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VBIQVE RESPVBLICA, VBIQVE VITA

 

[Detalle del mosaico descubierto en Artieda de Aragón en fotografía del equipo de investigación. Pueden verse más imágenes en el elenco facilitado por Gobierno de Aragón]

En los tradicionales y útiles balances de la actividad arqueológica estival que, para el territorio aragonés, se han publicado en las últimas semanas -por ejemplo éste de El Periódico de Aragón o éste otro de Heraldo- se ha colado con derecho propio como uno de los hallazgos más representativos del verano el descubrimiento de un hermoso mosaico bícromo en un enclave de cuya categoría urbana en época romana ya advertíamos en un post de hace algunos meses, categoría que se ha celebrado como novedosa, con razón en parte, en algunos medios digitales. Nos referimos al Forau de la Tuta de Artieda de Aragón, casi en el límite entre la Comarca de Cinco Villas y la de Jacetania aunque administrativamente ya en ésta última en tierras, en cualquier caso, prepirenaicas. Gobierno de Aragón se ha apresurado a liderar el protagonismo de la noticia y ha publicado en su órgano informativo digital incluso muy útiles declaraciones y valoraciones del hallazgo por parte del equipo investigador, capitaneado por la arqueóloga Paula Uribe, de la Universidad de Zaragoza, así como ha incluido también un buen elenco de fotografías de detalle del hermoso pavimento en opus tessellatum que, desde luego, constituye una buena recompensa al tesón demostrado, en torno a la puesta en marcha de este proyecto, por el Ayuntamiento de Artieda. Esta labor, de hecho, ha sido reconocida hace apenas unos días en un sensacional reportaje publicado en el digital de ABC

El sensacional equipo científico que se ha hecho cargo de la investigación en dicho enclave y que, además de a la propia Paula Uribe, incluye a José Ángel Asensio y a Lara Iñíguez, ha concluido que, efectivamente, nos encontramos ante un mosaico de servicio a un establecimiento termal -pues es frecuente este tipo de motivos decorativos en estancias termales, especialmente en los frigidaria (NIELSEN, I., Thermae et balnea. The architecture and cultural history of Roman public baths, Aarhus, 1993, pp. 153-162)- y que este hallazgo, unido a las infraestructuras de saneamiento que ya se conocían y a los restos del viario urbano que han sido localizados en los sondeos de este verano revela que nos encontramos ante un enclave de entidad urbana. Una nueva ciudad romana más que añadir a un territorio -el de las tierras prepirenaicas del Pirineo Central y del Occidental- de cuyo interés investigador hemos ido dando cuenta asiduamente en este blog. Se trata del mismo ámbito geográfico en que se ubican la ciudad de los Iluberitani plinianos, en Lumbier (Navarra), la de Campo Real/Fillera, en Sos del Rey Católico (Zaragoza), la de Santa Criz, en Eslava (Navarra), la de Cabezo Ladrero, en Sofuentes (Zaragoza) y la de Los Bañales, en Uncastillo (Zaragoza) que este año, como podrá juzgar el lector a través del sensacional vídeo que ha preparado Juanmi Cirez y que hemos difundido en nuestro canal de vídeos en YouTube también ha ofrecido interesantes hallazgos en el que fuera su barrio septentrional. Todas estas ciuitates se encuentran ubicadas en la parte septentrional del antiguo conuentus Caesaraugustanus y todas, de hecho, revisten ese sesgo de parua oppida que hemos sostenido, con datos concretos para algunas de ellas, en publicaciones bien recientes, a las que remitimos: pequeñas ciudades dotadas, tempranamente, de infraestructuras urbanísticas de primer nivel en un claro deseo de emular a la capital conventual y a las ciudades privilegiadas del entorno (Parua oppida. Imagen, patrones e ideología del despegue monumental de las ciudades en la Tarraconense hispana, Uncastillo, 2020, pp. 3-24 o Actualidad de la Investigación Arqueológica en España. I. 2018-2019, Madrid, 2020, pp. 505-522).

