VERITATEM POSTERIS PRODERE



En la Conjuración de Catilina el historiador romano Salustio escribió que la Historia consistía en exempla maiorum posteris prodere (Cat. 4, 1), es decir, "facilitar a la posteridad los grandes ejemplos de nuestros antepasados para que fueran útiles". Esquivando los riesgos del presentismo que, para los historiadores, podrían derivarse del término exempla maiorum, nos parece que la expresión, aplicada a cualquier investigador de cualquier disciplina, podría parafrasearse en la que da título a esta entrada: ueritatem posteris prodere, "facilitar la verdad a la posteridad para obtener utilidad de ella" constituyendo ésta una buena definición de una de las tareas más apasionantes del quehacer universitario: la investigación.

En la Universidad de Navarra existen dos programas de formación para el profesorado, el primero, para el perfil más iunior, es el denominado Programa Docens que, normalmente, suelen cursarlo profesores jóvenes o que, pese a tener un perfil ya más senior, se incorporan -como fue nuestro caso en 2014- a trabajar en la Universidad sin haber estudiado o profesado con anterioridad en ella. El segundo, implantado, de hecho, muy recientemente, es el llamado Programa Semper Professor que, coordinado por el Instituto Core Curriculum, busca que los docentes de perfil más senior tengan ocasión de reflexionar, una vez al mes -también es esa la carga del Programa Docens- y en compañía de sus compañeros sobre los retos docentes, de formación, investigadores, de cultura corporativa y de gobierno de la profesión docente universitaria.

En el presente curso académico de 2025-2026, tuvimos el honor de ser invitados por el Coordinador del Programa, el profesor Rafael García Pérez, Catedrático de Historia del Derecho, a impartir una sesión titulada "La investigación y sus retos en la sociedad del conocimiento: liderazgo, formación y gestión de equipos de investigación" subtítulo que, en realidad, sugerimos nosotros. La sesión tuvo lugar en el mes de octubre de 2025, de hecho fue la que abrió el programa en su edición del actual curso académico. Ya entonces nos pareció que las reflexiones allí compartidas con cerca de una treintena de colegas, podrían alimentar una nueva entrada de Oppida Imperii Romani aunque no haya sido hasta ahora, pasados varios meses, que hayamos encontrado el momento para ordenar las ideas y las notas de lo expuesto aquel día y transmitirlas aquí en un texto lo más coherente posible como pretende ser éste. 

Todas esas reflexiones nacen, de hecho, de alguien que disfruta con la investigación y que, más allá del número de artículos o de contribuciones científicas publicadas o del considerable número de citas recibidas por parte de esas contribuciones (que, en el cómputo de las métricas de Dialnet, para el área de Historia Antigua, puede verse aquí) tiene en su escuela -con más de diez tesis de doctorado dirigidas, dos más que se defenderán en estos próximos meses y tres más en marcha cuando se escriben estas líneas- uno de sus grandes motivos de orgullo en parte porque, entendemos que esa escuela será, sin duda, nuestra particular trascendencia. Pero, a su vez, esas reflexiones nacen también de la percepción de que -en medio de una profesión, la de docente universitario, cada vez más compleja y orientada casi al multitasking- la investigación sólo se puede desarrollar si hay pasión -la cognitio affectiua, como la denominaba Santo Tomás de Aquino- si se ama lo que se hace; si hay interlocución con otros investigadores -la "perspectiva de la segunda persona", de la que hablaba Henri I. Marrou, de quien hablamos no hace mucho en el otro post de este blog-; y si aquélla se entiende desde una dimensión trascendente, de servicio, de huella y de impacto en la sociedad que recuerda al ktéma tucídideo del que, también, hablamos en Oppida Imperii Romani hace algunos años. La investigación y la generación de conocimiento a ella aparejada son, sin duda, una "adquisición para siempre" como lo era la Historia para el propio Tucídides.

