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ANTIQVA TEMPESTAS, HODIERNA OCCASIO

[Diosa Roma portando el universo en su mano izquierda, siglo I d. C., Roma, Campidoglio (ver foto)]

Pocas satisfacciones hay mayores para un docente universitario que ver el éxito y progreso de sus antiguos estudiantes. En este año de 2025, dos de los más brillantes antiguos alumnos del Grado en Historia y Periodismo que ofrece la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, Leire Santos y Javier Larequi, el segundo, además, actualmente en proceso de realización de su Tesis de Doctorado, bajo nuestra dirección, con beca FPU del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, están en Nueva York, la comúnmente llamada "capital del mundo", la primera realizando un Máster en la Columbia University, con beca de la Fundación La Caixa, y el segundo disfrutando, además, de una beca Fullbright en el prestigioso Institute for the Study of the Ancient World, de la New York University, que ahora dirige el Prof. Greg Woolf. El carácter extraordinariamente competitivo de ambas convocatorias es más que suficiente como carta de presentación sobre su madurez académica presente y su prometedor futuro investigador.

Gracias a esos lazos y a la iniciativa de Leire Santos y a su implicación en la Columbia European Union Study Association, en el marco de las actividades de nuestro proyecto de investigación en curso, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades -del que ya hemos hablado aquí en las recientes entradas de la serie "Parua labentia" que, precisamente, recoge el acrónimo del citado proyecto-, el pasado día 10 de abril pudimos impartir, en la Columbia University, la conferencia titulada "European challenges through an ancient lens: revisiting the 'decline' of the Western Roman Empire" ("Los retos de Europa desde la óptica de la Antigüedad: revisitando el 'final' del Imperio Romano de Occidente") y que se incluyó en la serie "Ancient crisis, modern challenges" ("Antiguas crisis, modernas oportunidades"), de los Seminarios de dicha institución, título en que se inspira el que, en Latín -antiqua tempestas, hodierna occasio- hemos dado a este post. En ella reflexionamos sobre los verdaderos causantes del final del mundo romano en Occidente y, también, sobre lo que la transformación de Roma durante los siglos de la Antigüedad Tardía nos enseña para afrontar la situación presente, que ofrece tantos paralelismos con la vivida en la Europa mediterránea al final de la Antigüedad. A petición de algunos seguidores de Oppida Imperii Romani, y aunque la conferencia fue pronunciada en inglés, se ofrece a continuación el texto, editado y anotado, de la versión castellana de la misma así como la presentación que la ilustró esperando, como siempre, que resulte útil e inspiradora. 


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Buenas tardes, muchas gracias a todos por vuestra asistencia y en particular, gracias a la Columbia University European Union Study Association, por preparar y programar esta conferencia. He de confesar que para quien se considera, por encima de todo, un estudioso del mundo romano, sentir, a miles de kilómetros del extremo occidental del antiguo Imperio, cómo el legado de Roma se ha extendido, también, fuera de los que fueron sus límites territoriales y administrativos conlleva una emoción bastante especial que sé que compartimos algunos de los que aquí estamos y, en particular, dos de mis mejores antiguos alumnos en la Universidad de Navarra, actualmente en Nueva York mejorando su formación como prometedores investigadores y comprometidos historiadores.

Es por ello que, en parte, consideré que el centro de mi reflexión en esta prestigiosa Universidad debía girar en torno al modo cómo determinados problemas del pasado no sólo influyen en nuestra percepción del presente sino, también, nos aportan luces para entender una situación de desarticulación y final de una era que, parece, define bien lo que estamos viviendo. Como se repitió muchas veces a lo largo de 2020, con la irrupción de la pandemia del covid-19, en ocasiones resulta más sencillo escribir Historia -estudiarla, en definitiva, y enseñarla- que vivirla. Y, está claro, ahora la estamos viviendo, la estamos "haciendo" y ello nos genera, cuando menos, una cierta preocupación y acaso, también, inseguridad respecto del futuro.

Es sabido que, recientemente, Mary Beard ha recordado en conferencias varias -aunque el principio estaba ya presente en conocidos e influyentes historiadores de la Antigüedad como Henri Marrou o Arnaldo Momigliano, entre otros- que "la Historia no trata sobre lo que ocurrió en el pasado sino sobre la relación entre el pasado y el presente". Ella misma, de hecho, ha viralizado la ocurrente reflexión mediática sobre el número de veces en que, al día, los hombres -entiendo que también, por supuesto, las mujeres- pensamos en el Imperio Romano en una expresión que tuvo bastante eco en la agenda informativa durante el pasado año. Y está claro que al margen de las que fueron sus explicaciones -un mundo de hombres en el que cualquier hombre puede dar rienda suelta a muchas de sus fantasías de poder y de dominio- Roma nos fascina, la invocamos, y pensamos en ella porque es un lugar seguro al que volver. Seguro en términos ideales -pues, seguramente, poco tiene que ver la Roma ideal que imaginamos o recreamos con la Roma real- pero también seguro en términos reales, históricos. Roma nos ofrece una serie de lugares comunes, de referentes, que nos permiten no sólo entendernos a nosotros mismos sino, dada la durabilidad de su dominio, contemplar, también, situaciones históricas que, es cierto, en ocasiones, parecen repetirse o que, si no, al menos, nos ofrecen escenarios con los que compararnos.

Esa percepción de Roma como lugar seguro, estable, ordenado, racional, bien administrado y, por tanto, perdurable, forma parte, de hecho, de la propia tradición historiográfica romana que fue capaz -sobre todo en lengua griega- de transmitir esa imagen a las generaciones futuras con una serie de clichés que todos relacionamos con Roma cuando pensamos en ella. Por ejemplo, con Polibio, consideramos que la expansión de la cultura y del modo de vida romanos acabó por mejorar la vida de los pueblos a los que dicha potencia se impuso [1]. Con Estrabón atribuimos a Roma la capacidad de crear una "casa común" en la que los recursos y los bienes se compartían a ambos lados del Mediterráneo por medio de una tupida red de ciudades y calzadas [2]. Con Flavio Josefo [3] admiramos la constancia, capacidad de entrenamiento, trabajo y disciplina del ejército romano -responsable para él de la expansión de Roma y razón por la que espetó a sus paisanos judíos que la resistencia era en vano- y con Apiano [4] reconocemos los méritos de una administración absolutamente eficaz y, especialmente, omnipresente a partir de una excelente simbiosis entre el poder central y la autonomía local concretada en “vigilar las provincias tratando de evitar el provocar en ellas hostilidades”.

Teniendo en cuenta esta percepción, en los inicios de la investigación sistemática sobre la Historia Antigua, en los siglos XVIII y XIX, muchos de esos elementos pasaron a formar parte del juicio que los primeros historiadores de la Antigüedad -en parte impactados por el particular appeal del legado de Roma, tanto del material, monumental, arqueológico como del jurídico y normativo- hicieron respecto del mundo romano.

Así, Edward Gibbon, probablemente el mejor representante de la tardía Ilustración europea y acaso el último representante de una generación de británicos interesados en el mundo antiguo antes de que el siglo XIX estuviera dominado por la historiografía alemana, escribía en su celebrado The History of the decline and fall of the Roman Empire, cuya primera edición es de 1776 [5]:

“Domestic peace and union where the natural consequences of the moderate and comprehensive policy embraced by the Roman (...); the obedience of the Roman world was uniform, voluntary, and permanent. The vanquished nations, blended into one great people, resigned the hope, nay even the wish, of resuming their independence, and scarcely considered their own existence as distinct from the existence of Rome. The established authority of the emperors pervaded without an effort the wide extent of their dominions, and was exercised with the same facility on the banks of the Thames, or of the Nile, as on those of the Tiber. The legions were destined to serve against the public enemy, and the civil magistrate seldom required the aid of a military force. In this state of general security, the leisure as well as opulence both of the prince and the people were devoted to improve and to adorn the Roman Empire (...) All the cities were connected with each other, and with the capital, by the public highways, which issuing from the forum of Rome, traversed Italy, pervaded the provinces, and were terminated only by the frontiers of the empire (...) Such was the solid construction of the Roman highways, whose firmness has not entirely yielded to the effort of fifteen centuries. They united the subjects of the most distant provinces by an easy and familiar intercourse; but their primary object had been to facilitate the marches of the legions; nor was any country considered as completely subdued, till it had been rendered, in all its parts, previous to the arms and the authority of the conqueror. The advantage of receiving the earliest intelligence, and of conveying their orders with celerity, induced the emperors to establish throughout their extensive dominions, the regular institution of posts”.