Es precisamente este punto en el que quisiéramos detenernos someramente en estas líneas. Varias son las aportaciones que el hallazgo de Artieda, a nuestro juicio, representa para la Arqueología hispanorromana. Una de las más felices significaciones del hallazgo que nos ocupa es que ha vuelto a recordar la peculiar erótica que los mosaicos tienen para los medios de comunicación y, también, para el público en general como los hallazgos de la pasada primavera en Peralta (Navarra) -en esta ocasión en un contexto rural, de uilla rustica- o las recientes rehabilitaciones de los de La Malena de Azuara, en Zaragoza, o de los de La Caridad de Caminreal, en Teruel, estos últimos domésticos y urbanos, han evidenciado en los últimos meses. La segunda, efectivamente, es la constatación del carácter urbano del lugar, asunto sobre el que nos entretuvimos, con otros argumentos en el post que, sobre el yacimiento de Artieda, compusimos la pasada primavera y al que hemos remitido más arriba. Y la tercera -y a nuestro juicio la más interesante- es que un mosaico como éste -en el que, en las fotografías que han trascendido, pueden verse varios erotes cabalgando y domesticando hipocampos, animales típicos de estos thiasoi relacionados con divinidades y geniecillos acuáticos y muy propios de establecimientos termales (ver sensacional galería con los de las termas de Neptuno de Ostia, en Italia, en Spine, 32, 3, 2007 y, para un catálogo hispano, en el trabajo de SAN NICOLÁS, P., Espacio, Tiempo y Forma. Serie 2. Historia Antigua, 17-18, 2005, pp. 301-334 con alusión a los hipocampos en pp. 315-316)- vuelve a subrayar los procesos de monumentalización más o menos comunes -y estimulados, seguramente, por la emulación- que vivieron las ciudades arribas citadas. Si ya en su día (SPAL. Prehistoria y Arqueología, 20.1, 2020) pusimos de relieve la similitud estructural y de planta de los criptopórticos de los foros de Santa Criz de Eslava y de Los Bañales de Uncastillo, ahora el hallazgo de Artieda pone en valor la constatación, hace ya varias décadas, de un hermoso mosaico marino, también en teselas blancas y negras de buen tamaño y también, verosímilmente, vinculado a termas, que estudiamos hace algunos años en Campo Real/Fillera y que, hace apenas un año, ha sido felizmente entregado por sus descubridores al Museo de Zaragoza (Roma y las provincias: modelo y difusión, Roma, 2011, pp. 45-55). El mosaico de Artieda no es, por tanto, un hallazgo aislado sino que, en un escrutinio no exhaustivo (para éste procederá consultar BLÁZQUEZ, J. Mª., y MEZQUÍRIZ, Mª Á., Mosaicos romanos de Navarra, Madrid, 1985, pp. 55-56, nºs 35-37 -con enumeración de paralelos hispanos- y FERNÁNDEZ GALIANO, D., Mosaicos romanos del convento Cesaraugustano, Zaragoza, 1987) debe ponerse en relación, al menos, de manera nítida, también -y además de con el vecino ejemplar de Fillera- con uno de Pompelo, hallado entre las calles Curia y Navarrería (FERNÁNDEZ GALIANO, D., Mosaicos romanos del convento Cesaraugustano, Zaragoza, 1987, pp. 121-122, nº 191, también incluido en los repertorios hace nada citados, y cuya imagen encabeza el post sobre Pompelo de este blog) y, también, con la evidencia de teselas blancas y negras atestiguada por A. Beltrán Martínez en sus excavaciones en las termas de Los Bañales como tuvimos la oportunidad de constatar hace algunos años en nuestros primeros trabajos de revisión del material arqueológico de sus históricas campañas de excavación (Caesaraugusta, 82, 2011, pp. 150, 154 y 158, con foto; el de Fillera aparece inventariado en FERNÁNDEZ GALIANO, D., Mosaicos romanos del convento jurídico Cesaraugustano, Zaragoza, 1987, p. 37, n1 52 que, sin embargo, no recoge las noticias sobre los de Los Bañales pero que sí inventaría, exhaustivamente y de forma completa, los ejemplares conocidos para entonces en Artieda de Aragón: pp. 29-34, nºs 18-16, uno de ellos, nº 19, precisamente del Forau de la Tuta: "un mosaico de tesela gruesa y colores blanco y negro que dibujaban una composición geométrica" pero que "fue destruido" si bien se anota que "en 1965 aún se descubrieron teselas sueltas y algún trozo del mismo, de proporciones reducidas"; muy útiles son los mapas que aporta este volumen para hacerse cargo de la difusión de este tipo de mosaicos). No debe, pues, olvidarse esto en una disciplina, la Arqueología, que debe ser esencialmente comparativa y que nos ofrece, siempre, un conocimiento en constante incremento. 