 

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Es evidente que cualquier académico hoy -y también habrá de tenerlo presente quien se acerque al proceloso pero apasionante mundo de la generación de conocimiento desde la Universidad- tiene claro que ser profesor implica, claro está, una dedicación docente, pero, también, una dedicación investigadora, una dedicación a la transferencia y, por supuesto, una dedicación -necesaria, no siempre satisfactoria pero siempre meritoria- al gobierno, al servicio, a la gestión. De todas esas tareas está claro que una de las que, normalmente, más se resiente, es la investigadora. Seguramente porque nos faltan los tres elementos que, citando a Santo Tomás de Aquino, a Henri I. Marrou o a Tucídides, ya traíamos a colación unas líneas más arriba. Está claro que muchas veces a los académicos nos falta verdadera pasión por el conocimiento, nos falta diálogo e interacción con colegas y discípulos y, en definitiva, nos falta tiempo. 

Sabiendo que eso es así quizás nuestro foco para saber cuáles son los retos que afectan al docente en tanto que investigador en la Universidad española pueda estar en caracterizar de forma separada cómo debe ser [1] nuestra investigación; en segundo lugar [2] cómo debe ser la de nuestros equipos de trabajo; y, en tercer lugar [3] cómo debe ser la de nuestros estudiantes, la de nuestra "escuela" si se nos permite utilizar ese término tan clásico como profundo y cierto que, actualmente, algo proscrito en el proceloso y también revisionista mundo académico del siglo XXI. A ese respecto, nos atrevemos a aportar aquí algunas claves que podrían ayudar a centrar cómo debe ser nuestra investigación, la de la gente con la que colaboramos y la de la gente a la que formamos y que, a la postre, como se ha dicho, habrá de ser la que nos suceda en nuestros desvelos investigadores con el paso de los años.

[1.] Cuatro nos parece que deben ser las notas distintivas de la labor investigadora de cualquier docente universitario: pública, abierta, social, servicial y generosa. Pública porque tenemos la obligación de obtener fondos, en concurrencia competitiva, para desarrollarla y, si es posible, esos fondos deben venir de las convocatorias clásicas, nacionales o europeas, que financian este tipo de actividades y, en la medida de lo posible, del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Al final, con todas sus limitaciones y carencias, la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España, en el proceso de evaluación y de reconocimiento de los proyectos que se presentan cada año para cada ejercicio de tres o cuatro años, aporta un feedback necesario a nuestras ideas investigadoras y nos permite madurar de forma acompañada para crear grupos de trabajo que resulten competitivos y que se adecúen al perfil de las ideas que queremos poner en marcha tal como hemos visto, por experiencia, en nuestros proyectos del Plan Nacional sobre oppida labentia y, ahora, parua labentia de los que, como sabrá el lector asiduo, hemos ido aportando resultados en este blog. En segundo lugar, nuestra investigación debe ser abierta porque aunque las convocatorias públicas -también las de algunas fundaciones privadas- sean, sin duda, las más recurrentes, hemos de estar atentos para incorporar a nuestra investigación, como patrocinadores, tanto a empresas privadas que puedan sintonizar con los intereses de nuestra investigación como a micromecenas que consideren apropiado apoyarnos para la consecución de nuestros fines algo que, por ejemplo, en dos ocasiones, hemos puesto en marcha en Los Bañales con notable éxito, de hecho, en ambos casos y con una de las campañas, de hecho, abierta mientras se escriben estas líneas

