VERITATEM POSTERIS PRODERE



En la Conjuración de Catilina el historiador romano Salustio escribió que la Historia consistía en exempla maiorum posteris prodere (Cat. 4, 1), es decir, "facilitar a la posteridad los grandes ejemplos de nuestros antepasados para que fueran útiles". Esquivando los riesgos del presentismo que, para los historiadores, podrían derivarse del término exempla maiorum, nos parece que la expresión, aplicada a cualquier investigador de cualquier disciplina, podría parafrasearse en la que da título a esta entrada: ueritatem posteris prodere, "facilitar la verdad a la posteridad para obtener utilidad de ella" constituyendo ésta una buena definición de una de las tareas más apasionantes del quehacer universitario: la investigación.

En la Universidad de Navarra existen dos programas de formación para el profesorado, el primero, para el perfil más iunior, es el denominado Programa Docens que, normalmente, suelen cursarlo profesores jóvenes o que, pese a tener un perfil ya más senior, se incorporan -como fue nuestro caso en 2014- a trabajar en la Universidad sin haber estudiado o profesado con anterioridad en ella. El segundo, implantado, de hecho, muy recientemente, es el llamado Programa Semper Professor que, coordinado por el Instituto Core Curriculum, busca que los docentes de perfil más senior tengan ocasión de reflexionar, una vez al mes -también es esa la carga del Programa Docens- y en compañía de sus compañeros sobre los retos docentes, de formación, investigadores, de cultura corporativa y de gobierno de la profesión docente universitaria.

En el presente curso académico de 2025-2026, tuvimos el honor de ser invitados por el Coordinador del Programa, el profesor Rafael García Pérez, Catedrático de Historia del Derecho, a impartir una sesión titulada "La investigación y sus retos en la sociedad del conocimiento: liderazgo, formación y gestión de equipos de investigación" subtítulo que, en realidad, sugerimos nosotros. La sesión tuvo lugar en el mes de octubre de 2025, de hecho fue la que abrió el programa en su edición del actual curso académico. Ya entonces nos pareció que las reflexiones allí compartidas con cerca de una treintena de colegas, podrían alimentar una nueva entrada de Oppida Imperii Romani aunque no haya sido hasta ahora, pasados varios meses, que hayamos encontrado el momento para ordenar las ideas y las notas de lo expuesto aquel día y transmitirlas aquí en un texto lo más coherente posible como pretende ser éste. 

Todas esas reflexiones nacen, de hecho, de alguien que disfruta con la investigación y que, más allá del número de artículos o de contribuciones científicas publicadas o del considerable número de citas recibidas por parte de esas contribuciones (que, en el cómputo de las métricas de Dialnet, para el área de Historia Antigua, puede verse aquí) tiene en su escuela -con más de diez tesis de doctorado dirigidas, dos más que se defenderán en estos próximos meses y tres más en marcha cuando se escriben estas líneas- uno de sus grandes motivos de orgullo en parte porque, entendemos que esa escuela será, sin duda, nuestra particular trascendencia. Pero, a su vez, esas reflexiones nacen también de la percepción de que -en medio de una profesión, la de docente universitario, cada vez más compleja y orientada casi al multitasking- la investigación sólo se puede desarrollar si hay pasión -la cognitio affectiua, como la denominaba Santo Tomás de Aquino- si se ama lo que se hace; si hay interlocución con otros investigadores -la "perspectiva de la segunda persona", de la que hablaba Henri I. Marrou, de quien hablamos no hace mucho en el otro post de este blog-; y si aquélla se entiende desde una dimensión trascendente, de servicio, de huella y de impacto en la sociedad que recuerda al ktéma tucídideo del que, también, hablamos en Oppida Imperii Romani hace algunos años. La investigación y la generación de conocimiento a ella aparejada son, sin duda, una "adquisición para siempre" como lo era la Historia para el propio Tucídides.

 

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Es evidente que cualquier académico hoy -y también habrá de tenerlo presente quien se acerque al proceloso pero apasionante mundo de la generación de conocimiento desde la Universidad- tiene claro que ser profesor implica, claro está, una dedicación docente, pero, también, una dedicación investigadora, una dedicación a la transferencia y, por supuesto, una dedicación -necesaria, no siempre satisfactoria pero siempre meritoria- al gobierno, al servicio, a la gestión. De todas esas tareas está claro que una de las que, normalmente, más se resiente, es la investigadora. Seguramente porque nos faltan los tres elementos que, citando a Santo Tomás de Aquino, a Henri I. Marrou o a Tucídides, ya traíamos a colación unas líneas más arriba. Está claro que muchas veces a los académicos nos falta verdadera pasión por el conocimiento, nos falta diálogo e interacción con colegas y discípulos y, en definitiva, nos falta tiempo. 

Sabiendo que eso es así quizás nuestro foco para saber cuáles son los retos que afectan al docente en tanto que investigador en la Universidad española pueda estar en caracterizar de forma separada cómo debe ser [1] nuestra investigación; en segundo lugar [2] cómo debe ser la de nuestros equipos de trabajo; y, en tercer lugar [3] cómo debe ser la de nuestros estudiantes, la de nuestra "escuela" si se nos permite utilizar ese término tan clásico como profundo y cierto que, actualmente, algo proscrito en el proceloso y también revisionista mundo académico del siglo XXI. A ese respecto, nos atrevemos a aportar aquí algunas claves que podrían ayudar a centrar cómo debe ser nuestra investigación, la de la gente con la que colaboramos y la de la gente a la que formamos y que, a la postre, como se ha dicho, habrá de ser la que nos suceda en nuestros desvelos investigadores con el paso de los años.

[1.] Cuatro nos parece que deben ser las notas distintivas de la labor investigadora de cualquier docente universitario: pública, abierta, social, servicial y generosa. Pública porque tenemos la obligación de obtener fondos, en concurrencia competitiva, para desarrollarla y, si es posible, esos fondos deben venir de las convocatorias clásicas, nacionales o europeas, que financian este tipo de actividades y, en la medida de lo posible, del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Al final, con todas sus limitaciones y carencias, la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España, en el proceso de evaluación y de reconocimiento de los proyectos que se presentan cada año para cada ejercicio de tres o cuatro años, aporta un feedback necesario a nuestras ideas investigadoras y nos permite madurar de forma acompañada para crear grupos de trabajo que resulten competitivos y que se adecúen al perfil de las ideas que queremos poner en marcha tal como hemos visto, por experiencia, en nuestros proyectos del Plan Nacional sobre oppida labentia y, ahora, parua labentia de los que, como sabrá el lector asiduo, hemos ido aportando resultados en este blog. En segundo lugar, nuestra investigación debe ser abierta porque aunque las convocatorias públicas -también las de algunas fundaciones privadas- sean, sin duda, las más recurrentes, hemos de estar atentos para incorporar a nuestra investigación, como patrocinadores, tanto a empresas privadas que puedan sintonizar con los intereses de nuestra investigación como a micromecenas que consideren apropiado apoyarnos para la consecución de nuestros fines algo que, por ejemplo, en dos ocasiones, hemos puesto en marcha en Los Bañales con notable éxito, de hecho, en ambos casos y con una de las campañas, de hecho, abierta mientras se escriben estas líneas