De este modo, la paz, la autoridad de los emperadores, el compromiso de los cargos públicos a escala local, la seguridad militar y comercial, la conectividad y la vertebración fueron, a juicio de Gibbon -un juicio inspirado en Tácito y, como se ha visto, en tópicos presentes en las fuentes romanas- parte del éxito y de la duración del Imperio Romano. Algunos años más tarde, el que podemos considerar padre de todos los historiadores de la Antigüedad -ganador de un Premio Nobel de Literatura en 1902 por su aclamada Römische Geschichte publicada entre 1854 y 1885- Theodor Mommsen, a partir de un análisis de Roma claramente realizado en tiempo presente y admirando de ella la eficacia administrativa propiamente prusiana volvía sobre esos tópicos de seguridad, eficacia administrativa y uniformidad cultural que ya estaban presentes en Gibbon y que, seguro, todos tenemos presentes cuando pensamos en Roma, escribía en su Historia de Roma [6]:

“Rara vez se mantuvo el gobierno del mundo en un orden tan durable y persistente, y las recias normas administrativas trazadas por César y Augusto y continuadas por sus sucesores en el trono mantuviéronse en conjunto con su maravillosa firmeza, pese a todas las mudanzas de dinastías y dinastas (…) Lo verdaderamente grandioso de estos siglos consiste en que la obra ya cimentada, la implantación de la civilización grecolatina, bajo la forma del desenvolvimiento del régimen municipal de las ciudades y la incorporación gradual a esta órbita de los elementos bárbaros, o, por lo menos, extraños, obra que requería, por su propia naturaleza, para desarrollarse por sí misma, siglos de incesante actividad y de sosiego, encontró en efecto el largo plazo y la paz que necesitaba, tanto por mar como por tierra (...) Este imperio aseguró la paz y la prosperidad de las muchas naciones agrupadas en él, más largo tiempo y de un modo más completo que ninguna otra potencia dirigente anterior (…) Y si algún día bajase del cielo un ángel del Señor y estableciese un balance de gobierno para saber cuándo, si entonces u hoy, fueron gobernadas con mayor inteligencia y mayor humanidad aquellas regiones denominadas por Septimio Severo, y si desde aquellos tiempos han progresado o han retrocedido en general, en estos países, la moral, las costumbres y la felicidad de los pueblos, es harto dudoso que el fallo recayese a favor de la época actual (... es así) cuando tratamos de explicarnos aquel fenómeno impresionante de la Roma que, siguiendo las huellas de Alejandro, dominó y civilizó al mundo”.

Lo cierto es que ya los autores antiguos, entre los siglos III y IV d. C. se dieron cuenta de que, por entonces, algunos de esos elementos que habían garantizado la paz y prosperidad de Roma se habían quebrado. Estos autores, como Próspero de Aquitania, por ejemplo, o Agustín de Hipona, hablaron del occasus mundi [7], del final del mundo y, también, de un evidente cambio de ciclo como cuando en las Confesiones el obispo de Hipona escribía mundus transit et omnia in eo [8] aunque confiaba en que ese tránsito terminaría en una renovación de los tiempos y, también, de la Historia. También Mommsen, a partir de Diocleciano, y Gibbon, siguiendo a Casio Dión y su teoría de las edades en la Historia de Roma, a partir de Septimio Severo, fueron desgranando algunos de los componentes de esa crisis, de ese "decline and fall" que, en expresión gibboniana, ha tenido bastante éxito incluso en la cultura popular y hasta cinematográfica: "decadencia y ruina", "ruina y caída". La disolución de la eficacia de la administración, la conversión del ejército en un cuerpo de mercenarios, la tumultuaria elección de emperadores por las provincias y los cambios de personalidad y estridencias de los emperadores, en particular, a juicio de Gibbon, los posteriores a Alejandro Severo, evidenciaban un claro cambio de ciclo que potenció, desde el siglo XVIII, esa singular -y aun vigente- narrativa del "decline and fall".

Sin embargo, recientemente, los trabajos de Bryan Ward Perkins han tratado de matizar esa idea de la decadencia de Roma dando carta de naturaleza a una advertencia de cambio cultural y de transición, más que de ruina y declive, ya planteado por otro de los títulos de referencia en la cuestión, el The World of Late Antiquity de Peter Brown, publicado en 1971. Para el historiador irlandés, a partir del año 200 d. C., se produjeron una serie de transformaciones en Roma que no fueron negativas pero que acabaron por abrir un nuevo tiempo en el que, acaso, la "decadencia" no era el término clave sino que, más bien, se asistía a una "revolución cultural y religiosa" [9], revolución que comenzaría en el Bajo Imperio e, incluso, en lo que ahora ha dado en llamarse periodo medio-imperial, y continuaría por un tiempo demasiado largo, hasta, prácticamente, la recuperación de la unidad ideológica antes Romana, con la coronación de Carlomagno en Aachen en el año 800.

Pese a esa matización del concepto de caída y decadencia al que nos estamos refiriendo, el periodo ha resultado tan sugerente que hasta historiadores alemanes, como Alexander Demandt, en su Der Fall Roms, publicado en Munich en 1984, enumeró hasta 210 razones que, en alguna ocasión, la historiografía había empleado para explicar la transformación del Imperio Romano en la tardoantigüedad. Aunque los factores pueden verse en la presentación que abría estas líneas, y, ciertamente, como ha recordado recientemente el propio Bryan Ward Perkins [10], suenan especialmente impactantes en la lengua alemana, no parece que muchos se distingan de los que actualmente se están citando como elementos clave en la llamada crisis de la posmodernidad, el momento histórico que, de hecho, estamos viviendo. Así, entre los incluidos por Demandt figuran: el agotamiento ideológico, la pérdida del argumento de autoridad, la crisis de la intelectualidad, la hybris de determinados territorios, algunos ejercicios imperialistas agresivos, el panem et circenses, las alteraciones climática, el auge de los totalitarismos o los conflictos fronterizos asuntos todos que recuerdan, tristemente, a la agenda actual. En este sentido, si emulando a Demandt, enumeramos los problemas que la sociología actual suele citar a propósito de la crisis de la posmodernidad o las que los analistas políticos suelen referir como claves del cambio posmoderno, encontramos algunos valores que si bien no figuran en la lista historiográfica de este investigador alemán sí es evidente que formaron parte de los factores que aceleraron la transformación de Roma, tanto de los citados por Gibbon o por Mommsen como los que, en seguida lo veremos, ha ido aportando la historiografía más reciente que, al respecto, ha abierto algunas nuevas visiones sobre la crisis de Roma que resultan sugerentes y que diagnostican algunos aspectos del tiempo actual. Así, entre esos factores propios de la crisis de nuestro tiempo es recurrente citar el fin de la globalización acompañado de un fortalecimiento de las identidades locales disgregadoras de las que los proteccionismos económicos podrían ser una manifestación; la negación o puesta en duda de la libertad a partir de un cada vez más intervencionista control estatal; el orillamiento de la verdad o la aparición de la posverdad a partir del triunfo del relato y de la cultura de la cancelación; o, en definitiva, y guarda relación con el primer punto, las perniciosas consecuencias de la revolución tecnológica. Qué duda cabe que el triunfo de las periferias -con los pronunciamientos militares de la anarquía de la Roma del siglo III d. C.-, el aumento de la tasación económica y tributaria; la difusión del cristianismo y el cuestionamiento -pero también la adaptación y sincretismo- de los cultos tradicionales se han venido citando, por ejemplo en los prestigiosos coloquios The Impacts of Empire [11], como signos distintivos de la transformación tardoantigua que tienen presencia, también, en los problemas que copan cotidianamente las portadas de nuestros periódicos.

Acaso porque la investigación histórica encuentra su mayor estímulo en el análisis del presente, en los últimos años, no sólo se han añadido nuevas perspectivas a esta apasionante, y paradigmática, cuestión del final de la más estable de las civilizaciones de la Antigüedad sino que, también, se ha reflexionado abundantemente sobre el inicio de las transformaciones que acabaron con la generalización de un nuevo mundo ajeno ya al poder de Roma. Nosotros mismos, en dos volúmenes de reciente aparición publicados en Alemania, hemos reflexionado sobre esa cuestión con argumentos procedentes, sobre todo, de la perspectiva hispana y de la documentación material, epigráfica y arqueológica, asunto sobre el que luego volveremos. Ya en 1953, uno de los más influyentes estudiosos del Derecho de Roma, Álvaro d'Ors [12], sostuvo que, probablemente, el modelo romano de ciudad, en Occidente, resultó demasiado exigente para su sostenimiento por parte de las elites locales en una teoría que, en los años noventa, recuperó con acierto Géza Alföldy y que, acaso, por haber sido publicada en un trabajo de poca difusión internacional, pasó desapercibida [13]. Más recientemente, ha encontrado acomodo como auténtico best-seller el aclamado libro de Kyle Harper The fate of Rome en el que la peste antonina y el cambio climático se han puesto en el centro del debate sobre los agentes del cambio de modelo vivido por Roma desde, al menos, la muerte del emperador Marco Aurelio. Efectivamente, noticias como las que da Eutropio, al hablar de la muerte de la mayor parte de la humanidad en la gran pestilentia del siglo II d. C. [14] o la que, sobre los efectos de la distancia social sobre las ciudades afectadas por la citada epidemia, aporta Paulo Orosio [15] han resultado sugerentes para entender otro fenómeno que es inseparable de la transformación experimentada por Roma desde el último cuarto del siglo II d. C. que, desde luego, ha venido a restar fuerza a la tesis invasionista o administrativista y ha puesto en el centro del debate una cuestión más estructural que coyuntural por más que ésta -o éstas, pues fueron varias- resultase también influyente.

