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OBELISCVS ROMAE

[Recreación del circo Máximo con los obeliscos de la spina, según World History Encyclopedia]

Para quien viaja a Roma -que, sorprendentemente, no tiene en Oppida Imperii Romani la presencia que debería tener y que ojalá seamos capaces de generarle en adelante- uno de los elementos que resulta más sorprendente es la presencia, en varias de sus plazas, de obeliscos egipcios. Los hay en la Plaza de San Pedro, en la Piazza del Popolo o en la, más recogida, de Montecitorio justo frente a la sede del Parlamento italiano. Todos portan inscripciones en caracteres jeroglíficos y varios de ellos llevan, también, en su base, inscripciones latinas. En total, en Roma hay trece obeliscos que ya han interesado y preocupado a otros blogueros, por ejemplo a quien gestiona el blog Roma caput mundi que, en esta entrada, realiza un inventario muy detallado de los mismos y de la Historia, y las historias, que cada uno de ellos encierran.

Entre todos ellos, destaca, por su altura y por su antigüedad, el que se ubica hoy en la trasera de la basílica papal de San Juan de Letrán, en el límite sur de la Roma antigua, a escasos metros del muro aureliano, en la cúspide de la colina del Laterano, próxima a la del Celio, una de las siete de la Roma histórica. Como indica la ficha a él dedicado en la página de Turismo del Comune di Roma, el monumento -que se alza majestuoso en la ahora llamada plaza de San Juan Pablo II- mide casi 50 metros (45,7), pesa casi 500 toneladas (455) y, por sus inscripciones en jeroglífico, sabemos que data del reinado de Tutmosis III y Tutmosis IV, por tanto, del siglo XV a. C., de la clásica XVIII dinastía del Reino Nuevo faraónico lo que le convierte en el más antiguo de los obeliscos egipcios repartidos por Roma. Su porte destaca en un espacio extraordinariamente transitado de la Roma moderna casi señalando a la vía Merulana que se dirige a otra de las basílicas pontificias romanas, la de Santa María la Mayor, justo frente a los restos que quedan del acueducto de Claudio-Nerón, algunas de cuyas arcuationes pueden verse justo frente a la plaza en que se ubica el obelisco.



El pedestal que sustenta el obelisco, ofrece al visitante actual las siguientes inscripciones de las que aquí ofrecemos lectio y traducción al castellano:

Lado oeste: Flavio Constantino Caesari Augusto / victor et fidei defensori / quem transferre a Thebana civitate / Amonis in honorem, fluvioque Nilus / deponere in Alexandriam / iussit, ut novae Romae ornamentum foret, es decir "Flavio Constantino, César Augusto, vencedor y defensor de la fe cristiana, hizo transportar este obelisco desde la ciudad de Tebas, donde había sido erigido en honor al dios Amón, a través del río Nilo hasta la ciudad de Alejandría, con el propósito de adornar la nueva Roma que estaba construyendo".

Lado norte: Flavio Constantio Caesari Augusto / Constantini filio, qui pridem a Theba / obeliscum patri suo, postquam diu mansit / in Alexandria, remisit navis trecenta / remis portante, qui Romam Circum Maximum / sollemni ponendum erexit, es decir "Flavio Constancio, César Augusto, hijo de Constantino, tomó el obelisco que su padre había trasladado desde Tebas, y que había permanecido durante mucho tiempo en Alejandría, lo embarcó en una nave con trescientos remeros, y lo transportó por mar hasta Roma, donde lo erigió en el Circo Máximo con gran solemnidad".


Lado este: Constantinus, cruce intercessione victor / in hoc loco sancto per Sanctum Silvestrum / gloriam crucis diffudit, es decir "Constantino, vencedor por la intercesión de la Cruz, en este lugar consagrado por San Silvestre, difundió la gloria de la Cruz".

Lado sur: Sixtus V, summus pontifex / hoc obeliscum, tempestate vastatum / restituens magno labore atque sumptu / in hoc loco posuit, invictae cruci dedicavit / anno pontificatus MDLXXXVIII, es decir "Sixto V, Papa Máximo, restauró este obelisco, que había sido dañado por las calamidades de los tiempos, y lo erigió en este lugar con gran esfuerzo y gasto, dedicándolo a la Cruz Invencible en el año 1588 de su pontificado".

Contra lo que pudiera parecer, dichas inscripciones, pese a su factura, extraordinariamente clásica y a estar enriquecidas con apliques de bronce el modo de las litterae aureae, no son originales, no son romanas. Fueron compuestas en verso en el siglo XVI por el poeta italiano Giovanni Andrea Bussi, primer bibliotecario de la Bibliotheca Vaticana, entre otros cargos. Sin embargo, aportan noticias fidedignas sobre el obelisco, sobre su origen y sobre el contexto histórico de sus distintas vicisitudes en Roma y antes de llegar a Roma. Así, se indica la procedencia del obelisco, Tebas, que estaba dedicado al dios Amón y que Constantino se propuso trasladarlo por el curso del Nilo, primero, hasta el gran puerto del Egipto romano, Alejandría y, de ahí, a Roma para que sirviera de monumento de embellecimiento de la ciudad. En segundo lugar, se atribuye al hijo de Constantino, Constancio (Constantino II) -que le sucedió en el trono imperial a la muerte del primero, en el 337 d. C.- haber ejecutado la empresa planificada por su padre trasladando el obelisco de Alejandría a Roma con una nave dotada de hasta trescientos remeros. La tercera inscripción alude a la conversión de Constantino bajo el pontificado del Papa Silvestre I y, finalmente, la última, con un Latín que imita el de la Epigrafía clásica, alude a la colocación del obelisco, tras su invención y restauración, en el lugar que ahora ocupa coronado por una cruz, que todavía porta en su coronamiento, empresa, como se indica, debida al Papa Sixto V que fue el pontífice responsable, entre otras cosas, del inicio de las excavaciones arqueológicas en el circo Máximo, excavaciones que condujeron a la invención de tan insigne monumento.

Como se ha estudiado sobradamente -y una buena síntesis puede ser la que publicó hace algunos años el Catedrático de Topografía Antigua de la Universitá di Firenze Paolo Liverani, disponible en red aquí y recomendado como lectura en la sección dedicada a este monumento en la prestigiosa página del proyecto Judaism and Rome- el volumen VI del Corpus Inscriptionum Latinarum dedicado a las Inscriptiones Vrbis Romae Latinae (Berlín, 1801, p. 241) recoge el texto original (CIL VI, 1163) que portaba el obelisco Lateranense cuando fue descubierto, en febrero de 1587, según lo transmitió un testigo presencial del hallazgo, Arnoldus Mercator que, en sus notas, hizo constar, que el monumento apareció "nel giusto mezzo del cerchio massimo a dì 15 di febraro 1587 (...) sottoterra ventiquatro piedi" (CIL VI, p. 241). La inscripción original ofrece algunos datos interesantes sobre el origen del monumento, sobre su traslado a Roma y sobre su colocación en el mayor circo del Occidente Romano justo donde, de hecho, sabemos por las fuentes (particularmente Plinio, Nat. 36, 14) que Augusto habría colocado uno algo posterior, de época de Ramsés II, hoy trasladado a la siempre animada Piazza del Popolo (para su posición original puede consultarse la web del sensacional proyecto Digital Augustan Rome) mayor que el que empleó como horologium, como gran reloj solar, en el Campo de Marte, hoy en la citada Plaza de Montecitorio que fue el segundo de los obeliscos augústeos. Destacamos algunas de las informaciones aportadas por la inscripción original, a continuación.

ll. 7-9 (ll. 1-3 del lado norte): "Pero la preocupación por el transporte afligía grandemente al emperador, ya que ninguna inteligencia, esfuerzo ni mano habría podido mover la imponente mole" (quod nullo ingenio nisuque manuque moueri caucaseam molem)

ll. 11-14 (ll. 6 del lado norte y ll. 1-4 del lado oeste): "Ordenó que se moviera sobre la tierra una no pequeña parte de la montaña y depositó su confianza en el mar hinchado, y las aguas, con ondas plácidas, condujeron la nave a las playas del Occidente, para asombro del [Tíber]" (fluctu litus ad hesperium [Tiberi] mirante carinam Romam)

ll. 17-18 (ll. 5-6 del lado oeste): "(...) sino porque nadie creía que una obra de tanta envergadura pudiera elevarse hasta las auras celestes" (sed quod non crederet ullus tantae molis opus superas consurgere in auras).