Lógicamente hemos de ser conscientes de que, en este tipo de aportaciones, sin pasión, de la que hablábamos más arriba, no hay, nunca, implicación ni donación ni financiación venga ésta de donde venga. Acaso por ello, pero también como compromiso con el retorno público de los resultados de la misma, nos parece que nuestra investigación, tiene que ser, también, social lo que hoy es sinónimo de transparencia y, sobre todo, de transferencia estando abiertos a compartirla tanto en foros académicos especializados (publicaciones de impacto o congresos científicos) como en otros, sociales, más separados de la academia stricto sensu (conferencias, talleres, redes, blogs...). Decimos que debe ser servicial porque hemos de ser capaces no sólo de conseguir que nuestra tarea investigadora aporte algo a la sociedad y tengo un retorno, siquiera cultural, en el ecosistema inmediato sino que, además, hemos de intentar que nos ayude en nuestra actividad docente haciéndola, si es posible, más atractiva, más apasionada y, claro, más actualizada. Cuando un docente consigue conectar su magisterio con los intereses de su investigación, el valor de la actividad docente se multiplica de forma exponencial y eso, sin duda, resulta irresistiblemente atractivo y suscita vocaciones científicas. Por último, nuestra investigación, la de cualquier académico universitario, ha de ser generosa, huyendo del tan extendido como lamentable micro-mérito que lleva hoy a muchos colegas a realizar sólo la investigación que será valorada por las agencias de acreditación que garantizan el avance en nuestras carreras académicas (¿cuántos de nuestros colegas publican apenas un trabajo al año pensando exclusivamente en cubrir el expediente para poder optar a un sexenio de investigación?) abandonando cualquier tarea que no tenga esa rentabilidad evaluable y medible desde un punto de vista estrictamente curricular y renegando, por ejemplo, de las actividades de transferencia o de difusión, entre otras. Esa huida del micro-mérito no nos impedirá, sin embargo, y más en una carrera en constante evaluación como es la del profesor universitario actual, tratar de ser estratégicos para sacar el mayor partido a aquello que hagamos obteniendo de ello la mayor rentabilidad posible desde el punto de vista curricular (a este respecto, con datos, puede verse la reflexión de REPISO, R., y MONTERO, J., "Transformaciones y desafíos en la investigación universitaria en España: una mirada crítica a la evolución de los sexenios", Anuario ThinkEPI, 17, 2023).

[2.] Es evidente que un investigador no es, ni tampoco en la Universidad, una especie de llanero solitario. Trabajamos, y debemos trabajar, con personas y constituir equipos que, además, deben tener un primer rasgo, existir de hecho, ser existentes, reales, no ocasionales o artificiales. Es cierto que, como se ha diagnosticado abundantemente (se recomienda este post de Fernando Trujillo, "Sobre los grupos de investigación en la universidad española", de 2019), en muchas ocasiones resulta complicado hacer real este deseable y enriquecedor reto. Muchas veces, en la elaboración de las memorias de proyectos para presentar a las instituciones públicas cometemos el error de crear, ad casum, equipos de trabajo para dar sensación de transversalidad o de internacionalidad cuando esos equipos o están descompensados o, sencillamente, sabemos que van a ser difícilmente operativos por razones de intereses, dedicación, simpatía... Hemos, pues, de habituarnos a, en nuestra actividad investigadora, contar con colegas que aporten, y es ésa, precisamente, la segunda característica de la investigación de nuestros equipos, la pluralidad. Y es plural la investigación interdisciplinar que incorpora la mirada de otras materias y que, precisamente por eso, convierte a nuestra investigación en abierta, en dialogante. Lógicamente, esa apertura garantiza, al tiempo que exige, que la investigación de nuestros grupos sea estratégica pues sabemos lo valorado que, en la academia actual, está el diálogo transdisciplinar, un diálogo transdisciplinar que resulta incluso complicado, como hemos comentado aquí varias veces en la etiqueta "Disputationes" entre quienes profesamos en las diferentes Ciencias de la Antigüedad. Pero si existente, plural, abierta y estratégica ha de ser la investigación de nuestros equipos está claro que, también, ésta debe ser, sobre todo pensando en los miembros más noveles de los mismos, formativa. El team-learning se convierte, así, en una de las tareas más sugerentes de la actividad desplegada por un profesor universitario y en una de las mejores ocasiones que tenemos para poner a prueba nuestra capacidad formativa y, claro está, nuestra capacidad de aprendizaje que, al fin y a la postre, nos mantiene vivos como investigadores.


[3.] Como apuntábamos más arriba, también desde nuestra experiencia personal, quizás la dimensión más sugerente y gratificante de la dedicación investigadora de un profesor universitario es la que va relacionada con la formación de otros investigadores, con la creación de una escuela de discípulos como, tradicionalmente, se les ha denominado en el mundo académico. Respecto de este apartado creemos que se ha de poner el cuidado en cuatro cualidades: en primer lugar, que nuestra capacidad de suscitar vocaciones científicas entre nuestros estudiantes esté presidida por una clara proactividad. Una vez que las becas de investigación predoctorales, las conceda quien las conceda, son cada vez más exigentes y competitivas, identificar perfiles de estudiantes idóneos es algo que debe hacerse pronto para que, de ese modo, esos estudiantes puedan comprometerse con su excelencia académica que será, sin duda, la llave de entrada a su posterior dedicación doctoral (vendrá bien también en esto el oráculo de los clásicos que glosábamos hace algunos años en la entrada "Necessaria... inania", de este blog o las recomendaciones que, al respecto, da el libro LÓPEZ GUZMÁN, J., 23 claves para el éxito en la Universidad (personal y académico), Pamplona, 2021; para los docentes, resultará inspirador el clásico trabajo de BAIN, K., Lo que hacen los mejores profesores universitarios, Valencia, 2007). Eso sí, además de ser proactivos, con esos estudiantes hemos de ser siempre realistas para que entiendan que el conocimiento es atractivo per se y comprendan, también, que dedicar la vida a generar conocimiento, a transferir la verdad, como decíamos más arriba, ya vale la pena por sí mismo independientemente de que, luego, sus carreras investigadoras cristalicen -que si lo hacen lo harán con no poco esfuerzo por su parte y, seguro, con alguna necesaria dosis de fortuna- en un puesto docente o investigador en una universidad o centro de investigación. Es por ello que la investigación de nuestros estudiantes, de nuestra escuela, debe estar permanentemente mentorizada en el más genuino sentido del término. No se trata sólo de tutelar las tesis de nuestros alumnos, de nuestros discípulos, desde un plano estrictamente disciplinar. Eso ya no es suficiente. Como "maestros", hemos de esforzarnos por ponerles -a través de nuestra capacidad de relación, de nuestros contactos, de las oportunidades que les demos- en disposición de que crezcan y se desarrollen como historiadores y, claro, también como personas. Para ello hay una última nota que nos parece característica también en este punto, la implicación. Casi desde que son estudiantes de Grado hemos de ser capaces de, a esos perfiles que destaquen y que sientan interés por la actividad investigadora, hacerles partícipes de nuestros desvelos investigadores animándoles a entrar en proyectos de nuestra mano o a que en ellos asuman tareas acordes a su edad, a sus intereses y a sus competencias. Proactiva, intrínseca, mentorizada e implicada son, pues, las notas que definen el modo cómo debemos intentar mejorar nuestra capacidad formativa y la de nuestros equipos de investigación en los que, sí, de algún modo, hemos de implicar a nuestros estudiantes o, al menos, a aquellos que manifiesten interés por dedicar su vida a la investigación.


Terminamos con una cita de un recomendable trabajo sobre la actividad académica e intelectual (LORDA, J. L., La vida intelectual en la Universidad. Fundamentos, experiencias, libros, Pamplona, 2016, p. 44) que, acaso, puede hacer de colofón a estas reflexiones: "Los saberes humanísticos se transmiten indirecta y lentamente por la ósmosis de la lectura y el diálogo. Se puede fomentar esa transmisión, facilitando la relación entre los maestros vivos y sus discípulos, favoreciendo el diálogo interdisciplinar; y la relación con los grandes maestros del pasado, haciendo presentes sus libros y celebrando sus efemérides. También es importante difundir las tradiciones del trabajo intelectual. Pero poco más. Trabajar en equipo en Humanidades es hacer escuela, situar a los discípulos en el centro de la disciplina y en los nudos de las relaciones académicas, y enseñar generosamente los caminos de la vida intelectual". Está todo dicho. Quizás, llegados a este punto, compense derivar al lector a la entrada "Digesta Vetustas" que incluimos en Oppida Imperii Romani hace un par de años cuando fuimos invitados a disertar, en la Universidad de Salamanca, sobre los retos de ser historiador de la Antigüedad hoy en día. Seguro que allí el lector encontrará más tips, como ahora se dice, para orientar su reflexión.