Está claro que algo llevó a estas pequeñas comunidades del somontano pirenaico a monumentalizarse siguiendo patrones más o menos comunes que se nos presentan hoy como destellos de ese proceso de auto-romanización (WOOLF, G., Becoming Roman. The origin of Roman provincial civilization in Gaul, Cambridge, 1998) que transformó para siempre la decus urbana de antiguos enclaves indígenas, ahora de perfil totalmente romano (los procesos en que ésta transformación se llevó a cabo y los principales agentes que la facilitaron fueron objeto de un trabajo nuestro presentado hace algunos años a la Semana Romana de Cascante y que inspiró un post anterior en Oppida Imperii Romani, al que remitimos) y que contribuyó a hacer real, también en su aspecto material, la afirmación de Tertuliano (De anima, 30, 3) ubique respublica, "por todas las partes (hay) ciudades-estado", afirmación que inspiró algunas interesantes reflexiones sobre la vida urbana en Occidente (ver, por ejemplo, LEPELLEY, C., en L'Afrique dans l'Occident Romain (Ier siècle av. J. C.-IV siècle ap. J. C.), Roma, 1990, pp. 403-421). El sensacional hallazgo de Artieda no hace sino poner en valor los otros testimonios arriba indicados, recordarnos la eficaz globalización a que Roma sometió a las pequeñas ciudades del interior en todo Occidente y, también, desde una óptica romántica, subraya lo mucho que queda por descubrir no sólo en el lugar donde este mosaico ha sido hallado sino en todas las otras ciuitates antes mencionadas y que tienen -también el territorio en su conjunto- un sensacional futuro investigador máxime dada su práctica total homogeneidad étnica prerromana una vez que pertenecieron al territorio, -acaso incluso neurálgico, a juzgar por los testimonios onomásticos- de los antiguos Vascones