Como puede verse, el texto, que, en parte, como explica Paolo Liverani -que ultima, de hecho, actualmente, un sensacional proyecto europeo de investigación sobre la topografía antigua de este sector de la Roma clásica, el proyecto Rome Transformed- fue recompuesto con añadidos e interpolaciones que mediaron entre que fuera anotado por Mercator y, luego, recogido por Eugen Bormann y Wilhelm Henzen, los editores del correspondiente volumen del CIL, destaca, en un tono propio de la retórica imperial de la época, el reto que supuso el traslado del obelisco, el afán de exclusividad de la empresa y la simbólica conexión Nilo-Tíber que subyacía a la misma. 

Hace algunos años, en Oppida Imperii Romani, con el objetivo de ofrecer al lector dos recursos digitales extraordinarios para el conocimiento de la topografía la antigua Roma -el proyecto Rome Reborn, de la University of California Los Ángeles-UCLA y la digitalización del New Topographical Dictionary of Ancient Rome (Baltimore-Londres, 1992)- publicamos una entrada, titulada "Decora Vrbis aeternae", que abría con un texto de Amiano Marcelino que, precisamente, también -como ya se hacía constar en la voz "obeliscus Constantii" del tradicional diccionario topográfico de Roma, de S. Ball Plattner (Londres, 1929)- aporta abundante información sobre este monumento pues si Mercator fue testigo del hallazgo de la pieza, Amiano lo fue del momento de su entrada en Roma y de su colocación en el circo Máximo. Los pasajes de las Rerum Gestarum de Amiano -obra cumbre de la historiografía tardoantigua-, rezan como sigue:

XVI, 10, 17: "Finalmente, tras reflexionar durante bastante tiempo acerca de qué podía hacer allí, determinó contribuir con algo a la belleza de la ciudad erigiendo en el Circo Máximo un obelisco, acerca de cuyo origen y forma trataré en el lugar apropiado".

XVII, 4: "Por orden del Augusto Constancio se determina la colocación de un obelisco en Roma, en el circo Máximo (obeliscus Romae in Circo Maximo subrectus) (...)". 4, 6. "En esta ciudad [Tebas] junto a magníficos baños y construcciones diversas que muestran imágenes de dioses egipcios, vimos numerosos obeliscos (obeliscos uidimus plures), algunos de ellos en pie y otros caídos y fragmentados. Se trata de grandes moles de piedra que los reyes de la antigüedad, bien después de derrotar a algún pueblo (bello domitis gentibus), bien para demostrar su orgullo por la prosperidad de su mandato (prosperitatibus summarum rerum elati), arrancaron de las entrañas de los montes, incluso en regiones muy alejadas. Luego las cortaron y erigieron esos obeliscos, dedicándolos a los dioses superiores de sus religiones". 4, 7. "Es, pues, el obelisco, una piedra de gran dureza, que se eleva gradualmente en forma de columna cónica hasta una gran altura y, como si fuera un rayo, va perdiendo grosor de forma paulatina, con una superficie cuadrada que va alargándose y haciéndose más estrecha junto a la cima, y pulido todo por manos artesanas (...)". 4, 10. "Pero [al inscribirlos] no seguían la práctica actual, en la que una serie determinada y sencilla de letras expresa todo lo que pueda concebir la mente humana (litterarum numerus praestitutus et facilis exprimit). Al contrario, en la escritura de los egipcios, cada carácter representaba un nombre o una palabra e incluso, a veces, representaban frases completas (...)". 4, 12. "Y, puesto que los aduladores de Constancio, según su costumbre, avivaban su orgullo y le repetían sin mesura que, mientras que Octaviano  Augusto trabajo dos obeliscos desde la ciudad de Heliópolis -de los cuales uno fue situado en el circo Máximo y el otro en el Campo de Marte (unus in circo Maximo alter in Campo locatus est Martio)- el que habían transportado recientemente, ante el temor que provocaba la dificultad de su traslado, Constancio no había osado ni moverlo ni tocarlo siquiera. Sepan, pues, los que lo ignoren, que, aunque trajo algunos obeliscos, el emperador antiguo citado no quiso tocar éste, porque estaba dedicado como ofrenda al dios Sol y situado dentro de un ambicioso templo, que no podía ser profanado, donde sobresalía como la cumbre de todo". 4, 13. "Pero Constantino, sin preocuparse por esto, se trajo esta enorme piedra de aquel lugar, pensando correctamente que no perjudicaba en nada a la divinidad si arrebataba de un templo esta obra admirable y se la consagraba a roma, verdadero templo de todo el mundo (in templo mundi totius). Por ello, el obelisco permaneció tendido durante mucho tiempo, mientras se preparaba todo lo necesario para el traslado. Pero, una vez transportado por el cauce del río Nilo y llevado a Alejandría, se fabricó una nave de tamaño desconocido hasta entonces, que necesitaba trescientos remeros para avanzar". 4, 14. "Una vez realizados estos preparativos, tras la muerte del emperador citado [Constantino], disminuyó la urgencia de la empresa y, finalmente, después de mucho tiempo el obelisco fue colocado sobre una nave y traído a través de los mares y del curso del Tíber (per maria fluentaque Tibridis), que parecía asustado por el temor de aquello que le había enviado el casi desconocido Nilo (...) Con todo, el obelisco fue trasladado al barrio de Alejandro, situado a tres millas de la ciudad. Desde allí, tras ser colocado sobre una plataforma y llevado con cuidado a través de la puerta de Ostia y de la Piscina Pública (per Ostiensem portam piscinamque publicam), fue trasladado hasta el circo Máximo". 4, 15. "Después de esto, sólo faltaba erigirlo (erectio), algo que se suponía muy complicado y casi imposible. Pero lo consiguieron del siguiente modo: acumularon, elevaron y colocaron en vertical (ad perpendiculum) altos palos (de manera que parecía que estabas viendo un auténtico bosque de maquinaria). Ataron fuertes y largas cuerdas, semejantes a múltiples cintas, que, dada su densidad, llegaban a ocultar el cielo. A estos palos se ató esta auténtica montaña con caracteres escritos grabados sobre ella, mientras iba siendo elevada en el aire hasta las alturas. Después de quedar colgando durante bastante tiempo, se necesitó a muchos miles de hombres para hacer girar ruedas que parecían de molino (molendinarias rotantibus metas), y así quedó colocado en mitad del circo. Sobre él se colocó una esfera de bronce, brillante, con láminas de oro, pero al ser alcanzada por la fuerza del fuego divino [un rayo] fue reemplazad por una imagen de bronce de una antorcha, que tenía igualmente incrustaciones de oro y parecía despedir brillantes llamaradas". 4, 16. "En épocas posteriores se trajeron otros obeliscos, uno de los cuales fue colocado en el Vaticano, otros en los jardines de Salustio y dos en el mausoleo de Augusto (unus in Vaticanus, alter in hortis Salusti, duo in Augusto monumento)". 4, 17. "El significado de los signos grabados en el antiguo obelisco que vimos en el circo, vamos a ofrecerlo en letras griegas (...)" (a partir de ahí, en griego, transcribe el texto original compuesto en jeroglífico: lado sur: 4, 18, l. 1; 4, 19, l. 2; 4. 20, l. 3; lado oeste, 4, 21, l. 2; 4. 22, l. 3; lado este, 4. 23, l. 1).