Lógicamente hemos de ser conscientes de que, en este tipo de aportaciones, sin pasión, de la que hablábamos más arriba, no hay, nunca, implicación ni donación ni financiación venga ésta de donde venga. Acaso por ello, pero también como compromiso con el retorno público de los resultados de la misma, nos parece que nuestra investigación, tiene que ser, también, social lo que hoy es sinónimo de transparencia y, sobre todo, de transferencia estando abiertos a compartirla tanto en foros académicos especializados (publicaciones de impacto o congresos científicos) como en otros, sociales, más separados de la academia stricto sensu (conferencias, talleres, redes, blogs...). Decimos que debe ser servicial porque hemos de ser capaces no sólo de conseguir que nuestra tarea investigadora aporte algo a la sociedad y tengo un retorno, siquiera cultural, en el ecosistema inmediato sino que, además, hemos de intentar que nos ayude en nuestra actividad docente haciéndola, si es posible, más atractiva, más apasionada y, claro, más actualizada. Cuando un docente consigue conectar su magisterio con los intereses de su investigación, el valor de la actividad docente se multiplica de forma exponencial y eso, sin duda, resulta irresistiblemente atractivo y suscita vocaciones científicas. Por último, nuestra investigación, la de cualquier académico universitario, ha de ser generosa, huyendo del tan extendido como lamentable micro-mérito que lleva hoy a muchos colegas a realizar sólo la investigación que será valorada por las agencias de acreditación que garantizan el avance en nuestras carreras académicas (¿cuántos de nuestros colegas publican apenas un trabajo al año pensando exclusivamente en cubrir el expediente para poder optar a un sexenio de investigación?) abandonando cualquier tarea que no tenga esa rentabilidad evaluable y medible desde un punto de vista estrictamente curricular y renegando, por ejemplo, de las actividades de transferencia o de difusión, entre otras. Esa huida del micro-mérito no nos impedirá, sin embargo, y más en una carrera en constante evaluación como es la del profesor universitario actual, tratar de ser estratégicos para sacar el mayor partido a aquello que hagamos obteniendo de ello la mayor rentabilidad posible desde el punto de vista curricular (a este respecto, con datos, puede verse la reflexión de REPISO, R., y MONTERO, J., "Transformaciones y desafíos en la investigación universitaria en España: una mirada crítica a la evolución de los sexenios", Anuario ThinkEPI, 17, 2023).

[2.] Es evidente que un investigador no es, ni tampoco en la Universidad, una especie de llanero solitario. Trabajamos, y debemos trabajar, con personas y constituir equipos que, además, deben tener un primer rasgo, existir de hecho, ser existentes, reales, no ocasionales o artificiales. Es cierto que, como se ha diagnosticado abundantemente (se recomienda este post de Fernando Trujillo, "Sobre los grupos de investigación en la universidad española", de 2019), en muchas ocasiones resulta complicado hacer real este deseable y enriquecedor reto. Muchas veces, en la elaboración de las memorias de proyectos para presentar a las instituciones públicas cometemos el error de crear, ad casum, equipos de trabajo para dar sensación de transversalidad o de internacionalidad cuando esos equipos o están descompensados o, sencillamente, sabemos que van a ser difícilmente operativos por razones de intereses, dedicación, simpatía... Hemos, pues, de habituarnos a, en nuestra actividad investigadora, contar con colegas que aporten, y es ésa, precisamente, la segunda característica de la investigación de nuestros equipos, la pluralidad. Y es plural la investigación interdisciplinar que incorpora la mirada de otras materias y que, precisamente por eso, convierte a nuestra investigación en abierta, en dialogante. Lógicamente, esa apertura garantiza, al tiempo que exige, que la investigación de nuestros grupos sea estratégica pues sabemos lo valorado que, en la academia actual, está el diálogo transdisciplinar, un diálogo transdisciplinar que resulta incluso complicado, como hemos comentado aquí varias veces en la etiqueta "Disputationes" entre quienes profesamos en las diferentes Ciencias de la Antigüedad. Pero si existente, plural, abierta y estratégica ha de ser la investigación de nuestros equipos está claro que, también, ésta debe ser, sobre todo pensando en los miembros más noveles de los mismos, formativa. El team-learning se convierte, así, en una de las tareas más sugerentes de la actividad desplegada por un profesor universitario y en una de las mejores ocasiones que tenemos para poner a prueba nuestra capacidad formativa y, claro está, nuestra capacidad de aprendizaje que, al fin y a la postre, nos mantiene vivos como investigadores.