Quizás haya sido Greg Woolf, en un libro generalista publicado en 2022, Rome. An Empire's story, quien mejor ha descrito, prescindiendo de trabajos más especializados, que también los hay, especialmente en la literatura europea, dos de los factores que, nos parece, más han sido soslayados y más deben ser tenidos en cuenta a la hora de interpretar el por qué de la decadencia de una civilización de la que Occidente se siente heredero [16]. Efectivamente, como él señala, es evidente que, en Roma, desde antes del año 200 d. C., el desarrollo urbano se frenó completamente, al menos en Occidente fenómeno al que siguió, también, la reducción demográfica de muchos núcleos urbanos y que, como aduce, pone en evidencia que, efectivamente, y como recordó el ya citado Álvaro D'Ors, del que luego se hizo eco Géza Alföldy, el Imperio Romano fue, esencialmente "a world of farmers". Un mundo de granjeros, de agricultores, típicamente pre-industrial, que, seguramente, encerraba en su dependencia de la vida urbana y en el sostenimiento primario de la misma, la semilla de su propia debilidad.

Aunque está claro que los textos literarios resultan el documento esencial de la labor del historiador es sabido también que éstos, a partir de, al menos, la Historia Augusta, adoptan un valor más encomiástico que historiográfico lo que limita notablemente contar con evidencias que resulten válidas y que estén desprovistas del ropaje retórico propio del momento. Es por ello que, nos parece, la mejor manera de aproximarse al verdadero "core" de la crisis de Roma y obtener de ella reflexiones metodológicas y sociológicas para el presente desde las lentes del pasado, es dar entrada, en la ecuación que ha de explicar esa transformación, a los dos elementos que, precisamente, Greg Woolf ha puesto en valor en su título de hace apenas tres años: la vida urbana y la situación económica susceptibles de ser estudiadas a partir de la evidencia material y de los datos epigráficos que, al menos para Occidente, se están revelando decisivos para ver en qué medida, muchos de los elementos que antes citábamos a partir del listado de Demandt, realmente no fueron causantes de la transformación sino simplemente elementos añadidos, superpuestos, coyunturales, a una crisis que fue, esencialmente, estructural, sistémica y que gravitó, de hecho, sobre al binomio: ciudad/economía. Es decir, sobre, fundamentalmente, la economía urbana. No puede ser de otro modo en una civilización que, desde Augusto, al menos, constituyó un gran Imperio de ciudades. La mirada, por tanto, a la evidencia arqueológica, material, a los ritmos del desarrollo urbano y a las inscripciones, a la evidencia jurídica, nos parece, puede aportar nuevas luces a la crisis de Roma y, sí, también a nuestra transformación -e incluso decadencia- como civilización.

En esta discusión, nos parece que la evidencia procedente, en el campo arqueológico y en el epigráfico, de la península ibérica, en el extremo occidental del Occidente del Imperio, puede resultar, y está resultando, de hecho, tan paradigmática como ilustrativa. Recuérdese que, al margen de Sicilia, resultó uno de los territorios que primero fue administrado conforme al Derecho de Roma desde que, en el 196 a. C., se fundaron las provincias Citerior y Vlterior. Además, fue escenario, entre los años 80 y 40 del siglo I a. C., de dos de las tres guerras civiles de la República romana lo que, sin duda, es prueba de la integración de sus habitantes en las claves políticas de Roma. Fue, también, corte imperial durante unos años en época de Augusto, cuando el emperador eligió el territorio cántabro para legitimarse con una guerra externa tras su victoria contra Antonio en la administración del legado cesariano lo que motivó una notable transformación de su vida urbana y de su aparato administrativo. Y, de hecho, como narra Tácito, fue en su solar, y en Tarraco, la actual Tarragona, donde se erigió el primer templo del culto imperial provincial que sirvió in omnes prouincias exemplum. Aunque también Adriano, como cuenta la Historia Augusta, recaló en Tarraco, fueron, seguramente, los acontecimientos del año 68-69 d. C. los que, con dos partidarios al trono imperial procedentes del solar hispano, Otón y Galba, llamaron la atención de la maduración política y del valor estratégico de la península ibérica. No en vano, Vespasiano, recién inaugurada la dinastía flavia, la primera de proclamación militar en el aún joven Principado, decidió que todas las comunidades hispanas que no eran ya colonias y municipios pasasen a serlo motivando una notable transformación urbanística de un buen porcentaje de las 500 ciudades que, se calcula, hubo en el territorio hispano y, sobre todo, garantizando la implicación de la elite local en el gobierno de las mismas medida que acabó por multiplicar el número de los ciudadanos romanos y por hacer eficaz el binomio entre poder central y autonomía local que, como vimos en Mommsen y en Gibbon, resultó una de las señas de identidad del éxito y la estabilidad de Roma.

Esa extensión del derecho Latino a toda Hispania, testificada por Plinio y por otras evidencias de naturaleza, fundamentalmente epigráfica, supuso un revulsivo para la vida urbana hispanorromana. En muchas comunidades que, hasta entonces, habían sido extranjeras a Roma, fueron los notables locales, testificando, además, su condición de primeros magistrados del nuevo ordenamiento municipal, los que promovieron equipamientos públicos nuevos que contribuyeron -sobre todo los de naturaleza cívica- a mejorar las comodidades urbanas de sus ciudades. Los datos arqueológicos así lo testifican pero, también, los epigráficos. Sin ánimo de exhaustividad, podemos citar un ejemplo por provincia. Por ejemplo, en Andelo (Mendigorría, Navarra), en la Tarraconense, dos magistrados, ediles, sufragaron la construcción de un recinto de culto dedicado a Apolo, bajo la forma del culto imperial, mientras esperaban recibir la ciudadanía romana -pues su onomástica es todavía latina- al terminar su servicio público municipal. La forma del monumento es muy parecida a la de otro que un matrimonio de notables de la ciudad, Marco Fabio Novo y Porcia Faventina, dedicaron en la vecina ciudad de Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza), acaso Tarraca. En Lusitania, por su parte, un antiguo magistrado indígena que, tras la municipalización de su ciudad, siguió desempeñando cargos públicos, M. Fidio Macro, construyó un sensacional arco de cuatro vanos en el punto de la ciudad en que la vía se convertía en decumanus, entre el foro y las termas del municipio de Capera (Cáparra, Cáceres). Finalmente, en la Bética, en la sierra de Sevilla, en un área minera, varios notables rendían culto al emperador en una ciudad, Munigua, que se ha convertido -por su grandilocuente arquitectura, pero no sólo por eso- en un paradigma de las luces y de las sombras de este proceso de incentivación de la vida urbana hispanorromana que, además, aunque sin conexiones jurídicas, está bien documentado para la época en otras provincias romanas, como recientemente hemos podido estudiar.

Entre las singulares inscripciones en bronce que, de época romana, se conservan en la península ibérica, el Museo Arqueológico de Sevilla custodia una muy singular para el asunto que nos ocupa. Se trata de la copia en bronce de una carta del emperador Tito, fechada en septiembre del año 79 d. C., apenas un par de meses después del fallecimiento de su padre Vespasiano, y dirigida a los decuriones et quattuoruiri de Munigua. La carta, que, pese a su contenido, los Muniguenses recibieron con alegría y acabaron por exponer en la plaza pública de la ciudad, fue enviada por la cancillería imperial en respuesta a una que, meses antes, aquéllos habían hecho llegar al emperador pidiéndole indulgentia ante el endeudamiento que habían contraído con un contratista de servicios públicos, Seruilio Polión, que habría llevado a la comunidad a una situación grave de desequilibrio financiero, de tenuitas, como Roma solía describir estos problemas y desajustes de naturaleza financiera. Respondiendo el emperador que no procedía indulgentia alguna y que debían pagar lo que adeudaban, el documento -como otro un poquito anterior, procedente de Sabora (Cañete La Real, Málaga), firmado por Vespasiano, en este caso, éste perdido de antiguo- permite rastrear las difficultates et infirmitates que, en términos de sostenibilidad económica, debió generar para muchas comunidades hispanas el beneficio de tener que gestionarse, desde época flavia, de forma autónoma.

