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VERITATEM POSTERIS PRODERE



En la Conjuración de Catilina el historiador romano Salustio escribió que la Historia consistía en exempla maiorum posteris prodere (Cat. 4, 1), es decir, "facilitar a la posteridad los grandes ejemplos de nuestros antepasados para que fueran útiles". Esquivando los riesgos del presentismo que, para los historiadores, podrían derivarse del término exempla maiorum, nos parece que la expresión, aplicada a cualquier investigador de cualquier disciplina, podría parafrasearse en la que da título a esta entrada: ueritatem posteris prodere, "facilitar la verdad a la posteridad para obtener utilidad de ella" constituyendo ésta una buena definición de una de las tareas más apasionantes del quehacer universitario: la investigación.

En la Universidad de Navarra existen dos programas de formación para el profesorado, el primero, para el perfil más iunior, es el denominado Programa Docens que, normalmente, suelen cursarlo profesores jóvenes o que, pese a tener un perfil ya más senior, se incorporan -como fue nuestro caso en 2014- a trabajar en la Universidad sin haber estudiado o profesado con anterioridad en ella. El segundo, implantado, de hecho, muy recientemente, es el llamado Programa Semper Professor que, coordinado por el Instituto Core Curriculum, busca que los docentes de perfil más senior tengan ocasión de reflexionar, una vez al mes -también es esa la carga del Programa Docens- y en compañía de sus compañeros sobre los retos docentes, de formación, investigadores, de cultura corporativa y de gobierno de la profesión docente universitaria.

En el presente curso académico de 2025-2026, tuvimos el honor de ser invitados por el Coordinador del Programa, el profesor Rafael García Pérez, Catedrático de Historia del Derecho, a impartir una sesión titulada "La investigación y sus retos en la sociedad del conocimiento: liderazgo, formación y gestión de equipos de investigación" subtítulo que, en realidad, sugerimos nosotros. La sesión tuvo lugar en el mes de octubre de 2025, de hecho fue la que abrió el programa en su edición del actual curso académico. Ya entonces nos pareció que las reflexiones allí compartidas con cerca de una treintena de colegas, podrían alimentar una nueva entrada de Oppida Imperii Romani aunque no haya sido hasta ahora, pasados varios meses, que hayamos encontrado el momento para ordenar las ideas y las notas de lo expuesto aquel día y transmitirlas aquí en un texto lo más coherente posible como pretende ser éste. 

Todas esas reflexiones nacen, de hecho, de alguien que disfruta con la investigación y que, más allá del número de artículos o de contribuciones científicas publicadas o del considerable número de citas recibidas por parte de esas contribuciones (que, en el cómputo de las métricas de Dialnet, para el área de Historia Antigua, puede verse aquí) tiene en su escuela -con más de diez tesis de doctorado dirigidas, dos más que se defenderán en estos próximos meses y tres más en marcha cuando se escriben estas líneas- uno de sus grandes motivos de orgullo en parte porque, entendemos que esa escuela será, sin duda, nuestra particular trascendencia. Pero, a su vez, esas reflexiones nacen también de la percepción de que -en medio de una profesión, la de docente universitario, cada vez más compleja y orientada casi al multitasking- la investigación sólo se puede desarrollar si hay pasión -la cognitio affectiua, como la denominaba Santo Tomás de Aquino- si se ama lo que se hace; si hay interlocución con otros investigadores -la "perspectiva de la segunda persona", de la que hablaba Henri I. Marrou, de quien hablamos no hace mucho en el otro post de este blog-; y si aquélla se entiende desde una dimensión trascendente, de servicio, de huella y de impacto en la sociedad que recuerda al ktéma tucídideo del que, también, hablamos en Oppida Imperii Romani hace algunos años. La investigación y la generación de conocimiento a ella aparejada son, sin duda, una "adquisición para siempre" como lo era la Historia para el propio Tucídides.

 

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Es evidente que cualquier académico hoy -y también habrá de tenerlo presente quien se acerque al proceloso pero apasionante mundo de la generación de conocimiento desde la Universidad- tiene claro que ser profesor implica, claro está, una dedicación docente, pero, también, una dedicación investigadora, una dedicación a la transferencia y, por supuesto, una dedicación -necesaria, no siempre satisfactoria pero siempre meritoria- al gobierno, al servicio, a la gestión. De todas esas tareas está claro que una de las que, normalmente, más se resiente, es la investigadora. Seguramente porque nos faltan los tres elementos que, citando a Santo Tomás de Aquino, a Henri I. Marrou o a Tucídides, ya traíamos a colación unas líneas más arriba. Está claro que muchas veces a los académicos nos falta verdadera pasión por el conocimiento, nos falta diálogo e interacción con colegas y discípulos y, en definitiva, nos falta tiempo. 

Sabiendo que eso es así quizás nuestro foco para saber cuáles son los retos que afectan al docente en tanto que investigador en la Universidad española pueda estar en caracterizar de forma separada cómo debe ser [1] nuestra investigación; en segundo lugar [2] cómo debe ser la de nuestros equipos de trabajo; y, en tercer lugar [3] cómo debe ser la de nuestros estudiantes, la de nuestra "escuela" si se nos permite utilizar ese término tan clásico como profundo y cierto que, actualmente, algo proscrito en el proceloso y también revisionista mundo académico del siglo XXI. A ese respecto, nos atrevemos a aportar aquí algunas claves que podrían ayudar a centrar cómo debe ser nuestra investigación, la de la gente con la que colaboramos y la de la gente a la que formamos y que, a la postre, como se ha dicho, habrá de ser la que nos suceda en nuestros desvelos investigadores con el paso de los años.

[1.] Cuatro nos parece que deben ser las notas distintivas de la labor investigadora de cualquier docente universitario: pública, abierta, social, servicial y generosa. Pública porque tenemos la obligación de obtener fondos, en concurrencia competitiva, para desarrollarla y, si es posible, esos fondos deben venir de las convocatorias clásicas, nacionales o europeas, que financian este tipo de actividades y, en la medida de lo posible, del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Al final, con todas sus limitaciones y carencias, la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España, en el proceso de evaluación y de reconocimiento de los proyectos que se presentan cada año para cada ejercicio de tres o cuatro años, aporta un feedback necesario a nuestras ideas investigadoras y nos permite madurar de forma acompañada para crear grupos de trabajo que resulten competitivos y que se adecúen al perfil de las ideas que queremos poner en marcha tal como hemos visto, por experiencia, en nuestros proyectos del Plan Nacional sobre oppida labentia y, ahora, parua labentia de los que, como sabrá el lector asiduo, hemos ido aportando resultados en este blog. En segundo lugar, nuestra investigación debe ser abierta porque aunque las convocatorias públicas -también las de algunas fundaciones privadas- sean, sin duda, las más recurrentes, hemos de estar atentos para incorporar a nuestra investigación, como patrocinadores, tanto a empresas privadas que puedan sintonizar con los intereses de nuestra investigación como a micromecenas que consideren apropiado apoyarnos para la consecución de nuestros fines algo que, por ejemplo, en dos ocasiones, hemos puesto en marcha en Los Bañales con notable éxito, de hecho, en ambos casos y con una de las campañas, de hecho, abierta mientras se escriben estas líneas

Lógicamente hemos de ser conscientes de que, en este tipo de aportaciones, sin pasión, de la que hablábamos más arriba, no hay, nunca, implicación ni donación ni financiación venga ésta de donde venga. Acaso por ello, pero también como compromiso con el retorno público de los resultados de la misma, nos parece que nuestra investigación, tiene que ser, también, social lo que hoy es sinónimo de transparencia y, sobre todo, de transferencia estando abiertos a compartirla tanto en foros académicos especializados (publicaciones de impacto o congresos científicos) como en otros, sociales, más separados de la academia stricto sensu (conferencias, talleres, redes, blogs...). Decimos que debe ser servicial porque hemos de ser capaces no sólo de conseguir que nuestra tarea investigadora aporte algo a la sociedad y tengo un retorno, siquiera cultural, en el ecosistema inmediato sino que, además, hemos de intentar que nos ayude en nuestra actividad docente haciéndola, si es posible, más atractiva, más apasionada y, claro, más actualizada. Cuando un docente consigue conectar su magisterio con los intereses de su investigación, el valor de la actividad docente se multiplica de forma exponencial y eso, sin duda, resulta irresistiblemente atractivo y suscita vocaciones científicas. Por último, nuestra investigación, la de cualquier académico universitario, ha de ser generosa, huyendo del tan extendido como lamentable micro-mérito que lleva hoy a muchos colegas a realizar sólo la investigación que será valorada por las agencias de acreditación que garantizan el avance en nuestras carreras académicas (¿cuántos de nuestros colegas publican apenas un trabajo al año pensando exclusivamente en cubrir el expediente para poder optar a un sexenio de investigación?) abandonando cualquier tarea que no tenga esa rentabilidad evaluable y medible desde un punto de vista estrictamente curricular y renegando, por ejemplo, de las actividades de transferencia o de difusión, entre otras. Esa huida del micro-mérito no nos impedirá, sin embargo, y más en una carrera en constante evaluación como es la del profesor universitario actual, tratar de ser estratégicos para sacar el mayor partido a aquello que hagamos obteniendo de ello la mayor rentabilidad posible desde el punto de vista curricular (a este respecto, con datos, puede verse la reflexión de REPISO, R., y MONTERO, J., "Transformaciones y desafíos en la investigación universitaria en España: una mirada crítica a la evolución de los sexenios", Anuario ThinkEPI, 17, 2023).

