TESTIS TEMPORVM (M. A. N.)

















[Sobre estas líneas, segunda parte del primer corredor de la Sala dedicada a Hispania Romana en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y patio central con la mayor parte de la colección epigráfica y escultórica de dicha sección. Si quieres conocer, en un rápido pero ilustrativo vistazo, el aspecto de la nueva exposición permanente del Museo Arqueológico Nacional, debes ver este vídeo, compuesto por Antonio Malalana Ureña, del blog DOC Malalana y profesor de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, ciertamente envidiable]

En el mes en que se escribe este post, se ha inaugurado el nuevo Museo Arqueológico Nacional, en Madrid. Fundado por Isabel II en 1867 es, con diferencia, la institución clave para entender la Arqueología Española y, por tanto, una visita obligada para cualquier lector de Oppida Imperii Romani, para cualquier amante del mundo clásico. Y más desde el pasado 1 de Abril, en que se ha inaugurado la reforma que lo ha mantenido cerrado al público durante estos últimos seis años (pincha aquí para conocer, con audios y vídeos complementarios, los detalles de la reforma y los nuevos retos a los que, en adelante, se enfrenta el centro) y, especialmente, además, durante estas próximas semanas en que dicha institución estará "de puertas abiertas" permanentes -durante prácticamente todo el mes en curso- para recibir, gratuitamente, a todo el que quiera acercarse a conocerlo.

Quien escribe estas líneas no es, ni mucho menos, un experto en museografía ni en gestión del patrimonio -aunque hayamos puesto en marcha algún proyecto ciertamente innovador al respecto (pincha aquí) y tengamos nuestra propia concepción, nuestro propio "modelo" de lo que debe ser el trabajo de gestión del patrimonio arqueológico (pincha aquí)- pero nos parecía que un espacio como éste tenía, de algún modo, que recomendar visitar este espacio dado su tremendo carácter formativo en el marco, además, de su reciente reapertura. De momento, y como "aperitivo" de otras razones más científicas y, quizás, algo eruditas -la mayoría relacionadas con la presencia de la Epigrafía Latina en el Museo Arqueológico Nacional- van aquí algunas razones intrínsecas al propio Museo y que pueden aducirse como razones (marcadas en rojo, unas y otras) para visitarlo cuanto antes, válidas -esperamos- para profanos pero también para versados en el mundo antiguo:

[1] Lógicamente -y casi por sentido común- acercarse al Museo Arqueológico Nacional, al llamado ya "neomuseo", es un auténtico must para el estudioso y aficionado al mundo antiguo y también para el interesado en la Arqueología, una disciplina que, además, se reivindica a sí misma en el vestíbulo de entrada a las salas de exposición con una entretenidísima -¡para pasarse horas!- proyección de vídeos (¡uno de ellos sobre Los Bañales, éste, emitido por Aragón TV hace ya varios veranos!) y de imágenes que repasan desde grandes personajes de la investigación en Prehistoria y Arqueología a paradigmas revolucionarios en su tiempo y que crearon escuela familiarizando de ese modo al profano, también, con conceptos clave para entender una ciencia, la arqueológica, en completa renovación (el título de la sala "La Arqueología, una ciencia para conocernos" es, desde luego, totalmente programático: pocos modos hay de definir mejor a esta rama del saber). Y la primera razón que convierte en obligatoria la visita al Museo Arqueológico Nacional -quizás la de mayor peso, sin duda- es nítida para todos: el prestigio de la propia institución, y, esencialmente, su carácter de "símbolo" y de "sumario" de la Arqueología Peninsular. Pasear por sus salas es, en definitiva, recorrer la Historia -y la Prehistoria, claro está- de la Península Ibérica a través de los restos de la cultura material con que aquélla ha sido -y es, pues la interpretación de muchos sigue estando abierta tras tantos años desde su descubrimiento- escrita, es, en definitiva, "tocar" las fuentes con que se escribe la Historia de nuestro país.