En este sentido, nuestras investigaciones arqueológicas de las últimas décadas en una de estas, en su momento, splendidissimae ciuitates, Los Bañales de Uncastillo, enclave ya antes citado, ha puesto de relieve de qué modo apenas cien años después de la recepción del título de municipio, muchas de estas comunidades que -como ha subrayado con acierto no hace mucho, en un volumen clave sobre la cuestión, Javier Arce- "nunca fueron grandes ciudades" [17] ya no disponían de ninguno de los elementos que pueden configurar la check-list del funcionamiento municipal y que, también, en nuestro imaginario colectivo, explican muy bien lo que era, o debía ser, desde la óptica material, una ciudad romana. Arce toma esa lista de los méritos que los Orcistani, una comunidad del noroeste de Phrygia, en Asia Menor, adujeron a Constantino entre el año 328 y el 330 d. C., para recuperar el viejo estatuto cívico de que en su día disfrutaron y que habrían perdido. A saber, antigüedad (uetustissimum oppidum), situación privilegiada en el ámbito geográfico circundante (situ adque ingenio locus opportunus esse), número suficiente y permanente de curiales, magistrados y población de ciudadanos (annuis magistratuum fasces ornaretur), servicio de abastecimiento de aguas en uso (aquarum ibi abundantem adfluentiam), baños públicos y privados (labacra publica et priuata), foro adornado con estatuas de los emperadores anteriores (forum istatuis ueterum principum ornatuum), y, en el caso específico de Orcistus, sus numerosos molinos de agua (ex decursibus praeterfluentium aquarum aquimolinarum numerum copiosum) que garantizaban la sostenibilidad local. El caso de Los Bañales, en este sentido, es paradigmático: promocionada al estatuto municipal en época flavia, los principales signos de dignitas de la comunidad estaban arruinados o habían perdido su función original apenas ciento diez años más tarde: el foro, con su basilica, sus programas escultóricos y su criptopórtico meridional, era ya un espacio para el reciclaje y el aprovechamiento irregular del bronce y el mármol de sus estatuas dando cabida, además, a estructuras parasitarias que contravenían la legislación local; algunos antiguos espacios públicos de la parte baja de la ciudad habían sido amortizados y habían transformado su uso deviniendo en áreas residenciales o artesanales privadas; y, en definitiva, la limpieza del viario urbano y el abastecimiento de agua, con el inicio de la colmatación del embalse que hacía las veces de caput aquae del sistema, se había abandonado por completo.

De hecho, y aunque Los Bañales de Uncastillo resulte un paradigma de esta transformación, no se trata de la única comunidad urbana hispanorromana que a mediados del siglo II d. C., estaba en proceso de desmantelamiento tras dos centurias de intensa y ferviente actividad constructiva . Los ejemplos se multiplican en la Hispania Romana y en Occidente y se explican por causas diversas entre las que pueden citarse la competencia con otros centros próximos o una economía especialmente focalizada en un único recurso. Pero, más allá de las razones, está claro que esa pérdida de vitalidad de la vida cívica, volviendo a Gibbon, no deberá acaso llevarnos a considerar si la crisis de Roma no fue precedida -como afirmó también Álvaro D'Ors y de acuerdo al dato aportado por Greg Woolf en torno de las dinámicas urbanas- por una crisis de las ciudades que, al final, eran la hebra que tejía la eficacia de la administración imperial y que, más allá de su aspecto material, de su stadtbild, evidenciaban también una nítida ideología por citar ese binomio, stadtbild und ideologie, que, desde Paul Zanker [18] a mediados de los años noventa, ha marcado la investigación sobre la vida urbana en Occidente.

En su antes citado libro de 2017, Kyle Harper escribía [19]:

“For historians, explaining the rapid disintegration of the empire has proved and enduring challenge. ‘Few things are more difficult in late-antique history than to know why, in the western half ot the empire, the Roman military and the Roman government failed’. If anything, the scope of the problem has only become even more daunting in recent years, as we have increasingly come to appreciate the robust recovery from the crisis of the third century. The empire roared back, and it is harder than ever to lay the blame for its demise on a progressive decay from within or a spiral of inevitable dissolution”.

Nos parece que, como hemos adelantado más arriba, una mirada a la documentación jurídica de naturaleza municipal, puede aportar algunas luces al respecto y ayudarnos en esa explicación. Sugiero, aquí, traer a colación tres secciones del más extenso reglamento de funcionamiento de comunidades urbanas con que contamos en todo Occidente y que procede de una, por otra parte, muy pequeña comunidad -de la que, arqueológicamente, apenas nada sabemos- de la provincia de Sevilla, en El Saucejo, que fue solar del municipium Flauium Irnitanum. Transcribimos tres disposiciones, capítulo 80, 31 y 83 de la denominada lex Irnitana:

"Si los decuriones (…) hubiesen decretado que era necesario tomar prestado algún dinero en interés de la gestión del municipio flavio Irnitano y, si ese dinero ha sido anotado como gasto para los munícipes, siempre que no se anoten como gasto cada año más de 50.000 sestercios, salvo si es con permiso del gobernador de la provincia (…) los munícipes (…) deben adeudar las cantidades que hayan sido así anotadas como gasto (erogatio pecuniae)".

"El año en que haya en este municipio menos de 63 decuriones o conscriptos (…) que sean elegidos (facta decurionum conscriptorumue lectio sublectio) los titulares o suplentes sustitutos para que añadidos al número de decuriones o conscriptos que había en este municipio, por derecho o costumbre, antes de la difusión de esta ley".

"Quienes sean munícipes o íncolas de este municipio, o vivan dentro de los límites de este municipio, o tengan campos, todos ellos deben dar, realizar y proporcionar el trabajo o la contribución que los decuriones o conscriptos de este municipio hayan decretado que deben realizarse (munitione damni cui factum erit ex re communi it aestimetur)".

Aunque se trata sólo de una pequeña muestra que no hace justicia a la amplia casuística de cuestiones que se contemplan en estos reglamentos de los que las provincias hispanas han facilitado el catálogo más completo de todo Occidente, es evidente que la administración local romana nacía con varias obligaciones y condicionantes. En primer lugar, como lo llamó François Jacques, con el "privilège de liberté" [20]. La participación en los cargos públicos era libre y, sobre todo, era generosa. De hecho, los reglamentos municipales y las inscripciones cívicas hablan de la summa honoraria que los magistrados tenían que depositar ante las arcas públicas al acceder a sus cargos al margen de que de ellos se esperase un comportamiento generoso, liberalis, que permitiera, también, sufragar gastos públicos. Además de libre y generoso, por tanto, asumir los munera ciuitatium exigía un desembolso y la prestación de garantías, de cautiones, de carácter hipotecario que, a veces, podían impedir a un magistrado electo tomar posesión de su cargo y desempeñar aquél para el que habían sido elegidos. En ese sentido, por lo tanto, había una clara obsesión por la cuestión de la sostenibilidad, por evitar situaciones de endeudamiento y por, como hemos visto, regular en buena medida la conformación, cumplimiento y salvaguarda de la pecunia communis, del presupuesto municipal. Este concepto, junto a la voluntad general de los nacidos en el municipio, la llamada res communis es absolutamente protegida y custodiada como una obsesión ante cualquier amenaza en varias de las rúbricas de la ley. Por último, y sin ánimo de exhaustividad, como hemos visto, en unas comunidades que aplazaban sus asuntos públicos en periodos de cosecha y vendimia -lo que habla de las bases agrícolas, ya antes citadas, de muchas de estas comunidades- parte del sostenimiento de algunos de los munera municipalia -limpieza, custodia y mejora de la red de caminos, canales o acequias- descansaba sobre la propia población en una suerte de trabajos colectivos, munitiones, pero personales, munera personalia, que se esperaban de los municipes. Es evidente que ante un modelo municipal tan voluntarista como exigente económicamente, cuestiones coyunturales como el cambio climático, el aumento de la tributación, la crisis económica o los conflictos civiles que se abrieron en Roma a la muerte de Cómodo debieron ser demasiado gravosos como para ser soportados por un modelo de articulación territorial que, a partir del siglo II d. C., tuvo que redimensionarse de forma clara [21].

“Such was the unhappy condition of the Roman emperors, that, whatever might be their conduct, their fate was commonly the same. A life of pleasure or virtue, of severity or mildness, of indolence or glory, alike led to an untimely grave; and almost every reign is closed by the same disgusting repetition of treason and murder. The death of Aurelian, however, is remarkable by its extraordinary consequences. The legions admired, lamented, and revenged their victorious chief. The artifice of his perfidious secretary was discovered and punished. The deluded conspirators attended the funeral of their injured sovereign with sincere or well feigned contrition, and submitted to the unanimous resolution of the military order (...)”.