LEÓN XIV Y LA ARQUEOLOGÍA



 [Plato de terra sigillata Hispánica con esgrafiado cruciforme descubierto en Los Bañales, en 2025]

Pese a que este blog tenga, en su orientación por las Ciencias de la Antigüedad, una clara preferencia epigráfica y, por supuesto, arqueológica, la cuestión epistemológica sobre la Arqueología no nos ha ocupado especialmente en él. De hecho, ésta apenas figura en dos entradas que comparten título, "Archaiología" y "Archaiología (y II)", esta última, además, relacionada con los talleres "Arqueólogos, detectives de la Historia" que ofrecemos en la Universidad de Navarra a escolares de todo el país y en los que damos a conocer nuestro Grado en Historia con Diploma en Arqueología- y, por supuesto, en un post que es clásico en el inicio, cada curso académico, de la asignatura "Arqueología" que forma parte del Grado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra y que se imparte en el segundo semestre de primer curso. Nos referimos al titulado "Indiana Jones y la Arqueología" que, a partir de varias secuencias de la primera saga (1981-1989) de películas del conocido arqueólogo diseñado por George Lucas y Steven Spielberg, sale al paso de tópicos sociales y realidades disciplinares sobre el estudio de la cultura material de las sociedades del pasado. 

Sin embargo, en vísperas de la pasada Navidad, uno de los personajes del año 2025, el Papa León XIV, con motivo del centenario del Pontificio Istituto di Arqueologia Cristiana, con sede en Roma, el 11 de diciembre, promulgó una hermosa carta apostólica sobre la importancia de la Arqueología que, aunque se viralizó notablemente en redes sociales por parte de los colegas italianos, acaso pasó desapercibida en España. Como afirma la sección de noticias del citado centro de investigación, la carta, precedida de una hermosa alocución a los docentes y estudiantes del citado Instituto, y disponible completa aquí, al margen de otras consideraciones, si se quiere, más teológicas, aborda cuestiones como el objeto y el método de la Arqueología; su relación con otras ciencias y disciplinas humanísticas y su servicio al conocimiento histórico; reflexiona sobre algunos de los actuales retos de la investigación arqueológica; y subraya el papel de esta disciplina en la construcción social y, por supuesto, en la generación de conocimiento sobre las civilizaciones humanas.


Cuando alguien nos hizo llegar, a través de whatsapp, la noticia y, con ella, el texto de la carta apostólica, descubrimos que el documento, pese a las singularidades que siempre han caracterizado el trabajo arqueológico, de raíz casi decimonónica, del Pontificio Istituto di Archeologia Cristiana -orientado, desde los tiempos de Giovanni Battista de Rossi al estudio de los lugares relacionados con el cristianismo primitivo romano stricto sensu- abordaba algunos problemas actuales en la investigación arqueológica. Entre ellos, por ejemplo, cómo la evidencia material se relaciona con las fuentes escritas; de qué modo el arqueólogo debe interrogar a éstas últimas para entender, mejor, la propia evidencia, el registro, contextualizándolo; cuáles son las competencias propias de la profesión del arqueólogo -competencias y retos que hacen dicha tarea, además, extraordinariamente excitante-; y cómo conciliar el trabajo de recuperación de la evidencia arqueológica con el valor patrimonial -y sujeto, por tanto, a la conveniencia de su conservación- intrínseco a aquélla y objeto siempre de interés social general un asunto que sí fue tratado hace algunos años en la entrada "A vueltas con la Arqueología" de Oppida Imperii Romani y que percibimos cada día en el atractivo que genera nuestro trabajo en Los Bañales. Tratando de subrayar los aportes fundamentales del Papa León a lo que podríamos llamar el "debate disciplinar", a esa reflexión epistemológica sobre la ciencia arqueológica, el semanario religioso católico Alfa y Omega tuvo a bien publicarnos, con fecha 22 de enero, ya este año, y también en la edición digital, una reflexión titulada "De Indiana Jones a León XIV: la fascinación por la arqueología", que aquí compartimos y a cuya lectura invitamos pues glosa el modo como el Papa americano se enfrenta a algunas de las cuestiones arriba enumeradas poniendo, también, en contexto tanto sus reflexiones como el concepto de cultura material.

Y, efectivamente, como afirmábamos en esa página de Alfa y Omega, la segunda clase de la materia "Arqueología" en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra giró en torno a la lectura y discusión, en grupos, del modo cómo el Sumo Pontífice se aproxima a esta singular disciplina científica atendiendo a lo que, sobre ella, su texto nos enseña. 

Aunque es recomendable la lectura del texto completo de la citada carta apostólica, disponible aquí, se nos antojaba que el resumen que entregamos a los estudiantes como base para el debate, podría resultar pertinente para, cuando menos, acercar este singular documento y su contenido -en forma abreviada- a los lectores de Oppida Imperii Romani. Y es por ello que lo traemos a esta primera entrada de 2026 conscientes de que, como ha sucedido en estos últimos casi diez años con la entrada sobre la visión que, de la Arqueología, se proyecta en las películas de Indiana Jones, se convertirá en un texto de referencia para entender el particular appeal que ha caracterizado siempre a la Arqueología y que no ha hecho sino incrementarse en los últimos años tal como muestran, de hecho, muchas de las noticias de este espacio y, en particular, las recogidas en la sección "Epigraphica" que nacen, muchas veces, de notables hallazgos arqueológicos. Desde luego, el documento, y la auctoritas de quien lo firma, lo merece. Es precisamente por ello que, contra lo que suele ser habitual en Oppida Imperii Romani, en que los títulos de las entradas suelen ir en Latín, a este le otorgamos un título paralelo al que, en 2016, dimos a la reflexión a propósito de las explicaciones en aula del alter ego de Indiana Jones, el Dr. Jones.

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NOTA.- En el extracto que sigue se ha respetado la articulación del texto en varios capítulos para ser fieles a la estructura original.

Introducción

Nuestra época, marcada por rápidos cambios, crisis humanitarias y transiciones culturales, exige, junto con el uso de conocimientos antiguos y nuevos, también la búsqueda de una sabiduría profunda, capaz de custodiar y transmitir al futuro lo que es verdaderamente esencial. En esta perspectiva, deseo reafirmar con fuerza que la arqueología es un componente imprescindible de la interpretación del cristianismo y, por consiguiente, de la formación catequética y teológica. No es sólo una disciplina especializada, reservada a unos pocos expertos, sino un camino accesible a todos aquellos que quieren comprender la encarnación de la fe en el tiempo, en los lugares y en las culturas. Para nosotros, los cristianos, la historia es un fundamento crucial; en efecto, realizamos la peregrinación de la vida en la concreción de la historia, que es también el escenario en el que se desarrolla el misterio de la salvación. Todo cristiano está llamado a basar su existencia en una Buena Nueva que parte de la Encarnación histórica del Verbo de Dios (cf. Jn 1,14) (…)

La arqueología como escuela de encarnación

Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿hasta qué punto puede seguir siendo provechoso, en la era de la inteligencia artificial y de las investigaciones en las infinitas galaxias del universo, el papel de la arqueología cristiana en la sociedad y para la Iglesia?