[2] Para Museografía, evidentemente, hay gustos pero está claro que la tendencia actual -en la era de la imagen y de la sociedad de la información- debe transformar los museos -y así se está haciendo, de hecho- de lo que fueron cuando se crearon como institución -casi cenáculos a modo de almacén y exhibición más o menos organizada de objetos antiguos, muchas veces cuántos más y más espectaculares mejor, no sin cierto aire "anticuarista" (nótese la semántica que, al respecto, existe todavía en muchas lenguas europeas: Cabinet des Antiquités, Antikensammlung...)- a lo que deben ser: espacios de "socialización" de la ciencia y de la investigación, de reencuentro del hombre del presente con las formas de vida de las sociedades del pasado y, por tanto, de revisión de su propia identidad cultural. Es por eso que -para quienes conocimos la versión antigua de este singular Museo- resulta reseñable anotar la decidida apuesta pedagógica y por la interactividad que ha hecho el Museo Arqueológico Nacional en esta nueva fase de su historia, entrado ya el siglo XXI. Esta apuesta es especialmente nítida, por ejemplo, en las salas de Prehistoria en las que algunas piezas -como, por ejemplo, los ilustres enterramientos de El Argar- han sido presentadas no en una fría vitrina sino en el marco de recreaciones muy trabajadas que reproducen los ámbitos domésticos en que deben entenderse, y contextualizarse, estos enterramientos. En ese sentido todo el innovador grafismo de los paneles explicativos del Museo -especialmente de los que aparecen ambientando algunas, todo el vitrinas y de modo muy especial en las salas de Prehistoria- amén de la decidida apuesta por los vídeos y por la "tangibilidad" de los materiales -pensada, es cierto, para los invidentes, pero, en cualquier caso, aprovechable y deliciosa para cualquiera- constituyen aciertos evidentes que consiguen el propósito de implicar al visitante más curioso y, también, de llamar la atención del más desinteresado facilitando, al tiempo, la inteligibilidad de las sociedades del pasado, algo que, en esencia, debe presidir la labor de todo arqueólogo y de todo historiador de la Antigüedad.

[3] En último lugar, a nuestro juicio, hay un tercer acierto que no debe considerarse menor en el marco de la reforma acometida aunque podrá resultar algo más opinable que los otros dos: el carácter, generalmente diáfano, de la exposición. Efectivamente, las salas del Museo Arqueológico Nacional -especialmente con el aprovechamiento de los patios centrales- están lo suficientemente completas como para -excepto en las de Egipto, por ejemplo, demasiado abigarradas a nuestro juicio- no resultar recargadas y son lo suficientemente amplias como para favorecer el movimiento de los visitantes. A ese respecto, por ejemplo, el patio central de las salas de Roma -con la espectacular colección de retratística y de escultura que fija la atención del visitante y que constituye uno de los puntos de máximo interés de la colección- ofrece unas condiciones de luz absolutamente extraordinarias que -todo hay que decirlo- también deberían disfrutar, a nuestro juicio, algunas de las estancias que circundan ese espacio y en las que se exhiben, fundamentalmente, algunas colecciones epigráficas de carácter temático -fundamentalmente la epigrafía sobre bronce y la funeraria, reservándose la de carácter público, bien de obras públicas, bien votiva, para el espacio central- y objetos de cerámica, bronce y vidrio de los ajuares domésticos.

Pero, al margen de estas razones, como epigrafista -o, al menos, como asiduo investigador sobre fuentes epigráficas- que soy, sin embargo, creo que la mirada de Oppida Imperii Romani al Museo Arqueológico Nacional debe hacerse desde esa óptica y aunque, efectivamente, hay muchos otros atractivos arqueológicos en la exposición permanente del Museo (esta selección que hizo en estos días el digital 20 Minutos, puede ser una guía válida de algunas recomendaciones además de las que incluye la sección de catálogo de la remodelada web del propio MAN), creo que las inscripciones que aquél exhibe se encuentran, sin duda, entre los atractivos que justifican la atención de quien se acerque a Madrid a visitarlo, entre otras cosas porque, además, muy pronto -y este post sirve también como pretexto para anunciarlo con gozo- gran parte de ese material epigráfico del Museo Arqueológico Nacional estará disponible online gracias al trabajo de nuestro colega -y amigo- Manuel Ramírez Sánchez, autor del blog E-Pigraphia, y que últimamente, gracias a la FECYT, anda embarcado en un proyecto de digitalización de un buen repertorio de inscripciones latinas del MAN cuyo resultado, además, se volcará, para uso educativo, en red, a través del proyecto Epigraphia 3D cuya web debes visitar y añadir, desde ya, a tus favoritos. Para "acompañarte" en esa visita o facilitar que puedas prepararla hemos creado, en la aun joven galería de Oppida Imperii Romani en Flickr, el álbum, "La Epigrafía Latina en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid". Nos parece que una paseo por las inscripciones recogidas en la Sala 16 -de ellas hemos seleccionado diez-, consagrada a la Hispania Romana, debe, pues, detenerse en, cuando menos, las siguientes singularidades que son, también -y por eso seguimos marcándolos en rojo- reclamos indudables en la exposición permanente de este espectacular espacio.