Son palabras de Edward Gibbon [22] justo en el capítulo en que, con la muerte de Aureliano en el 214 d. C., él hacía arrancar la crisis general de Roma, ese "decline and fall" que, desde una perspectiva casi propia de Tácito, vinculaba a los vicios del poder romano y, de modo claro, también a los de quienes los detentaban. Theodor Mommsen, sin embargo, como vimos, cifraba en la pérdida de eficacia centralizadora de la administración romana el punto de arranque de ese singular "narrating decline and fall", en acertada expresión de Clifford Ando [23]. Seguramente por eso, factores exógenos se han aducido, tradicionalmente, para explicar la transformación de la Roma clásica hacia los tiempos de la tardoantigüedad. Por orden cronológico la peste antonina, el cambio climático, las guerras civiles de finales del siglo II d. C., la anarquía militar, la crisis económica y fronteriza del siglo III d. C. y, finalmente, en medio de esas alteraciones, las invasiones, han llevado a que se generalice esa idea de una decadencia jalonada por hitos externos propios del cambio de ciclo que abrió paso al ya citado mundo de la Antigüedad Tardía. Sin embargo, los estudios arqueológicos y, también, los epigráficos -que se sustentan sobre fuentes que, de hecho, están menos procesadas que las literarias, que los relatos de los historiadores- demuestran, en primer término, que la transformación a la que desde Gibbon resumimos con el término "decline and fall", en realidad, comenzó años antes casi a la vez que se propagó la peste antonina y a la vez que, por ejemplo, el comercio mediterráneo dio -en lo que respecta, por ejemplo, al aceite bético que llegaba al monte Testaccio de Roma- sus primeras muestras de debilidad y agotamiento, por tanto en el siglo II d. C. Pero, además, el hecho de que esas fuentes apunten claramente, por un lado, a una redimensión -cuando no abandono- de la vida urbana con la consiguiente ruralización de los paisajes y a una retirada de la elite local del comprometido servicio, político y edilicio, que otrora prestaban en sus comunidades y a que esa redimensión tuvo consecuencias, también, de carácter económico y administrativo permite poner el foco en que, acaso, fueron problemas estructurales los que -aderezados, eso sí, por condicionantes externos en una época medio-imperial tremendamente compleja- aceleraron la decadencia de Roma que puede verse ahora con unas lentes nuevas a tenor de las últimas investigaciones y de los datos que arroja el estudio de las comunidades locales de Occidente.

Está claro que la Historia de Roma -y eso es lo que la hace grande- no es sólo lo supuestamente acontecido en el pasado de esta civilización sino, también, aquello que cada época ha narrado sobre ese pasado más o menos mitificado o, incluso, mistificado, del que las civilizaciones occidentales se reconocen herederas. Y, aun podríamos decir más, la Historia de Roma es también aquello que cada periodo histórico ha admirado de ese pasado. Es evidente que esa Europa que fue romana hace frente hoy a un particular “decline and fall” que ofrece algunos retos singulares en los que, acaso, Roma y su histórica, y romántica, decadencia y ruina, tienen algo que decir sabedores de que, de acuerdo con el historiador Tácito, como dijo el emperador Claudio en el Senado de Roma en los años 40 del siglo I d. C. [24], aquello que hoy “defendemos como precedentes, será considerado precedente” en el futuro.

El primero de esos retos es, desde luego, reconocer -sin cancelaciones ni revisionismos- el pasado en que las tierras de Europa escribían y protagonizaban la Historia conscientes, claro está, de que hay aspectos de la sociedad y la política romanas que nunca serán ejemplarizantes pero que nos posicionan ante un momento de la Historia en que sí existió una unidad política y cultural que, acaso, ha estado siempre detrás del singular sueño de la construcción europea y que, desde un punto de vista catártico, de pasado compartido, tiene mucho que ofrecer en estos tiempos de atomización e incertidumbre. El segundo tiene que ver con un necesario examen interno. Si, como hemos visto, la crisis de Roma no tuvo tanto que ver con elementos coyunturales exógenos sino con debilidades internas -administrativas, locales, cívicas- que nacían del propio régimen ciudadano, está claro que las transformaciones que hoy vive Europa -y, en general, el mundo- nos obligan a reconsiderar nuestras raíces, nuestra identidad y, por tanto, también nuestras propias convicciones para cimentarse éstas, si cabe, con mayor fuerza y enfrentar de ese modo los vaivenes de este mundo que, parece, ha dejado también de ser global y que sólo podremos recomponer si somos capaces de reedificarlo sobre valores compartidos, algo de lo que Roma nos da una buena serie de ejemplos y también de anti-modelos. Por último, como hemos visto, la verdadera ruina de Roma no sólo vino precedida de la crisis de sus ciudades sino que consistió, como Peter Brown recordó, en una sustitución de valores que hizo que el edificio estable de esa civilización perdiera cohesión no sólo ideológica sino, también, administrativa y práctica. Si, efectivamente, la Historia es, como afirmó Polibio, el saber que mejor prepara al hombre para la vida política y para los cambios de fortuna, vamos a necesitar -necesitamos ya- buenas dosis de Historia -y de Historia de Roma- para enfrentar el futuro de Europa como proyecto global, identitario y supranacional. Tenemos fuentes para inspirarnos, ahora, hará falta voluntad para ejecutar ese futuro.

NOTAS.- Sin ánimo de exhaustividad se recogen aquí las notas bibliográficas y referencias a fuentes que no se precisan en la presentación embebida más arriba, que acompañó a la conferencia. Si sobre alguno de los asuntos se ha tratado en otros posts de la serie "Disputationes" de este blog, se remite directamente a las entradas en cuestión. Por último, de los volúmenes cuya editio princeps fue en inglés, se ofrece en el texto cita en dicha lengua, por razones obvias de la preparación de la conferencia pero si existe traducción al castellano, se indica en estas notas. [1.] Polibio, Historias, 6, 1, 3 y 22, [2.] Estrabón, 1, 2, 1 y 2, 5, 12, [3.] Flavio Josefo, Bellum Iudaicum, 3, 71-74, 85-88, 98-101 y 103-16, [4.] Appiano, Historia Romana, 3, 11, [5.] GIBBON, Edward, The History of the decline and fall of the Roman Empire. Volume I. The turn of the Tide, The Folio Society, Londres, 1983, pp. 64-65, sobre este volumen existe edición castellana de EpubLibre, de 2014, disponible aquí, [6.] MOMMSEN, Theodor, El mundo de los Césares. Volumen V. Las provincias, de César a Diocleciano, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2011, pp. 19-24, traducción al castellano de la Römische Geschichte que está disponible aquí íntegramente [7.] Próspero de Aquitania, Chronica, 2, [8.] Agustín de Hipona, Confesiones, 9, 4, [9.] WARD-PERKINS, Bryan, The fall of Rome and the end of civilization, Oxford, 2005, pp. 3-4, libro sobre el que Espasa publicó traducción al castellano como también la hay del seminal volumen del Peter Brown, por ejemplo en Taurus [10.] WARD-PERKINS, Bryan, op. cit. p, 33 [11.] HEKSTER, Olivier, Crises and the Roman Empire. VII Workshop of the International Network Impacts of Empire, Leiden, 2007, [12.] D'ORS, Álvaro, Epigrafía jurídica de la España romana, Madrid, 1953, p. 142, [13.] ALFÖLDY, Géza, "Hispania bajo los Flavios y los Antoninos: consideraciones históricas sobre una época", en De les structures indígenes a l'organització provincial romana de la Hispània Citerior: homenatge à Josep Estrada i Garriga, Barcelona, 1998, pp. 11-32, [14.] Eutropio, Breviarium historiae Romanae, 8, 12 [15.] Paulo Orosio, Historia aduersus paganos, 7, 15, 15, [16.] WOOLF, Greg, Rome. An empire's story, Oxford, 2022, p. 57 [17.] ARCE, Javier, "La inscripción de Orcistus y las preocupaciones del emperador", en Urbanisme civique en temps de crise: les espaces publics d'Hispanie et de l'Occident romain entre les IIe et IVe s., Madrid, 2015, pp. 311-324, cuyo texto puede leerse completo aquí, [18.] TRILLMICH, Walter (ed.), Stadtbild und Ideologie: die Monumentalisierung hispanischer Städte zwischen Republik und Kaiserzeit, Munich, 1990, [19.] HARPER, Kyle, The fate of Rome: climate, disease and the end of an Empire, Princeton/Oxford, 2017, aunque existe edición en castellano en Plantea de los Libros, [20.] JACQUES, François, Le privilège de liberté. Politique impériale et autonomie municipale das les cités de l'Occident romain (161-244), Roma, 1984 [21.] ANDREU, Javier, "Retos y amenazas de la administración municipal durante el Alto Imperio: el caso hispano", Cadmo, 27, 2018, pp. 29-46, [22.] GIBBON, Edward, op. cit., p. 283, [23.] ANDO, Clifford, "Narrating decline and fall", en ROUSSEAU, Philipp (ed.), A companion to Late Antiquity, Sussex, 2009, pp. 60-76, esp. p. 60 [24.] Tácito, Annales, 11, 24.