Del largo texto de Amiano que aquí hemos transcrito -y que incluye, de hecho, en su parte final, aunque en lengua griega, una auténtica autopsia epigráfica por él realizada sobre las inscripciones jeroglíficas del obelisco- cabe destacar varios aspectos, fundamentalmente tres. En primer lugar, la asociación entre el obelisco y la legitimación política, la exaltación del poder personal. En segundo lugar la existencia -cuando se alude al poder de Augusto y a su capacidad para hacer llegar a Roma dos obeliscos- de una cierta competitividad entre los emperadores, y también entre las elites, en materia de construcción pública convirtiéndose ésta, y los retos que se afrontaban en ella, en herramientas de prestigio, de auto-representación. En tercer lugar el texto de Amiano muestra muy bien la sorpresa del escritor de Antioquía respecto de la exigencia y los retos técnicos de la empresa que, como hemos visto, también se exaltaron en los tituli que, originariamente, se grabaron en la base del monumento. Sabemos, de hecho, que desde la construcción del foro de César, el primero en que se emplearon fustes de columnas de carácter monolítico, ese ejercicio de poder se convirtió en un modo de impresionar a la población y constituyó un auténtico "tour de force" para la edilicia pública. Que Amiano se entretenga en explicar los pormenores técnicos que hicieron posible el traslado y la erección del obelisco en el circo Máximo va, sin duda, en esa línea aportándonos -como vimos en un vídeo incorporado hace algún tiempo a nuestro canal de vídeos en YouTube- deliciosa información sobre algunos de esos sistemas técnicos, acaso semejantes al que muestra un grabado de Natale Bonifacio -también artista contemporáneo a la invención del obelisco de Letrán- alusivo al obelisco Vaticano, hoy conservado en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, que reproducimos a continuación. Se trata de tres conceptos que, nos parece, pueden explicar muy bien la ideología de los procesos de transformación urbana vividos por la Roma imperial, como algunos títulos de la nota bibliográfica que cierra esta entrada desgranan.

Está claro, por tanto, que cuando se compusieron las inscripciones que -pese a no ser Romanas- admiran aun hoy, en el siglo XXI, al visitante que se acerca a San Juan de Letrán, el recurso a las fuentes antiguas -tanto epigráficas como, especialmente, literarias, dado el extraordinario relato de Amiano Marcelino- resultó fundamental y contribuyó a dar historicidad a este uso del modo clásico de grabar mensajes para la eternidad que es la Epigrafía Romana. Nos parecía que esa coincidencia entre Historia, Literatura e Historiografía Latinas, Epigrafía -aunque en este caso la lectio que hace Amiano sea de una inscripción en jeroglífico- y Recepción -y en parte resignificación- de la Antigüedad podía interesar a los lectores de Oppida Imperii Romani y abrir una serie en la que podamos presentar otros loca memorabilia en los que interactúen las fuentes literarias, las materiales y, sobre todo, las epigráficas algo de lo que, de hecho, los editores del CIL VI, se dieron cuenta incorporando en la ficha de la inscripción, también el texto, casi completo, del relato de Amiano Marcelino en una interpolación casi única en la Historia de esta obra monumental a la altura, sin duda, del monumento que portó la inscripción que los sabios alemanes recogieron en el fascículo sexto de dicha obra.

Nota bibliográfica sucinta.- El caso aquí tratado ofrece un singular ejemplo de una ocasión en que la Literatura Romana, en concreto el historiador Amiano Marcelino, ofrece utilísima información sobre una actividad edilicia imperial en Roma, tema tratado de forma excelente por SCHEITHAUER, A., Kaiserliche Bautätigketi in Rom. Das Echo in der antiken Literatur, Stuttgart, 2000 (la bibiografía, pp. 295-324 recoge los títulos clásicos sobre la topografía de la Roma antigua y sobre sus principales monumentos, en todos los idiomas) asunto también objeto de análisis desde ZANKER, P., Augusto y el poder de las imágenes, Madrid, 1992 y con actualizaciones y reflexiones sugerentes en DE KLEJIN, G., "The emperor and public works in the city of Rome", en The Representation and Perception of Roman Imperial Power. Proceedings of the third workshop of the international network Impact of Empire (Roman Empire, c. 200 BC-AD 476), Amsterdam, 2003, pp. 207-214. Nosotros nos hemos ocupado del tema también en los capítulos introductorios de ANDREU, J., Liberalitas Flauia. Obras públicas, monumentalización urbana y exaltación dinástica en el Principado de los Flavios (69-96 d. C.), Sevilla, 2022, pp. 11-17 a partir del clásico de KLOFT, H., Liberalitas principis. Herkunft und Bedeutung. Studien zur Prinzipatsideologie, Colonia, 1979. El acento que el texto de Amiano, de hecho, pone en las dificultades técnicas que implicó el traslado y la erección del obelisco de Letrán nos permiten, también, conocer aspectos concretos de la actividad edilicia romana desde un punto de vista técnico, siempre bien ilustrados en el clásico trabajo de ADAM, J.-P., La construcción romana: materiales y técnicas, León, 2002, inexcusable. También resulta un clásico, pese a su fecha, GARCÍA Y BELLIDO, A., "Roma como problema urbano", en Urbanística de las grandes ciudades del mundo antiguo, Madrid, 1966, pp. 105-144.








INFORMIS TERRA



Quien sigue de cerca y con atención Oppida Imperii Romani sabe que las entradas del mes pasado se han compuesto en el Seminar für Alte Geschichte und Epigraphik de la Universität Heidelberg, en Alemania y así sucederá, también, con las que sigan hasta el 31 de agosto. Quien nos sigue desde hace tiempo, además, sabrá que algunos museos arqueológicos ubicados en la que fue la Germania inferior y, también, algunas de las más importantes ciudades romanas de la Germania superior, como Mogontiacum (Mainz), Lopodunum (Ladenburg) o Aquae Aureliae (Baden-Baden), han desfilado por este blog que, por razones obvias, tiene una mayor querencia a los ámbitos hispánicos. Justo antes de la irrupción de la pandemia del coronavirus, incluso, inauguramos una sección de loca memorabilia en la que nos proponíamos visitar lugares históricos escenario de acontecimientos clave en la Historia Romana, sección que abríamos, de hecho, con un paseo por el bosque de Teotoburgo rememorando el desastre de las legiones del emperador Augusto en el año 9 d. C., frente a las tribus germanas. Ya en esa entrada -y después lo desarrollamos abundantemente durante los meses del Covid-19- nos limitamos, básicamente, a hacer hablar a los textos antiguos convencidos del carácter elocuente y casi oracular de estos que, de hecho, también hemos reivindicado en algunas entregas de Oppida Imperii Romani que se cuentan entre nuestras favoritas -y, por lo visto, también entre las más visitadas por nuestros lectores-, por ejemplo las consultadísimas "Omnes libellos" o "Flexamina oratio". El post que abrimos con este párrafo, tiene, en cierta medida, el espíritu de esas otras entradas en las que, sencillamente, nos limitamos a dejar hablar a los clásicos contribuyendo así también -ojalá- a acercarlos al gran público y a que este se anime a descubrirlos.