[2.] Es evidente que un investigador no es, ni tampoco en la Universidad, una especie de llanero solitario. Trabajamos, y debemos trabajar, con personas y constituir equipos que, además, deben tener un primer rasgo, existir de hecho, ser existentes, reales, no ocasionales o artificiales. Es cierto que, como se ha diagnosticado abundantemente (se recomienda este post de Fernando Trujillo, "Sobre los grupos de investigación en la universidad española", de 2019), en muchas ocasiones resulta complicado hacer real este deseable y enriquecedor reto. Muchas veces, en la elaboración de las memorias de proyectos para presentar a las instituciones públicas cometemos el error de crear, ad casum, equipos de trabajo para dar sensación de transversalidad o de internacionalidad cuando esos equipos o están descompensados o, sencillamente, sabemos que van a ser difícilmente operativos por razones de intereses, dedicación, simpatía... Hemos, pues, de habituarnos a, en nuestra actividad investigadora, contar con colegas que aporten, y es ésa, precisamente, la segunda característica de la investigación de nuestros equipos, la pluralidad. Y es plural la investigación interdisciplinar que incorpora la mirada de otras materias y que, precisamente por eso, convierte a nuestra investigación en abierta, en dialogante. Lógicamente, esa apertura garantiza, al tiempo que exige, que la investigación de nuestros grupos sea estratégica pues sabemos lo valorado que, en la academia actual, está el diálogo transdisciplinar, un diálogo transdisciplinar que resulta incluso complicado, como hemos comentado aquí varias veces en la etiqueta "Disputationes" entre quienes profesamos en las diferentes Ciencias de la Antigüedad. Pero si existente, plural, abierta y estratégica ha de ser la investigación de nuestros equipos está claro que, también, ésta debe ser, sobre todo pensando en los miembros más noveles de los mismos, formativa. El team-learning se convierte, así, en una de las tareas más sugerentes de la actividad desplegada por un profesor universitario y en una de las mejores ocasiones que tenemos para poner a prueba nuestra capacidad formativa y, claro está, nuestra capacidad de aprendizaje que, al fin y a la postre, nos mantiene vivos como investigadores.


[3.] Como apuntábamos más arriba, también desde nuestra experiencia personal, quizás la dimensión más sugerente y gratificante de la dedicación investigadora de un profesor universitario es la que va relacionada con la formación de otros investigadores, con la creación de una escuela de discípulos como, tradicionalmente, se les ha denominado en el mundo académico. Respecto de este apartado creemos que se ha de poner el cuidado en cuatro cualidades: en primer lugar, que nuestra capacidad de suscitar vocaciones científicas entre nuestros estudiantes esté presidida por una clara proactividad. Una vez que las becas de investigación predoctorales, las conceda quien las conceda, son cada vez más exigentes y competitivas, identificar perfiles de estudiantes idóneos es algo que debe hacerse pronto para que, de ese modo, esos estudiantes puedan comprometerse con su excelencia académica que será, sin duda, la llave de entrada a su posterior dedicación doctoral (vendrá bien también en esto el oráculo de los clásicos que glosábamos hace algunos años en la entrada "Necessaria... inania", de este blog o las recomendaciones que, al respecto, da el libro LÓPEZ GUZMÁN, J., 23 claves para el éxito en la Universidad (personal y académico), Pamplona, 2021; para los docentes, resultará inspirador el clásico trabajo de BAIN, K., Lo que hacen los mejores profesores universitarios, Valencia, 2007). Eso sí, además de ser proactivos, con esos estudiantes hemos de ser siempre realistas para que entiendan que el conocimiento es atractivo per se y comprendan, también, que dedicar la vida a generar conocimiento, a transferir la verdad, como decíamos más arriba, ya vale la pena por sí mismo independientemente de que, luego, sus carreras investigadoras cristalicen -que si lo hacen lo harán con no poco esfuerzo por su parte y, seguro, con alguna necesaria dosis de fortuna- en un puesto docente o investigador en una universidad o centro de investigación. Es por ello que la investigación de nuestros estudiantes, de nuestra escuela, debe estar permanentemente mentorizada en el más genuino sentido del término. No se trata sólo de tutelar las tesis de nuestros alumnos, de nuestros discípulos, desde un plano estrictamente disciplinar. Eso ya no es suficiente. Como "maestros", hemos de esforzarnos por ponerles -a través de nuestra capacidad de relación, de nuestros contactos, de las oportunidades que les demos- en disposición de que crezcan y se desarrollen como historiadores y, claro, también como personas. Para ello hay una última nota que nos parece característica también en este punto, la implicación. Casi desde que son estudiantes de Grado hemos de ser capaces de, a esos perfiles que destaquen y que sientan interés por la actividad investigadora, hacerles partícipes de nuestros desvelos investigadores animándoles a entrar en proyectos de nuestra mano o a que en ellos asuman tareas acordes a su edad, a sus intereses y a sus competencias. Proactiva, intrínseca, mentorizada e implicada son, pues, las notas que definen el modo cómo debemos intentar mejorar nuestra capacidad formativa y la de nuestros equipos de investigación en los que, sí, de algún modo, hemos de implicar a nuestros estudiantes o, al menos, a aquellos que manifiesten interés por dedicar su vida a la investigación.


Terminamos con una cita de un recomendable trabajo sobre la actividad académica e intelectual (LORDA, J. L., La vida intelectual en la Universidad. Fundamentos, experiencias, libros, Pamplona, 2016, p. 44) que, acaso, puede hacer de colofón a estas reflexiones: "Los saberes humanísticos se transmiten indirecta y lentamente por la ósmosis de la lectura y el diálogo. Se puede fomentar esa transmisión, facilitando la relación entre los maestros vivos y sus discípulos, favoreciendo el diálogo interdisciplinar; y la relación con los grandes maestros del pasado, haciendo presentes sus libros y celebrando sus efemérides. También es importante difundir las tradiciones del trabajo intelectual. Pero poco más. Trabajar en equipo en Humanidades es hacer escuela, situar a los discípulos en el centro de la disciplina y en los nudos de las relaciones académicas, y enseñar generosamente los caminos de la vida intelectual". Está todo dicho. Quizás, llegados a este punto, compense derivar al lector a la entrada "Digesta Vetustas" que incluimos en Oppida Imperii Romani hace un par de años cuando fuimos invitados a disertar, en la Universidad de Salamanca, sobre los retos de ser historiador de la Antigüedad hoy en día. Seguro que allí el lector encontrará más tips, como ahora se dice, para orientar su reflexión.


LEÓN XIV Y LA ARQUEOLOGÍA



 [Plato de terra sigillata Hispánica con esgrafiado cruciforme descubierto en Los Bañales, en 2025]

Pese a que este blog tenga, en su orientación por las Ciencias de la Antigüedad, una clara preferencia epigráfica y, por supuesto, arqueológica, la cuestión epistemológica sobre la Arqueología no nos ha ocupado especialmente en él. De hecho, ésta apenas figura en dos entradas que comparten título, "Archaiología" y "Archaiología (y II)", esta última, además, relacionada con los talleres "Arqueólogos, detectives de la Historia" que ofrecemos en la Universidad de Navarra a escolares de todo el país y en los que damos a conocer nuestro Grado en Historia con Diploma en Arqueología- y, por supuesto, en un post que es clásico en el inicio, cada curso académico, de la asignatura "Arqueología" que forma parte del Grado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra y que se imparte en el segundo semestre de primer curso. Nos referimos al titulado "Indiana Jones y la Arqueología" que, a partir de varias secuencias de la primera saga (1981-1989) de películas del conocido arqueólogo diseñado por George Lucas y Steven Spielberg, sale al paso de tópicos sociales y realidades disciplinares sobre el estudio de la cultura material de las sociedades del pasado. 

Sin embargo, en vísperas de la pasada Navidad, uno de los personajes del año 2025, el Papa León XIV, con motivo del centenario del Pontificio Istituto di Arqueologia Cristiana, con sede en Roma, el 11 de diciembre, promulgó una hermosa carta apostólica sobre la importancia de la Arqueología que, aunque se viralizó notablemente en redes sociales por parte de los colegas italianos, acaso pasó desapercibida en España. Como afirma la sección de noticias del citado centro de investigación, la carta, precedida de una hermosa alocución a los docentes y estudiantes del citado Instituto, y disponible completa aquí, al margen de otras consideraciones, si se quiere, más teológicas, aborda cuestiones como el objeto y el método de la Arqueología; su relación con otras ciencias y disciplinas humanísticas y su servicio al conocimiento histórico; reflexiona sobre algunos de los actuales retos de la investigación arqueológica; y subraya el papel de esta disciplina en la construcción social y, por supuesto, en la generación de conocimiento sobre las civilizaciones humanas.


