Pese a que este blog tenga, en su orientación por las Ciencias de la Antigüedad, una clara preferencia epigráfica y, por supuesto, arqueológica, la cuestión epistemológica sobre la Arqueología no nos ha ocupado especialmente en él. De hecho, ésta apenas figura en dos entradas que comparten título, "Archaiología" y "Archaiología (y II)", esta última, además, relacionada con los talleres "Arqueólogos, detectives de la Historia" que ofrecemos en la Universidad de Navarra a escolares de todo el país y en los que damos a conocer nuestro Grado en Historia con Diploma en Arqueología- y, por supuesto, en un post que es clásico en el inicio, cada curso académico, de la asignatura "Arqueología" que forma parte del Grado en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra y que se imparte en el segundo semestre de primer curso. Nos referimos al titulado "Indiana Jones y la Arqueología" que, a partir de varias secuencias de la primera saga (1981-1989) de películas del conocido arqueólogo diseñado por George Lucas y Steven Spielberg, sale al paso de tópicos sociales y realidades disciplinares sobre el estudio de la cultura material de las sociedades del pasado.
Sin embargo, en vísperas de la pasada Navidad, uno de los personajes del año 2025, el Papa León XIV, con motivo del centenario del Pontificio Istituto di Arqueologia Cristiana, con sede en Roma, el 11 de diciembre, promulgó una hermosa carta apostólica sobre la importancia de la Arqueología que, aunque se viralizó notablemente en redes sociales por parte de los colegas italianos, acaso pasó desapercibida en España. Como afirma la sección de noticias del citado centro de investigación, la carta, precedida de una hermosa alocución a los docentes y estudiantes del citado Instituto, y disponible completa aquí, al margen de otras consideraciones, si se quiere, más teológicas, aborda cuestiones como el objeto y el método de la Arqueología; su relación con otras ciencias y disciplinas humanísticas y su servicio al conocimiento histórico; reflexiona sobre algunos de los actuales retos de la investigación arqueológica; y subraya el papel de esta disciplina en la construcción social y, por supuesto, en la generación de conocimiento sobre las civilizaciones humanas.
Cuando alguien nos hizo llegar, a través de whatsapp, la noticia y, con ella, el texto de la carta apostólica, descubrimos que el documento, pese a las singularidades que siempre han caracterizado el trabajo arqueológico, de raíz casi decimonónica, del Pontificio Istituto di Archeologia Cristiana -orientado, desde los tiempos de Giovanni Battista de Rossi al estudio de los lugares relacionados con el cristianismo primitivo romano stricto sensu- abordaba algunos problemas actuales en la investigación arqueológica. Entre ellos, por ejemplo, cómo la evidencia material se relaciona con las fuentes escritas; de qué modo el arqueólogo debe interrogar a éstas últimas para entender, mejor, la propia evidencia, el registro, contextualizándolo; cuáles son las competencias propias de la profesión del arqueólogo -competencias y retos que hacen dicha tarea, además, extraordinariamente excitante-; y cómo conciliar el trabajo de recuperación de la evidencia arqueológica con el valor patrimonial -y sujeto, por tanto, a la conveniencia de su conservación- intrínseco a aquélla y objeto siempre de interés social general un asunto que sí fue tratado hace algunos años en la entrada "A vueltas con la Arqueología" de Oppida Imperii Romani y que percibimos cada día en el atractivo que genera nuestro trabajo en Los Bañales. Tratando de subrayar los aportes fundamentales del Papa León a lo que podríamos llamar el "debate disciplinar", a esa reflexión epistemológica sobre la ciencia arqueológica, el semanario religioso católico Alfa y Omega tuvo a bien publicarnos, con fecha 22 de enero, ya este año, una reflexión titulada "De Indiana Jones a León XIV: la fascinación por la arqueología", que aquí compartimos y a cuya lectura invitamos pues glosa el modo como el Papa americano se enfrenta a algunas de las cuestiones arriba enumeradas poniendo, también, en contexto tanto sus reflexiones como el concepto de cultura material.
