ARTIEDA DE ARAGÓN (Zaragoza)


 

[Sobre estas líneas, capitel y columna romanas reutilizadas en la ermita de San Pedro de Artieda y una de las estructuras de opus caementicium visibles en el entorno]

La vía romana Caesar Augusta-Beneharnum, como, con el Itinerario de Antonino (It. Ant. 452, 6), la definieron Isaac Moreno, Juan José Bienes y Joaquín Lostal en 2009 (MORENO, I., Item a Caesarea Augusta Beneharnum. La carretera romana de Zaragoza al Bearn, Ejea de los Caballeros, 2009), o, acaso, mejor, Caesar Augusta Pompelonem et in Summum Pyrenaeum, como la ha definido, recientemente, el volumen relativo a la prouincia Hispania Citerior de la serie Miliaria Imperii Romani del volumen XVII del Corpus Inscriptionum Latinarum (KOLB, A. (cur.), Miliaria Imperii Romani. Pars prima. Prouinciarum Hispaniae et Britanniae, Berlín, 2015, p. 100, donde M. G. Schmidt explica en detalle el sentido de esta vía) ponía en relación en época romana el Valle del Ebro y el Pirineo cruzando a Aquitania por su paso central. Su trazado, a juicio de los primeros autores citados, tras pasar por Segia (Ejea de los Caballeros), Los Bañales de Uncastillo (la cada vez más que probable Tarraca), Cabezo Ladrero de Sofuentes y Campo Real-Fillera de Sos del Rey Católico, cruzaba la Canal de Berdún por el espacio hoy en parte inundado por el embalse de Yesa. Precisamente, la ciuitas ubicada en Fillera, acaso la arsaos de los rótulos monetales -que otros han sugerido que fuera la Ebelinum del Ravenate (Cosm. Rav. 309, 9) que, en cualquier caso, tal vez sea mejor buscar en el valle del Gállego (ver p. 57 del ya citado trabajo de Isaac Moreno, topónimo también reducido, en el Atlas de Prehistoria y Arqueología Aragonesas, Zaragoza, 1980, p. 167, a Bailo, algo más al este)- jugaba en dicho trayecto un papel esencial de encrucijada por cuanto que a ella iba a converger, también, la denominada vía Iacca-Vareia sobre la que, no hace mucho, en su relación con la ciuitas aun de nombre ignoto de Santa Criz de Eslava, y con un nuevo miliario procedente de Gabarderal, tuvimos la ocasión de trabajar y que MAGALLÓN, Mª Á., La red viaria romana en Aragón, Zaragoza, 1987, pp. 138 y 150, denominaba "vía de la Canal de Berdún". Desde Fillera partía, también, otra vía que, por la ciuitas de los Iluberitani (Lumbier), se dirigía a Pompelo (Pamplona). Fillera era, por tanto, un auténtico nudo viario pero esa condición, en cierta medida, la disfrutaba también todo el curso alto del río Aragón, el espacio coincidente hoy con el extremo septentrional de las Altas Cinco Villas, de la Valdonsella y del sector más occidental de la Jacetania. En su trascurso por la Canal de Berdún hacia la antigua Iacca, la citada vía debió pasar cerca de la localidad zaragozana de Artieda, limítrofe con tierras navarras y uno de los municipios más occidentales de la Comarca de la Jacetania. Si lo hizo por el lugar hoy ocupado por el embalse de Yesa -como defiende I. Moreno (pp. 79-81 de su libro antes citado) entendiendo que la vía quedaría fosilizada en el Camino Viejo de Tiermas a Ruesta y su paso habría dejado huella en topónimos como "La Venta" o "La Carrera" (p. 157)- es algo que dista de estar seguro pero que no resta importancia, como hemos dicho, a lo bien conectada que la zona estuvo en época romana. 