[I] Sin lugar a dudas, sólo el acercamiento que las salas del Museo Arqueológico Nacional hacen al visitante respecto de la epigrafía sobre bronce -el soporte tradicional de la documentación oficial en época romana, como se ha subrayado en algunos trabajos recientes (pincha aquí, con extensa bibliografía)- justifica un detenido paseo por su fondo de Epigrafía Latina. De hecho, apenas el visitante ingresa en la citada Sala, un amplio corredor muestra, sobre las paredes y a la altura de la vista -como, de hecho, sabemos que exigía la propia legislación municipal romana- algunas piezas emblemáticas de un conjunto que ha constituido, como tantas veces se ha escrito, la verdadera "fuente del Derecho", y de un repertorio en el que, además, la aportación de la documentación hispana ha resultado fundamental (creemos que esa aportación se valora muy bien en un capítulo de nuestro Fundamentos de Epigrafía Latina pero, también, en un monográfico, poco conocido de la revista Mainake, 23, 2001). Así, el visitante que se acerque al MAN puede contemplar, entre otros, y casi sobre la misma pared, varias tablas de la lex Vrsonensis (CIL II2/5, 1022 y AE 2006, 645 -con foto en el álbum de Flickr: aquí-), la lex Salpensana (CIL II, 1963), el famoso decreto de Italica (CIL II, 6278) sobre los juegos gladiatorios -muy de actualidad en tanto que documenta la "contención del gasto" en este tipo de espectáculos-, y, en varias vitrinas, los extraordinarios documentos relacionados con las instituciones romanas del hospitium y del patronatus o con los iusiuranda o juramentos cívicos procedentes de Conobaria (CILA 2, 990), Clunia (CIL II, 5792) o Lacilbula (CIL II, 1343), entre otros (para un repaso a algunas de las piezas que, de esta categoría, conservamos en las Hispanias, puedes ver este enlace de Hispania Epigraphica OnLine al criterio de búsqueda "Law/legal text"; para un tradicional trabajo sobre las dos primeras instituciones, pincha aquí y accede, a través de Academia.edu, a la reciente propuesta de BELTRÁN LLORIS, F. y de PINA, F.: "Clientela y patronos en Hispania", en Actes 1er Congrés Internacional d'Arqueologia i Món Antic. Govern i Societat a la Hispània Romana. Novetats Epigraphiques. Homenatge a Géza Alföldy, Tarragona, 2013, pp. 51-62, un libro, por cierto, recomendabilísimo).

[II] Un altísimo porcentaje -casi por encima del 90%- del registro epigráfico que conservamos de las sociedades clásicas es el funerario. Las inscripciones funerarias, los tituli sepulcrales, bien analizados, ofrecen abundante información sobre aspectos demográficos, cliométricos, ideológicos, espirituales, onomásticos, económicos o sociales, de la sociedad romana. Y, precisamente, el repertorio de inscripciones funerarias que se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional supone un buen "muestrario" en este sentido a propósito, además, de las provincias hispanas -cierto que las ciudades que están representadas son unas pocas con un alto protagonismo de Augusta Emerita-. Colocadas, la mayor parte de ellas, en la trasera del gran patio que alberga la mayor parte de la estatuaria y la epigrafía de la colección -y del que ofrecemos una foto coronando este post- el repertorio de epitafios latinos exhibidos en el Museo incluye desde hitos de delimitación -de indicatio pedaturae (sobre el tema resulta utilísimo el trabajo de D. Vaquerizo y S. Sánchez en Archivo Español de Arqueología, 81, 2008, 101-131)- del tamaño de los sepulcros, como CIL II, 5919 de Salaria (con foto aquí), hasta un amplio muestrario de los distintos tipos de soporte de las inscripciones funerarias: altares como CIL II, 496 de Augusta Emerita (con foto aquí), sencillas estelas como CIL II2/5, 669 de Iliberris u otras, de sabor más vernáculo y con retrato funerario como EE VIII-2, 155 de Lara de los Infantes (con foto aquí), la cupa ILMadrid 21 procedente de Complutum, la sensacional placa en mármol con retrato funerario EE VIII-2, 30, de Augusta Emerita (con foto aquí) y, en la última sala sobre mundo romano, hermosos epitafios cristianos como CIL II2/5, 334 de Igabrum (con foto aquí) o ILCV 1409 de Augusta Emerita, o la lauda sepulcral de Vrsinus, sobre mosaico, procedente de Gracchurris (ERRioja 2).