Y, efectivamente, como afirmábamos en esa página de Alfa y Omega, la segunda clase de la materia "Arqueología" en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra giró en torno a la lectura y discusión, en grupos, del modo cómo el Sumo Pontífice se aproxima a esta singular disciplina científica atendiendo a lo que, sobre ella, su texto nos enseña.
Aunque es recomendable la lectura del texto completo de la citada carta apostólica, disponible aquí, se nos antojaba que el resumen que entregamos a los estudiantes como base para el debate, podría resultar pertinente para, cuando menos, acercar este singular documento y su contenido -en forma abreviada- a los lectores de Oppida Imperii Romani. Y es por ello que lo traemos a esta primera entrada de 2026 conscientes de que, como ha sucedido en estos últimos casi diez años con la entrada sobre la visión que, de la Arqueología, se proyecta en las películas de Indiana Jones, se convertirá en un texto de referencia para entender el particular appeal que ha caracterizado siempre a la Arqueología y que no ha hecho sino incrementarse en los últimos años tal como muestran, de hecho, muchas de las noticias de este espacio y, en particular, las recogidas en la sección "Epigraphica" que nacen, muchas veces, de notables hallazgos arqueológicos. Desde luego, el documento, y la auctoritas de quien lo firma, lo merece. Es precisamente por ello que, contra lo que suele ser habitual en Oppida Imperii Romani, en que los títulos de las entradas suelen ir en Latín, a este le otorgamos un título paralelo al que, en 2016, dimos a la reflexión a propósito de las explicaciones en aula del alter ego de Indiana Jones, el Dr. Jones.
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NOTA.- En el extracto que sigue se ha respetado la articulación del texto en varios capítulos para ser fieles a la estructura original.
Introducción
Nuestra época, marcada por rápidos cambios,
crisis humanitarias y transiciones culturales, exige, junto con el uso de
conocimientos antiguos y nuevos, también la búsqueda de una sabiduría profunda,
capaz de custodiar y transmitir al futuro lo que es verdaderamente esencial. En
esta perspectiva, deseo reafirmar con fuerza que la arqueología es un
componente imprescindible de la interpretación del cristianismo y, por
consiguiente, de la formación catequética y teológica. No es sólo una
disciplina especializada, reservada a unos pocos expertos, sino un camino
accesible a todos aquellos que quieren comprender la encarnación de la fe en el
tiempo, en los lugares y en las culturas. Para nosotros, los cristianos, la
historia es un fundamento crucial; en efecto, realizamos la peregrinación de la
vida en la concreción de la historia, que es también el escenario en el que se
desarrolla el misterio de la salvación. Todo cristiano está llamado a basar su
existencia en una Buena Nueva que parte de la Encarnación histórica del Verbo
de Dios (cf. Jn 1,14) (…)
La arqueología como escuela de encarnación
Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿hasta
qué punto puede seguir siendo provechoso, en la era de la inteligencia
artificial y de las investigaciones en las infinitas galaxias del universo, el
papel de la arqueología cristiana en la sociedad y para la Iglesia?
El cristianismo no nació de una idea, sino de
una carne; no de un concepto abstracto, sino de un vientre, de un cuerpo, de un
sepulcro. La fe cristiana, en su esencia más auténtica, es histórica: se basa
en hechos concretos, en rostros, en gestos y en palabras pronunciadas en una
lengua, en una época y en un entorno. Esto es lo que la arqueología hace
evidente, palpable. Nos recuerda que Dios eligió hablar en una lengua humana,
caminar en una tierra, habitar lugares, casas, sinagogas, calles.