No queremos, sin embargo, cerrar este post, con el que, definitivamente, tomamos el pulso a la serie de entradas de Oppida Imperii Romani en este nuevo curso académico en que esperamos alcanzar las 400.000 visitas, sin una reflexión relacionada con las políticas patrimoniales y que, en cualquier caso, no es nueva pues ya la volcamos profusamente en la visitadísima entrada "De patrimonio Aragonense" del pasado mes de octubre. que, parece, es replicable a la gestión patrimonial en otras Comunidades Autónomas como denunciaba este reciente artículo de Eldiario.es, de hace apenas unas semanas. Por regla general es constante en nuestro país -aunque hay excepciones- la escasez de recursos económicos que dedican las administraciones al patrimonio arqueológico. Por ello resulta ciertamente lamentable que cuando se producen hallazgos como éstos los gobiernos de turno traten de sacar partido del appeal que despiertan en la opinión publica bien afirmando que van a impulsar "las labores de protección, investigación y difusión del yacimiento romano del Forau de la Tuta" -cuando lo más que van hacer, según desvela la propia nota y matizó con acierto Heraldo de Aragón, es, en cumplimiento con su responsabilidad como órgano de tutela del patrimonio arqueológico, la declaración del lugar como BIC (asunto que ya ha sido criticado en la página web de AraInfo/Diario Libre d'Aragón)- bien siendo oportunistas y, a propósito de las inversiones en la protección de los mosaicos de La Malena de Azuara, se afirme (ver nota completa, de la que proceden los extractos, aquí) que "130.000 euros se han destinado a financiar más de veinte trabajos científicos sobre patrimonio cultural aragonés" y, a renglón seguido, y, a nuestro juicio de forma tendenciosa y aprovechando la consolidada imagen de marca del proyecto de Los Bañales, se hable de que "de esta manera, la Dirección General de Patrimonio cumple con su cometido de investigar, proteger y difundir el rico patrimonio de la Comunidad Autónoma. Destacan, entre otros elementos, los yacimientos de Los Bañales (...)" cuando la ciudad romana que estamos excavando en Uncastillo no recibe dinero, para investigación, de Gobierno de Aragón, desde el año 2011. Creemos que es de recibo pedir seriedad, transparencia y sinceridad a quienes gestionan unos fondos públicos que, todos, con nuestros impuestos, contribuimos a nutrir. También cuando la Arqueología nos depara, gracias al trabajo investigador de equipos solventes como el de Artieda, hallazgos como el que ha inspirado esta reflexión. 



ARTIEDA DE ARAGÓN (Zaragoza)


 

[Sobre estas líneas, capitel y columna romanas reutilizadas en la ermita de San Pedro de Artieda y una de las estructuras de opus caementicium visibles en el entorno]

La vía romana Caesar Augusta-Beneharnum, como, con el Itinerario de Antonino (It. Ant. 452, 6), la definieron Isaac Moreno, Juan José Bienes y Joaquín Lostal en 2009 (MORENO, I., Item a Caesarea Augusta Beneharnum. La carretera romana de Zaragoza al Bearn, Ejea de los Caballeros, 2009), o, acaso, mejor, Caesar Augusta Pompelonem et in Summum Pyrenaeum, como la ha definido, recientemente, el volumen relativo a la prouincia Hispania Citerior de la serie Miliaria Imperii Romani del volumen XVII del Corpus Inscriptionum Latinarum (KOLB, A. (cur.), Miliaria Imperii Romani. Pars prima. Prouinciarum Hispaniae et Britanniae, Berlín, 2015, p. 100, donde M. G. Schmidt explica en detalle el sentido de esta vía) ponía en relación en época romana el Valle del Ebro y el Pirineo cruzando a Aquitania por su paso central. Su trazado, a juicio de los primeros autores citados, tras pasar por Segia (Ejea de los Caballeros), Los Bañales de Uncastillo (la cada vez más que probable Tarraca), Cabezo Ladrero de Sofuentes y Campo Real-Fillera de Sos del Rey Católico, cruzaba la Canal de Berdún por el espacio hoy en parte inundado por el embalse de Yesa. Precisamente, la ciuitas ubicada en Fillera, acaso la arsaos de los rótulos monetales -que otros han sugerido que fuera la Ebelinum del Ravenate (Cosm. Rav. 309, 9) que, en cualquier caso, tal vez sea mejor buscar en el valle del Gállego (ver p. 57 del ya citado trabajo de Isaac Moreno, topónimo también reducido, en el Atlas de Prehistoria y Arqueología Aragonesas, Zaragoza, 1980, p. 167, a Bailo, algo más al este)- jugaba en dicho trayecto un papel esencial de encrucijada por cuanto que a ella iba a converger, también, la denominada vía Iacca-Vareia sobre la que, no hace mucho, en su relación con la ciuitas aun de nombre ignoto de Santa Criz de Eslava, y con un nuevo miliario procedente de Gabarderal, tuvimos la ocasión de trabajar y que MAGALLÓN, Mª Á., La red viaria romana en Aragón, Zaragoza, 1987, pp. 138 y 150, denominaba "vía de la Canal de Berdún". Desde Fillera partía, también, otra vía que, por la ciuitas de los Iluberitani (Lumbier), se dirigía a Pompelo (Pamplona). Fillera era, por tanto, un auténtico nudo viario pero esa condición, en cierta medida, la disfrutaba también todo el curso alto del río Aragón, el espacio coincidente hoy con el extremo septentrional de las Altas Cinco Villas, de la Valdonsella y del sector más occidental de la Jacetania. En su trascurso por la Canal de Berdún hacia la antigua Iacca, la citada vía debió pasar cerca de la localidad zaragozana de Artieda, limítrofe con tierras navarras y uno de los municipios más occidentales de la Comarca de la Jacetania. Si lo hizo por el lugar hoy ocupado por el embalse de Yesa -como defiende I. Moreno (pp. 79-81 de su libro antes citado) entendiendo que la vía quedaría fosilizada en el Camino Viejo de Tiermas a Ruesta y su paso habría dejado huella en topónimos como "La Venta" o "La Carrera" (p. 157)- es algo que dista de estar seguro pero que no resta importancia, como hemos dicho, a lo bien conectada que la zona estuvo en época romana. 