El cristianismo no nació de una idea, sino de una carne; no de un concepto abstracto, sino de un vientre, de un cuerpo, de un sepulcro. La fe cristiana, en su esencia más auténtica, es histórica: se basa en hechos concretos, en rostros, en gestos y en palabras pronunciadas en una lengua, en una época y en un entorno. Esto es lo que la arqueología hace evidente, palpable. Nos recuerda que Dios eligió hablar en una lengua humana, caminar en una tierra, habitar lugares, casas, sinagogas, calles.

No se puede comprender plenamente la teología cristiana sin la inteligencia de los lugares y las huellas materiales que dan testimonio de la fe de los primeros siglos (…)

La arqueología, al ocuparse de los vestigios materiales de la fe, educa en una teología de los sentidos: una teología que sabe ver, tocar, oler y escuchar. La arqueología cristiana educa en esta sensibilidad. Excavando entre piedras, ruinas y objetos, nos enseña que nada de lo que ha sido tocado por la fe es insignificante. Incluso un fragmento de mosaico, una inscripción olvidada, un grafito en una pared de las catacumbas pueden contar la biografía de la fe. En este sentido, la arqueología es también una escuela de humildad: enseña a no despreciar lo que es pequeño, lo que es aparentemente secundario. Enseña a leer los signos, a interpretar el silencio y el enigma de las cosas, a intuir eso que ya no está escrito. Es una ciencia del umbral, que se encuentra entre la historia y la fe, entre la materia y el Espíritu, entre lo antiguo y lo eterno.

Vivimos en una época en la que el uso y el consumo han prevalecido sobre la conservación y el respeto. La arqueología, en cambio, nos enseña que incluso el más pequeño testimonio merece atención, que cada rastro tiene valor, que nada puede descartarse. En este sentido, es una escuela de sostenibilidad cultural y ecología espiritual. Es una educación para aprender a respetar la materia, la memoria y la historia. El arqueólogo no descarta nada, sino que conserva. No consume, sino que contempla. No destruye, sino que descifra. Su mirada es paciente, precisa, respetuosa. Es la mirada que sabe captar en un trozo de cerámica, en una moneda corroída o en un grabado desgastado, el aliento de una época, el sentido de una fe y el silencio de una oración.

(...) La profesión arqueológica es, en gran parte, una profesión “táctil”. Los arqueólogos son los primeros en tocar, después de siglos, una materia enterrada que conserva la energía del tiempo. Pero la tarea del arqueólogo no se limita a la materia, va más allá, hasta lo humano. No sólo estudia los hallazgos, sino también las manos que los forjaron, las mentes que los concibieron, los corazones que los amaron. Detrás de cada objeto hay una persona, un alma, una comunidad. Detrás de cada ruina, un sueño de fe, una liturgia, una relación. La arqueología cristiana, entonces, es también una forma de caridad; es una manera de hacer hablar los silencios de la historia, de devolver la dignidad a los olvidados, de sacar a la luz la santidad anónima de tantos fieles que han formado parte de la Iglesia. 

Una memoria para evangelizar

(...) La arqueología cristiana nos muestra cómo el Evangelio ha sido acogido, interpretado y celebrado en diferentes contextos culturales; nos muestra cómo la fe ha moldeado la vida cotidiana, la ciudad, el arte y el tiempo. Y nos invita a continuar este proceso de inculturación, para que el Evangelio pueda seguir encontrando hoy un hogar en los corazones y en las culturas del mundo contemporáneo. En este sentido, no sólo mira al pasado, también habla al presente y orienta hacia el futuro. Habla a los creyentes, que redescubren las raíces de su fe; pero también habla a los alejados, a los no creyentes, a cuantos se interrogan sobre el sentido de la vida y encuentran, en el silencio de las tumbas y en la belleza de las basílicas paleocristianas, un eco de eternidad. Se dirige a los jóvenes, que a menudo buscan autenticidad y concreción; se dirige a los estudiosos, que ven en la fe no una abstracción, sino una realidad históricamente documentada; se dirige a los peregrinos, que encuentran en las catacumbas y en los santuarios el sentido del camino y la invitación a la oración por la Iglesia.

En un momento en el que la Iglesia está llamada a abrirse a las periferias —geográficas y existenciales—, la arqueología puede ser un poderoso instrumento de diálogo; puede contribuir a tender puentes entre mundos distantes, entre culturas diferentes, entre generaciones; puede dar testimonio de que la fe cristiana nunca ha sido una realidad cerrada, sino una fuerza dinámica, capaz de penetrar en los tejidos más profundos de la historia humana. 

Saber ver más allá: la Iglesia entre el tiempo y la eternidad

(...) Sin embargo, la arqueología no se limita a describir la materialidad de las cosas, sino que nos lleva más allá: nos hace intuir la fuerza de una existencia que trasciende los siglos, que no se agota en la materia, sino que la trasciende. (…) La arqueología cristiana contribuye a este conocimiento: ilumina los textos con testimonios materiales, interroga las fuentes escritas, las completa, las problematiza. En algunos casos, confirma la autenticidad de las tradiciones; en otros, vuelve a colocarlas en su contexto preciso; y en otros, abre nuevas preguntas. Todo esto es teológicamente relevante. Porque una teología que quiera ser fiel a la Revelación debe permanecer abierta a la complejidad de la historia.

La arqueología cristiana puede ofrecer una gran contribución en este sentido, pues nos ayuda a distinguir lo esencial de lo secundario, el núcleo original de las incrustaciones de la historia (…) La verdadera arqueología cristiana no es conservación estéril, sino memoria viva. Es la capacidad de hacer que el pasado hable al presente. Es sabiduría para discernir lo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia. Es fidelidad creativa, no imitación mecánica. Por esta razón, la arqueología cristiana puede ofrecer un lenguaje común, una base compartida, una memoria reconciliada. Puede ayudar a reconocer la pluralidad de las experiencias eclesiales, la variedad de formas, la unidad en la diversidad. Y puede convertirse en un lugar de escucha, un espacio de diálogo y un instrumento de discernimiento.

El valor de la comunicación académica

La arqueología no es un privilegio para unos pocos, sino un recurso para todos, que puede ofrecer una contribución original al conocimiento de la humanidad, al respeto de la diversidad y a la promoción de la cultura. También la relación con el Oriente cristiano puede encontrar en la arqueología un terreno fértil. Las catacumbas comunes, las iglesias compartidas, las prácticas litúrgicas análogas, los martirologios convergentes: todo ello constituye un patrimonio espiritual y cultural que hay que valorizar juntos.

Educar en la memoria, custodiar en la esperanza

Vivimos en un mundo que tiende a olvidar, que corre rápidamente, que consume imágenes y palabras sin sedimentar el sentido. La Iglesia, en cambio, está llamada a educar en la memoria, y la arqueología cristiana es uno de sus instrumentos más nobles para hacerlo. No para refugiarse en el pasado, sino para habitar el presente con conciencia, para construir el futuro con raíces.

Quien conoce su propia historia sabe quién es, sabe adónde ir, sabe de quién es hijo y a qué esperanza está llamado. Los cristianos no son huérfanos: tienen una genealogía de fe, una tradición viva y una comunión de testigos. La arqueología cristiana hace visible esta genealogía, custodia sus signos, los interpreta, los narra y los transmite. En este sentido, es también un ministerio de esperanza. Porque muestra que la fe ya ha atravesado épocas difíciles; ha resistido persecuciones, crisis, cambios; ha sabido renovarse, reinventarse, echar raíces en nuevos pueblos, florecer en nuevas formas. Quien estudia los orígenes cristianos ve que el Evangelio siempre ha tenido una fuerza generativa, que la Iglesia siempre ha renacido, que la esperanza nunca ha fallado.

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Me dirijo a los obispos y a los responsables de la cultura y la educación: animen a los jóvenes, laicos y sacerdotes a estudiar arqueología, que ofrece muchas perspectivas formativas y profesionales dentro de las instituciones eclesiásticas y civiles, en el mundo académico y social, en los campos de la cultura y la conservación.