Cuando alguien nos hizo llegar, a través de whatsapp, la noticia y, con ella, el texto de la carta apostólica, descubrimos que el documento, pese a las singularidades que siempre han caracterizado el trabajo arqueológico, de raíz casi decimonónica, del Pontificio Istituto di Archeologia Cristiana -orientado, desde los tiempos de Giovanni Battista de Rossi al estudio de los lugares relacionados con el cristianismo primitivo romano stricto sensu- abordaba algunos problemas actuales en la investigación arqueológica. Entre ellos, por ejemplo, cómo la evidencia material se relaciona con las fuentes escritas; de qué modo el arqueólogo debe interrogar a éstas últimas para entender, mejor, la propia evidencia, el registro, contextualizándolo; cuáles son las competencias propias de la profesión del arqueólogo -competencias y retos que hacen dicha tarea, además, extraordinariamente excitante-; y cómo conciliar el trabajo de recuperación de la evidencia arqueológica con el valor patrimonial -y sujeto, por tanto, a la conveniencia de su conservación- intrínseco a aquélla y objeto siempre de interés social general un asunto que sí fue tratado hace algunos años en la entrada "A vueltas con la Arqueología" de Oppida Imperii Romani y que percibimos cada día en el atractivo que genera nuestro trabajo en Los Bañales. Tratando de subrayar los aportes fundamentales del Papa León a lo que podríamos llamar el "debate disciplinar", a esa reflexión epistemológica sobre la ciencia arqueológica, el semanario religioso católico Alfa y Omega tuvo a bien publicarnos, con fecha 22 de enero, ya este año, y también en la edición digital, una reflexión titulada "De Indiana Jones a León XIV: la fascinación por la arqueología", que aquí compartimos y a cuya lectura invitamos pues glosa el modo como el Papa americano se enfrenta a algunas de las cuestiones arriba enumeradas poniendo, también, en contexto tanto sus reflexiones como el concepto de cultura material.

Y, efectivamente, como afirmábamos en esa página de Alfa y Omega, la segunda clase de la materia "Arqueología" en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra giró en torno a la lectura y discusión, en grupos, del modo cómo el Sumo Pontífice se aproxima a esta singular disciplina científica atendiendo a lo que, sobre ella, su texto nos enseña. 

Aunque es recomendable la lectura del texto completo de la citada carta apostólica, disponible aquí, se nos antojaba que el resumen que entregamos a los estudiantes como base para el debate, podría resultar pertinente para, cuando menos, acercar este singular documento y su contenido -en forma abreviada- a los lectores de Oppida Imperii Romani. Y es por ello que lo traemos a esta primera entrada de 2026 conscientes de que, como ha sucedido en estos últimos casi diez años con la entrada sobre la visión que, de la Arqueología, se proyecta en las películas de Indiana Jones, se convertirá en un texto de referencia para entender el particular appeal que ha caracterizado siempre a la Arqueología y que no ha hecho sino incrementarse en los últimos años tal como muestran, de hecho, muchas de las noticias de este espacio y, en particular, las recogidas en la sección "Epigraphica" que nacen, muchas veces, de notables hallazgos arqueológicos. Desde luego, el documento, y la auctoritas de quien lo firma, lo merece. Es precisamente por ello que, contra lo que suele ser habitual en Oppida Imperii Romani, en que los títulos de las entradas suelen ir en Latín, a este le otorgamos un título paralelo al que, en 2016, dimos a la reflexión a propósito de las explicaciones en aula del alter ego de Indiana Jones, el Dr. Jones.

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NOTA.- En el extracto que sigue se ha respetado la articulación del texto en varios capítulos para ser fieles a la estructura original.

Introducción

Nuestra época, marcada por rápidos cambios, crisis humanitarias y transiciones culturales, exige, junto con el uso de conocimientos antiguos y nuevos, también la búsqueda de una sabiduría profunda, capaz de custodiar y transmitir al futuro lo que es verdaderamente esencial. En esta perspectiva, deseo reafirmar con fuerza que la arqueología es un componente imprescindible de la interpretación del cristianismo y, por consiguiente, de la formación catequética y teológica. No es sólo una disciplina especializada, reservada a unos pocos expertos, sino un camino accesible a todos aquellos que quieren comprender la encarnación de la fe en el tiempo, en los lugares y en las culturas. Para nosotros, los cristianos, la historia es un fundamento crucial; en efecto, realizamos la peregrinación de la vida en la concreción de la historia, que es también el escenario en el que se desarrolla el misterio de la salvación. Todo cristiano está llamado a basar su existencia en una Buena Nueva que parte de la Encarnación histórica del Verbo de Dios (cf. Jn 1,14) (…)

La arqueología como escuela de encarnación

Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿hasta qué punto puede seguir siendo provechoso, en la era de la inteligencia artificial y de las investigaciones en las infinitas galaxias del universo, el papel de la arqueología cristiana en la sociedad y para la Iglesia?

El cristianismo no nació de una idea, sino de una carne; no de un concepto abstracto, sino de un vientre, de un cuerpo, de un sepulcro. La fe cristiana, en su esencia más auténtica, es histórica: se basa en hechos concretos, en rostros, en gestos y en palabras pronunciadas en una lengua, en una época y en un entorno. Esto es lo que la arqueología hace evidente, palpable. Nos recuerda que Dios eligió hablar en una lengua humana, caminar en una tierra, habitar lugares, casas, sinagogas, calles.

No se puede comprender plenamente la teología cristiana sin la inteligencia de los lugares y las huellas materiales que dan testimonio de la fe de los primeros siglos (…)

La arqueología, al ocuparse de los vestigios materiales de la fe, educa en una teología de los sentidos: una teología que sabe ver, tocar, oler y escuchar. La arqueología cristiana educa en esta sensibilidad. Excavando entre piedras, ruinas y objetos, nos enseña que nada de lo que ha sido tocado por la fe es insignificante. Incluso un fragmento de mosaico, una inscripción olvidada, un grafito en una pared de las catacumbas pueden contar la biografía de la fe. En este sentido, la arqueología es también una escuela de humildad: enseña a no despreciar lo que es pequeño, lo que es aparentemente secundario. Enseña a leer los signos, a interpretar el silencio y el enigma de las cosas, a intuir eso que ya no está escrito. Es una ciencia del umbral, que se encuentra entre la historia y la fe, entre la materia y el Espíritu, entre lo antiguo y lo eterno.

Vivimos en una época en la que el uso y el consumo han prevalecido sobre la conservación y el respeto. La arqueología, en cambio, nos enseña que incluso el más pequeño testimonio merece atención, que cada rastro tiene valor, que nada puede descartarse. En este sentido, es una escuela de sostenibilidad cultural y ecología espiritual. Es una educación para aprender a respetar la materia, la memoria y la historia. El arqueólogo no descarta nada, sino que conserva. No consume, sino que contempla. No destruye, sino que descifra. Su mirada es paciente, precisa, respetuosa. Es la mirada que sabe captar en un trozo de cerámica, en una moneda corroída o en un grabado desgastado, el aliento de una época, el sentido de una fe y el silencio de una oración.

(...) La profesión arqueológica es, en gran parte, una profesión “táctil”. Los arqueólogos son los primeros en tocar, después de siglos, una materia enterrada que conserva la energía del tiempo. Pero la tarea del arqueólogo no se limita a la materia, va más allá, hasta lo humano. No sólo estudia los hallazgos, sino también las manos que los forjaron, las mentes que los concibieron, los corazones que los amaron. Detrás de cada objeto hay una persona, un alma, una comunidad. Detrás de cada ruina, un sueño de fe, una liturgia, una relación. La arqueología cristiana, entonces, es también una forma de caridad; es una manera de hacer hablar los silencios de la historia, de devolver la dignidad a los olvidados, de sacar a la luz la santidad anónima de tantos fieles que han formado parte de la Iglesia. 

Una memoria para evangelizar

(...) La arqueología cristiana nos muestra cómo el Evangelio ha sido acogido, interpretado y celebrado en diferentes contextos culturales; nos muestra cómo la fe ha moldeado la vida cotidiana, la ciudad, el arte y el tiempo. Y nos invita a continuar este proceso de inculturación, para que el Evangelio pueda seguir encontrando hoy un hogar en los corazones y en las culturas del mundo contemporáneo. En este sentido, no sólo mira al pasado, también habla al presente y orienta hacia el futuro. Habla a los creyentes, que redescubren las raíces de su fe; pero también habla a los alejados, a los no creyentes, a cuantos se interrogan sobre el sentido de la vida y encuentran, en el silencio de las tumbas y en la belleza de las basílicas paleocristianas, un eco de eternidad. Se dirige a los jóvenes, que a menudo buscan autenticidad y concreción; se dirige a los estudiosos, que ven en la fe no una abstracción, sino una realidad históricamente documentada; se dirige a los peregrinos, que encuentran en las catacumbas y en los santuarios el sentido del camino y la invitación a la oración por la Iglesia.

En un momento en el que la Iglesia está llamada a abrirse a las periferias —geográficas y existenciales—, la arqueología puede ser un poderoso instrumento de diálogo; puede contribuir a tender puentes entre mundos distantes, entre culturas diferentes, entre generaciones; puede dar testimonio de que la fe cristiana nunca ha sido una realidad cerrada, sino una fuerza dinámica, capaz de penetrar en los tejidos más profundos de la historia humana. 

Saber ver más allá: la Iglesia entre el tiempo y la eternidad

(...) Sin embargo, la arqueología no se limita a describir la materialidad de las cosas, sino que nos lleva más allá: nos hace intuir la fuerza de una existencia que trasciende los siglos, que no se agota en la materia, sino que la trasciende. (…) La arqueología cristiana contribuye a este conocimiento: ilumina los textos con testimonios materiales, interroga las fuentes escritas, las completa, las problematiza. En algunos casos, confirma la autenticidad de las tradiciones; en otros, vuelve a colocarlas en su contexto preciso; y en otros, abre nuevas preguntas. Todo esto es teológicamente relevante. Porque una teología que quiera ser fiel a la Revelación debe permanecer abierta a la complejidad de la historia.