[III] Pero, lógicamente, la documentación epigráfica latina, la cultura epigráfica de los romanos no se acabó con las inscripciones funerarias o con los decretos oficiales y, por eso, el Museo Arqueológico Nacional, constituye una buena plataforma desde la que, a partir de su colección epigráfica, de su "lapidario", familiarizarse con otros tipos de inscripciones igualmente característicos del hábito epigráfico romano. Un primer conjunto, en este sentido, lo constituirían las inscripciones votivas, la mayor parte de ellas presentadas -como se dijo más arriba- en el patio central, justo frente a la colección de retratística. En nuestro álbum anejo en Flickr hemos seleccionado dos (AE 1899, 108 de Augusta Emerita y CIL II, 3410 de Carthago Noua, con fotos aquí y aquí respectivamente) pero la colección incluye otras, hermosísimas que, además, han generado notable bibliografía al respecto, especialmente, relacionada con las actividades del culto imperial. Nos referimos, por ejemplo, al hermoso altar dedicado a la Venus Victrix por el médico L. Cordius Symphorus (CIL II, 2470 de Augusta Emerita) -sobre este colectivo médico en época romana puedes consultar este trabajo de Mª Á. Alonso en Veleia, 28, 2011, 83-107- y, en especial, colocado frente a él, al pedestal de un pequeño busto dorado -hoy perdido- del emperador Tito promovido por la prouincia Lusitania (CIL II, 5264) y al que quien escribe estas líneas tiene un especial cariño por razones que se descubren echando un vistazo a nuestro historial académico. Esas piezas, pese a su carácter votivo, comparten con las que les rodean una cierta dimensión pública en tanto que tuvieron que ver con ceremonias abiertas de carácter cultual. Por eso, en dicho contexto encaja extraordinariamente bien una impresionante inscripción -con foto en nuestro álbum de Flickr, aquí- alusiva al acto munificente edilicio de un notable de Carthago Noua, L. Aemilius Rectus (CIL II, 3423) (para la cuestión del evergetismo y de cómo los notables locales sostenían el desarrollo económico y urbanístico de las ciudades para las que trabajaban, véase la ingente producción, al respecto, de E. Melchor Gil). Pero, quizás, entre todas las inscripciones que pueden verse en el MAN, hay dos con un sabor especial, de esas que cuando uno culmina la visita al Museo, le producen la sensación de haber visto casi dos unica en el mundo romano, nos referimos a los mosaicos con textos relativos a la escena que representan que se pueden ver en el ala derecha del gran patio y sobre los que nos hemos detenido en nuestro álbum (pincha aquí) y, en particular, a la conmovedora carta que, en el contexto de los materiales relacionados con las explotaciones fundiarias romanas -entre los que se encuentran algunos de los más hermosos mosaicos hispanorromanos- se deja ver al final de la Sala que ha centrado nuestra atención: (AE 1899, 107 de Villafranca de los Barros, con foto aquí).

En definitiva, hay muchas maneras de acercarse al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Aquí, hemos querido aportar tres razones desde la óptica museográfica (véase [1], [2] y [3] más arriba) y un bloque de otras tres (ver [I], [II] y [III]) desde la óptica epigráfica. Confiamos en que el post resulte útil para aproximarse a un auténtico testis temporum que, además, está tan directamente relacionado con nuestra Historia y, por tanto, también, con nuestro presente. Inexcusable.