Artieda es, como Fillera, un enclave casi mítico para la Arqueología aragonesa, casi tanto como hace apenas dos décadas lo era Los Bañales de Uncastillo que huelga aquí recordar en qué se ha convertido en la última década. Aunque su nombre va muy unido a los trabajos del militar Enrique Osset Moreno (que, recientemente, fueron ejemplarmente recopilados y reeditados por ONA, J. L. (ed.), Los mosaicos de Artieda de Aragón. Homenaje a Enrique Osset Moreno, Zaragoza, 2011), de la existencia en su término municipal de antigüedades romanas, especialmente en la margen izquierda del río Aragón, ya habló el historiador de la Ilustración aragonesa Joaquín Traggia que, al abordar el origen romano, y balneario, de Tiermas (ver un trabajo de Mª J. Peréx, en Trabajos de Arqueología Navarra, 24, 2012) aludía a "un aposento descubierto no lejos de allí, hacia Artieda, revestido de mosaico" del que afirmaba haber visto algún trozo acaso, como él mismo indica, gracias a que su hermano era, por entonces, gobernador político y militar de las Cinco Villas (TRAGGIA, J., Aparato a la historia eclesiástica de Aragón. Volumen 2, Madrid, 1792, p. 215). Desde un punto de vista topográfico, su posición es muy parecida, también, a la de Fillera. Si el yacimiento de Campo Real está en una terraza fluvial sobre el río Onsella y en un espacio esencialmente llano, el área arqueológica de Artieda, grosso modo comprendida entre el área de Rienda -donde excavase, como más abajo veremos, Enrique Osset- y la ermita de San Pedro, es también una terraza fluvial sobre, en este caso, el curso del río Aragón. Esa posición en una terraza fluvial ha permitido que, recientemente, se hayan realizado, con la colaboración de la Confederación Hidrográfica del Ebro, primero, y de la Universidad de Zaragoza y de la Fundación Ibercaja, después, varios trabajos de geoarqueología a cargo de la empresa SOT Archaeological Prospection y del equipo de Paula Uribe, de la Universidad de Zaragoza cuyos resultados permanecen aun inéditos. También de la mano del citado órgano de cuenca se acometieron hace apenas dos años trabajos de excavación arqueológica, por parte de la consultora Paleoymás, en el entorno de la citada ermita de San Pedro que pusieron al descubierto una serie de enterramientos altomedievales en torno a la misma así como permitieron obtener más información sobre los materiales arquitectónicos romanos que, como spolia, fueron reutilizados en la fábrica de dicha ermita.

Al margen de esos trabajos, visitar las impactantes evidencias arqueológicas de Artieda es un ejercicio, sin duda, absolutamente sugerente. Una ocasión inigualable de motivarse -si uno es amante de la Antigüedad Clásica en general y de la Arqueología Romana en particular- con lo mucho que, todavía, en tantos sitios, queda por hacer en pro del conocimiento, la recuperación y la dinamización de nuestro pasado romano (una recapitulación sintética y enumerativa de estas noticias puede verse en la voz "Artieda" de la Gran Enciclopedia Aragonesa Online). Como se ha dicho más arriba, fueron los trabajos de Enrique Osset, de la mano de Antonio Beltrán Martínez, los que, a partir de 1963, pusieron Artieda en el mapa de la Arqueología aragonesa. Así, además de algunas noticias de aquéllos años en la prensa local -ejemplarmente recopiladas por José Luis Ona en el opúsculo enlazado más arriba, imprescindible y que recoge, también los trabajos que se citan a continuación- los "hallazgos romanos en Artieda de Aragón" o los "descubrimientos arqueológicos de época romana en la frontera hispano-gala" desfilaron, respectivamente -pues las descripciones proceden de los títulos de sendos trabajos- por las actas del VIII Congreso Nacional de Arqueología (Málaga-Sevilla, 1963) y por los números 38 (111-112), de 1965, y 40 (115-116), de 1967, de Archivo Español de Arqueología centrándose este último artículo en los sensacionales mosaicos descubiertos al oeste de la zona de la ermita de San Pedro, en la denominada partida de "Rienda" algunos de los cuales fueron a parar al Museo de Zaragoza (la historia de la recuperación del mosaico puede verse en este trabajo de Mª L. González Pena, Boletín del Museo Arqueológico Nacional, 37, 2018, pp. 339-358, esp. pp. 347-348 y éste, además de en la publicación coordinada por J. L. Ona, se reproduce en esta noticia, de mayo de 2011, de Heraldo de Aragón). A partir de ahí Artieda aparecería -dado que la obra se abría con la sección relativa a los Pirineos Centrales (pp. 15-26) y a la Canal de Berdún (pp. 17-21) y los topónimos se ordenaban por orden alfabético- como una de las primeras entradas del aun inexcusable volumen de LOSTAL, J., Arqueología del Aragón Romano, Zaragoza, 1980, pp. 18-19 (el enlace es a la versión publicada en Caesaraugusta, 41-42, 1977, que sí está disponible online) y en él se recogería una de las inscripciones del lugar, sin precisar que estuviera en la Ermita, donde estuvo hasta su traslado al Museo de Jaca (HAE 2342)- y, poco después, MARTÍN-BUENO, M., Aragón arqueológico: sus rutas, Zaragoza, 1982, p. 91 aludiría a "los muy importantes (mosaicos) de Artieda" sin más detalles sobre el lugar. Fue en ese contexto -el de un momento en que la Arqueología de Aragón, prácticamente, empezaba su sistematización- en que una obra monumental de aquellos años, y aun de referencia, el Atlas de Prehistoria y Arqueología aragonesas, Zaragoza, 1980, p. 149 cartografiaba Artieda reiteradamente en muchos de sus mapas contribuyendo a dotar al lugar de esa cierta aureola mítica a la que más arriba aludíamos y que mantiene todavía intacta. En el citado atlas, Artieda aparece como yacimiento romano del Alto Imperio (BELTRÁN LLORIS, F., "XLV. Yacimientos romanos", pp. 148-151), se indicaba la existencia en el lugar de una villa romana (p. 157: VICENTE, J., "XLVIII. Villae romanas", pp. 156-159), se anotaban noticias de inscripciones indicando la presencia de alguna necrópolis (p. 189: MARTÍN-BUENO, M., "LVI. Roma: necrópolis y monumentos funerarios", pp. 188-191 y también en BELTRÁN MARTÍNEZ, A., "LXIII. Epigrafía Romana", pp. 214-217, p. 215), se inventariaban mosaicos tanto en "Campo del Royo" como en "Forau de la Tuta", ambos opera tesellata en blanco y negro (p. 197: LASHERAS, J. A., "Mosaicos romanos. Siglos I a. C., I y II d. C.", pp. 196-198) como en la "Viña del Sastre", "Rienda" o "Corrales de Villasues" (pp. 201), en estos casos también opera tesellata pero con decoraciones geométricas, vegetales y figuradas (p. 201: LASHERAS, J. A., "Mosaicos polícromos romanos. Siglos II-VI d. C.", pp. 200-203) y, lógicamente, se daba también cuenta del frecuente hallazgo de cerámica romana en el lugar (p. 235: AGUILERA, I., "LXIX. Cerámica romana: terra sigillata hispánica", pp. 234-237). En ese contexto de notable intensidad de la investigación arqueológica en Aragón también Artieda había encontrado acomodo en el volumen de FATÁS, G., y MARTÍN-BUENO, M., Epigrafía romana de Zaragoza y su provincia, Zaragoza, 1977, pp. 12-13 donde se recogía, a partir de los trabajos de E. Osset la inscripción ERZ, 3=HAE 2342 sobre la que luego volveremos. 