La arqueología cristiana puede ofrecer una gran contribución en este sentido, pues nos ayuda a distinguir lo esencial de lo secundario, el núcleo original de las incrustaciones de la historia (…) La verdadera arqueología cristiana no es conservación estéril, sino memoria viva. Es la capacidad de hacer que el pasado hable al presente. Es sabiduría para discernir lo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia. Es fidelidad creativa, no imitación mecánica. Por esta razón, la arqueología cristiana puede ofrecer un lenguaje común, una base compartida, una memoria reconciliada. Puede ayudar a reconocer la pluralidad de las experiencias eclesiales, la variedad de formas, la unidad en la diversidad. Y puede convertirse en un lugar de escucha, un espacio de diálogo y un instrumento de discernimiento.

El valor de la comunicación académica

La arqueología no es un privilegio para unos pocos, sino un recurso para todos, que puede ofrecer una contribución original al conocimiento de la humanidad, al respeto de la diversidad y a la promoción de la cultura. También la relación con el Oriente cristiano puede encontrar en la arqueología un terreno fértil. Las catacumbas comunes, las iglesias compartidas, las prácticas litúrgicas análogas, los martirologios convergentes: todo ello constituye un patrimonio espiritual y cultural que hay que valorizar juntos.

Educar en la memoria, custodiar en la esperanza

Vivimos en un mundo que tiende a olvidar, que corre rápidamente, que consume imágenes y palabras sin sedimentar el sentido. La Iglesia, en cambio, está llamada a educar en la memoria, y la arqueología cristiana es uno de sus instrumentos más nobles para hacerlo. No para refugiarse en el pasado, sino para habitar el presente con conciencia, para construir el futuro con raíces.

Quien conoce su propia historia sabe quién es, sabe adónde ir, sabe de quién es hijo y a qué esperanza está llamado. Los cristianos no son huérfanos: tienen una genealogía de fe, una tradición viva y una comunión de testigos. La arqueología cristiana hace visible esta genealogía, custodia sus signos, los interpreta, los narra y los transmite. En este sentido, es también un ministerio de esperanza. Porque muestra que la fe ya ha atravesado épocas difíciles; ha resistido persecuciones, crisis, cambios; ha sabido renovarse, reinventarse, echar raíces en nuevos pueblos, florecer en nuevas formas. Quien estudia los orígenes cristianos ve que el Evangelio siempre ha tenido una fuerza generativa, que la Iglesia siempre ha renacido, que la esperanza nunca ha fallado.

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Me dirijo a los obispos y a los responsables de la cultura y la educación: animen a los jóvenes, laicos y sacerdotes a estudiar arqueología, que ofrece muchas perspectivas formativas y profesionales dentro de las instituciones eclesiásticas y civiles, en el mundo académico y social, en los campos de la cultura y la conservación.

Por último, mi palabra va dirigida a ustedes, hermanos y hermanas, estudiosos, profesores, estudiantes, investigadores, agentes del patrimonio cultural, responsables eclesiásticos y laicos: su trabajo es valioso. No se dejen desanimar por las dificultades. La arqueología cristiana es un servicio, una vocación, una forma de amor a la Iglesia y a la humanidad. Sigan excavando, estudiando, enseñando, narrando. Sean incansables en la búsqueda, rigurosos en el análisis, apasionados en la divulgación.

ANTIQVA TEMPESTAS, HODIERNA OCCASIO

[Diosa Roma portando el universo en su mano izquierda, siglo I d. C., Roma, Campidoglio (ver foto)]

Pocas satisfacciones hay mayores para un docente universitario que ver el éxito y progreso de sus antiguos estudiantes. En este año de 2025, dos de los más brillantes antiguos alumnos del Grado en Historia y Periodismo que ofrece la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, Leire Santos y Javier Larequi, el segundo, además, actualmente en proceso de realización de su Tesis de Doctorado, bajo nuestra dirección, con beca FPU del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, están en Nueva York, la comúnmente llamada "capital del mundo", la primera realizando un Máster en la Columbia University, con beca de la Fundación La Caixa, y el segundo disfrutando, además, de una beca Fullbright en el prestigioso Institute for the Study of the Ancient World, de la New York University, que ahora dirige el Prof. Greg Woolf. El carácter extraordinariamente competitivo de ambas convocatorias es más que suficiente como carta de presentación sobre su madurez académica presente y su prometedor futuro investigador.

Gracias a esos lazos y a la iniciativa de Leire Santos y a su implicación en la Columbia European Union Study Association, en el marco de las actividades de nuestro proyecto de investigación en curso, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades -del que ya hemos hablado aquí en las recientes entradas de la serie "Parua labentia" que, precisamente, recoge el acrónimo del citado proyecto-, el pasado día 10 de abril pudimos impartir, en la Columbia University, la conferencia titulada "European challenges through an ancient lens: revisiting the 'decline' of the Western Roman Empire" ("Los retos de Europa desde la óptica de la Antigüedad: revisitando el 'final' del Imperio Romano de Occidente") y que se incluyó en la serie "Ancient crisis, modern challenges" ("Antiguas crisis, modernas oportunidades"), de los Seminarios de dicha institución, título en que se inspira el que, en Latín -antiqua tempestas, hodierna occasio- hemos dado a este post. En ella reflexionamos sobre los verdaderos causantes del final del mundo romano en Occidente y, también, sobre lo que la transformación de Roma durante los siglos de la Antigüedad Tardía nos enseña para afrontar la situación presente, que ofrece tantos paralelismos con la vivida en la Europa mediterránea al final de la Antigüedad. A petición de algunos seguidores de Oppida Imperii Romani, y aunque la conferencia fue pronunciada en inglés, se ofrece a continuación el texto, editado y anotado, de la versión castellana de la misma así como la presentación que la ilustró esperando, como siempre, que resulte útil e inspiradora. 


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Buenas tardes, muchas gracias a todos por vuestra asistencia y en particular, gracias a la Columbia University European Union Study Association, por preparar y programar esta conferencia. He de confesar que para quien se considera, por encima de todo, un estudioso del mundo romano, sentir, a miles de kilómetros del extremo occidental del antiguo Imperio, cómo el legado de Roma se ha extendido, también, fuera de los que fueron sus límites territoriales y administrativos conlleva una emoción bastante especial que sé que compartimos algunos de los que aquí estamos y, en particular, dos de mis mejores antiguos alumnos en la Universidad de Navarra, actualmente en Nueva York mejorando su formación como prometedores investigadores y comprometidos historiadores.

Es por ello que, en parte, consideré que el centro de mi reflexión en esta prestigiosa Universidad debía girar en torno al modo cómo determinados problemas del pasado no sólo influyen en nuestra percepción del presente sino, también, nos aportan luces para entender una situación de desarticulación y final de una era que, parece, define bien lo que estamos viviendo. Como se repitió muchas veces a lo largo de 2020, con la irrupción de la pandemia del covid-19, en ocasiones resulta más sencillo escribir Historia -estudiarla, en definitiva, y enseñarla- que vivirla. Y, está claro, ahora la estamos viviendo, la estamos "haciendo" y ello nos genera, cuando menos, una cierta preocupación y acaso, también, inseguridad respecto del futuro.

Es sabido que, recientemente, Mary Beard ha recordado en conferencias varias -aunque el principio estaba ya presente en conocidos e influyentes historiadores de la Antigüedad como Henri Marrou o Arnaldo Momigliano, entre otros- que "la Historia no trata sobre lo que ocurrió en el pasado sino sobre la relación entre el pasado y el presente". Ella misma, de hecho, ha viralizado la ocurrente reflexión mediática sobre el número de veces en que, al día, los hombres -entiendo que también, por supuesto, las mujeres- pensamos en el Imperio Romano en una expresión que tuvo bastante eco en la agenda informativa durante el pasado año. Y está claro que al margen de las que fueron sus explicaciones -un mundo de hombres en el que cualquier hombre puede dar rienda suelta a muchas de sus fantasías de poder y de dominio- Roma nos fascina, la invocamos, y pensamos en ella porque es un lugar seguro al que volver. Seguro en términos ideales -pues, seguramente, poco tiene que ver la Roma ideal que imaginamos o recreamos con la Roma real- pero también seguro en términos reales, históricos. Roma nos ofrece una serie de lugares comunes, de referentes, que nos permiten no sólo entendernos a nosotros mismos sino, dada la durabilidad de su dominio, contemplar, también, situaciones históricas que, es cierto, en ocasiones, parecen repetirse o que, si no, al menos, nos ofrecen escenarios con los que compararnos.

Esa percepción de Roma como lugar seguro, estable, ordenado, racional, bien administrado y, por tanto, perdurable, forma parte, de hecho, de la propia tradición historiográfica romana que fue capaz -sobre todo en lengua griega- de transmitir esa imagen a las generaciones futuras con una serie de clichés que todos relacionamos con Roma cuando pensamos en ella. Por ejemplo, con Polibio, consideramos que la expansión de la cultura y del modo de vida romanos acabó por mejorar la vida de los pueblos a los que dicha potencia se impuso [1]. Con Estrabón atribuimos a Roma la capacidad de crear una "casa común" en la que los recursos y los bienes se compartían a ambos lados del Mediterráneo por medio de una tupida red de ciudades y calzadas [2]. Con Flavio Josefo [3] admiramos la constancia, capacidad de entrenamiento, trabajo y disciplina del ejército romano -responsable para él de la expansión de Roma y razón por la que espetó a sus paisanos judíos que la resistencia era en vano- y con Apiano [4] reconocemos los méritos de una administración absolutamente eficaz y, especialmente, omnipresente a partir de una excelente simbiosis entre el poder central y la autonomía local concretada en “vigilar las provincias tratando de evitar el provocar en ellas hostilidades”.