Artieda es, como Fillera, un enclave casi mítico para la Arqueología aragonesa, casi tanto como hace apenas dos décadas lo era Los Bañales de Uncastillo que huelga aquí recordar en qué se ha convertido en la última década. Aunque su nombre va muy unido a los trabajos del militar Enrique Osset Moreno (que, recientemente, fueron ejemplarmente recopilados y reeditados por ONA, J. L. (ed.), Los mosaicos de Artieda de Aragón. Homenaje a Enrique Osset Moreno, Zaragoza, 2011), de la existencia en su término municipal de antigüedades romanas, especialmente en la margen izquierda del río Aragón, ya habló el historiador de la Ilustración aragonesa Joaquín Traggia que, al abordar el origen romano, y balneario, de Tiermas (ver un trabajo de Mª J. Peréx, en Trabajos de Arqueología Navarra, 24, 2012) aludía a "un aposento descubierto no lejos de allí, hacia Artieda, revestido de mosaico" del que afirmaba haber visto algún trozo acaso, como él mismo indica, gracias a que su hermano era, por entonces, gobernador político y militar de las Cinco Villas (TRAGGIA, J., Aparato a la historia eclesiástica de Aragón. Volumen 2, Madrid, 1792, p. 215). Desde un punto de vista topográfico, su posición es muy parecida, también, a la de Fillera. Si el yacimiento de Campo Real está en una terraza fluvial sobre el río Onsella y en un espacio esencialmente llano, el área arqueológica de Artieda, grosso modo comprendida entre el área de Rienda -donde excavase, como más abajo veremos, Enrique Osset- y la ermita de San Pedro, es también una terraza fluvial sobre, en este caso, el curso del río Aragón. Esa posición en una terraza fluvial ha permitido que, recientemente, se hayan realizado, con la colaboración de la Confederación Hidrográfica del Ebro, primero, y de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Ibercaja, después, varios trabajos de geoarqueología a cargo de la empresa SOT Archaeological Prospection y del equipo de Paula Uribe, de la Universidad de Zaragoza cuyos resultados permanecen aun inéditos. También de la mano del citado órgano de cuenca se acometieron hace apenas dos años trabajos de excavación arqueológica, por parte de la consultora Paleoymás, en el entorno de la citada ermita de San Pedro que pusieron al descubierto una serie de enterramientos altomedievales en torno a la misma así como permitieron obtener más información sobre los materiales arquitectónicos romanos que, como spolia, fueron reutilizados en la fábrica de dicha ermita.