Aunque quizás el mundo global en que vivimos ha suavizado un poco los tópicos nacionales y ha permitido generar una visión más global, y menos regional, del mundo y, sobre todo, de Europa, en nuestra generación era habitual que al pensar en Alemania vinieran a nuestra cabeza varios tópicos sobre ese país centroeuropeo que, en cierto modo, están en la mente de todos: el frío y la lluvia, la rudeza -también física- de sus gentes arias, su poca destreza culinaria excepción hecha, en la bebida, de la cerveza -sin duda la bebida nacional en ese país- y, acaso, sus dispersos pueblos y ciudades, salpicados y repartidos irregularmente sobre el paisaje, con viviendas y construcciones de aire colorista que dan una nota alegre a un paisaje que siempre tendemos a imaginar muy verde y con el cielo permanentemente gris muy distinto, por tanto, al que ofrecen nuestros -soleados y abiertos- ambientes mediterráneos de procedencia. Se trata, lógicamente, de tópicos pues quizás esa Alemania de nuestro imaginario cultural tiene poco que ver con la realidad o, al menos, con algunas zonas de ese país extraordinariamente amplio y, por tanto, también diverso. 

Pues bien, hacia el año 98 d. C., uno de los mayores historiadores de Roma, Tácito, escribía su opúsculo De origine et situ Germanorum más conocido como Germania o "la Germania". En una extensión que apenas supera el medio centenar de capítulos, el autor de los Annales o de las Historiae, -se discute si con carácter sencillamente etnográfico o también político y moralizante como queriendo mostrar a Roma el exemplum de un pueblo que había sabido mantener sus tradiciones y no corromperse, asunto sobre el que  pronto volveremos- Tácito se entretenía en él en describir algunas de las características que definían a los Germanos del momento -especialmente de los comprendidos entre el Rhin y el Danubio (Germ. 1, 2-3), la denominada Germania magna-, conocidos ya desde las referencias a ellos en el De bello Gallico de Julio César y, por supuesto, por las que el propio Tácito, en los Annales, había hecho al asunto de Teotoburgo, al líder germano Arminio y a algunas de las cualidades guerreras de los teutones, y, en particular, a su singular uirtus militar, que también desarrollará en la Germania (sobre esas referencias remitimos a nuestro antiguo post "Per paludes perque siluas"). Resulta singular que una detenida lectura de los veinticuatro primeros capítulos de dicho texto (del que existe una buena traducción al castellano, por parte de J. M. Requejo, en la siempre útil Biblioteca Clásica Gredos, disponible en red, y que es la que hemos seguido para la parte que sigue de esta entrada -Madrid, 1981-) arroje sobre las tierras de Germania y sobre sus habitantes, los Germani, una imagen que, prácticamente, hemos hecho nuestra en nuestro propio imaginario cultural, como mediterráneos, respecto de los alemanes y que, como veremos, se separaría poco de la que hemos descrito unas líneas más arriba.

La Germania de Tácito, contra lo que, a priori, pudiera parecer por su tamaño -en la edición de Gredos su extensión apenas alcanza las 40 páginas- es una obra única en la Literatura Latina y así lo reconoce gran parte de la crítica. Su mérito fundamental es claro, se trata del único tratado estrictamente etnográfico, monográficamente etnográfico -podríamos decir- que, en lengua latina, nos ha llegado de la producción de ese género en el mundo romano (RUTLEDGE, S. H., A Tacitus reader. Selection from Annales, Historiae, Germania, Agricola and Dialogus, Mundelein, 2014, p. XVII). No en vano, el opúsculo fue calificado como libellus aureus por los autores del Renacimiento que siempre lo miraron con notable admiración preludio de la que, como glosaremos más abajo, sintieron por él los primeros "nacionalistas" alemanes ya a finales del XVIII y, sobre todo, en el siglo XIX. La razón de esa fascinación es lógica y así se ha señalado en las ediciones canónicas al uso (ANDERSON, J. G. C. (ed.), Cornelii Taciti. De origine et situ Germanorum, Oxford, 1958, pp. IX-XIII): el tratado se escribió con un doble propósito que -aunque haya dividido a la historiografía sobre la obra (cuestión que se resume muy bien en pp. 71-74 de la Introducción a la misma en la traducción de la Biblioteca Clásica Gredos)-, además, nos parece extraordinariamente moderno. Al margen de la atención que, a partir del capítulo 37, la obra dedica a la Historia de las guerras de Roma contra los Germanos y a la caracterización específica de sus distintas tribus -Teutones, Cimbrios, Suevos, Queruscos, Caucos, Quados, Catos y Marcomanos, entre otros- la parte que podríamos calificar de "general" de la Germania -es decir sus veinticinco/treinta primeros capítulos donde Tácito se entretiene en de omnium Germanorum origine ac morium, "el origen y las costumbres del conjunto de los Germanos" (Germ. 27, 3)- se escribió con dos claros motivos que pasaremos pronto a detallar. El tratado supone, también, si lo analizamos como fuente historiográfica, una excelente aproximación al estado de cosas de los territorios germanos a comienzos del siglo II d. C., espacio que, tras el desastre de Teotoburgo se militarizó notablemente dando cobijo a ocho legiones -frente a las seis que tuvo con anterioridad a la época augústea (Tac. Ann. 4, 5, 1)- y que quedaría dividido en las clásicas Germania inferior y Germania superior única y exclusivamente a partir del reinado del emperador Domiciano (para la Historia de este territorio, muy bien sintetizada, puede vesre en línea MATIJEVIC, K., "Germania (Superior and Inferior)", en The Encyclopedia of Ancient History, Wiley Online Library, 2012) responsable también de la repoblación, según noticia del propio Tácito en la Germania (29, 4) de los denominados agri decumates, más o menos coincidentes con el actual länd alemán de Baden-Württemberg (sobre ellos y la discusión histórica en torno de su identidad y significado, problemático por conocerse sólo por la noticia de Tácito, véase WELLS, P. S., "Agri Decumates", en The Encyclopedia of Ancient History, Wiley Online Library, 2012) acciones todas acometidas en vísperas de la edición de la Germania por Tácito en el año 98 d. C.



[Mapas de los pueblos Germanos, © Findlay, 1849 (a la izquierda, arriba) y de la las provincias germanas en el siglo II d. C., © Westermann, 1987 (a la derecha, abajo)]

Pero es que, además, la Germania constituye la primera versión literaria del tópico del "noble sauvage", del "buen salvaje" que, alejado de la corrupción de la civilización, vive a partir de una moral antigua basada en la lealtad, la familia, la libertad y el respeto al pacto y a la palabra dada (Germ. 18 y 19) que Tácito trata de contraponer a la corrupción de la época en Roma algo que, en cierto modo, había destacado también en el Agrícola, otra de las opera minora de Tácito publicada en fecha muy próxima a la Germania, obra sobre cuya ideología algo dijimos en una vieja entrada de este espacio. De ese modo, en Tácito existía una clara intención de contraponer ese modo de vida "natural" y "agreste" al de la "civilizada" Roma contemporánea. Pero, además, muy probablemente, y en línea con un asunto que resulta permanente en la obra de Tácito (CASTRO, A. D., Tacitus and the virtues of the Roman Emperor: the role of imperial propaganda in the historiography of Tacitus, Ann Arbor, 1972), este autor, al publicar su obra apenas Trajano había ascendido al trono imperial, estaba tratando de justificar el largo año y medio que dedicaría este Princeps a que el ejército fortaleciera las obras de defensa del limes del Rhin en lugar de avanzar hacia el interior como sí había hecho Domiciano. Desde un punto de vista estrictamente literario y compositivo es probable, de hecho, que la Germania fuera pensada, acaso, como un apartado introductorio a una Historia del emperador Domiciano que habría proyectado componer Tácito y que, sin embargo, nunca llegó a terminar (sobre esta opción debe verse ANDERSON, J. G. C., op. Cit., p. XIII además de MEISTER, K., y HAAS, H., "Monographie oder Exkurs der Historien?", en MEISTER, K., y HAAS, H. (eds.), Cornelius Tacitus. Germania, Heidelberg, 1962, pp. 20-22). 