Teniendo en cuenta esta percepción, en los inicios de la investigación sistemática sobre la Historia Antigua, en los siglos XVIII y XIX, muchos de esos elementos pasaron a formar parte del juicio que los primeros historiadores de la Antigüedad -en parte impactados por el particular appeal del legado de Roma, tanto del material, monumental, arqueológico como del jurídico y normativo- hicieron respecto del mundo romano.

Así, Edward Gibbon, probablemente el mejor representante de la tardía Ilustración europea y acaso el último representante de una generación de británicos interesados en el mundo antiguo antes de que el siglo XIX estuviera dominado por la historiografía alemana, escribía en su celebrado The History of the decline and fall of the Roman Empire, cuya primera edición es de 1776 [5]:

“Domestic peace and union where the natural consequences of the moderate and comprehensive policy embraced by the Roman (...); the obedience of the Roman world was uniform, voluntary, and permanent. The vanquished nations, blended into one great people, resigned the hope, nay even the wish, of resuming their independence, and scarcely considered their own existence as distinct from the existence of Rome. The established authority of the emperors pervaded without an effort the wide extent of their dominions, and was exercised with the same facility on the banks of the Thames, or of the Nile, as on those of the Tiber. The legions were destined to serve against the public enemy, and the civil magistrate seldom required the aid of a military force. In this state of general security, the leisure as well as opulence both of the prince and the people were devoted to improve and to adorn the Roman Empire (...) All the cities were connected with each other, and with the capital, by the public highways, which issuing from the forum of Rome, traversed Italy, pervaded the provinces, and were terminated only by the frontiers of the empire (...) Such was the solid construction of the Roman highways, whose firmness has not entirely yielded to the effort of fifteen centuries. They united the subjects of the most distant provinces by an easy and familiar intercourse; but their primary object had been to facilitate the marches of the legions; nor was any country considered as completely subdued, till it had been rendered, in all its parts, previous to the arms and the authority of the conqueror. The advantage of receiving the earliest intelligence, and of conveying their orders with celerity, induced the emperors to establish throughout their extensive dominions, the regular institution of posts”.

De este modo, la paz, la autoridad de los emperadores, el compromiso de los cargos públicos a escala local, la seguridad militar y comercial, la conectividad y la vertebración fueron, a juicio de Gibbon -un juicio inspirado en Tácito y, como se ha visto, en tópicos presentes en las fuentes romanas- parte del éxito y de la duración del Imperio Romano. Algunos años más tarde, el que podemos considerar padre de todos los historiadores de la Antigüedad -ganador de un Premio Nobel de Literatura en 1902 por su aclamada Römische Geschichte publicada entre 1854 y 1885- Theodor Mommsen, a partir de un análisis de Roma claramente realizado en tiempo presente y admirando de ella la eficacia administrativa propiamente prusiana volvía sobre esos tópicos de seguridad, eficacia administrativa y uniformidad cultural que ya estaban presentes en Gibbon y que, seguro, todos tenemos presentes cuando pensamos en Roma, escribía en su Historia de Roma [6]:

“Rara vez se mantuvo el gobierno del mundo en un orden tan durable y persistente, y las recias normas administrativas trazadas por César y Augusto y continuadas por sus sucesores en el trono mantuviéronse en conjunto con su maravillosa firmeza, pese a todas las mudanzas de dinastías y dinastas (…) Lo verdaderamente grandioso de estos siglos consiste en que la obra ya cimentada, la implantación de la civilización grecolatina, bajo la forma del desenvolvimiento del régimen municipal de las ciudades y la incorporación gradual a esta órbita de los elementos bárbaros, o, por lo menos, extraños, obra que requería, por su propia naturaleza, para desarrollarse por sí misma, siglos de incesante actividad y de sosiego, encontró en efecto el largo plazo y la paz que necesitaba, tanto por mar como por tierra (...) Este imperio aseguró la paz y la prosperidad de las muchas naciones agrupadas en él, más largo tiempo y de un modo más completo que ninguna otra potencia dirigente anterior (…) Y si algún día bajase del cielo un ángel del Señor y estableciese un balance de gobierno para saber cuándo, si entonces u hoy, fueron gobernadas con mayor inteligencia y mayor humanidad aquellas regiones denominadas por Septimio Severo, y si desde aquellos tiempos han progresado o han retrocedido en general, en estos países, la moral, las costumbres y la felicidad de los pueblos, es harto dudoso que el fallo recayese a favor de la época actual (... es así) cuando tratamos de explicarnos aquel fenómeno impresionante de la Roma que, siguiendo las huellas de Alejandro, dominó y civilizó al mundo”.

Lo cierto es que ya los autores antiguos, entre los siglos III y IV d. C. se dieron cuenta de que, por entonces, algunos de esos elementos que habían garantizado la paz y prosperidad de Roma se habían quebrado. Estos autores, como Próspero de Aquitania, por ejemplo, o Agustín de Hipona, hablaron del occasus mundi [7], del final del mundo y, también, de un evidente cambio de ciclo como cuando en las Confesiones el obispo de Hipona escribía mundus transit et omnia in eo [8] aunque confiaba en que ese tránsito terminaría en una renovación de los tiempos y, también, de la Historia. También Mommsen, a partir de Diocleciano, y Gibbon, siguiendo a Casio Dión y su teoría de las edades en la Historia de Roma, a partir de Septimio Severo, fueron desgranando algunos de los componentes de esa crisis, de ese "decline and fall" que, en expresión gibboniana, ha tenido bastante éxito incluso en la cultura popular y hasta cinematográfica: "decadencia y ruina", "ruina y caída". La disolución de la eficacia de la administración, la conversión del ejército en un cuerpo de mercenarios, la tumultuaria elección de emperadores por las provincias y los cambios de personalidad y estridencias de los emperadores, en particular, a juicio de Gibbon, los posteriores a Alejandro Severo, evidenciaban un claro cambio de ciclo que potenció, desde el siglo XVIII, esa singular -y aun vigente- narrativa del "decline and fall".

Sin embargo, recientemente, los trabajos de Bryan Ward Perkins han tratado de matizar esa idea de la decadencia de Roma dando carta de naturaleza a una advertencia de cambio cultural y de transición, más que de ruina y declive, ya planteado por otro de los títulos de referencia en la cuestión, el The World of Late Antiquity de Peter Brown, publicado en 1971. Para el historiador irlandés, a partir del año 200 d. C., se produjeron una serie de transformaciones en Roma que no fueron negativas pero que acabaron por abrir un nuevo tiempo en el que, acaso, la "decadencia" no era el término clave sino que, más bien, se asistía a una "revolución cultural y religiosa" [9], revolución que comenzaría en el Bajo Imperio e, incluso, en lo que ahora ha dado en llamarse periodo medio-imperial, y continuaría por un tiempo demasiado largo, hasta, prácticamente, la recuperación de la unidad ideológica antes Romana, con la coronación de Carlomagno en Aachen en el año 800.

Pese a esa matización del concepto de caída y decadencia al que nos estamos refiriendo, el periodo ha resultado tan sugerente que hasta historiadores alemanes, como Alexander Demandt, en su Der Fall Roms, publicado en Munich en 1984, enumeró hasta 210 razones que, en alguna ocasión, la historiografía había empleado para explicar la transformación del Imperio Romano en la tardoantigüedad. Aunque los factores pueden verse en la presentación que abría estas líneas, y, ciertamente, como ha recordado recientemente el propio Bryan Ward Perkins [10], suenan especialmente impactantes en la lengua alemana, no parece que muchos se distingan de los que actualmente se están citando como elementos clave en la llamada crisis de la posmodernidad, el momento histórico que, de hecho, estamos viviendo. Así, entre los incluidos por Demandt figuran: el agotamiento ideológico, la pérdida del argumento de autoridad, la crisis de la intelectualidad, la hybris de determinados territorios, algunos ejercicios imperialistas agresivos, el panem et circenses, las alteraciones climática, el auge de los totalitarismos o los conflictos fronterizos asuntos todos que recuerdan, tristemente, a la agenda actual. En este sentido, si emulando a Demandt, enumeramos los problemas que la sociología actual suele citar a propósito de la crisis de la posmodernidad o las que los analistas políticos suelen referir como claves del cambio posmoderno, encontramos algunos valores que si bien no figuran en la lista historiográfica de este investigador alemán sí es evidente que formaron parte de los factores que aceleraron la transformación de Roma, tanto de los citados por Gibbon o por Mommsen como los que, en seguida lo veremos, ha ido aportando la historiografía más reciente que, al respecto, ha abierto algunas nuevas visiones sobre la crisis de Roma que resultan sugerentes y que diagnostican algunos aspectos del tiempo actual. Así, entre esos factores propios de la crisis de nuestro tiempo es recurrente citar el fin de la globalización acompañado de un fortalecimiento de las identidades locales disgregadoras de las que los proteccionismos económicos podrían ser una manifestación; la negación o puesta en duda de la libertad a partir de un cada vez más intervencionista control estatal; el orillamiento de la verdad o la aparición de la posverdad a partir del triunfo del relato y de la cultura de la cancelación; o, en definitiva, y guarda relación con el primer punto, las perniciosas consecuencias de la revolución tecnológica. Qué duda cabe que el triunfo de las periferias -con los pronunciamientos militares de la anarquía de la Roma del siglo III d. C.-, el aumento de la tasación económica y tributaria; la difusión del cristianismo y el cuestionamiento -pero también la adaptación y sincretismo- de los cultos tradicionales se han venido citando, por ejemplo en los prestigiosos coloquios The Impacts of Empire [11], como signos distintivos de la transformación tardoantigua que tienen presencia, también, en los problemas que copan cotidianamente las portadas de nuestros periódicos.