Por último, mi palabra va dirigida a ustedes, hermanos y hermanas, estudiosos, profesores, estudiantes, investigadores, agentes del patrimonio cultural, responsables eclesiásticos y laicos: su trabajo es valioso. No se dejen desanimar por las dificultades. La arqueología cristiana es un servicio, una vocación, una forma de amor a la Iglesia y a la humanidad. Sigan excavando, estudiando, enseñando, narrando. Sean incansables en la búsqueda, rigurosos en el análisis, apasionados en la divulgación.

EXIIT EDICTVM



En la anterior entrada de Oppida Imperii Romani, a propósito de los obeliscos de Roma, ofrecíamos una reflexión sobre aquellas ocasiones en que las fuentes escritas complementan la información que aportan las epigráficas o, sencillamente, aluden a inscripciones que no han llegado completas hasta nosotros o que, sencillamente, se han perdido (sobre ellas hablábamos, también, en este vídeo de nuestro canal de YouTube). Como recordaba estos días atrás el Papa León en su excelente carta apostólica sobre la Arqueología, esas noticias constituyen un buen ejemplo de cómo debe darse siempre el diálogo entre evidencias materiales y textos -las inscripciones tienen algo de ambos géneros documentales- y de cómo aquéllas iluminan a éstas o a la inversa. 

Ahora que estamos ya inmersos en la Navidad y todo el mundo, un año más, mira al Belén de hace 2.000 años, dado nuestro natural interés por la Epigrafía -que se glosa, en buena medida, en la sección "Epigraphica" de este blog-, como pórtico a la tradicional felicitación navideña de este espacio, nos parece oportuno resaltar aquellas cautivadoras alusiones que hay en el Nuevo Testamento a lo que -precisamente- podríamos llamar "epigrafía inmaterial" o "epigrafía relatada", es decir, aquellos pasajes en que se habla de inscripciones, de tituli, que debieron existir y que, incluso, se describen pero que, salvo en un caso, no han llegado a nosotros. Todas ella, cuando menos, y al margen de otras consideraciones, ilustran el éxito de la palabra escrita en el mundo antiguo así como sus múltiples utilidades y su presencia, de hecho, en la vida cotidiana, lo que se ha llamado con acierto, en estos dos sensacionales volúmenes -1 y 2- el Roman everyday writing.

Esos pasajes, algunos referidos por varios evangelistas, son, en concreto, cuatro. El más conocido, pues se refieren a él Juan, Marcos y Lucas es el que describe el llamado titulus crucis, la "inscripción de la cruz" del Gólgota. De él, Juan (19, 19) nos dice que fue escrito por Pilato, que fue colocado sobre la cruz de Jesús (scripsit autem et titulum Pilatus et posuit super crucem) y que en él estaba escrito Iesus Nazarenus rex Iudaeorum. El propio Juan introduce (19, 20) una sugerente reflexión sobre el alcance, sobre la visibilidad del titulus, por estar el lugar de la crucifixión prope ciuitatem, "cerca de la ciudad" y por estar escrito su texto en hebreo, latín y griego. Es Marcos (15, 26) quien nos cuenta que la función del citado titulus era la de mostrar la causa del proceso judicial contra Jesús al afirmar: et erat titulus causae eius inscriptus combinando, de hecho, el sustantivo que designa al soporte, titulus, con el que describe la naturaleza del texto que éste ostentaba, inscriptus, si bien es más probable pensar en que sería lo que llamaríamos un texto depictus, "pintado" pero, en cualquier caso, inscrito si inscribere -de donde deriva inscriptus y, en castellano, "inscripción"- implica escribir sobre un soporte duradero que es lo que, por esencia, define la escritura epigráfica. Lucas, por su parte (23, 38) añade un término más técnico, si cabe, para referirse al titulus y a la inscripción que aquél contenía al hablar de superscriptio, término a veces traducido por "epígrafe", sustantivo que hibridaría el sentido de ambos y que incidía en la posición de clave, de coronamiento, del documento en el contexto de la cruz. Como es sabido, la tradición afirma que el titulus crucis recaló en Roma donde puede verse en la basílica de la Santa Croce in Gerusaleme (la historia y controversia sobre el documento puede verse aquí) aunque, respecto de su autenticidad, siempre ha sorprendido el silencio de Eusebio de Cesarea sobre el hallazgo, por Santa Elena, de la propia cruz y del titulus, cuando sí describe con pormenores la labor munificente de construcción de iglesias en el lugar del sepulcro y del monte de la Ascensión (Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino, 3, 25-30 y 43).



El otro pasaje, algo anterior en el tiempo en el contexto de la vida pública de Jesús, y transmitido sólo por Lucas (20, 24), alude a la imago et inscriptio que Jesús lee a los judíos cuando les pide que le muestren un denario (ostendite mihi denarium) y, a renglón seguido, les pregunta de quién es "esta imagen y esta inscripción". Se trata de la única alusión que hay en el Nuevo Testamento a lo que podríamos llamar la epigrafía monetal con toda la fuerza, además, del cruce entre el mensaje escrito y la imagen pública que iba asociada a las acuñaciones antiguas y aun a las modernas.

Un tercer pasaje, que a veces pasa desapercibido -no en vano sólo lo recoge, de nuevo, Lucas- es aquél en el que, al presentar a Juan el Bautista en el templo de Jerusalén, su padre, Zacarías, pide una tabilla (et postulans pugillarem, dice el texto) y escribe un texto que afirmaba (scriptsit dicens) que el nombre del niño debía ser Juan: Ioannes est nomen eius. Se introduce aquí un término, pugillaris -casi un unicum en las fuentes, que aparece también en una inscripción siciliana de época tiberiana (CIL X, 6)- que designa a lo que, por el efecto del repertorio de Vindolanda, solemos llamar las writing tablets y que, verosímilmente, pudo ser una tabula cerata sobre la que, con un stylus, Zacarías habría escrito el nombre deseado, e inspirado, para el niño. No faltan de ellas representaciones iconográficas, como una conocidísima de Pompeya ni reproducciones de éstas en colecciones pedagógicas de museos de toda Europa como recordábamos aquí hace algunos años


Documentos de naturaleza pública los dos primeros y más privada el tercero, como tuvimos ocasión de abordar en la entrada "Plenitudo temporis" de hace un par de Navidades, ninguno de los documentos epigráficos citados en el Nuevo Testamento ha despertado tanto interés como aquél que menciona, de nuevo, Lucas, al comienzo de su Evangelio cuando escribe: in diebus illis exiit edictum a Caesare Augusto, ut describeretur uniuersus orbis (2, 1), pasaje que, como indica el propio Lucas (2, 2) alude al censo realizado praeside Syriae Quirino, "siendo Quirino gobernador de Siria", asunto del que también hablamos hace algunas Navidades en la entrada del mismo título de este blog y que sitúa el acontecimiento que celebramos en Navidad en su contexto histórico y temporal concreto. Si se trató de un edictum y más en la época de Tiberio, en que el hábito epigráfico, y especialmente el público, como sabemos bien en la península ibérica, estaba bien arraigado, éste debió también difundirse epigráficamente, como es lógico y, verosímilmente, en soporte de bronce, que era el soporte habitual de la información emanada de la cancillería imperial. Como anotábamos en la primera de las dos entradas citadas en este párrafo, un colega de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, en su belén doméstico, en un verosímil ejercicio de epigrafía ficticia, -que nos ha ocupado en una entrada anterior de Oppida Imperii Romani-, ha imaginado el contenido del citado texto que, con no poca legitimidad, ha pensado que debió ser difundido, como el titulus crucis, en tres lenguas, la hebrea, la griega y la latina. Lo ha imaginado colgado en la pared de una posada, ese deuersorium del que también hablábamos en la felicitación navideña de 2023 en este mismo espacio. Verosímilmente, hemos de pensar que más bien se expondría en algún locus celeberrimus, acaso el foro o la plaza mayor de la colonia romana más próxima, Caesarea Maritima y que, después, un cuerpo de praecones o pregoneros, con ayuda del ejército, difundiría por toda Judea los detalles de su contenido. Su texto, en cualquier caso, es verosímil imaginarlo como nuestro colega ha hecho en su belén retomando la estructura de tantos edicta como conservamos del aparato legislativo emanado de Roma (un elenco puede verse en este corpus digital de la The Roman Law Library, en la sección 3). Un incipit alusivo a la autoridad de la que emanaba el edicto, el verbo dicit, la justificación de la necesidad del censo y el mandatum expreso -censum agi iubeo- que lo ponía en funcionamiento, los detalles sobre su contenido y, finalmente, la datación consular (la versión trilingüe, que es la que figura en el citado belén, está recogida en el último enlace de este párrafo). La gramática, de hecho, es parecida a la que exhibe un singular documento broncíneo itálico, la tabula Heraclea en las secciones relativas a la gestión de los censos de las comunidades locales.