Hoy, el visitante que se acerque a este lugar quedará deslumbrado por, esencialmente, dos conjuntos de restos: los arquitectónicos, reutilizados en la ermita de San Pedro, especialmente en el lado opuesto a la entrada y los que, en la zona del "Forau de la Tuta" (un topónimo que, sin fundamento, E. Osset hizo derivar de forum tutum, "foro seguro", en Latín y que más bien habrá que relacionar con las canalizaciones que a continuación se detallan), demuestran la notable inversión que, en infraestructuras, acometió el lugar en época romana. De los primeros, conservamos, no sólo el capitel corintio con su columna estriada y basa ática que vemos en una de las fotos que encabeza este post sino que, recientemente, trabajos de adecuación del interior de la ermita han puesto al descubierto otro colocado justo frente a aquél y del mismo orden arquitectónico. Estos elementos arquitectónicos, que no aparecen recogidos en el volumen de GUTIÉRREZ BEHEMERID, Mª Á., Capiteles romanos de la Península Ibérica, Valladolid, 1992 (una versión resumida, online, del mismo, aquí) ni tampoco en el trabajo de E. Ariño, C. Guiral, P. Lanzarote y G. Sopeña en Saguntum, 24, 1991, centrado en los vecinos ejemplares de la Comarca de Cinco Villas, nos parece podrían datarse en época flavia -o a lo más tardar a comienzos del siglo II d. C.- recordando, en su factura, a los de Tricio, en La Rioja, que sí aparecen en el citado repertorio (nºs 431-436, p. 101) y sobre los que ya hablamos en un anterior post de Oppida Imperii Romani. Esa datación, desde luego, encajaría con la profunda labor de transformación y monumentalización de las comunidades hispano-romanas que se vivió en este periodo por razones que los lectores de este blog ya conocerán (ver nuestro viejo trabajo en Salduie, 3, 2003). Casi al borde del cortado generado por el paso del Barranco de San Pedro sobresalen dos canalizaciones de opus caementicium, seguramente pertenecientes al specus de alguna obra hidráulica o, acaso por su formato, mejor a algún sistema de saneamiento, así como una notable mole de hormigón, a modo de sustructio, acaso relacionada bien con la cimentación de algún prominente edificio bien con el citado sistema hidráulico. Aunque, en principio, como apuntó Mª Á. Magallón en su anteriormente citado trabajo sobre la red viaria (p. 138), es cierto que los miliarios de la zona -los procedentes de Javier (CIL, XVII/1, 181, de Volusiano; 1, 182, de Aureliano y 1, 183, de Severo II) y el de Siresa (CIL, XVII/1, 185, de Magno Máximo)- son todos de los siglos III y IV d. C. (entre el 252 y el 383 d. C.), creemos que la cronología del lugar debió arrancar algo antes como prueba la magnitud de estos restos si bien eso es algo que sólo una futura excavación arqueológica podrá dilucidar. Para el viajero, una vez que satisfacer su curiosidad es uno de los móviles con que nació Oppida Imperii Romani, el área arqueológica se ubica apenas antes de tomar la subida final hacia Artieda, en un momento en que la carretera se bifurca y se ofrece la posibilidad de acceder a la localidad por dos vías, justo a la espalda se divisa la ermita y el área ocupada por el enclave antiguo. 