Acaso porque la investigación histórica encuentra su mayor estímulo en el análisis del presente, en los últimos años, no sólo se han añadido nuevas perspectivas a esta apasionante, y paradigmática, cuestión del final de la más estable de las civilizaciones de la Antigüedad sino que, también, se ha reflexionado abundantemente sobre el inicio de las transformaciones que acabaron con la generalización de un nuevo mundo ajeno ya al poder de Roma. Nosotros mismos, en dos volúmenes de reciente aparición publicados en Alemania, hemos reflexionado sobre esa cuestión con argumentos procedentes, sobre todo, de la perspectiva hispana y de la documentación material, epigráfica y arqueológica, asunto sobre el que luego volveremos. Ya en 1953, uno de los más influyentes estudiosos del Derecho de Roma, Álvaro d'Ors [12], sostuvo que, probablemente, el modelo romano de ciudad, en Occidente, resultó demasiado exigente para su sostenimiento por parte de las elites locales en una teoría que, en los años noventa, recuperó con acierto Géza Alföldy y que, acaso, por haber sido publicada en un trabajo de poca difusión internacional, pasó desapercibida [13]. Más recientemente, ha encontrado acomodo como auténtico best-seller el aclamado libro de Kyle Harper The fate of Rome en el que la peste antonina y el cambio climático se han puesto en el centro del debate sobre los agentes del cambio de modelo vivido por Roma desde, al menos, la muerte del emperador Marco Aurelio. Efectivamente, noticias como las que da Eutropio, al hablar de la muerte de la mayor parte de la humanidad en la gran pestilentia del siglo II d. C. [14] o la que, sobre los efectos de la distancia social sobre las ciudades afectadas por la citada epidemia, aporta Paulo Orosio [15] han resultado sugerentes para entender otro fenómeno que es inseparable de la transformación experimentada por Roma desde el último cuarto del siglo II d. C. que, desde luego, ha venido a restar fuerza a la tesis invasionista o administrativista y ha puesto en el centro del debate una cuestión más estructural que coyuntural por más que ésta -o éstas, pues fueron varias- resultase también influyente.

Quizás haya sido Greg Woolf, en un libro generalista publicado en 2022, Rome. An Empire's story, quien mejor ha descrito, prescindiendo de trabajos más especializados, que también los hay, especialmente en la literatura europea, dos de los factores que, nos parece, más han sido soslayados y más deben ser tenidos en cuenta a la hora de interpretar el por qué de la decadencia de una civilización de la que Occidente se siente heredero [16]. Efectivamente, como él señala, es evidente que, en Roma, desde antes del año 200 d. C., el desarrollo urbano se frenó completamente, al menos en Occidente fenómeno al que siguió, también, la reducción demográfica de muchos núcleos urbanos y que, como aduce, pone en evidencia que, efectivamente, y como recordó el ya citado Álvaro D'Ors, del que luego se hizo eco Géza Alföldy, el Imperio Romano fue, esencialmente "a world of farmers". Un mundo de granjeros, de agricultores, típicamente pre-industrial, que, seguramente, encerraba en su dependencia de la vida urbana y en el sostenimiento primario de la misma, la semilla de su propia debilidad.

Aunque está claro que los textos literarios resultan el documento esencial de la labor del historiador es sabido también que éstos, a partir de, al menos, la Historia Augusta, adoptan un valor más encomiástico que historiográfico lo que limita notablemente contar con evidencias que resulten válidas y que estén desprovistas del ropaje retórico propio del momento. Es por ello que, nos parece, la mejor manera de aproximarse al verdadero "core" de la crisis de Roma y obtener de ella reflexiones metodológicas y sociológicas para el presente desde las lentes del pasado, es dar entrada, en la ecuación que ha de explicar esa transformación, a los dos elementos que, precisamente, Greg Woolf ha puesto en valor en su título de hace apenas tres años: la vida urbana y la situación económica susceptibles de ser estudiadas a partir de la evidencia material y de los datos epigráficos que, al menos para Occidente, se están revelando decisivos para ver en qué medida, muchos de los elementos que antes citábamos a partir del listado de Demandt, realmente no fueron causantes de la transformación sino simplemente elementos añadidos, superpuestos, coyunturales, a una crisis que fue, esencialmente, estructural, sistémica y que gravitó, de hecho, sobre al binomio: ciudad/economía. Es decir, sobre, fundamentalmente, la economía urbana. No puede ser de otro modo en una civilización que, desde Augusto, al menos, constituyó un gran Imperio de ciudades. La mirada, por tanto, a la evidencia arqueológica, material, a los ritmos del desarrollo urbano y a las inscripciones, a la evidencia jurídica, nos parece, puede aportar nuevas luces a la crisis de Roma y, sí, también a nuestra transformación -e incluso decadencia- como civilización.

En esta discusión, nos parece que la evidencia procedente, en el campo arqueológico y en el epigráfico, de la península ibérica, en el extremo occidental del Occidente del Imperio, puede resultar, y está resultando, de hecho, tan paradigmática como ilustrativa. Recuérdese que, al margen de Sicilia, resultó uno de los territorios que primero fue administrado conforme al Derecho de Roma desde que, en el 196 a. C., se fundaron las provincias Citerior y Vlterior. Además, fue escenario, entre los años 80 y 40 del siglo I a. C., de dos de las tres guerras civiles de la República romana lo que, sin duda, es prueba de la integración de sus habitantes en las claves políticas de Roma. Fue, también, corte imperial durante unos años en época de Augusto, cuando el emperador eligió el territorio cántabro para legitimarse con una guerra externa tras su victoria contra Antonio en la administración del legado cesariano lo que motivó una notable transformación de su vida urbana y de su aparato administrativo. Y, de hecho, como narra Tácito, fue en su solar, y en Tarraco, la actual Tarragona, donde se erigió el primer templo del culto imperial provincial que sirvió in omnes prouincias exemplum. Aunque también Adriano, como cuenta la Historia Augusta, recaló en Tarraco, fueron, seguramente, los acontecimientos del año 68-69 d. C. los que, con dos partidarios al trono imperial procedentes del solar hispano, Otón y Galba, llamaron la atención de la maduración política y del valor estratégico de la península ibérica. No en vano, Vespasiano, recién inaugurada la dinastía flavia, la primera de proclamación militar en el aún joven Principado, decidió que todas las comunidades hispanas que no eran ya colonias y municipios pasasen a serlo motivando una notable transformación urbanística de un buen porcentaje de las 500 ciudades que, se calcula, hubo en el territorio hispano y, sobre todo, garantizando la implicación de la elite local en el gobierno de las mismas medida que acabó por multiplicar el número de los ciudadanos romanos y por hacer eficaz el binomio entre poder central y autonomía local que, como vimos en Mommsen y en Gibbon, resultó una de las señas de identidad del éxito y la estabilidad de Roma.

Esa extensión del derecho Latino a toda Hispania, testificada por Plinio y por otras evidencias de naturaleza, fundamentalmente epigráfica, supuso un revulsivo para la vida urbana hispanorromana. En muchas comunidades que, hasta entonces, habían sido extranjeras a Roma, fueron los notables locales, testificando, además, su condición de primeros magistrados del nuevo ordenamiento municipal, los que promovieron equipamientos públicos nuevos que contribuyeron -sobre todo los de naturaleza cívica- a mejorar las comodidades urbanas de sus ciudades. Los datos arqueológicos así lo testifican pero, también, los epigráficos. Sin ánimo de exhaustividad, podemos citar un ejemplo por provincia. Por ejemplo, en Andelo (Mendigorría, Navarra), en la Tarraconense, dos magistrados, ediles, sufragaron la construcción de un recinto de culto dedicado a Apolo, bajo la forma del culto imperial, mientras esperaban recibir la ciudadanía romana -pues su onomástica es todavía latina- al terminar su servicio público municipal. La forma del monumento es muy parecida a la de otro que un matrimonio de notables de la ciudad, Marco Fabio Novo y Porcia Faventina, dedicaron en la vecina ciudad de Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza), acaso Tarraca. En Lusitania, por su parte, un antiguo magistrado indígena que, tras la municipalización de su ciudad, siguió desempeñando cargos públicos, M. Fidio Macro, construyó un sensacional arco de cuatro vanos en el punto de la ciudad en que la vía se convertía en decumanus, entre el foro y las termas del municipio de Capera (Cáparra, Cáceres). Finalmente, en la Bética, en la sierra de Sevilla, en un área minera, varios notables rendían culto al emperador en una ciudad, Munigua, que se ha convertido -por su grandilocuente arquitectura, pero no sólo por eso- en un paradigma de las luces y de las sombras de este proceso de incentivación de la vida urbana hispanorromana que, además, aunque sin conexiones jurídicas, está bien documentado para la época en otras provincias romanas, como recientemente hemos podido estudiar.