 

 

 










ROMA AETERNA (y II)

 

[Mosaico romano con representación de la Musa Clío, Palazzo Massimo alle Terme, Museo Nazionale Romano, Roma]

Durante los días 13, 14 y 15 de marzo de 2025 tuvo lugar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra el II Congreso de Jóvenes Investigadores en Antigüedad "Roma Aeterna" que, bajo el horizonte "Ciudades, identidades y desarrollo urbano en Hispania (siglos I a. C.-II d. C.)" ha reunido a algo menos de medio centenar de jóvenes investigadores en materia de Historia Antigua, Arqueología Clásica y Recepción de la Antigüedad. Celebrado en el campus de la Universidad de Navarra el encuentro se detuvo también en la ciudad romana de Santa Criz de Eslava, en Navarra. 


El encuentro, organizado por los doctorandos del Departamento de Historia, Historia del Arte  Geografía de la Universidad de Navarra Javier Larequi, Javier Martínez Sarasate, Luka García y Fátima Rodríguez y con un Comité Científico del que formaron parte los profesores Alicia Ruiz, de la Universidad de Cantabria, Antonio Duplá, de la Universidad del País Vasco y Darío Bernal, de la Universidad de Cádiz daba continuidad a una primera reunión celebrada en 2015 en la Universidad de Navarra. 

Nuestra participación en él, además de como anfitriones, se concretó en el dictado de la conferencia pórtico, inaugural, del encuentro, en la tarde del jueves 13 de marzo y que llevó por título "Sobre el oficio del historiador de la Antigüedad" y que precedió a los bloques sucesivos que acogieron las contribuciones presentadas por investigadores iunores en torno a las tres áreas temáticas del encuentro. Este post recoge, a continuación, el texto, debidamente corregido, adaptado y anotado para su presentación en Oppida Imperii Romani, de esa conferencia así como se ofrece, bajo estas líneas, el material gráfico de apoyo a la misma que nos exime de aportar citas concretas a determinados pasajes a que, en él, se aludieron.

 

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Querido Vicedecano de Investigación, profesor Cobreros; queridos colegas catedráticos miembros del Comité Científico profesor Duplá, profesor Bernal, profesora Ruiz; queridos doctorandos promotores de este congreso y, como enseguida explicaré, verdaderos artífices del encuentro, pese a lo que que se ha dicho en la presentación del mismo; y queridos jóvenes investigadores, congresistas. Muchas gracias a todos por secundar esta convocatoria y estar esta tarde y los próximos días con nosotros en la Universidad de Navarra.

En 2015 un grupo de jóvenes alumnos de máster -algunos entonces ya doctorandos- que trabajaban como becarios en el yacimiento arqueológico de Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza) -que se ha convertido también en una suerte de cantera de jóvenes investigadores que luego desarrollan sus carreras de investigación, en ocasiones en la que ha sido su alma mater, en otras ocasiones recalando aquí en Pamplona-, propuso, en el verano de ese año, la celebración de un encuentro, el Encuentro de Jóvenes Investigadores en Arqueología Clásica, que llevó el título de Roma Aeterna [1]. Recuerdo que en la inauguración de ese encuentro el 22 de octubre de 2015 la entonces decana de la Facultad, ahora Vicerrectora de Estudiantes, la profesora Rosalía Baena comentó que delante del nombre del encuentro figuraba un “I” argumentando que, seguro, habíamos pensado en la continuidad de la iniciativa. Lo cierto es que la intención en principio no era esa, no pretendíamos que esa reunión, de la que se cumplen ahora diez años tuviera continuidad, pero diez años después aquí estamos en la segunda convocatoria del Congreso Roma Aeterna, con una perspectiva un poco mayor que la exclusivamente arqueológica que caracterizó el primero al incluir la presente edición también contribuciones sobre Recepción de la Antigüedad y sobre Historia Antigua.

¿Eso porque ha sido posible? Todos sabéis que estamos a punto de celebrar las idus martias, estamos en el mes de marzo que es el mes que los Romanos dedicaban al dios Marte, pero que en realidad por la muerte de César está muy vinculado a ese acontecimiento histórico que forma parte de esa perennidad de Roma que, en su amable presentación, ha señalado Luka García, doctoranda del comité organizador. Quiero subrayar esto porque estamos en marzo, no en los saturnalia. Y ustedes dirán ¿por qué el profesor Andreu habla de los saturnalia si nos había prometido, como han visto en el programa, que iba a hablar del oficio del historiador de la Antigüedad? Bueno ya saben que los saturnalia, que coincidían con nuestra Navidad, con la segunda parte o los últimos 10 días del mes de diciembre, además de ser una fiesta en la que los romanos se intercambiaron regalos como hacemos nosotros, también eran una fiesta, en cierta medida, de inversión social, en la que los siervos se convertían en amos y los amos se convertían en siervos. Yo creo que los doctorandos de esta Facultad y, en particular, los del área de Antigüedad viven en una permanente fiesta de los saturnalia porque nos hacen trabajar mucho a quienes, en nuestra condición de directores deberíamos, más bien, dedicarnos a gobernar, a “mandar”, si me lo permitís. Pero no hay nada más satisfactorio para un maestro que tener una escuela de discípulos que le ponga a trabajar incluso con resistencia, porque yo a estas alturas del curso en las que el semestre avanza inexorablemente era bastante reticente a tener un en mi complicada agenda un compromiso más. Pero he de reconocer que me lo han puesto muy fácil porque han conducido y organizado el coloquio ellos solos.

Yo inicialmente quería sencillamente presidir la inauguración y no decir nada más, acaso sólo unas palabras protocolarias, pero mis doctorandos no conformes con organizar este congreso, en el culmen de la citada inversión de roles, decidieron que su director tenía que hablar, que no podía ser que el profesor Andreu haya estado hace poco en París, vaya a estar dentro de 10 días en Nueva York, dentro de un mes y medio en esté Roma y que en su ‘casa’, la Universidad de Navarra, la gente que viniera a un coloquio científico se quedase sin escucharme. Entre conforme y resignado ante su insistencia, asumí el reto de decir algo en este acto de apertura del segundo encuentro Roma Aeterna y, para elegir el contenido de mi intervención, se plantearon varias alternativas.

La primera alternativa era hablar del proyecto parua labentia cuyo subtítulo inspira el horizonte temático de este encuentro de jóvenes investigadores en Antigüedad. Pero sobre el proyecto hemos publicado muchas cosas, porque viene también de un proyecto anterior, consagrado al estudio de los labentia y parua oppida. El proyecto en curso trata de estudiar las bases económicas de las pequeñas ciudades romanas, la mayoría solo municipios a partir de la época flavia y que luego, en muchos casos, se convirtieron en labentes civitates, en ciudades en dificultad. Me parecía que volver a contar lo que estamos haciendo dentro de ese proyecto del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidad que tendrá dentro de dos años un resultado editorial, no resultaba especialmente creativo ni me parecía un pórtico adecuado al encuentro académico que abren estas palabras.

Los que me conocen saben que otra opción era abordar la perennidad de la Historia Antigua y del legado de Roma, alguna reflexión en torno a la utilidad, esa ophélima que decía Tucídides era propia de la Historia [2] y sobre la que recientemente se han publicado algunas reflexiones mías en la prensa nacional: en el diario ABC y, justo ayer mismo, en el periódico La Razón. Pero me parecía que volver sobre eso, que también está escrito, quizá tampoco resultaba especialmente inspirador.