Al margen de esos trabajos, visitar las impactantes evidencias arqueológicas de Artieda es un ejercicio, sin duda, absolutamente sugerente. Una ocasión inigualable de motivarse -si uno es amante de la Antigüedad Clásica en general y de la Arqueología Romana en particular- con lo mucho que, todavía, en tantos sitios, queda por hacer en pro del conocimiento, la recuperación y la dinamización de nuestro pasado romano (una recapitulación sintética y enumerativa de estas noticias puede verse en la voz "Artieda" de la Gran Enciclopedia Aragonesa Online). Como se ha dicho más arriba, fueron los trabajos de Enrique Osset, de la mano de Antonio Beltrán Martínez, los que, a partir de 1963, pusieron Artieda en el mapa de la Arqueología aragonesa. Así, además de algunas noticias de aquéllos años en la prensa local -ejemplarmente recopiladas por José Luis Ona en el opúsculo enlazado más arriba, imprescindible y que recoge, también los trabajos que se citan a continuación- los "hallazgos romanos en Artieda de Aragón" o los "descubrimientos arqueológicos de época romana en la frontera hispano-gala" desfilaron, respectivamente -pues las descripciones proceden de los títulos de sendos trabajos- por las actas del VIII Congreso Nacional de Arqueología (Málaga-Sevilla, 1963) y por los números 38 (111-112), de 1965, y 40 (115-116), de 1967, de Archivo Español de Arqueología centrándose este último artículo en los sensacionales mosaicos descubiertos al oeste de la zona de la ermita de San Pedro, en la denominada partida de "Rienda" algunos de los cuales fueron a parar al Museo de Zaragoza (la historia de la recuperación del mosaico puede verse en este trabajo de Mª L. González Pena, Boletín del Museo Arqueológico Nacional, 37, 2018, pp. 339-358, esp. pp. 347-348 y éste, además de en la publicación coordinada por J. L. Ona, se reproduce en esta noticia, de mayo de 2011, de Heraldo de Aragón). A partir de ahí Artieda aparecería -dado que la obra se abría con la sección relativa a los Pirineos Centrales (pp. 15-26) y a la Canal de Berdún (pp. 17-21) y los topónimos se ordenaban por orden alfabético- como una de las primeras entradas del aun inexcusable volumen de LOSTAL, J., Arqueología del Aragón Romano, Zaragoza, 1980, pp. 18-19 (el enlace es a la versión publicada en Caesaraugusta, 41-42, 1977, que sí está disponible online) y en él se recogería una de las inscripciones del lugar, sin precisar que estuviera en la Ermita, donde estuvo hasta su traslado al Museo de Jaca (HAE 2342)- y, poco después, MARTÍN-BUENO, M., Aragón arqueológico: sus rutas, Zaragoza, 1982, p. 91 aludiría a "los muy importantes (mosaicos) de Artieda" sin más detalles sobre el lugar. Fue en ese contexto -el de un momento en que la Arqueología de Aragón, prácticamente, empezaba su sistematización- en que una obra monumental de aquellos años, y aun de referencia, el Atlas de Prehistoria y Arqueología aragonesas, Zaragoza, 1980, p. 149 cartografiaba Artieda reiteradamente en muchos de sus mapas contribuyendo a dotar al lugar de esa cierta aureola mítica a la que más arriba aludíamos y que mantiene todavía intacta. En el citado atlas, Artieda aparece como yacimiento romano del Alto Imperio (BELTRÁN LLORIS, F., "XLV. Yacimientos romanos", pp. 148-151), se indicaba la existencia en el lugar de una villa romana (p. 157: VICENTE, J., "XLVIII. Villae romanas", pp. 156-159), se anotaban noticias de inscripciones indicando la presencia de alguna necrópolis (p. 189: MARTÍN-BUENO, M., "LVI. Roma: necrópolis y monumentos funerarios", pp. 188-191 y también en BELTRÁN MARTÍNEZ, A., "LXIII. Epigrafía Romana", pp. 214-217, p. 215), se inventariaban mosaicos tanto en "Campo del Royo" como en "Forau de la Tuta", ambos opera tesellata en blanco y negro (p. 197: LASHERAS, J. A., "Mosaicos romanos. Siglos I a. C., I y II d. C.", pp. 196-198) como en la "Viña del Sastre", "Rienda" o "Corrales de Villasues" (pp. 201), en estos casos también opera tesellata pero con decoraciones geométricas, vegetales y figuradas (p. 201: LASHERAS, J. A., "Mosaicos polícromos romanos. Siglos II-VI d. C.", pp. 200-203) y, lógicamente, se daba también cuenta del frecuente hallazgo de cerámica romana en el lugar (p. 235: AGUILERA, I., "LXIX. Cerámica romana: terra sigillata hispánica", pp. 234-237). En ese contexto de notable intensidad de la investigación arqueológica en Aragón también Artieda había encontrado acomodo en el volumen de FATÁS, G., y MARTÍN-BUENO, M., Epigrafía romana de Zaragoza y su provincia, Zaragoza, 1977, pp. 12-13 donde se recogía, a partir de los trabajos de E. Osset la inscripción ERZ, 3=HAE 2342 sobre la que luego volveremos. 