Entre las singulares inscripciones en bronce que, de época romana, se conservan en la península ibérica, el Museo Arqueológico de Sevilla custodia una muy singular para el asunto que nos ocupa. Se trata de la copia en bronce de una carta del emperador Tito, fechada en septiembre del año 79 d. C., apenas un par de meses después del fallecimiento de su padre Vespasiano, y dirigida a los decuriones et quattuoruiri de Munigua. La carta, que, pese a su contenido, los Muniguenses recibieron con alegría y acabaron por exponer en la plaza pública de la ciudad, fue enviada por la cancillería imperial en respuesta a una que, meses antes, aquéllos habían hecho llegar al emperador pidiéndole indulgentia ante el endeudamiento que habían contraído con un contratista de servicios públicos, Seruilio Polión, que habría llevado a la comunidad a una situación grave de desequilibrio financiero, de tenuitas, como Roma solía describir estos problemas y desajustes de naturaleza financiera. Respondiendo el emperador que no procedía indulgentia alguna y que debían pagar lo que adeudaban, el documento -como otro un poquito anterior, procedente de Sabora (Cañete La Real, Málaga), firmado por Vespasiano, en este caso, éste perdido de antiguo- permite rastrear las difficultates et infirmitates que, en términos de sostenibilidad económica, debió generar para muchas comunidades hispanas el beneficio de tener que gestionarse, desde época flavia, de forma autónoma.

En este sentido, nuestras investigaciones arqueológicas de las últimas décadas en una de estas, en su momento, splendidissimae ciuitates, Los Bañales de Uncastillo, enclave ya antes citado, ha puesto de relieve de qué modo apenas cien años después de la recepción del título de municipio, muchas de estas comunidades que -como ha subrayado con acierto no hace mucho, en un volumen clave sobre la cuestión, Javier Arce- "nunca fueron grandes ciudades" [17] ya no disponían de ninguno de los elementos que pueden configurar la check-list del funcionamiento municipal y que, también, en nuestro imaginario colectivo, explican muy bien lo que era, o debía ser, desde la óptica material, una ciudad romana. Arce toma esa lista de los méritos que los Orcistani, una comunidad del noroeste de Phrygia, en Asia Menor, adujeron a Constantino entre el año 328 y el 330 d. C., para recuperar el viejo estatuto cívico de que en su día disfrutaron y que habrían perdido. A saber, antigüedad (uetustissimum oppidum), situación privilegiada en el ámbito geográfico circundante (situ adque ingenio locus opportunus esse), número suficiente y permanente de curiales, magistrados y población de ciudadanos (annuis magistratuum fasces ornaretur), servicio de abastecimiento de aguas en uso (aquarum ibi abundantem adfluentiam), baños públicos y privados (labacra publica et priuata), foro adornado con estatuas de los emperadores anteriores (forum istatuis ueterum principum ornatuum), y, en el caso específico de Orcistus, sus numerosos molinos de agua (ex decursibus praeterfluentium aquarum aquimolinarum numerum copiosum) que garantizaban la sostenibilidad local. El caso de Los Bañales, en este sentido, es paradigmático: promocionada al estatuto municipal en época flavia, los principales signos de dignitas de la comunidad estaban arruinados o habían perdido su función original apenas ciento diez años más tarde: el foro, con su basilica, sus programas escultóricos y su criptopórtico meridional, era ya un espacio para el reciclaje y el aprovechamiento irregular del bronce y el mármol de sus estatuas dando cabida, además, a estructuras parasitarias que contravenían la legislación local; algunos antiguos espacios públicos de la parte baja de la ciudad habían sido amortizados y habían transformado su uso deviniendo en áreas residenciales o artesanales privadas; y, en definitiva, la limpieza del viario urbano y el abastecimiento de agua, con el inicio de la colmatación del embalse que hacía las veces de caput aquae del sistema, se había abandonado por completo.

De hecho, y aunque Los Bañales de Uncastillo resulte un paradigma de esta transformación, no se trata de la única comunidad urbana hispanorromana que a mediados del siglo II d. C., estaba en proceso de desmantelamiento tras dos centurias de intensa y ferviente actividad constructiva . Los ejemplos se multiplican en la Hispania Romana y en Occidente y se explican por causas diversas entre las que pueden citarse la competencia con otros centros próximos o una economía especialmente focalizada en un único recurso. Pero, más allá de las razones, está claro que esa pérdida de vitalidad de la vida cívica, volviendo a Gibbon, no deberá acaso llevarnos a considerar si la crisis de Roma no fue precedida -como afirmó también Álvaro D'Ors y de acuerdo al dato aportado por Greg Woolf en torno de las dinámicas urbanas- por una crisis de las ciudades que, al final, eran la hebra que tejía la eficacia de la administración imperial y que, más allá de su aspecto material, de su stadtbild, evidenciaban también una nítida ideología por citar ese binomio, stadtbild und ideologie, que, desde Paul Zanker [18] a mediados de los años noventa, ha marcado la investigación sobre la vida urbana en Occidente.

En su antes citado libro de 2017, Kyle Harper escribía [19]:

“For historians, explaining the rapid disintegration of the empire has proved and enduring challenge. ‘Few things are more difficult in late-antique history than to know why, in the western half ot the empire, the Roman military and the Roman government failed’. If anything, the scope of the problem has only become even more daunting in recent years, as we have increasingly come to appreciate the robust recovery from the crisis of the third century. The empire roared back, and it is harder than ever to lay the blame for its demise on a progressive decay from within or a spiral of inevitable dissolution”.

Nos parece que, como hemos adelantado más arriba, una mirada a la documentación jurídica de naturaleza municipal, puede aportar algunas luces al respecto y ayudarnos en esa explicación. Sugiero, aquí, traer a colación tres secciones del más extenso reglamento de funcionamiento de comunidades urbanas con que contamos en todo Occidente y que procede de una, por otra parte, muy pequeña comunidad -de la que, arqueológicamente, apenas nada sabemos- de la provincia de Sevilla, en El Saucejo, que fue solar del municipium Flauium Irnitanum. Transcribimos tres disposiciones, capítulo 80, 31 y 83 de la denominada lex Irnitana:

"Si los decuriones (…) hubiesen decretado que era necesario tomar prestado algún dinero en interés de la gestión del municipio flavio Irnitano y, si ese dinero ha sido anotado como gasto para los munícipes, siempre que no se anoten como gasto cada año más de 50.000 sestercios, salvo si es con permiso del gobernador de la provincia (…) los munícipes (…) deben adeudar las cantidades que hayan sido así anotadas como gasto (erogatio pecuniae)".

"El año en que haya en este municipio menos de 63 decuriones o conscriptos (…) que sean elegidos (facta decurionum conscriptorumue lectio sublectio) los titulares o suplentes sustitutos para que añadidos al número de decuriones o conscriptos que había en este municipio, por derecho o costumbre, antes de la difusión de esta ley".

"Quienes sean munícipes o íncolas de este municipio, o vivan dentro de los límites de este municipio, o tengan campos, todos ellos deben dar, realizar y proporcionar el trabajo o la contribución que los decuriones o conscriptos de este municipio hayan decretado que deben realizarse (munitione damni cui factum erit ex re communi it aestimetur)".

Aunque se trata sólo de una pequeña muestra que no hace justicia a la amplia casuística de cuestiones que se contemplan en estos reglamentos de los que las provincias hispanas han facilitado el catálogo más completo de todo Occidente, es evidente que la administración local romana nacía con varias obligaciones y condicionantes. En primer lugar, como lo llamó François Jacques, con el "privilège de liberté" [20]. La participación en los cargos públicos era libre y, sobre todo, era generosa. De hecho, los reglamentos municipales y las inscripciones cívicas hablan de la summa honoraria que los magistrados tenían que depositar ante las arcas públicas al acceder a sus cargos al margen de que de ellos se esperase un comportamiento generoso, liberalis, que permitiera, también, sufragar gastos públicos. Además de libre y generoso, por tanto, asumir los munera ciuitatium exigía un desembolso y la prestación de garantías, de cautiones, de carácter hipotecario que, a veces, podían impedir a un magistrado electo tomar posesión de su cargo y desempeñar aquél para el que habían sido elegidos. En ese sentido, por lo tanto, había una clara obsesión por la cuestión de la sostenibilidad, por evitar situaciones de endeudamiento y por, como hemos visto, regular en buena medida la conformación, cumplimiento y salvaguarda de la pecunia communis, del presupuesto municipal. Este concepto, junto a la voluntad general de los nacidos en el municipio, la llamada res communis es absolutamente protegida y custodiada como una obsesión ante cualquier amenaza en varias de las rúbricas de la ley. Por último, y sin ánimo de exhaustividad, como hemos visto, en unas comunidades que aplazaban sus asuntos públicos en periodos de cosecha y vendimia -lo que habla de las bases agrícolas, ya antes citadas, de muchas de estas comunidades- parte del sostenimiento de algunos de los munera municipalia -limpieza, custodia y mejora de la red de caminos, canales o acequias- descansaba sobre la propia población en una suerte de trabajos colectivos, munitiones, pero personales, munera personalia, que se esperaban de los municipes. Es evidente que ante un modelo municipal tan voluntarista como exigente económicamente, cuestiones coyunturales como el cambio climático, el aumento de la tributación, la crisis económica o los conflictos civiles que se abrieron en Roma a la muerte de Cómodo debieron ser demasiado gravosos como para ser soportados por un modelo de articulación territorial que, a partir del siglo II d. C., tuvo que redimensionarse de forma clara [21].