[Áureo de Domiciano -RIC II, 560- con representación de una personificación de la Germania vencida, la misma que, postrada sobre escudos propios de los Germanos, aparece en uno de los laterales de la coraza del thoracatus domiciáneo de Los Bañales de Uncastillo]

Con todos esos atractivos y propósitos resulta extraordinariamente interesante de qué modo la exaltación de las virtudes de un pueblo ajeno y de raíces prístinas como el Germano sirvieron ya en los comienzos del siglo II d. C., para legitimar posicionamientos políticos o estratégicos procedimiento éste aun en uso y que, de hecho, ha inspirado la más larga serie de posts que hasta la fecha -con permiso de los alusivos al proyecto Valete uos uiatores- ha generado este blog: la serie "Sorioneku", sobre la reverdecida -desde el pasado otoño- controversia vascónica y sus interesantes, y muchas veces forzadas, manipulaciones políticas. Nótese, por tanto, que la añoranza del pasado sigue funcionando como esquema de legitimación política, sin duda. Se trata éste de otro de los grandes méritos de la historiografía romana, que, en una obra como ésta, aplicó ese consabido esquema de la alteridad, la etnicidad y la identidad sobre el que reflexionamos, someramente, hace algunos años (sobre lo que la imagen de los Germanos de Tácito ha aportado al nacionalismo alemán histórico puede vesre MUHLACK, U., "Die Germania im deutschen Nationalbewusstein vor dem 19. Jahrhundert", en JANKUHN, H., y TIMPE, D. (eds.), Beiträge zum Verständnis der Germania des Tacitus. Teil 1, Göttingen, 1989, pp. 128-155), un esquema que, en cierto modo, e incluso con contraposición lingüística, se ha recuperado en la aclamada serie de Netflix Barbaren (2022). A este respecto del "uso político" de la Germania de Tácito, de hecho, se pronunciaba hace algunos años, con notable acierto, el Catedrático de Filología Latina de la Universidad de Alcalá de Henares José Luis Moralejo, buen conocedor de la figura de Tácito, en una entrevista en el diario gallego La opinión con quien fue también traductor de la Germania para la prestigiosa serie de clásicos bilingües Alma Mater, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. De hecho, los pasajes en que Tácito ensalza la pureza racial (los Germani como gens indigena y como non infecti) y la libertad (libertas) de los Germanos fueron notablemente utilizados por los "humanistas alemanes" algunos tan ilustres como el propio Hegel, que reflexionó sobre la idea de libertad entre los Germanos tal como la describe Tácito, o Fichte, que citó este opúsculo abundantemente en sus Discursos a la nación alemana, de 1808. Resulta oportuno traer aquí a colación varios de esos pasajes, aunque se separen del asunto central del tópos germano que quería centrar este blog pues nos parecen de lo más elocuente (sobre la recepción de la Germania de Tácito por el nazismo puede verse el imprescindible KREBS, B., El libro más peligroso. La Germania de Tácito. Del Imperio Romano al Tercer Reich, Barcelona, 2011 y, también, RECIO, S., "Tópicos de la xenofobia en la cultura germana. Tácito y el nacionalismo alemán (una contribución desde la asignatura de Lengua Latina en el año europeo contra el racismo)", Aula Abierta, 73, 1999, pp. 133-158). Se trata de los siguientes:

[2, 1] "Los germanos son indígenas y en ningún modo están mezclados con otros pueblos"

[4, 1] "Al no estar degenerados por matrimonios con ninguna de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante sólo a sí misma"

Pero, tal como anunciábamos más arriba y como hemos hecho en otras ocasiones, dejemos a continuación "hablar" al texto de Tácito en su caracterización sobre el "origen y la tierra de los Germanos":

[2, 1] "Germania, con un terreno difícil, un clima duro, triste de habitar (...)"

[4, 2 y 4, 3] "Ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capaces sólo para el esfuerzo momentáneo, no aguantan lo mismo la fatiga y el trabajo prolongado, y mucho menos la sed y el calor fuerte; sí están acostumbrados al frío y al hambre por el tipo de clima y territorio en que se desenvuelven"

[5, 1] "La tierra, aunque variada un tanto en su aspecto, está, en general, erizada de selvas (...)"

[14, 3] "Y es que las comidas abundantes (aunque mal preparadas) constituyen su soldada (...)"

[16, 3] "Cubren algunos lugares (en sus casas) con estuco tan fino y brillante que semeja pintura y dibujos de colores"

[21, 2] "Ningún otro pueblo se entrega con mayor pasión a convites y a relaciones de hospedaje. Se tiene como impiedad el negar albergue a cualquier ser humano. Cada cuál acoge con la mesa dispuesta según sus posibilidades (...)"

[23, 1] "Beben un líquido que obtienen de la cebada o del trigo y que, al fermentar, adquiere cierta semejanza con el vino (...) Se quitan el hambre sin complicaciones ni refinamientos (...)"

Más arriba hablábamos del frío y la lluvia, de la rudeza aria de las gentes alemanas, de su, en teoría, poca destreza culinaria -excepción hecha de la cerveza-, y del paisaje y poblamiento disperso que caracteriza su boscosa geografía. Pues bien, justamente, una lectura de esta breve antología de la Germania confirma, precisamente, todas esas imágenes que hemos hecho nuestras al pensar en Alemania y en sus gentes. Tácito habla de una informis terra para el solar germano, de un "terreno difícil" del que, incluso, dice que es raro que pueda generar una patria (nisi patria sit, "triste de habitar", como traduce con acierto el traductor de la Gredos). Describe a los Germanos como truces et caeruli oculi, rutilae comae, magna corpora, "de ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes" y los hace, además, frigora atque inediam caelo soloue adsueuerunt, es decir "acostumbrados al frío y al hambre" así como poco dados a soportar el calor (minimeque sitim aestumque tolerare). Su solar es, además, frugiferarum arborum, "erizado de selvas" lo que contrasta con su carácter habitual de hospitii et comes, de "hospitalarios y amigables" que también destaca el historiador romano entre los rasgos propios del paisanaje germano. Además, pese a que sine apparatu, sine blandimentis expellunt famem, "se quitan el hambre sin complicaciones ni refinamientos", su gastronomía (son cibi simplices, "de alimentos simples", dice en otro punto) alcanza, en cualquier caso, su punto álgido con una bebida corruptus similitudinem uini, es decir, "que, fermentada, alcanza cierta semejanza con el vino" y que se hace ex hordeo et frumentum, "de trigo o de cebada", la cerveza cuyo nombre, sin embargo, Tácito no recoge.

Ante el evocador poder de una descripción como la de Tácito y ante su inexcusable vigencia caben dos posturas que, en realidad, son las mismas que se abren cada vez que nos enfrentamos al peso del legado clásico en nuestra cultura. La primera, pensar en la coincidencia, y en que, efectivamente, nuestra Europa fue ya desde la época romana, un escenario de compleja diversidad. Y es cierto y, por tanto, la postura es válida, legítima. Según eso Tácito, sencillamente, habría sido el primero en describir parte de esa diversidad al mirar hacia las tierras del norte, a esa indigena gens que, como vimos, eran para Roma los Germanos. Pero, ¿no es más hermoso pensar que la mirada de Tácito respecto de los pueblos del norte -como la que algo menos de un siglo antes hizo Estrabón sobre los que ocupaban el septentrión hispano- es la mirada de un latino, de un mediterráneo y que es por eso que, al margen de consideraciones folk, nuestra manera de mirar a los alemanes en el siglo XX y XXI sigue siendo exactamente la misma con la que fueron analizados sus antecesores Germanos por uno de los grandes historiadores de la Roma antigua? 

Está claro que, en muchas cosas, seguimos siendo Romanos... muy Romanos.