Hoy, el visitante que se acerque a este lugar quedará deslumbrado por, esencialmente, dos conjuntos de restos: los arquitectónicos, reutilizados en la ermita de San Pedro, especialmente en el lado opuesto a la entrada y los que, en la zona del "Forau de la Tuta" (un topónimo que, sin fundamento, E. Osset hizo derivar de forum tutum, "foro seguro", en Latín y que más bien habrá que relacionar con las canalizaciones que a continuación se detallan), demuestran la notable inversión que, en infraestructuras, acometió el lugar en época romana. De los primeros, conservamos, no sólo el capitel corintio con su columna estriada y basa ática que vemos en una de las fotos que encabeza este post sino que, recientemente, trabajos de adecuación del interior de la ermita han puesto al descubierto otro colocado justo frente a aquél y del mismo orden arquitectónico. Estos elementos arquitectónicos, que no aparecen recogidos en el volumen de GUTIÉRREZ BEHEMERID, Mª Á., Capiteles romanos de la Península Ibérica, Valladolid, 1992 (una versión resumida, online, del mismo, aquí) ni tampoco en el trabajo de E. Ariño, C. Guiral, P. Lanzarote y G. Sopeña en Saguntum, 24, 1991, centrado en los vecinos ejemplares de la Comarca de Cinco Villas, nos parece podrían datarse en época flavia -o a lo más tardar a comienzos del siglo II d. C.- recordando, en su factura, a los de Tricio, en La Rioja, que sí aparecen en el citado repertorio (nºs 431-436, p. 101) y sobre los que ya hablamos en un anterior post de Oppida Imperii Romani. Esa datación, desde luego, encajaría con la profunda labor de transformación y monumentalización de las comunidades hispano-romanas que se vivió en este periodo por razones que los lectores de este blog ya conocerán (ver nuestro viejo trabajo en Salduie, 3, 2003). Casi al borde del cortado generado por el paso del Barranco de San Pedro sobresalen dos canalizaciones de opus caementicium, seguramente pertenecientes al specus de alguna obra hidráulica o, acaso por su formato, mejor a algún sistema de saneamiento, así como una notable mole de hormigón, a modo de sustructio, acaso relacionada bien con la cimentación de algún prominente edificio bien con el citado sistema hidráulico. Aunque, en principio, como apuntó Mª Á. Magallón en su anteriormente citado trabajo sobre la red viaria (p. 138), es cierto que los miliarios de la zona -los procedentes de Javier (CIL, XVII/1, 181, de Volusiano; 1, 182, de Aureliano y 1, 183, de Severo II) y el de Siresa (CIL, XVII/1, 185, de Magno Máximo)- son todos de los siglos III y IV d. C. (entre el 252 y el 383 d. C.), creemos que la cronología del lugar debió arrancar algo antes como prueba la magnitud de estos restos si bien eso es algo que sólo una futura excavación arqueológica podrá dilucidar. Para el viajero, una vez que satisfacer su curiosidad es uno de los móviles con que nació Oppida Imperii Romani, el área arqueológica se ubica apenas antes de tomar la subida final hacia Artieda, en un momento en que la carretera se bifurca y se ofrece la posibilidad de acceder a la localidad por dos vías, justo a la espalda se divisa la ermita y el área ocupada por el enclave antiguo. 