“Such was the unhappy condition of the Roman emperors, that, whatever might be their conduct, their fate was commonly the same. A life of pleasure or virtue, of severity or mildness, of indolence or glory, alike led to an untimely grave; and almost every reign is closed by the same disgusting repetition of treason and murder. The death of Aurelian, however, is remarkable by its extraordinary consequences. The legions admired, lamented, and revenged their victorious chief. The artifice of his perfidious secretary was discovered and punished. The deluded conspirators attended the funeral of their injured sovereign with sincere or well feigned contrition, and submitted to the unanimous resolution of the military order (...)”.

Son palabras de Edward Gibbon [22] justo en el capítulo en que, con la muerte de Aureliano en el 214 d. C., él hacía arrancar la crisis general de Roma, ese "decline and fall" que, desde una perspectiva casi propia de Tácito, vinculaba a los vicios del poder romano y, de modo claro, también a los de quienes los detentaban. Theodor Mommsen, sin embargo, como vimos, cifraba en la pérdida de eficacia centralizadora de la administración romana el punto de arranque de ese singular "narrating decline and fall", en acertada expresión de Clifford Ando [23]. Seguramente por eso, factores exógenos se han aducido, tradicionalmente, para explicar la transformación de la Roma clásica hacia los tiempos de la tardoantigüedad. Por orden cronológico la peste antonina, el cambio climático, las guerras civiles de finales del siglo II d. C., la anarquía militar, la crisis económica y fronteriza del siglo III d. C. y, finalmente, en medio de esas alteraciones, las invasiones, han llevado a que se generalice esa idea de una decadencia jalonada por hitos externos propios del cambio de ciclo que abrió paso al ya citado mundo de la Antigüedad Tardía. Sin embargo, los estudios arqueológicos y, también, los epigráficos -que se sustentan sobre fuentes que, de hecho, están menos procesadas que las literarias, que los relatos de los historiadores- demuestran, en primer término, que la transformación a la que desde Gibbon resumimos con el término "decline and fall", en realidad, comenzó años antes casi a la vez que se propagó la peste antonina y a la vez que, por ejemplo, el comercio mediterráneo dio -en lo que respecta, por ejemplo, al aceite bético que llegaba al monte Testaccio de Roma- sus primeras muestras de debilidad y agotamiento, por tanto en el siglo II d. C. Pero, además, el hecho de que esas fuentes apunten claramente, por un lado, a una redimensión -cuando no abandono- de la vida urbana con la consiguiente ruralización de los paisajes y a una retirada de la elite local del comprometido servicio, político y edilicio, que otrora prestaban en sus comunidades y a que esa redimensión tuvo consecuencias, también, de carácter económico y administrativo permite poner el foco en que, acaso, fueron problemas estructurales los que -aderezados, eso sí, por condicionantes externos en una época medio-imperial tremendamente compleja- aceleraron la decadencia de Roma que puede verse ahora con unas lentes nuevas a tenor de las últimas investigaciones y de los datos que arroja el estudio de las comunidades locales de Occidente.

Está claro que la Historia de Roma -y eso es lo que la hace grande- no es sólo lo supuestamente acontecido en el pasado de esta civilización sino, también, aquello que cada época ha narrado sobre ese pasado más o menos mitificado o, incluso, mistificado, del que las civilizaciones occidentales se reconocen herederas. Y, aun podríamos decir más, la Historia de Roma es también aquello que cada periodo histórico ha admirado de ese pasado. Es evidente que esa Europa que fue romana hace frente hoy a un particular “decline and fall” que ofrece algunos retos singulares en los que, acaso, Roma y su histórica, y romántica, decadencia y ruina, tienen algo que decir sabedores de que, de acuerdo con el historiador Tácito, como dijo el emperador Claudio en el Senado de Roma en los años 40 del siglo I d. C. [24], aquello que hoy “defendemos como precedentes, será considerado precedente” en el futuro.

El primero de esos retos es, desde luego, reconocer -sin cancelaciones ni revisionismos- el pasado en que las tierras de Europa escribían y protagonizaban la Historia conscientes, claro está, de que hay aspectos de la sociedad y la política romanas que nunca serán ejemplarizantes pero que nos posicionan ante un momento de la Historia en que sí existió una unidad política y cultural que, acaso, ha estado siempre detrás del singular sueño de la construcción europea y que, desde un punto de vista catártico, de pasado compartido, tiene mucho que ofrecer en estos tiempos de atomización e incertidumbre. El segundo tiene que ver con un necesario examen interno. Si, como hemos visto, la crisis de Roma no tuvo tanto que ver con elementos coyunturales exógenos sino con debilidades internas -administrativas, locales, cívicas- que nacían del propio régimen ciudadano, está claro que las transformaciones que hoy vive Europa -y, en general, el mundo- nos obligan a reconsiderar nuestras raíces, nuestra identidad y, por tanto, también nuestras propias convicciones para cimentarse éstas, si cabe, con mayor fuerza y enfrentar de ese modo los vaivenes de este mundo que, parece, ha dejado también de ser global y que sólo podremos recomponer si somos capaces de reedificarlo sobre valores compartidos, algo de lo que Roma nos da una buena serie de ejemplos y también de anti-modelos. Por último, como hemos visto, la verdadera ruina de Roma no sólo vino precedida de la crisis de sus ciudades sino que consistió, como Peter Brown recordó, en una sustitución de valores que hizo que el edificio estable de esa civilización perdiera cohesión no sólo ideológica sino, también, administrativa y práctica. Si, efectivamente, la Historia es, como afirmó Polibio, el saber que mejor prepara al hombre para la vida política y para los cambios de fortuna, vamos a necesitar -necesitamos ya- buenas dosis de Historia -y de Historia de Roma- para enfrentar el futuro de Europa como proyecto global, identitario y supranacional. Tenemos fuentes para inspirarnos, ahora, hará falta voluntad para ejecutar ese futuro.

NOTAS.- Sin ánimo de exhaustividad se recogen aquí las notas bibliográficas y referencias a fuentes que no se precisan en la presentación embebida más arriba, que acompañó a la conferencia. Si sobre alguno de los asuntos se ha tratado en otros posts de la serie "Disputationes" de este blog, se remite directamente a las entradas en cuestión. Por último, de los volúmenes cuya editio princeps fue en inglés, se ofrece en el texto cita en dicha lengua, por razones obvias de la preparación de la conferencia pero si existe traducción al castellano, se indica en estas notas. [1.] Polibio, Historias, 6, 1, 3 y 22, [2.] Estrabón, 1, 2, 1 y 2, 5, 12, [3.] Flavio Josefo, Bellum Iudaicum, 3, 71-74, 85-88, 98-101 y 103-16, [4.] Appiano, Historia Romana, 3, 11, [5.] GIBBON, Edward, The History of the decline and fall of the Roman Empire. Volume I. The turn of the Tide, The Folio Society, Londres, 1983, pp. 64-65, sobre este volumen existe edición castellana de EpubLibre, de 2014, disponible aquí, [6.] MOMMSEN, Theodor, El mundo de los Césares. Volumen V. Las provincias, de César a Diocleciano, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2011, pp. 19-24, traducción al castellano de la Römische Geschichte que está disponible aquí íntegramente [7.] Próspero de Aquitania, Chronica, 2, [8.] Agustín de Hipona, Confesiones, 9, 4, [9.] WARD-PERKINS, Bryan, The fall of Rome and the end of civilization, Oxford, 2005, pp. 3-4, libro sobre el que Espasa publicó traducción al castellano como también la hay del seminal volumen del Peter Brown, por ejemplo en Taurus [10.] WARD-PERKINS, Bryan, op. cit. p, 33 [11.] HEKSTER, Olivier, Crises and the Roman Empire. VII Workshop of the International Network Impacts of Empire, Leiden, 2007, [12.] D'ORS, Álvaro, Epigrafía jurídica de la España romana, Madrid, 1953, p. 142, [13.] ALFÖLDY, Géza, "Hispania bajo los Flavios y los Antoninos: consideraciones históricas sobre una época", en De les structures indígenes a l'organització provincial romana de la Hispània Citerior: homenatge à Josep Estrada i Garriga, Barcelona, 1998, pp. 11-32, [14.] Eutropio, Breviarium historiae Romanae, 8, 12 [15.] Paulo Orosio, Historia aduersus paganos, 7, 15, 15, [16.] WOOLF, Greg, Rome. An empire's story, Oxford, 2022, p. 57 [17.] ARCE, Javier, "La inscripción de Orcistus y las preocupaciones del emperador", en Urbanisme civique en temps de crise: les espaces publics d'Hispanie et de l'Occident romain entre les IIe et IVe s., Madrid, 2015, pp. 311-324, cuyo texto puede leerse completo aquí, [18.] TRILLMICH, Walter (ed.), Stadtbild und Ideologie: die Monumentalisierung hispanischer Städte zwischen Republik und Kaiserzeit, Munich, 1990, [19.] HARPER, Kyle, The fate of Rome: climate, disease and the end of an Empire, Princeton/Oxford, 2017, aunque existe edición en castellano en Plantea de los Libros, [20.] JACQUES, François, Le privilège de liberté. Politique impériale et autonomie municipale das les cités de l'Occident romain (161-244), Roma, 1984 [21.] ANDREU, Javier, "Retos y amenazas de la administración municipal durante el Alto Imperio: el caso hispano", Cadmo, 27, 2018, pp. 29-46, [22.] GIBBON, Edward, op. cit., p. 283, [23.] ANDO, Clifford, "Narrating decline and fall", en ROUSSEAU, Philipp (ed.), A companion to Late Antiquity, Sussex, 2009, pp. 60-76, esp. p. 60 [24.] Tácito, Annales, 11, 24.