro, Huesca, y ahora otra vez de actualidad por la instalación en el lugar de réplicas de las inscripciones originales, ahora conservadas en el Museo de Huesca de igual modo que -para un ejemplo de estudio prosopográfico y onomástico- ofrecemos un viejo trabajo nuestro: ANDREU, J., y CURULLA, Ó. y OTIÑA, P.: "Un nuevo documento sobre los Minicii de Tarraco", Butlletì Arqueològic, 28, 2006, pp. 199-206: se ofrece enlace al manuscrito al no disponer de separata digital). Lógicamente, ese apartado de "comentarios" a propósito de la inscripción será tanto más apropiado como mayor haya sido la documentación  previa por parte del estudioso encargado de analizar el documento, por eso, la "documentación" es fundamental como competencia de cualquier epigrafista, de cualquier historiador (muy útil resulta, respecto de la documentación sobre Epigrafía Latina, consultar los enlaces libres, disponibles en red, de la prestigiosa herramienta Guide de l'epigraphiste [París, 1989 y 2000] -pincha aquí- y que ofrecen enlaces en red, listas de repertorios epigráficos, etcétera...).

Tenemos que terminar aquí. Evidentemente, a hacer una buena ficha de una inscripción y a comentarla con rigor y criterio se aprende de dos modos: ensayando muchas veces y, también, con un adecuado benchmarking, aprendiendo de quienes se dedican a ello bien consultado repertorios epigráficos -especialmente los publicados a partir de la década de los noventa, quizás los que han practicado mejor el modelo de edición epigráfica más recomendable- bien escudriñando revistas especializadas para ver "modelos" de editiones principes de piezas, dos de esas revistas, por ejemplo, están en red como Ficheiro Epigráfico (Coimbra), o como Hispania Epigraphica -aunque, en realidad, ésta no publica inscripciones nuevas sino que revisa las ya publicadas, con el interés que ello tiene para algunas de las cuestiones que se han tratado en este post- aunque la lista es mucho más amplia (pincha aquí para un listado a partir del cuál organizar tus búsquedas). En cualquier caso, ofrecemos -como hacemos últimamente al final de este tipo de posts de Oppida Imperii Romani- enlace aquí a un modelo de ficha que replica la estructura que, precisamente, hemos comentado en estas líneas y que, seguro, os resultará de utilidad. ¡Al menos eso esperamos!