Se ha dicho y escrito que el Adviento es un tiempo histórico y, en cierta medida, es cierto: volvemos los ojos, como hemos repetido tantas veces en las felicitaciones navideñas de este blog, a la época de Augusto, a esa singular "plenitud de los tiempos" que, realmente, lo fue también para la civilización romana. Si el tiempo previo a la Navidad es histórico más lo es la propia Navidad en la que conmemoramos el acontecimiento de mayor trascendencia histórica de cuantos tuvieron lugar en el marco de la Antigüedad Clásica -eje temático de este blog- y aun de toda la Historia. Es por ello que, en ese contexto en el que, efectivamente, "nace el Amor" -como titulaba con acierto el emotivo vídeo con que ha felicitado la Navidad nuestra Universidad de Navarra-, cuesta poco desear a todos los lectores de Oppida Imperii Romani, a los que lleváis aquí desde el principio o a los muchos que os habéis suscrito en los últimos meses, una muy feliz Navidad y que, en 2026, este blog pueda recuperar el ritmo que tenía en los últimos años y que una intensa actividad académica e investigadora se lo ha robado en los últimos.

¡Feliz Navidad a tod@s!



OBELISCVS ROMAE

[Recreación del circo Máximo con los obeliscos de la spina, según World History Encyclopedia]

Para quien viaja a Roma -que, sorprendentemente, no tiene en Oppida Imperii Romani la presencia que debería tener y que ojalá seamos capaces de generarle en adelante- uno de los elementos que resulta más sorprendente es la presencia, en varias de sus plazas, de obeliscos egipcios. Los hay en la Plaza de San Pedro, en la Piazza del Popolo o en la, más recogida, de Montecitorio justo frente a la sede del Parlamento italiano. Todos portan inscripciones en caracteres jeroglíficos y varios de ellos llevan, también, en su base, inscripciones latinas. En total, en Roma hay trece obeliscos que ya han interesado y preocupado a otros blogueros, por ejemplo a quien gestiona el blog Roma caput mundi que, en esta entrada, realiza un inventario muy detallado de los mismos y de la Historia, y las historias, que cada uno de ellos encierran.

Entre todos ellos, destaca, por su altura y por su antigüedad, el que se ubica hoy en la trasera de la basílica papal de San Juan de Letrán, en el límite sur de la Roma antigua, a escasos metros del muro aureliano, en la cúspide de la colina del Laterano, próxima a la del Celio, una de las siete de la Roma histórica. Como indica la ficha a él dedicado en la página de Turismo del Comune di Roma, el monumento -que se alza majestuoso en la ahora llamada plaza de San Juan Pablo II- mide casi 50 metros (45,7), pesa casi 500 toneladas (455) y, por sus inscripciones en jeroglífico, sabemos que data del reinado de Tutmosis III y Tutmosis IV, por tanto, del siglo XV a. C., de la clásica XVIII dinastía del Reino Nuevo faraónico lo que le convierte en el más antiguo de los obeliscos egipcios repartidos por Roma. Su porte destaca en un espacio extraordinariamente transitado de la Roma moderna casi señalando a la vía Merulana que se dirige a otra de las basílicas pontificias romanas, la de Santa María la Mayor, justo frente a los restos que quedan del acueducto de Claudio-Nerón, algunas de cuyas arcuationes pueden verse justo frente a la plaza en que se ubica el obelisco.



El pedestal que sustenta el obelisco, ofrece al visitante actual las siguientes inscripciones de las que aquí ofrecemos lectio y traducción al castellano:

Lado oeste: Flavio Constantino Caesari Augusto / victor et fidei defensori / quem transferre a Thebana civitate / Amonis in honorem, fluvioque Nilus / deponere in Alexandriam / iussit, ut novae Romae ornamentum foret, es decir "Flavio Constantino, César Augusto, vencedor y defensor de la fe cristiana, hizo transportar este obelisco desde la ciudad de Tebas, donde había sido erigido en honor al dios Amón, a través del río Nilo hasta la ciudad de Alejandría, con el propósito de adornar la nueva Roma que estaba construyendo".

Lado norte: Flavio Constantio Caesari Augusto / Constantini filio, qui pridem a Theba / obeliscum patri suo, postquam diu mansit / in Alexandria, remisit navis trecenta / remis portante, qui Romam Circum Maximum / sollemni ponendum erexit, es decir "Flavio Constancio, César Augusto, hijo de Constantino, tomó el obelisco que su padre había trasladado desde Tebas, y que había permanecido durante mucho tiempo en Alejandría, lo embarcó en una nave con trescientos remeros, y lo transportó por mar hasta Roma, donde lo erigió en el Circo Máximo con gran solemnidad".


Lado este: Constantinus, cruce intercessione victor / in hoc loco sancto per Sanctum Silvestrum / gloriam crucis diffudit, es decir "Constantino, vencedor por la intercesión de la Cruz, en este lugar consagrado por San Silvestre, difundió la gloria de la Cruz".

Lado sur: Sixtus V, summus pontifex / hoc obeliscum, tempestate vastatum / restituens magno labore atque sumptu / in hoc loco posuit, invictae cruci dedicavit / anno pontificatus MDLXXXVIII, es decir "Sixto V, Papa Máximo, restauró este obelisco, que había sido dañado por las calamidades de los tiempos, y lo erigió en este lugar con gran esfuerzo y gasto, dedicándolo a la Cruz Invencible en el año 1588 de su pontificado".

Contra lo que pudiera parecer, dichas inscripciones, pese a su factura, extraordinariamente clásica y a estar enriquecidas con apliques de bronce el modo de las litterae aureae, no son originales, no son romanas. Fueron compuestas en verso en el siglo XVI por el poeta italiano Giovanni Andrea Bussi, primer bibliotecario de la Bibliotheca Vaticana, entre otros cargos. Sin embargo, aportan noticias fidedignas sobre el obelisco, sobre su origen y sobre el contexto histórico de sus distintas vicisitudes en Roma y antes de llegar a Roma. Así, se indica la procedencia del obelisco, Tebas, que estaba dedicado al dios Amón y que Constantino se propuso trasladarlo por el curso del Nilo, primero, hasta el gran puerto del Egipto romano, Alejandría y, de ahí, a Roma para que sirviera de monumento de embellecimiento de la ciudad. En segundo lugar, se atribuye al hijo de Constantino, Constancio (Constantino II) -que le sucedió en el trono imperial a la muerte del primero, en el 337 d. C.- haber ejecutado la empresa planificada por su padre trasladando el obelisco de Alejandría a Roma con una nave dotada de hasta trescientos remeros. La tercera inscripción alude a la conversión de Constantino bajo el pontificado del Papa Silvestre I y, finalmente, la última, con un Latín que imita el de la Epigrafía clásica, alude a la colocación del obelisco, tras su invención y restauración, en el lugar que ahora ocupa coronado por una cruz, que todavía porta en su coronamiento, empresa, como se indica, debida al Papa Sixto V que fue el pontífice responsable, entre otras cosas, del inicio de las excavaciones arqueológicas en el circo Máximo, excavaciones que condujeron a la invención de tan insigne monumento.