MEMORABILIS CASVS

[La erupción del Vesubio en un fotograma del documental Pompeya, el último día (2003)]

En un contexto informativo, que dio inicio con la pandemia del Covid-19 y que se ha mantenido hasta hoy, en el que parece que una única noticia tiene la capacidad de eclipsar a las múltiples que, cada día, se generan, hace más de quince días que la vulcanología -y su particular relato- se ha puesto de moda, al menos en España monopolizando gran parte de los espacios informativos televisivos del país. La erupción del volcán de Cumbre Vieja, en la isla de La Palma, en Canarias y la reactivación de otros históricos volcanes europeos, como el Etna, en Sicilia, nos han hecho a muchos recordar lo que aprendimos en nuestros años escolares sobre el funcionamiento de estas montañas que demuestran la intensa vitalidad magmática que subyace a la corteza terrestre y que, a veces, resulta inimaginable. Como recordaba no hace mucho el arqueólogo -y antiguo becario del proyecto de Los Bañales de Uncastillo- Rubén Montoya en un sensacional artículo publicado en La Vanguardia, esos acontecimientos nos han evocado, a los amantes de la Antigüedad, la más célebre e impresionante de las erupciones volcánicas de todos los tiempos, la del monte Vesubio a finales de octubre -que no de agosto, como demostró hace pocos años un nuevo titulus esgrafiado en una de las pintadas de la ciudad- del año 79 d. C. y que sepultó, entre otras ciudades la de Pompeya que, de hecho, ha ido desfilando recientemente, por sus singulares hallazgos arqueológicos y epigráficos, por Oppida Imperii Romani. Sobre lo que supuso esa erupción para la conversación del legado urbanístico, seguramente, más impactante del mundo romano, ya nos detuvimos hace bastantes años en un viejo post de este blog post celebrativo de la muestra "Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio" que obró en la primavera de 2013 en la Fundación Canal de Isabel II, en Madrid. Fue en ese contexto en que, por primera vez, se pudo ver en España el adiovisual "A Day in Pompeii" que, aunque manejando la fecha de agosto, reconstruye íntegramente los fenómenos que acompañaron la erupción y al que vale la pena dedicarle unos minutos.

Como es sabido, se trata de uno de esos acontecimientos extraordinarios del mundo antiguo para los que contamos con dos textos descriptivos escritos por un testigo del mismo y que, además, son contrastables con otros testimonios que, cuando sea oportuno, se traerán aquí a colación. Nos referimos a las dos cartas -las cartas 16 y 20- que Plinio el Joven compuso para narrar, en el libro sexto de sus Epistulae la muerte de su tío, Plinio el Viejo, y las peripecias vividas por él mismo y su madre en el día de la erupción. Respecto de estas cartas -que, de hecho, destilan ciertos ecos virgilianos que las convierten en épicas, como se ha puesto de relieve recientemente- pese a que fueron enviadas al historiador Tácito, el propio Plinio afirmó que, sus "detalles" (haec) "serían indignos de figurar en un relato histórico" (nequaquam historia digna uidebuntur) (20, 20) pues, como afirmaba en el cierre de la primera de las dos (16, 22) aliud est epistulam aliud historiam scribere, "una cosa es escribir una carta y otra un relato histórico" añadiendo que el relato histórico implica omnibus scribere, "escribir para todos" (la traducción de ambos textos empleada en este blog procede de González, J. (trad.), Plinio el Joven. Cartas, Gredos, Madrid, 2005, pp. 305-310 y 313-317 respectivamente). 

Aunque las cartas fueron escritas, principalmente, para, como se ha dicho, explicar Plinio el Joven la muerte de su tío -aparentemente asfixiado por los gases de la erupción aunque más verosímilmente debió sufrir un infarto mientras se acercaba al fenómeno desde Misenum, a unos 20 kilómetros del Vesubio, donde mandaba la flota imperial (sobre esta cuestión véase DUNN, D., Bajo la sombra del Vesubio: vida de Plinio, Madrid, 2021 -con interesante reseña aquí- y SERBAT, G. (trad.), Plinio el Viejo. Historia Natural. Libros I-II, Gredos, Madrid, 1995, pp. 22-35, con síntesis del status quaestionis en MALLISARD, A., en Mélanges Pierre Lévêque, París, 1990, pp. 227-243 y en RETIEF, F. P., y CILLIERS, Acta Theologica, 26-2, 2010)- lo que nos interesa es que en ellas, se alude a la erupción del Vesubio como "una catástrofe que ha destruido las tierras más hermosas (pulcherrima clade terrarum), al mismo tiempo que pueblos y ciudades (ut populi ut urbes)" (16, 2) -no en vano se califica a la zona como amoena ora, "costa hermosísima" (16, 9) y lo cierto es que aun hoy lo sigue siendo- un acontecimiento del que, en el mismo pasaje se dice fue "un suceso tan tan memorable" (memorabili casu) y que, por tratarse de "un fenómeno importante" (magnum) pareció a Plinio el Viejo, tío del autor de estas cartas, "que merecía ser contemplado desde más cerca" (propiusque noscendum) (16, 7) al tiempo que a Plinio el Joven, citando un verso de la Eneida, le habría llevado a escribir sobre esos recuerdos pese a que ello le resultase horroroso (animus meminisse horret: 20, 1) (obviamente, la bibliografía sobre estos dos relatos del joven Plinio es amplísima y sigue multiplicándose, nos limitamos a enlazar los resultados de una búsqueda somera en Google Académico para quien desee saber más sobre la cuestión).

Como se desprende de la segunda de las dos cartas, un tremor terrae per multos dies, es decir "un temblor de tierra de varios días" (20, 3) debió ser el primer indicio de que se avecinaba actividad volcánica en torno al Vesubio si bien, como el propio Plinio relataba, este tipo de temblores eran frecuentes en Campania pese a que aquél fue extraordinariamente formidolosus, es decir "violento", algo que subraya también otro testimonio bien documentado de la erupción (Cass. Dio 66, 22, 1). La documentación epigráfica, de hecho, ha dejado constancia de la existencia casi endémica de ese tipo de temblores -recordados también por las fuentes literarias (Suet. Nero 20, 2 y Tac. Ann. 15, 22 donde se le califica de celeber terrae motus)- y, no en vano, en el reinado de Nerón y en el de Vespasiano se erigieron en Pompeya inscripciones (AE 1899, 177) alusivas al mismo o se restauraron edificios como la aedes Isidis, el templo de Isis, de la que se dice fue terrae motu conlapsam (CIL X, 846) (el asunto, con evidencias también en otras inscripciones de otras ciudades campanas como Neapolis o Nuceria fue estudiado en LIVADIE, C. A. (ed.), Tremblements de terre, éruptions volcaniques et vie des hommes dans la Campanie antique, Nápoles-Roma-Bonn, 1986 y nosotros volvemos sobre él en un libro de próxima aparición sobre la construcción pública en época flavia en las ciudades del Mediterráneo y del que ya dimos avance hace algunos meses en este mismo espacio).

El primer paso de la erupción, según cuenta con detalle la primera carta -y hemos de pensar que fue al comienzo del día pues eso permite intuir el modo cómo ésta comienza-, fue la aparición "de una nube extraña por su aspecto y tamaño" (nubem inusitata et  magnitudine et specie) (16, 4) de la que se dice que surgía "mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol" (16, 5) lo que ya el propio Plinio interpretó como manifestación de "la primera erupción". Se trata de una nube que, además, se describía como de un color "manchado a causa de la tierra o cenizas (terram cineremue) que transportaba" (16, 6). Ya esa nube, según cuenta Plinio, aterrorizó a algunos vecinos como a Rectina, esposa de Tascio "aterrorizada por el peligro (inminente periculo exterrita) que la amenazaba pues su villa estaba al pie de la montaña y no tenía ninguna escapatoria, excepto por mar" (16, 8) pero, también a otros que, según se relata, "huyen despavoridos" en ese primer momento.