No se puede comprender plenamente la teología
cristiana sin la inteligencia de los lugares y las huellas materiales que dan
testimonio de la fe de los primeros siglos (…)
La arqueología, al ocuparse de los vestigios
materiales de la fe, educa en una teología de los sentidos: una teología que
sabe ver, tocar, oler y escuchar. La arqueología cristiana educa en esta
sensibilidad. Excavando entre piedras, ruinas y objetos, nos enseña que nada de
lo que ha sido tocado por la fe es insignificante. Incluso un fragmento de
mosaico, una inscripción olvidada, un grafito en una pared de las catacumbas
pueden contar la biografía de la fe. En este sentido, la arqueología es también
una escuela de humildad: enseña a no despreciar lo que es pequeño, lo que es
aparentemente secundario. Enseña a leer los signos, a interpretar el silencio y
el enigma de las cosas, a intuir eso que ya no está escrito. Es una ciencia del
umbral, que se encuentra entre la historia y la fe, entre la materia y el
Espíritu, entre lo antiguo y lo eterno.
Vivimos en una época en la que el uso y el
consumo han prevalecido sobre la conservación y el respeto. La arqueología, en
cambio, nos enseña que incluso el más pequeño testimonio merece atención, que
cada rastro tiene valor, que nada puede descartarse. En este sentido, es una
escuela de sostenibilidad cultural y ecología espiritual. Es una educación para
aprender a respetar la materia, la memoria y la historia. El arqueólogo no descarta
nada, sino que conserva. No consume, sino que contempla. No destruye, sino que
descifra. Su mirada es paciente, precisa, respetuosa. Es la mirada que sabe
captar en un trozo de cerámica, en una moneda corroída o en un grabado
desgastado, el aliento de una época, el sentido de una fe y el silencio de una
oración.
(...) La profesión arqueológica es, en gran parte,
una profesión “táctil”. Los arqueólogos son los primeros en tocar, después de
siglos, una materia enterrada que conserva la energía del tiempo. Pero la tarea
del arqueólogo no se limita a la materia, va más allá, hasta lo humano. No sólo
estudia los hallazgos, sino también las manos que los forjaron, las mentes que
los concibieron, los corazones que los amaron. Detrás de cada objeto hay una
persona, un alma, una comunidad. Detrás de cada ruina, un sueño de fe, una
liturgia, una relación. La arqueología cristiana, entonces, es también una
forma de caridad; es una manera de hacer hablar los silencios de la historia,
de devolver la dignidad a los olvidados, de sacar a la luz la santidad anónima
de tantos fieles que han formado parte de la Iglesia.
Una memoria para evangelizar
(...) La arqueología cristiana nos muestra cómo el
Evangelio ha sido acogido, interpretado y celebrado en diferentes contextos culturales;
nos muestra cómo la fe ha moldeado la vida cotidiana, la ciudad, el arte y el
tiempo. Y nos invita a continuar este proceso de inculturación, para que el
Evangelio pueda seguir encontrando hoy un hogar en los corazones y en las
culturas del mundo contemporáneo. En este sentido, no sólo mira al pasado,
también habla al presente y orienta hacia el futuro. Habla a los creyentes, que
redescubren las raíces de su fe; pero también habla a los alejados, a los no
creyentes, a cuantos se interrogan sobre el sentido de la vida y encuentran, en
el silencio de las tumbas y en la belleza de las basílicas paleocristianas, un
eco de eternidad. Se dirige a los jóvenes, que a menudo buscan autenticidad y
concreción; se dirige a los estudiosos, que ven en la fe no una abstracción,
sino una realidad históricamente documentada; se dirige a los peregrinos, que
encuentran en las catacumbas y en los santuarios el sentido del camino y la
invitación a la oración por la Iglesia.
En un momento en el que la Iglesia está llamada
a abrirse a las periferias —geográficas y existenciales—, la arqueología puede
ser un poderoso instrumento de diálogo; puede contribuir a tender puentes entre
mundos distantes, entre culturas diferentes, entre generaciones; puede dar
testimonio de que la fe cristiana nunca ha sido una realidad cerrada, sino una
fuerza dinámica, capaz de penetrar en los tejidos más profundos de la historia
humana.