Como se ha estudiado sobradamente -y una buena síntesis puede ser la que publicó hace algunos años el Catedrático de Topografía Antigua de la Universitá di Firenze Paolo Liverani, disponible en red aquí y recomendado como lectura en la sección dedicada a este monumento en la prestigiosa página del proyecto Judaism and Rome- el volumen VI del Corpus Inscriptionum Latinarum dedicado a las Inscriptiones Vrbis Romae Latinae (Berlín, 1801, p. 241) recoge el texto original (CIL VI, 1163) que portaba el obelisco Lateranense cuando fue descubierto, en febrero de 1587, según lo transmitió un testigo presencial del hallazgo, Arnoldus Mercator que, en sus notas, hizo constar, que el monumento apareció "nel giusto mezzo del cerchio massimo a dì 15 di febraro 1587 (...) sottoterra ventiquatro piedi" (CIL VI, p. 241). La inscripción original ofrece algunos datos interesantes sobre el origen del monumento, sobre su traslado a Roma y sobre su colocación en el mayor circo del Occidente Romano justo donde, de hecho, sabemos por las fuentes (particularmente Plinio, Nat. 36, 14) que Augusto habría colocado uno algo posterior, de época de Ramsés II, hoy trasladado a la siempre animada Piazza del Popolo (para su posición original puede consultarse la web del sensacional proyecto Digital Augustan Rome) mayor que el que empleó como horologium, como gran reloj solar, en el Campo de Marte, hoy en la citada Plaza de Montecitorio que fue el segundo de los obeliscos augústeos. Destacamos algunas de las informaciones aportadas por la inscripción original, a continuación.

ll. 7-9 (ll. 1-3 del lado norte): "Pero la preocupación por el transporte afligía grandemente al emperador, ya que ninguna inteligencia, esfuerzo ni mano habría podido mover la imponente mole" (quod nullo ingenio nisuque manuque moueri caucaseam molem)

ll. 11-14 (ll. 6 del lado norte y ll. 1-4 del lado oeste): "Ordenó que se moviera sobre la tierra una no pequeña parte de la montaña y depositó su confianza en el mar hinchado, y las aguas, con ondas plácidas, condujeron la nave a las playas del Occidente, para asombro del [Tíber]" (fluctu litus ad hesperium [Tiberi] mirante carinam Romam)

ll. 17-18 (ll. 5-6 del lado oeste): "(...) sino porque nadie creía que una obra de tanta envergadura pudiera elevarse hasta las auras celestes" (sed quod non crederet ullus tantae molis opus superas consurgere in auras).

Como puede verse, el texto, que, en parte, como explica Paolo Liverani -que ultima, de hecho, actualmente, un sensacional proyecto europeo de investigación sobre la topografía antigua de este sector de la Roma clásica, el proyecto Rome Transformed- fue recompuesto con añadidos e interpolaciones que mediaron entre que fuera anotado por Mercator y, luego, recogido por Eugen Bormann y Wilhelm Henzen, los editores del correspondiente volumen del CIL, destaca, en un tono propio de la retórica imperial de la época, el reto que supuso el traslado del obelisco, el afán de exclusividad de la empresa y la simbólica conexión Nilo-Tíber que subyacía a la misma. 

Hace algunos años, en Oppida Imperii Romani, con el objetivo de ofrecer al lector dos recursos digitales extraordinarios para el conocimiento de la topografía la antigua Roma -el proyecto Rome Reborn, de la University of California Los Ángeles-UCLA y la digitalización del New Topographical Dictionary of Ancient Rome (Baltimore-Londres, 1992)- publicamos una entrada, titulada "Decora Vrbis aeternae", que abría con un texto de Amiano Marcelino que, precisamente, también -como ya se hacía constar en la voz "obeliscus Constantii" del tradicional diccionario topográfico de Roma, de S. Ball Plattner (Londres, 1929)- aporta abundante información sobre este monumento pues si Mercator fue testigo del hallazgo de la pieza, Amiano lo fue del momento de su entrada en Roma y de su colocación en el circo Máximo. Los pasajes de las Rerum Gestarum de Amiano -obra cumbre de la historiografía tardoantigua-, rezan como sigue:

XVI, 10, 17: "Finalmente, tras reflexionar durante bastante tiempo acerca de qué podía hacer allí, determinó contribuir con algo a la belleza de la ciudad erigiendo en el Circo Máximo un obelisco, acerca de cuyo origen y forma trataré en el lugar apropiado".

XVII, 4: "Por orden del Augusto Constancio se determina la colocación de un obelisco en Roma, en el circo Máximo (obeliscus Romae in Circo Maximo subrectus) (...)". 4, 6. "En esta ciudad [Tebas] junto a magníficos baños y construcciones diversas que muestran imágenes de dioses egipcios, vimos numerosos obeliscos (obeliscos uidimus plures), algunos de ellos en pie y otros caídos y fragmentados. Se trata de grandes moles de piedra que los reyes de la antigüedad, bien después de derrotar a algún pueblo (bello domitis gentibus), bien para demostrar su orgullo por la prosperidad de su mandato (prosperitatibus summarum rerum elati), arrancaron de las entrañas de los montes, incluso en regiones muy alejadas. Luego las cortaron y erigieron esos obeliscos, dedicándolos a los dioses superiores de sus religiones". 4, 7. "Es, pues, el obelisco, una piedra de gran dureza, que se eleva gradualmente en forma de columna cónica hasta una gran altura y, como si fuera un rayo, va perdiendo grosor de forma paulatina, con una superficie cuadrada que va alargándose y haciéndose más estrecha junto a la cima, y pulido todo por manos artesanas (...)". 4, 10. "Pero [al inscribirlos] no seguían la práctica actual, en la que una serie determinada y sencilla de letras expresa todo lo que pueda concebir la mente humana (litterarum numerus praestitutus et facilis exprimit). Al contrario, en la escritura de los egipcios, cada carácter representaba un nombre o una palabra e incluso, a veces, representaban frases completas (...)". 4, 12. "Y, puesto que los aduladores de Constancio, según su costumbre, avivaban su orgullo y le repetían sin mesura que, mientras que Octaviano  Augusto trabajo dos obeliscos desde la ciudad de Heliópolis -de los cuales uno fue situado en el circo Máximo y el otro en el Campo de Marte (unus in circo Maximo alter in Campo locatus est Martio)- el que habían transportado recientemente, ante el temor que provocaba la dificultad de su traslado, Constancio no había osado ni moverlo ni tocarlo siquiera. Sepan, pues, los que lo ignoren, que, aunque trajo algunos obeliscos, el emperador antiguo citado no quiso tocar éste, porque estaba dedicado como ofrenda al dios Sol y situado dentro de un ambicioso templo, que no podía ser profanado, donde sobresalía como la cumbre de todo". 4, 13. "Pero Constantino, sin preocuparse por esto, se trajo esta enorme piedra de aquel lugar, pensando correctamente que no perjudicaba en nada a la divinidad si arrebataba de un templo esta obra admirable y se la consagraba a roma, verdadero templo de todo el mundo (in templo mundi totius). Por ello, el obelisco permaneció tendido durante mucho tiempo, mientras se preparaba todo lo necesario para el traslado. Pero, una vez transportado por el cauce del río Nilo y llevado a Alejandría, se fabricó una nave de tamaño desconocido hasta entonces, que necesitaba trescientos remeros para avanzar". 4, 14. "Una vez realizados estos preparativos, tras la muerte del emperador citado [Constantino], disminuyó la urgencia de la empresa y, finalmente, después de mucho tiempo el obelisco fue colocado sobre una nave y traído a través de los mares y del curso del Tíber (per maria fluentaque Tibridis), que parecía asustado por el temor de aquello que le había enviado el casi desconocido Nilo (...) Con todo, el obelisco fue trasladado al barrio de Alejandro, situado a tres millas de la ciudad. Desde allí, tras ser colocado sobre una plataforma y llevado con cuidado a través de la puerta de Ostia y de la Piscina Pública (per Ostiensem portam piscinamque publicam), fue trasladado hasta el circo Máximo". 4, 15. "Después de esto, sólo faltaba erigirlo (erectio), algo que se suponía muy complicado y casi imposible. Pero lo consiguieron del siguiente modo: acumularon, elevaron y colocaron en vertical (ad perpendiculum) altos palos (de manera que parecía que estabas viendo un auténtico bosque de maquinaria). Ataron fuertes y largas cuerdas, semejantes a múltiples cintas, que, dada su densidad, llegaban a ocultar el cielo. A estos palos se ató esta auténtica montaña con caracteres escritos grabados sobre ella, mientras iba siendo elevada en el aire hasta las alturas. Después de quedar colgando durante bastante tiempo, se necesitó a muchos miles de hombres para hacer girar ruedas que parecían de molino (molendinarias rotantibus metas), y así quedó colocado en mitad del circo. Sobre él se colocó una esfera de bronce, brillante, con láminas de oro, pero al ser alcanzada por la fuerza del fuego divino [un rayo] fue reemplazad por una imagen de bronce de una antorcha, que tenía igualmente incrustaciones de oro y parecía despedir brillantes llamaradas". 4, 16. "En épocas posteriores se trajeron otros obeliscos, uno de los cuales fue colocado en el Vaticano, otros en los jardines de Salustio y dos en el mausoleo de Augusto (unus in Vaticanus, alter in hortis Salusti, duo in Augusto monumento)". 4, 17. "El significado de los signos grabados en el antiguo obelisco que vimos en el circo, vamos a ofrecerlo en letras griegas (...)" (a partir de ahí, en griego, transcribe el texto original compuesto en jeroglífico: lado sur: 4, 18, l. 1; 4, 19, l. 2; 4. 20, l. 3; lado oeste, 4, 21, l. 2; 4. 22, l. 3; lado este, 4. 23, l. 1).