Por eso entre las alternativas y a modo de divertimento, escogí el tema del que voy a hablar en estos próximos minutos. He de reconocer, porque parte de lo que voy a decir tiene que ver con escuchar a los maestros, que descubrí que podía hablar de ello gracias a una conferencia que tuvo lugar en la Universidad de Navarra, hace dos o tres semanas, a cargo del profesor Jordi Canal que se dedica a la Historia Contemporánea, es profesor de l'École des hautes études en sciences sociales, en París, y que habló precisamente de la escritura y de la narrativa en la Historia. Tras escucharle me decidí  a que estas reflexiones de apertura dirigidas a historiadores de la Antigüedad, arqueólogos y gente que trabajáis en recepción de la Antigüedad debían girar en torno al sentido de la Historia, al oficio del historiador de la Antigüedad. Es decir, al sentido de la Historia en la Historia Antigua como marco cronológico de los autores que reflexionaron sobre la actividad histórica, pero también al sentido de la historia en los historiadores de todos los tiempos que se han dedicado a la Historia Antigua como disciplina científica. Esto es un poco peligroso porque todos sabemos que la reflexión sobre el sentido de la Historia muy romana no es y estamos inaugurando un encuentro llamado Roma Aeterna. Fueron más los griegos, incluso desde luego también los griegos que escribieron en época romana, los que se interrogaron por el sentido de la Historia. Así, por ejemplo, Heródoto que hablaba de que su verdadera función como historiador era conseguir que las acciones memorables de los hombres no cayeran en el olvido, también Tucídides que subrayaba que la Historia, que tenía que ser un saber causal, fuera de verdad una adquisición para siempre -como él decía con ese término tan preciso, ktéma- que oponía esta ciencia a la épica y a otros géneros literarios, o, en fin, Polibio que escribe ya en época romana y que afirma que la Historia es “el saber que mejor prepara para la vida política y para los cambios de fortuna” [3].

He dicho que el tema de la Historia como disciplina y como conocimiento interesó al mundo antiguo pero especialmente al mundo antiguo que escribió o en el marco de la Grecia antigua o que, ya en época romana, lo hizo en lengua griega. Pero en época romana se escribió prácticamente el, hasta donde yo sé, único manual de que disponemos sobre el oficio del historiador. Se trata de un texto, que recomiendo leer, de Luciano de Samosata, que se escribe en el siglo II d. C. en un momento en el que la Historia estaba en un profundo desprestigio [4]. Había un cierto descrédito del servicio a la verdad histórica por parte de los historiadores y Luciano se propone escribir cómo debe escribirse la Historia. Y lo cierto es que el panorama que describe, si uno lo lee con atención, es bastante exigente. Así, entre las perlas que nos ofrece Luciano de Samosata, se incluye que un historiador tiene que tener inteligencia política, que tiene que tener además capacidad de expresión y que tiene que dedicar a su profesión un esfuerzo continuado, mucha capacidad de trabajo. Pero no se olvida de cuál es la fuente en la que esos elementos se pueden desarrollar y apunta claramente a que ese esfuerzo continuado debe descansar en una declarada imitación de los antiguos.

Ya en esa primera reflexión -y esto me parece bastante actual- Luciano de Samosata  insiste en que el historiador tiene que escribir con libertad. Ya existía por tanto el peligro -que el presentismo quizá ha venido a hacer de nuevo actual- de la manipulación de la Historia. El historiador, en medio de esa amenaza, tenía que escribir sirviendo a la verdad y tenía que escribir contando esa verdad y apoyándola con la mayor cantidad de evidencias posibles, algo a lo que me referiré en la segunda parte de esta intervención. A esos retos de evidencia, verdad y libertad Luciano de Samosata añade también la necesidad de un método, de ser capaz de “ordenar con belleza los acontecimientos y exponerlos con la mayor claridad”, en la medida de lo posible, con un evidente sentido de utilidad y de trascendencia: escribir pensando en las generaciones venideras, algo que me parece muy indicado para quienes, como la mayoría de los que estáis aquí, estáis iniciando vuestra aventura como historiadores. Subrayo que aunque estoy utilizando el término de “historiador”, éste tiene un sentido amplio donde incluyo a los arqueólogos como historiadores que son y también a los estudiosos de la recepción de la Antigüedad.

Como he dicho antes faltan reflexiones propiamente romanas, hay alguna alusión en Tácito, también en Tito Livio [5], pero son pequeñas pinceladas sobre el oficio de historiador. Como Luciano de Samosata decía que hay que imitar a los antiguos, me parecía que la segunda parte de mi intervención podría centrarse en ver cómo reflexionaron sobre el oficio de historiador dos romanistas colocados, en su atención investigadora a la Historia Roma, uno al principio y otro al final de la cronología de Roma como estado de la Antigüedad.

El primero es el italiano Arnaldo Momigliano. Él obtuvo la cátedra en la Universidad de Turín pero como tenía origen judío Mussolini le expulsó de Italia en 1936, recalando en la Universidad de Oxford donde prestó servicios hasta 1975. De hecho es muy citada la reseña que hizo en el Journal of Roman Studies de 1940 del The Roman revolution del también profesor oxoniense Ronald Syme. Después de 1975 ejerció en la Scuola Normale Superiore de Pisa, ya de vuelta en Italia. Sus intereses investigadores tuvieron mucho que ver con el final del mundo helenístico y con la Roma arcaica sobre la que publicó un libro en 1989 y en general sobre la historia inicial de Roma. Especialmente célebre es la Storia di Roma que compuso en los años ochenta en compañía de Aldo Schiavone y de la que luego diré algo.

El otro investigador es Henri Marrou, de la escuela francesa y que fue profesor de L´École normale supérieure que es donde se forman los funcionarios de la élite francesa, una institución, por tanto, de muchísimo prestigio, historiador que acabó ocupando la Cátedra de Historia del Cristianismo en la Universidad de la Sorbona, en París, siendo especialmente conocido por sus trabajos sobre la figura de Agustín de Hipona. Si de Momigliano las reflexiones sobre el sentido de la Historia Antigua y de la labor de la historiador proceden sobre todo del libro de 1984 Sui fondamenti della storia antica, las de Marrou, mucho más extensas, proceden de un volumen original de 1954 y traducido al menos en la edición más conocida al castellano en 1968, Sobre el conocimiento histórico [6]. He elegido a estos dos historiadores de la Antigüedad, Momigliano y Marrou, porque uno abre la historia de Roma o la historiografía sobre la Roma antigua -dado su interés en el arcaísmo romano- y otro -al estudiar la tardoantigüedad- la cierra, pero en realidad podía haber elegido -y recomiendo al respecto un excelente volumen que coordinó entre otros el profesor Duplá [7]-, a Edward Gibbon a Jacqueline de Romilly, a Géza Alföldy, al ya citado Ronald Syme,  en fin autores con los que todos los que nos dedicamos a la Antigüedad estamos en absoluta deuda, y a los que es muy bueno volver como elemento de inspiración constante, recurrente.


¿Qué nos dicen Marrou y Momigliano sobre la Historia? Marrou subraya, en primer lugar, que la Historia y en particular la Historia de la Antigüedad, nace del orden, de la capacidad de descubrir la longue durée, la “larga duración”; de la atención, por tanto, a los procesos y de un claro compromiso con la estructura histórica, con descubrir, como decía también Polibio, qué hay de permanente en los acontecimientos que van y vienen a lo largo del tiempo.

En esta situación, también actual, de cierto descrédito de la Historia, que alguien diga que hay que pensar en los procesos, quizá nos puede avocar a una especie de historiografía woke en la que traigamos al escenario académico lo que conviene, silenciemos lo que no conviene y hagamos, en definitiva, una Historia que cancele episodios y que se convierta en una historia superficial. Contra ello, la clave, el antídoto para eso, la regla del juego básica en el estudio de la Historia Antigua nos la recuerda Mommigliano cuando dice “se non ci sono documenti, non c`é storia”, “si no hay documentos no hay Historia”. El historiador de la antigüedad tiene que sentir veneración por los documentos antiguos sean de la naturaleza que sean. Por eso es muy satisfactorio que parte de las reflexiones que se van a presentar en el marco de este II Encuentro de Jóvenes Investigadores en Antigüedad nazcan del análisis de materiales, de textos y, por tanto, muy pegadas a la documentación.

Lógicamente cuando hablamos de Antigüedad a veces tenemos el prejuicio de que se puede decir poco nuevo sobre las fuentes propias del historiador que se ocupa de este periodo antiguo pero el propio Henri Marrou nos recuerda que el reto del historiador, si de verdad quiere ser un “gran historiador”, es el de no dar nunca ninguna fuente por agotada, mirar siempre con ojos nuevos y con miradas nuevas al mismo material, a ese mismo material que miraron nuestros maestros, que nos dan ese espejo metodológico esa vía de la imitación cómo recordaba, ya lo vimos, Luciano de Samosata. De hecho Momigliano y Schiavone en el volumen primero de la Storia di Roma que antes cité, argumentan que el éxito de Roma como tema de estudio, esa Roma Aeterna, descansa en que se ha revisitado prácticamente desde el Renacimiento. En cada generación, y siempre, ha habido una manera de ver la Historia romana, que lógicamente ha sido diferente porque se han analizado documentos desde prismas distintos y en épocas también distintas. Esa veneración del documento es tan decisiva que el propio Marrou afirma que en realidad los documentos, las fuentes, no son medios sino que se pueden y deben convertir en fines, no son sólo parte de ese pasado sino que, como él dice, son el mismo pasado. Un material arqueológico, una inscripción, una reflexión que articula una mirada diferente al pasado en el pasado, son parte también de ese pasado algo que también en cierta medida decía San Agustín -al que antes citábamos- cuando hablaba de que en realidad el pasado se escapa de las manos [8]. Porque al final acaba siendo superado en cada instante por el presente.