Saber ver más allá: la Iglesia entre el tiempo
y la eternidad
(...) Sin embargo, la arqueología no se limita a describir
la materialidad de las cosas, sino que nos lleva más allá: nos hace intuir la
fuerza de una existencia que trasciende los siglos, que no se agota en la
materia, sino que la trasciende. (…) La arqueología cristiana contribuye a este
conocimiento: ilumina los textos con testimonios materiales, interroga las
fuentes escritas, las completa, las problematiza. En algunos casos, confirma la
autenticidad de las tradiciones; en otros, vuelve a colocarlas en su contexto
preciso; y en otros, abre nuevas preguntas. Todo esto es teológicamente
relevante. Porque una teología que quiera ser fiel a la Revelación debe
permanecer abierta a la complejidad de la historia.
La arqueología cristiana puede ofrecer una
gran contribución en este sentido, pues nos ayuda a distinguir lo esencial de
lo secundario, el núcleo original de las incrustaciones de la historia (…) La
verdadera arqueología cristiana no es conservación estéril, sino memoria viva.
Es la capacidad de hacer que el pasado hable al presente. Es sabiduría para discernir
lo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia. Es fidelidad creativa, no
imitación mecánica. Por esta razón, la arqueología cristiana puede ofrecer un
lenguaje común, una base compartida, una memoria reconciliada. Puede ayudar a
reconocer la pluralidad de las experiencias eclesiales, la variedad de formas,
la unidad en la diversidad. Y puede convertirse en un lugar de escucha, un
espacio de diálogo y un instrumento de discernimiento.
El valor de la comunicación académica
La arqueología no es un privilegio para unos
pocos, sino un recurso para todos, que puede ofrecer una contribución original
al conocimiento de la humanidad, al respeto de la diversidad y a la promoción
de la cultura. También la relación con el Oriente cristiano puede encontrar en
la arqueología un terreno fértil. Las catacumbas comunes, las iglesias
compartidas, las prácticas litúrgicas análogas, los martirologios convergentes:
todo ello constituye un patrimonio espiritual y cultural que hay que valorizar
juntos.
Educar en la memoria, custodiar en la
esperanza
Vivimos en un mundo que tiende a olvidar, que
corre rápidamente, que consume imágenes y palabras sin sedimentar el sentido.
La Iglesia, en cambio, está llamada a educar en la memoria, y la arqueología
cristiana es uno de sus instrumentos más nobles para hacerlo. No para
refugiarse en el pasado, sino para habitar el presente con conciencia, para
construir el futuro con raíces.
Quien conoce su propia historia sabe quién es,
sabe adónde ir, sabe de quién es hijo y a qué esperanza está llamado. Los
cristianos no son huérfanos: tienen una genealogía de fe, una tradición viva y
una comunión de testigos. La arqueología cristiana hace visible esta
genealogía, custodia sus signos, los interpreta, los narra y los transmite. En
este sentido, es también un ministerio de esperanza. Porque muestra que la fe
ya ha atravesado épocas difíciles; ha resistido persecuciones, crisis, cambios;
ha sabido renovarse, reinventarse, echar raíces en nuevos pueblos, florecer en
nuevas formas. Quien estudia los orígenes cristianos ve que el Evangelio
siempre ha tenido una fuerza generativa, que la Iglesia siempre ha renacido,
que la esperanza nunca ha fallado.
***
Me dirijo a los obispos y a los responsables
de la cultura y la educación: animen a los jóvenes, laicos y sacerdotes a
estudiar arqueología, que ofrece muchas perspectivas formativas y profesionales
dentro de las instituciones eclesiásticas y civiles, en el mundo académico y
social, en los campos de la cultura y la conservación.
Por último, mi palabra va dirigida a ustedes,
hermanos y hermanas, estudiosos, profesores, estudiantes, investigadores,
agentes del patrimonio cultural, responsables eclesiásticos y laicos: su
trabajo es valioso. No se dejen desanimar por las dificultades. La arqueología cristiana
es un servicio, una vocación, una forma de amor a la Iglesia y a la humanidad.
Sigan excavando, estudiando, enseñando, narrando. Sean incansables en la
búsqueda, rigurosos en el análisis, apasionados en la divulgación.