Avanzadas las horas, la carta de Plinio especifica que tras esa primera nube "ya las cenizas caían sobre los navíos, más compactas y ardientes (cinis calidior et densior) (...) incluso ya caían piedra pómez (pumices) y rocas ennegrecidas, quemadas y rotas por el fuego (nigrique et ambusti et fracti igne lapides)" (16, 11) tormenta ésta que, parece, generó el abandono de muchas viviendas (desertae uillae) que ardían solitarias (per solitudinem ardere) al haber sido alcanzadas por las "fuentes de fuego" (pyrós pegás) a las que alude otro fiable relato de la erupción, en este caso a cargo de Casio Dión (Cass. Dio 66, 22, 1) como paso previo a la caída de gran cantidad de cenizas (téphran) y piedras ardientes (Cass. Dio 66, 22. 4). Más de un millar de viviendas han sufrido de este modo en estos días por culpa del Cumbre Vieja. A tenor de lo que se explica en la carta sobre la experiencia de Plinio el Viejo, la propia finca de éste, en la noche, estaba ya "repleta de cenizas y piedra pómez de tal manera había subido el nivel que, si [Plinio] hubiese permanecido más tiempo en el dormitorio, ya no habría podido salir" (16, 13). Dión Casio, de hecho, alude a la cobertura de Pompeya y de Herculano por la constante caída de cenizas (Cass. Dio 66, 23, 3) que, según este último autor, parece llegaron incluso a África, Siria, Egipto o Roma (Cass. Dio 66, 23, 4). El fenómeno debió ser tan notable que, como precisa Plinio el Joven, prácticamente, la bahía quedó sumida en una "noche más densa y negra (nigrior densiorque) que todas las noches que haya habido nunca" (16, 17) (de idéntica forma se describe este fenómeno en Cass. Dio 66, 23, 1) algo extraordinariamente bien recreado en el time-lapse "A Day in Pompeii" que enlazábamos más arriba al comienzo de este post.

Se explica, también, cómo, en las zonas más alejadas -como Stabia, "al otro lado de la bahía" (sinu medio)- el peligro se fue acercando de forma progresiva pese a que la zona quedase aislada de las primeras explosiones (16, 12) justo en un momento en que la epístola pliniana alude a "enormes incendios y altísimas columnas de fuego" (latissimae flammae altaque incendia e Vesuvio monte), "en las laderas del Vesubio" (16, 13) ya en la noche del primer día del evento. El primer efecto de la proximidad de ese fuego fue, como se describe con pormenor, el intenso olor a azufre y el cierre de la laringe de los personajes afectados -y en particular de Plinio el Viejo- debido a la "densa humareda" (innitens seruolis) (16, 19) en un fenómeno que se ha atestiguado, también, estos tristes días en la isla de La Palma, como ha recogido la prensa nacional que, casi, narra y retransmite, también por YouTube, la erupción en directo.

La segunda de las dos cartas sobre las que versa este post es la que detalla otros resultados, más postreros, de la erupción al narrar cómo la vivió el autor, Plinio el Joven, con su madre. Así, en Miseno, por tanto lejos del epicentro de la erupción, "el mar se retiraba sobre sí mismo (mare in se resorberi) y se replegaba como empujado por los temblores de la tierra" (20, 9) -algo que se ha discutido si sucederá también en La Palma, en fechas próximas en respuesta a la acumulación de lava en el entorno marino- y, en el mismo pasaje, se habla de "una nube negra y espantosa (nubes atra et horrenda), desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes [y que] se abría en largas lenguas de fuego". La detallada descripción que se hace de la reacción de la población en ese contexto resulta absolutamente espeluznante. Así, se dice "podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres; unos llamaban a gritos a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, intentando reconocerlos por sus voces; éstos se lamentaban de su destino, aquéllos del de sus parientes; hacía incluso algunos que por temor a la muerte pedían la muerte; muchos rogaban la ayuda de los dioses, otros más numerosos creían que ya no había dioses en ninguna parte y que esta noche sería eterna y la última del universo. Y no faltaban quienes, con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros reales" (20, 14 y 15).

También resulta sugerente, y esperado para quienes viven de cerca la tragedia del volcán de La Palma, el modo cómo Plinio el Joven, en la segunda de sus misivas, relata el final del fenómeno: "aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube", "el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses" y todo en medio de "una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve" (20, 18). Ya que hasta ahora muchos de los fenómenos descritos por las cartas plinianas, se han repetido en la erupción estromboliana del volcán de Cumbre Vieja, por más que, efectivamente, ese tipo de erupción sea diferente del de la, precisamente, denominada pliniana o vesubiana que, aparentemente mucho más destructiva por la fuerza de sus explosiones y la extensión alcanzada por su flujo piroclástico, tan bien conocemos por estos dos documentos históricos de primer nivel confiemos en que pronto pueda procederse, como nos cuenta Suetonio que hizo, en el reinado de Tito, una comisión senatorial de curatores, -con él al frente según Casio Dión (Cass. Dio 66, 24, 1) a la restitutio afflictarum ciuitatum, a la "recuperación de las ciudades dañadas" (Suet. Tit. 8, 10) y, por tanto, al final de esta catástrofe que nos ha permitido evocar con horror -como al propio Plinio el Joven- uno de los más fascinantes episodios de la Historia de Roma. 

PER PALVDES PERQVE SILVAS



[Dos vistas, una desde el pie del Hermannsdenksmal, cerca de Detmold, arriba, y otra desde la torre del Museum und Park Kalkriese, en la localidad del mismo nombre, de la zona, el Teutoburger Wald, a la que se consagra este post de Oppida Imperii Romani. En las fotografías inferiores dos detalles de los dos espacios en los que aquí nos detenemos como plataformas desde las que profundizar en un acontecimiento clave de la Romanización de Occidente]

Para quien está algo versado en la historia de Roma, el episodio del desastre de Varo en Westfalia, junto al Rhin, en el año 9 d. C., es uno de los capítulos míticos de la Historia de la Roma del Principado, la derrota del general romano Publio Quintilio Varo frente al pueblo germano de los queruscos, en la zona de Teotoburgo, y con los germanos liderados por un tal Arminio. La así llamada batalla del bosque de Teutoburgo, de hecho, sigue apareciendo, ocasionalmente, en la prensa en las píldoras de Historia con que, afortunadamente, algunos diarios nos alivian de la crudeza de la realidad cotidiana como si el periodismo contemporáneo quisiera seguir confiriendo grandeza al episodio que, a tenor del Bracaraugustano Orosio, habría detenido el Imperio de Roma -imparable en el océano- a orillas del río Rhin: imperium, quod in litore Oceani non steterat, in ripa Rheni fluminis staret (Florus 2, 30). 

Contra lo que pudiera parecer por la notable historiografía -y mitología- que el episodio ha vertido (desde el clásico trabajo de MOMMSEN, Th.: Die Örtlilchkeit der Varusschlacht, Berlín, 1885 a los recientes de McNALLY, M.: Teutoburg Forest, AD 9: the destruction of Varus and his legions, Oxford, 2011 o WELL, P. S.: The battle that stopped Rome: Emperor Augustus, Arminius and the slaughter of the legions in the Teutoburg Forest, Nueva York, 2003; ) y por la numerosa atención que recibe hoy el acontecimiento en las páginas de internet dedicadas a la Historia Antigua y a la Historia Militar (por ejemplo la de Livius. Cultuur, geschiedenis en literatuur; la de Smartergerman; o la Ancient History Enciclopedia) lo que las fuentes nos dicen sobre la batalla de Teutoburgo es, realmente, escaso aunque suficiente para abrir especulaciones diversas, todas ellas del máximo interés.