Si los objetos de estudio, los documentos, las fuentes tienen que ser un fin en sí mismo, debemos preguntarnos cómo hacemos posible, cómo damos vida a los documentos, cómo convertimos lo que cuentan los documentos en la realidad del pasado histórico. Hay, a este propósito, unas reflexiones muy útiles de Theodor Mommsen en el volumen relativo al Principado romano en su celebrada Historia de Roma en la que dice que la clave de la labor del historiador -y esto este año con mis alumnos de primero del Grado en Historia de esta Facultad resultó bastante sorprendente-, está en la fantasía, en el relato, en la capacidad que el historiador tiene de dar vida a los documentos, de dar vida al pasado y de contagiar esa pasión por el pasado y por esos documentos [9].

Llegados a este punto, lógicamente quizá los que aquí estáis y os dedicáis a la Historia Antigua os habréis sentido identificados con parte de lo que he dicho y así también los que os dedicáis a la Arqueología. Acaso los que trabajáis la Antikenzrepetion, estaréis echando en falta algún consejo, alguna inspiración, en estas palabras inaugurales. Fijaros, en este sentido, que Henri Marrou dice que al final la Historia, y en cierta medida lo ha recordado recientemente Mary Beard, nace del diálogo entre dos planos: “el pasado vivido por los hombres de antes y el presente en el que se desarrollan el esfuerzo por la recuperación de aquel pasado”, algo que, en definitiva, está en el core de quienes os dedicáis a los estudios sobre recepción de la Antigüedad.

Ya para terminar, también Henri Marrou, como hacía Luciano de Samosata, señala unas virtudes del historiador, sobre las que es bueno ver en qué punto nos encontramos los que nos dedicamos al estudio del pasado desde distintos prismas.

La primera de esas cualidades, de esas virtudes, es la libertad. Honestamente creo que los que sois jóvenes no debéis permitir nunca -y esto se ve muy bien cuando tenéis que elegir un tema de investigación doctoral, por ejemplo- que nadie os imponga qué tema elegir o sobre qué tema estudiar y que, cuando trabajéis, nadie, ni siquiera las agencias de evaluación, os digan cómo o cuándo tenéis que investigar. Obviamente ello no excluye que haya que ser práctico pues está claro que uno no puede caer en un romanticismo absoluto que enarbole la libertad y descuide la carrera académica, que nos guste o no es una carrera de hitos, como se indica en el propio término que la define. En segundo lugar, entre esas virtudes del historiador, Marrou habla también de la pasión, que ya ha salido aquí, habla del esfuerzo y de la curiosidad y, sobre todo, hay un término con el que quiero cerrar esta reflexión que es lo que él define como “la calidad de alma del historiador”, concepto que en definitiva tiene que ver con el historiador como apasionado del hombre, de lo que el hombre es, va a ser y ha sido en el pasado, es en el presente o será en el futuro.

A este respecto, quería cerrar esta intervención con tres citas, alguna tiene un cierto sesgo autobiográfico, que nos acercan quizá, al marco más institucional, más corporativo, de la Universidad en la que nos encontramos. La primera es del profesor José Luis Comellas que ejerció en esta Universidad y que luego recaló en la Universidad de Sevilla, donde terminó su carrera como historiador. Con ella cerraba un libro que editó Ediciones Universidad Navarra a finales de los 70 y que hablaba de los estudios universitarios y en concreto, el que él había firmado, sobre los estudios en Historia. En ese párrafo final del citado libro, Comellas hablaba de que la mejor recompensa para la labor del historiador era “el reto diario de conocer la verdad y el sentido de la aventura del hombre”. Yo he confesar que cuando era un estudiante de Bachillerato, en parte me animé a estudiar Historia por esta cita, porque cayó este libro en mis manos. A veces hay textos inspiradores y este desde luego, en mi caso, lo fue.

La segunda cita, que los que me conocen me han oído muchas veces, y que concreta en cierta medida esa humanidad de la que hablaba Marrou como parte del alma y calidad del historiador, procede de José María Albareda. José María Albareda fue rector de esta universidad entre 1960 y 1966 y fue también director del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Él lo plasmaba de una manera muy cotidiana: “un intelectual”, podríamos decir un historiador, un arqueólogo, un estudioso de la recepción, “no rehuirá nunca un café con otro intelectual”. Creo que en el conocimiento histórico parte de esa humanidad se hace conviviendo con los colegas y por eso un encuentro como éste pensado para gente que estáis dando vuestros primeros pasos en la carrera investigadora se encuentre y dialogue busca también fomentar ese escenario de humanidad.

Quiero terminar con un texto que procede del primer Gran Canciller y fundador de esta Universidad, San Josemaría Escrivá, que un par de pisos más abajo de donde nos encontramos, en este mismo edificio, en octubre de  1967, en el Aula Magna de la Universidad de Navarra dijo en una investidura de doctores honoris causa, que “la Universidad tiene como su más alta misión el servicio a los hombres, el ser fermento de la sociedad en que vive investigando la verdad en todos los campos del saber”.  Me parece que esa apuesta por la humanidad, por el diálogo y por el servicio pueden ser elementos que enriquezcan esa pasión, necesariamente humana de todo historiador [10].

Esto era lo que quería compartir con todos vosotros, muy especialmente con los doctorandos que han inspirado y ejecutado, que han puesto en marcha este congreso y a los que considero mis discípulos. Me conformaré con que el fruto humano de estos días sea satisfactorio para todos y que dentro de 10 años cuando, quién sabe, organicemos el tercer Roma Aeterna si alguno, ya como profesor universitario, a vuelve a Pamplona, a moderar alguna las sesiones porque ha culminado su carrera con éxitos y frutos, se acuerde de esas reflexiones y -en cualquier caso- tenga siempre el compromiso -que creo que contagia pasión e ilusión- de mirar a los que han hecho posible el crecimiento de la Historia Antigua ejerciéndola como profesión antes de nosotros e imitando sus actitudes ante el pasado llevar el estudio de la Historia y el conocimiento histórico a un lugar diferente y siempre nuevo.

NOTAS.- Sin ánimo de exhaustividad, pues las notas a los pasajes concretos de Luciano de Samosata, de Arnaldo Momigliano y de Henri Marrou aparecen en la presentación que se incluía sobre estas líneas, se ofrecen algunos aportes bibliográficos concretos además de las ediciones que se han manejado de los títulos de los que se han entrecomillado pasajes y, cuando procede, enlace a versiones digitales de los trabajos en cuestión. [1]. Parte de las contribuciones presentadas a la primera edición del Roma Aeterna vieron la luz en la revista Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra, 24, 2016, órgano que acogerá, al final del presente año, también las presentadas en la segunda edición [2]. Sobre la utilidad de la Historia, con el aparato crítico referente a esta expresión de Tucídides y a otras que se citan más abajo, de otros autores clásicos, puede verse ANDREU, J., La Historia, magistra uitae: una reivindicación de su utilidad desde la óptica de la Antigüedad Clásica, Tudela, 2006 [3]. Polibio, Historias, 1, 2 [4]. Luciano de Samosata, Obras. Volumen III, 59, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990 [5]. Tito Livio, Los orígenes de Roma, 1, 1, 6 y 8 [6]. MARROU, H. I., El conocimiento histórico, Editorial Labor, Barcelona, 1968, reedición de la primera versión, publicada en París en 1954 y MOMIGLIANO, A., Sui fondamenti della storia antica, Eunadi, Turín, 1984, especialmente el capítulo "Le regole dell gioco nello studio della storia antica", pp. 477-486  [7]. DUPLÁ, A., NÚÑEZ, Ch., y GRÉGORY, R., Pasión por la Historia Antigua. De Gibbon a nuestros días, Urgoiti, Pamplona, 2021, con reseña en Veleia, 40, 2023, pp. 290-293 [8]. Agustín de Hipona, Confesiones, 11, 14, 17 [9]. MOMMSEN, TH., Historia de Roma. Volumen V. Las provincias, de César a Diocleciano, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2011, pp. 19-24, reedición de la edición original fechada en Berlín en 1885. [10]. Por orden, estas últimas referencias proceden de COMELLAS, J. L., Guía de los estudios universitarios. Historia, Pamplona, 1977, p. 347; ALBAREDA, J. M., Consideraciones sobre la investigación científica: una antología, Cátedra Timac Agro, Pamplona, 2018; y, finalmente, ESCRIVÁ DE BALAGUER, J. M., entrevista en Gaceta Universitaria, 5 de octubre de 1967 y, también en "Servidores nobilísimos de la ciencia", en Discursos sobre la Universidad, Roma, 1974, pp. 179-184.