[3.] Como apuntábamos más arriba, también desde nuestra experiencia personal, quizás la dimensión más sugerente y gratificante de la dedicación investigadora de un profesor universitario es la que va relacionada con la formación de otros investigadores, con la creación de una escuela de discípulos como, tradicionalmente, se les ha denominado en el mundo académico. Respecto de este apartado creemos que se ha de poner el cuidado en cuatro cualidades: en primer lugar, que nuestra capacidad de suscitar vocaciones científicas entre nuestros estudiantes esté presidida por una clara proactividad. Una vez que las becas de investigación predoctorales, las conceda quien las conceda, son cada vez más exigentes y competitivas, identificar perfiles de estudiantes idóneos es algo que debe hacerse pronto para que, de ese modo, esos estudiantes puedan comprometerse con su excelencia académica que será, sin duda, la llave de entrada a su posterior dedicación doctoral (vendrá bien también en esto el oráculo de los clásicos que glosábamos hace algunos años en la entrada "Necessaria... inania", de este blog o las recomendaciones que, al respecto, da el libro LÓPEZ GUZMÁN, J., 23 claves para el éxito en la Universidad (personal y académico), Pamplona, 2021; para los docentes, resultará inspirador el clásico trabajo de BAIN, K., Lo que hacen los mejores profesores universitarios, Valencia, 2007). Eso sí, además de ser proactivos, con esos estudiantes hemos de ser siempre realistas para que entiendan que el conocimiento es atractivo per se y comprendan, también, que dedicar la vida a generar conocimiento, a transferir la verdad, como decíamos más arriba, ya vale la pena por sí mismo independientemente de que, luego, sus carreras investigadoras cristalicen -que si lo hacen lo harán con no poco esfuerzo por su parte y, seguro, con alguna necesaria dosis de fortuna- en un puesto docente o investigador en una universidad o centro de investigación. Es por ello que la investigación de nuestros estudiantes, de nuestra escuela, debe estar permanentemente mentorizada en el más genuino sentido del término. No se trata sólo de tutelar las tesis de nuestros alumnos, de nuestros discípulos, desde un plano estrictamente disciplinar. Eso ya no es suficiente. Como "maestros", hemos de esforzarnos por ponerles -a través de nuestra capacidad de relación, de nuestros contactos, de las oportunidades que les demos- en disposición de que crezcan y se desarrollen como historiadores y, claro, también como personas. Para ello hay una última nota que nos parece característica también en este punto, la implicación. Casi desde que son estudiantes de Grado hemos de ser capaces de, a esos perfiles que destaquen y que sientan interés por la actividad investigadora, hacerles partícipes de nuestros desvelos investigadores animándoles a entrar en proyectos de nuestra mano o a que en ellos asuman tareas acordes a su edad, a sus intereses y a sus competencias. Proactiva, intrínseca, mentorizada e implicada son, pues, las notas que definen el modo cómo debemos intentar mejorar nuestra capacidad formativa y la de nuestros equipos de investigación en los que, sí, de algún modo, hemos de implicar a nuestros estudiantes o, al menos, a aquellos que manifiesten interés por dedicar su vida a la investigación.


Terminamos con una cita de un recomendable trabajo sobre la actividad académica e intelectual (LORDA, J. L., La vida intelectual en la Universidad. Fundamentos, experiencias, libros, Pamplona, 2016, p. 44) que, acaso, puede hacer de colofón a estas reflexiones: "Los saberes humanísticos se transmiten indirecta y lentamente por la ósmosis de la lectura y el diálogo. Se puede fomentar esa transmisión, facilitando la relación entre los maestros vivos y sus discípulos, favoreciendo el diálogo interdisciplinar; y la relación con los grandes maestros del pasado, haciendo presentes sus libros y celebrando sus efemérides. También es importante difundir las tradiciones del trabajo intelectual. Pero poco más. Trabajar en equipo en Humanidades es hacer escuela, situar a los discípulos en el centro de la disciplina y en los nudos de las relaciones académicas, y enseñar generosamente los caminos de la vida intelectual". Está todo dicho. Quizás, llegados a este punto, compense derivar al lector a la entrada "Digesta Vetustas" que incluimos en Oppida Imperii Romani hace un par de años cuando fuimos invitados a disertar, en la Universidad de Salamanca, sobre los retos de ser historiador de la Antigüedad hoy en día. Seguro que allí el lector encontrará más tips, como ahora se dice, para orientar su reflexión.


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