¿Y, con todo lo dicho más arriba, qué fue Artieda en época romana? ¿Una uilla? ¿Una ciudad? En principio, por la monumentalidad de los restos antes citados -especialmente los capiteles y las infraestructuras de saneamiento- y por el área que estos ocupan -en torno a las 8 hectáreas- nos parece que lo oportuno es pensar que estaríamos ante una pequeña ciudad que articularía el poblamiento rural atestiguado en el entorno y que puede percibirse bien echando un vistazo a la cartografía que sobre él se ha publicado (pp. 60-61 del volumen Item a Caesarea Augusta Beneharnum, antes citado donde, precisamente, se indica que "en el entorno de la ermita de San Pedro, la densidad de yacimientos se multiplica hasta el punto de hacernos pensar ya en una población dispersa") bien leyendo lo que Juan José Bienes, en ese mismo volumen (p. 260) afirma respecto de la "concentración de yacimientos en un radio de pocos kilómetros" en el entorno del caserío actual de Artieda. Se trataría, sin duda, de un paruum oppidum, una de esas pequeñas ciuitates (sobre éstas, con ejemplos de la zona, puede verse un reciente trabajo nuestro publicado en el volumen I del libro Actualidad de la Investigación Arqueológica en España (2018-2019) auspiciado por el Museo Arqueológico Nacional), seguramente con origen en algún poblamiento de la Edad del Hierro II que habrá que determinar, que experimentaron un notable despegue y una también notable monumentalización -de la que dan prueba las infraestructuras arquitectónicas e hidráulicas antes indicadas- en la que, seguramente, jugaron un papel importante los miembros de la elite local, esos miembros que se asoman a las dos inscripciones que proceden del lugar. La familia de los Valerii, de la que un matrimonio formado por Val(eria) Massi f(ilia) y por Val(erius) Aquilus que tuvieron un hijo, (Valerius) Aquilinus, se representa en un bloque arquitectónico que, en tiempos, estuvo empotrado a la izquierda de la puerta de acceso a la ermita de san Pedro (HAE 2342) y, por otro lado, el Firmus Frontinus que dedica una hermosa y fragmentaria inscripción funeraria hallada en la partida de "Campo de Granadero", tras la ermita (AE, 1989, 471), ambas inscripciones del siglo II d. C., y no necesariamente "de baja época", como se dijo a mediados de los años setenta (ver ERZ, pp. 12-13). La presencia, precisamente, de Valerii, también bien atestiguados en Santa Criz de Eslava y en Cabezo Ladrero de Sofuentes (ver, por ejemplo, aquí, y nuestras reflexiones en Príncipe de Viana, 272, 2018 y en Epigraphica, 72, 2010) y la evidencia de onomástica céltica, ibérica y vascónica, como los Ausagesatus Agirnes de la segunda pieza citada (ver estudio de J. I. Casasús y de J. Núñez en Veleia, 5, 1988), subrayan las evidentes conexiones entre este espacio de Artieda, hoy Comarca de la Jacetania, y su vecino de las Cinco Villas de Aragón -que muestra también estos rasgos nítidos de mezcla cultural muy tamizada por la Latinización- con el que deberá conectarse cualquier investigación que, ojalá que pronto, se lleve a cabo en el lugar para un mejor conocimiento del perfil urbanístico, e histórico, de estas pequeñas ciudades que jalonaron la estratégica ruta romana entre el Ebro y el Pirineo. Desde luego, en nuestro trabajo sobre los parua oppida Vasconum, para el que hemos pedido apoyo económico al Ministerio de Ciencia e Innovación, prometemos dedicar atención a este lugar que, seguro, tendrá pronto su oportunidad arqueológica, para felicitación de la Arqueología Clásica que se hace en Aragón. 



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