Así, Suetonio apenas transmite la noticia de que Quintilius Varus cum tribus legionibus in Germania periit -"Quintilio Varo pereció en Germania con tres legiones"- sin más detalles, cuando alude al contexto general de los acontecimientos posteriores a la adopción de Tiberio, por Augusto, como su heredero (Suet. Tib. 17). Esta noticia, sin prácticamente más datos la aporta también Tácito en su Germania (Germ. 37, 5) insistiendo, en ella, sobre el pueblo responsable de la derrota, los queruscos (Germ. 36) y espetando en los Annales que dicho desastre resultó una infamia para Roma (Ann. 1, 37, 3) y una manifestación de la superbia de Arminio (Ann. 1, 61). El propio Tácito es responsable, también, de la transmisión del topónimo saltus Teutoburgiensis (Ann. 1, 60) donde, según transmite, debieron quedar sepultados los restos de los soldados del desarmado Varo, a saber tres legiones, otras tantas alas y seis cohortes, como diría Veleyo Patérculo (Vel. Pat. 2, 117) y recordando que el pueblo Germano habría sido uno de los que, en materia militar, y especialmente a partir de este "desastre", más lecciones (saepius admonuere) habría suministrado a Roma (Tac. Germ. 37). Por su parte, el epitomista Floro recordaría el episodio de Arminio y de qué modo su pueblo prefirió enfrentarse a Roma tras haber sido su aliada y descubrir moresque nostros magis quam arma -"que las costumbres (de Roma) eran más crueles que la guerra"- (Florus 2, 30) y anotará algunos datos geográficos interesantes como que la batalla y la emboscada germánica tuvieron lugar per paludes perque siluas, es decir, "en medio del bosque y de los fangos" (Florus 2, 30, donde describe, también, con pormenor, algunas de las afrentas recibidas por los soldados de Varo en el ataque querusco). Probablemente, en ese sentido de la descripción del contexto general de la lucha, sea Casio Dión el que, en griego, aporte más datos sobre el ambiente general de esa batalla, librada el 7 de septiembre del año 9 d. C. Así, este historiador (Cass. Dio 56, 19-22) habla de "territorio hostil", de "las nieblas del bosque" y de "bosque impenetrable" (19), ponderando, además, la talla de los árboles, altísimos, sobre las laderas (20) y recordando de qué modo llegaron a Augusto las noticias del desastre (21), en una anécdota que recogerá más tarde Orosio (6, 22) atribuyendo al joven César la conocida frase Quintili Vare, redde legiones: "Quintilio Varo, devuélveme mis legiones". 

Ya en un reciente post de Oppida Imperii Romani de manera explícita, pero de forma más o menos velada en muchos de los que hemos dedicado a la Germania Superior, hemos hecho notar el primor con que, en Alemania, son puestos en valor, exaltados y reivindicados como parte del pasado histórico, lugares que, quizás, tienen más de escenario romántico que de evidencia arqueológica o que, cuando presentan ésta última, es vaga, incierta o, a los ojos de quienes vivimos en países de intensa huella romana, aparentemente inconsistente. Eso mismo puede decirse, sin paliativos, de dos espacios relacionados con el acontecimiento del que hablábamos en los párrafos anteriores: [1] el monumento a Arminio (Detmold) y [2] el Museo del desastre de Varo (Kalkriese), ambos extraordinariamente recomendables para los amantes de la Historia, del patrimonio y de la Antigüedad.

[1] El monumento a Arminio, Hermannsdenkmal en alemán -con intencional "germanización" del nombre latino Arminius, con el que las fuentes refieren, sin excepción, al germano querusco aliado de Roma y, después, sublevado en el 9 d. C. contra el gobernador provincial Quintilio Varo- es una monumental estatua de cobre que se alza sobre una colina de casi 400 metros de altitud que domina no sólo todo el área del supuesto saltus Teutoburgiensis sino, también, el distrito de Lippe, en el que se ubica. La estatua, de 54 metros de altura fue fabricada en cobre en los años de las derrotas prusianas contra Francia y culminada, por el artista Ernst von Bandel, ya en los años inmediatamente posteriores a la unificación alemana Bismarckiana en 1871 convirtiéndose, desde entonces, en un icono del patriotismo alemán -aun visitadísimo, por cierto- por su decidida invocación -por ejemplo, en la inscripción de la espada que porta Arminio, de 7 metros y hasta 500 kilogramos de peso- a la fuerza y poder de Alemania (stärke Deutschlands macht). Pretende marcar el área de influencia de la tribu germana de los queruscos, que, en un lugar aun por determinar, se enfrentó a Varo, derrotándole, como antes se ha dicho. El monumento es, desde luego, una auténtica lección material de antikenrezeption, como llaman los alemanes a la "recepción de la Antigüedad", a esas ocasiones -muchas en la Historia- en que determinados acontecimientos históricos son tomados como referente con fines estéticos, de prestigio, políticos o ideológicos. El propio formato del monumento, de clara estructura anular, la iconografía del germano, presentado entre la del bárbaro y la dignitas del arte clásico, los tropaia -con hermosas congeries armorum romanas- que rodean la parte baja del monumento, donde se ha instalado un memorial en honor de su promotor y, también, un mirador que permite contemplar parte del bosque de Teutoburgo hacen, desde luego, las delicias de quien se acerca aquí con el ánimo de estar contemplando si no un lugar histórico sí al menos el modo cómo un episodio histórico -la derrota infringida a Roma por los Germanos- es reclamado en procesos históricos y políticos muy posteriores demostrando, como escribió W. Jäeger, el poder evocador de los autores (y acontecimientos) antiguos (sobre la recepción de este episodio, siempre es recomendable lo que escribiera, en relación, en general con el mito de la Germania de Tácito, CANFORA, L.: Ideologías de los estudios clásicos, Madrid, 1991).

[2] El Parque y Museo de Kalkriese -en esta ocasión en el distrito de Osnabrück, unos 100 metros al oeste de Hermannsdenkmal- es un sitio que, aunque caro -la entrada individual cuesta 7,5 €- ofrece un sensacional ejemplo de las posibilidades que, con la adecuada financiación, puede llegar a ofrecer cualquier proyecto arqueológico. En torno al lugar, en proceso de excavación, en que se cree pudo haberse desarrollado la batalla que aquí hemos comentado, se ha instalado no sólo un Museo sino, también, todo un itinerario para contemplar las excavaciones en marcha y, especialmente, un envidiable aulario pedagógico que ofrece, constantemente, a centros escolares y a público infantil y juvenil actividades de divulgación científica de la Arqueología y de dinamización del pasado romano de las que, desde luego, en nuestro país tenemos mucho que aprender. Tras un sensacional vídeo introductorio (disponible aquí) en que se explica de qué modo se está trabajando en la excavación orientada a demostrar que -como apuntó Theodor Mommsen- fue en este lugar que tuvo lugar el desastre de Varo, la exposición arqueológica ofrece un buen repaso a los numerosos militaria que han sido localizados en las excavaciones y que, en muchas ocasiones, son difíciles de ver en museos de la Europa mediterránea así como algunos elementos interactivos que profundizan en la alteridad Romanos-Germanos y en las estrategias y armas empleadas por unos y por otros (prescindiendo de bibliografía especializada, que también la hay -y abundante-, los principales hallazgos que se han producido en la excavación de Kalkriese y los argumentos que aportan para la reducción de este lugar al escenario de la histórica batalla pueden verse aquí). 




En definitiva, se trata de dos sitios en los que tocar la Historia y con los que abrimos una nueva sección de Oppida Imperii Romani que se detendrá en escenarios históricos de la Antigüedad, loca memorabilia.