Del largo texto de Amiano que aquí hemos transcrito -y que incluye, de hecho, en su parte final, aunque en lengua griega, una auténtica autopsia epigráfica por él realizada sobre las inscripciones jeroglíficas del obelisco- cabe destacar varios aspectos, fundamentalmente tres. En primer lugar, la asociación entre el obelisco y la legitimación política, la exaltación del poder personal. En segundo lugar la existencia -cuando se alude al poder de Augusto y a su capacidad para hacer llegar a Roma dos obeliscos- de una cierta competitividad entre los emperadores, y también entre las elites, en materia de construcción pública convirtiéndose ésta, y los retos que se afrontaban en ella, en herramientas de prestigio, de auto-representación. En tercer lugar el texto de Amiano muestra muy bien la sorpresa del escritor de Antioquía respecto de la exigencia y los retos técnicos de la empresa que, como hemos visto, también se exaltaron en los tituli que, originariamente, se grabaron en la base del monumento. Sabemos, de hecho, que desde la construcción del foro de César, el primero en que se emplearon fustes de columnas de carácter monolítico, ese ejercicio de poder se convirtió en un modo de impresionar a la población y constituyó un auténtico "tour de force" para la edilicia pública. Que Amiano se entretenga en explicar los pormenores técnicos que hicieron posible el traslado y la erección del obelisco en el circo Máximo va, sin duda, en esa línea aportándonos -como vimos en un vídeo incorporado hace algún tiempo a nuestro canal de vídeos en YouTube- deliciosa información sobre algunos de esos sistemas técnicos, acaso semejantes al que muestra un grabado de Natale Bonifacio -también artista contemporáneo a la invención del obelisco de Letrán- alusivo al obelisco Vaticano, hoy conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, que reproducimos a continuación. Se trata de tres conceptos que, nos parece, pueden explicar muy bien la ideología de los procesos de transformación urbana vividos por la Roma imperial, como algunos títulos de la nota bibliográfica que cierra esta entrada desgranan.

Está claro, por tanto, que cuando se compusieron las inscripciones que -pese a no ser Romanas- admiran aun hoy, en el siglo XXI, al visitante que se acerca a San Juan de Letrán, el recurso a las fuentes antiguas -tanto epigráficas como, especialmente, literarias, dado el extraordinario relato de Amiano Marcelino- resultó fundamental y contribuyó a dar historicidad a este uso del modo clásico de grabar mensajes para la eternidad que es la Epigrafía Romana. Nos parecía que esa coincidencia entre Historia, Literatura e Historiografía Latinas, Epigrafía -aunque en este caso la lectio que hace Amiano sea de una inscripción en jeroglífico- y Recepción -y en parte resignificación- de la Antigüedad podía interesar a los lectores de Oppida Imperii Romani y abrir una serie en la que podamos presentar otros loca memorabilia en los que interactúen las fuentes literarias, las materiales y, sobre todo, las epigráficas algo de lo que, de hecho, los editores del CIL VI, se dieron cuenta incorporando en la ficha de la inscripción, también el texto, casi completo, del relato de Amiano Marcelino en una interpolación casi única en la Historia de esta obra monumental a la altura, sin duda, del monumento que portó la inscripción que los sabios alemanes recogieron en el fascículo sexto de dicha obra.

Nota bibliográfica sucinta.- El caso aquí tratado ofrece un singular ejemplo de una ocasión en que la Literatura Romana, en concreto el historiador Amiano Marcelino, ofrece utilísima información sobre una actividad edilicia imperial en Roma, tema tratado de forma excelente por SCHEITHAUER, A., Kaiserliche Bautätigketi in Rom. Das Echo in der antiken Literatur, Stuttgart, 2000 (la bibiografía, pp. 295-324 recoge los títulos clásicos sobre la topografía de la Roma antigua y sobre sus principales monumentos, en todos los idiomas) asunto también objeto de análisis desde ZANKER, P., Augusto y el poder de las imágenes, Madrid, 1992 y con actualizaciones y reflexiones sugerentes en DE KLEJIN, G., "The emperor and public works in the city of Rome", en The Representation and Perception of Roman Imperial Power. Proceedings of the third workshop of the international network Impact of Empire (Roman Empire, c. 200 BC-AD 476), Amsterdam, 2003, pp. 207-214. Nosotros nos hemos ocupado del tema también en los capítulos introductorios de ANDREU, J., Liberalitas Flauia. Obras públicas, monumentalización urbana y exaltación dinástica en el Principado de los Flavios (69-96 d. C.), Sevilla, 2022, pp. 11-17 a partir del clásico de KLOFT, H., Liberalitas principis. Herkunft und Bedeutung. Studien zur Prinzipatsideologie, Colonia, 1979. El acento que el texto de Amiano, de hecho, pone en las dificultades técnicas que implicó el traslado y la erección del obelisco de Letrán nos permiten, también, conocer aspectos concretos de la actividad edilicia romana desde un punto de vista técnico, siempre bien ilustrados en el clásico trabajo de ADAM, J.-P., La construcción romana: materiales y técnicas, León, 2002, inexcusable. También resulta un clásico, pese a su fecha, GARCÍA Y BELLIDO, A., "Roma como problema urbano", en Urbanística de las grandes ciudades del mundo antiguo, Madrid, 1966, pp. 105-144.