¿Y, con todo lo dicho más arriba, qué fue Artieda en época romana? ¿Una uilla? ¿Una ciudad? En principio, por la monumentalidad de los restos antes citados -especialmente los capiteles y las infraestructuras de saneamiento- y por el área que estos ocupan -en torno a las 8 hectáreas- nos parece que lo oportuno es pensar que estaríamos ante una pequeña ciudad que articularía el poblamiento rural atestiguado en el entorno y que puede percibirse bien echando un vistazo a la cartografía que sobre él se ha publicado (pp. 60-61 del volumen Item a Caesarea Augusta Beneharnum, antes citado donde, precisamente, se indica que "en el entorno de la ermita de San Pedro, la densidad de yacimientos se multiplica hasta el punto de hacernos pensar ya en una población dispersa") bien leyendo lo que Juan José Bienes, en ese mismo volumen (p. 260) afirma respecto de la "concentración de yacimientos en un radio de pocos kilómetros" en el entorno del caserío actual de Artieda. Se trataría, sin duda, de un paruum oppidum, una de esas pequeñas ciuitates (sobre éstas, con ejemplos de la zona, puede verse un reciente trabajo nuestro publicado en el volumen I del libro Actualidad de la Investigación Arqueológica en España (2018-2019) auspiciado por el Museo Arqueológico Nacional), seguramente con origen en algún poblamiento de la Edad del Hierro II que habrá que determinar, que experimentaron un notable despegue y una también notable monumentalización -de la que dan prueba las infraestructuras arquitectónicas e hidráulicas antes indicadas- en la que, seguramente, jugaron un papel importante los miembros de la elite local, esos miembros que se asoman a las dos inscripciones que proceden del lugar. La familia de los Valerii, de la que un matrimonio formado por Val(eria) Massi f(ilia) y por Val(erius) Aquilus que tuvieron un hijo, (Valerius) Aquilinus, se representa en un bloque arquitectónico que, en tiempos, estuvo empotrado a la izquierda de la puerta de acceso a la ermita de san Pedro (HAE 2342) y, por otro lado, el Firmus Frontinus que dedica una hermosa y fragmentaria inscripción funeraria hallada en la partida de "Campo de Granadero", tras la ermita (AE, 1989, 471), ambas inscripciones del siglo II d. C., y no necesariamente "de baja época", como se dijo a mediados de los años setenta (ver ERZ, pp. 12-13). La presencia, precisamente, de Valerii, también bien atestiguados en Santa Criz de Eslava y en Cabezo Ladrero de Sofuentes (ver, por ejemplo, aquí, y nuestras reflexiones en Príncipe de Viana, 272, 2018 y en Epigraphica, 72, 2010) y la evidencia de onomástica céltica, ibérica y vascónica, como los Ausagesatus Agirnes de la segunda pieza citada (ver estudio de J. I. Casasús y de J. Núñez en Veleia, 5, 1988), subrayan las evidentes conexiones entre este espacio de Artieda, hoy Comarca de la Jacetania, y su vecino de las Cinco Villas de Aragón -que muestra también estos rasgos nítidos de mezcla cultural muy tamizada por la Latinización- con el que deberá conectarse cualquier investigación que, ojalá que pronto, se lleve a cabo en el lugar para un mejor conocimiento del perfil urbanístico, e histórico, de estas pequeñas ciudades que jalonaron la estratégica ruta romana entre el Ebro y el Pirineo. Desde luego, en nuestro trabajo sobre los parua oppida Vasconum, para el que hemos pedido apoyo económico al Ministerio de Ciencia e Innovación, prometemos dedicar atención a este lugar que, seguro, tendrá pronto su oportunidad arqueológica, para felicitación de la Arqueología Clásica que se hace en Aragón.