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EPIGRAPHICA AESTIVA


Hispania Epigraphica es la revista que, publicada por el Archivo Epigráfico de Hispania, hace las veces de anuario epigráfico para España y para Portugal. En él se recogen, cada año, con entrada propia, las inscripciones inéditas que se dan a conocer cada ejercicio y, también, aquéllas que, ya conocidas y publicadas en el pasado, han sido objeto de revisión en su lectura. El último número que cubrió un único año, el de 2013, que vio la luz en 2019, acumulaba un total de 617 entradas. Matizando esa cifra, pues, como se ha dicho, hay entradas que no aportan editiones principes de inscripciones sino variantes de lectura de tituli ya conocidos, se podría estimar que en 2013 vieron la luz en los territorios que integraron la Hispania Romana en torno a 400 inscripciones nuevas. Es decir, se descubren en España y Portugal 1,09 inscripciones al día. Es evidente que el "pico" resulta obsceno pero el dato permite ilustrar en qué medida la aparición de nuevos documentos epigráficos marca el día a día de la investigación arqueológica en nuestro país. Nótese, por ejemplo, que el penúltimo post de Oppida Imperii Romani, que viera la luz en junio, justo a comienzos del verano, se felicitaba por un nuevo hallazgo epigráfico, el altar dedicado a la divinidad vascónica Larra descubierto en Larunbe, en Navarra. 

Por todo ello, y dado que la investigación arqueológica se concentra en nuestro país, notablemente, en el periodo estival -aunque no sólo- nos parecía que una buena manera de abrir el nuevo curso académico era el de hacernos eco, y valorar, tres hallazgos epigráficos que podría decirse que han marcado la temporada estival y que han vuelto a subrayar de qué manera, como hemos desarrollado en alguna reciente publicación, nuestro conocimiento en Ciencias de la Antigüedad depende, en buena medida, del hallazgo de nuevas inscripciones que, en esencia, constituyen, se analicen desde el prisma desde el que se analicen, nuevos documentos históricos. Se trata, además, de tres tituli, de tres inscripciones de naturaleza bien diversa y que permiten, también, documentar hasta qué punto se generalizó en el periodo imperial romano el hábito de grabar inscripciones sobre el que, también, nos hemos detenido en algunos trabajos en acceso abierto.

[I.] A finales de junio, el Diario de Sevilla informaba de una serie de hallazgos arqueológicos en el cruce entre las sevillanas calles de Avenida de Miraflores y Carretera de Carmona en un solar de la antigua fábrica de vidrios "La Trinidad" de la capital andaluza que confirmaban las sospechas que, en febrero, ya había levantado el hallazgo en la zona de algunos restos óseos humanos. La noticia, que pronto se viralizó en redes sociales a través de grupos especializados en la Antigüedad hispalense, ha supuesto una nueva alegría para la investigación epigráfica sobre la Hispalis romana. Gracias al buen hacer de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, la información que, sobre el hallazgo, ha trascendido, ha puesto el foco no sólo en la aparición de una nueva inscripción que pasará a engrosar e incrementar el, per se, generoso repertorio epigráfico de Sevilla sino, también, en la tipología de los monumentos descubiertos que han sido adecuadamente calificados como cupae y, en concreto, cupae structiles, es decir, monumentos abovedados fabricados en mampostería llamados a albergar en su interior un contenedor de las cenizas del difunto, comunicado con el exterior a partir de una serie de canales libatorios o infundibula que, en este caso, además, han sido localizados. La tipología de cupae structiles, poco conocida en Sevilla, ha sido muy bien estudiada para uno de los conjuntos más icónicos de este tipo de monumentos funerarios, el de la necrópolis de la Plaza de la Vila de Madrid en Barcino, la actual Barcelona (ver aquí) y al que siempre se remite cuando, como hiciéramos en 2009, se trabaja sobre este singular tipo de monumento funerario romano, las cupae, que protagonizó el volumen I de la Serie de Monografías "Los Bañales"; del que se habla en este viejo vídeo, todavía de actualidad.




Desde un punto de vista estrictamente epigráfico, la inscripción localizada, popularizada en X como "la tumba de Calliope", tiene interés por varias razones. En primer lugar, porque constituye uno de los más meridionales ejemplos de cupa structilis con inscripción aunque este tipo de sepultura había sido sobradamente atestiguada, por ejemplo, en la capital de la Baetica, en Corduba. Como exigía este tipo de monumento, y como sucede también, ocasionalmente, en cupae solidae, por ejemplo en las de Tarraco, la inscripción iba grabada sobre una placa pétrea -en este caso, aparentemente, por la fotografía difundida, mármol- que se encastraba en la estructura del monumento. En segundo lugar porque ya se conocían otras mujeres con el nombre Calliope -nombre griego propio de personas de estatuto servil- en el repertorio epigráfico bético, con ejemplares en Corduba, en Ostippo (CIL II2/5, 990) o en Tucci (CIL II2/5, 100) entre otros lugares pero es la primera vez que este nombre aparece en Hispalis. Además esta difunta , entre el final de la línea 2 y el comienzo de la línea 3, aparece calificada por el dedicante -que comparece en línea 3, al final, Irenaeus- como con(iugi) rarissimae, un adjetivo éste, el superlativo de rarus -"exclusivo", "raro", "excepcional": "excepcional esposa", en este caso- que, frecuentemente, se emplea para calificar a mujeres no tanto en la Baetica, donde es escaso, sino en la Tarraconense donde tiene cierto predicamento en el paradigmático y generoso repertorio epigráfico de Tarraco, como han estudiado Carmen Gregorio y Laura Díaz en varias de sus publicaciones sobre la imagen femenina en la epigrafía hispanorromana.

[II.] En la prosopografía de la ciudad romana de Pompeya era conocido ya el nombre de Numerius Agrestinus a quien, en la necrópolis de Porta Nocera, le habría dedicado un recuerdo funerario conjunto su esposa Veia Barchilla (EDR 146858, ver foto). En julio de este año, el E-Journal degli Scavi di Pompei daba a conocer el  hallazgo, en el contexto de unas obras de ampliación de la biblioteca del Parco Archeologico di Pompei, de una tumba del tipo a schola ornamentada con una monumental exedra a modo de banco corrido semicilíndrico con garras de felino haciendo de patas y con soberbia inscripción en la espalda del banco, alusiva, precisamente, a Numerius Agrestinus (descargar artículo aquí). La noticia, rápidamente pasó a la prensa española (El Español, La Vanguardia, ABC o El País) y, por razones que pronto se dirán, también saltó a portales y blogs relacionados con la Romanización del norte peninsular como Astures.es o a medios de carácter más local como el vasco El Correo que, como era de esperar, puso el acento en el carácter "vasco" -totalmente ficticio- de la tribu citada en el titulus.



Como se explica de manera clarísima en el vídeo que abre este post por parte del Prof. Zuchtriegel, director del Parque Arqueológico de Pompeya, la inscripción atestigua la carrera completa de Numerius Agrestinus Equitius Pulcher que porta, como era habitual en la aristocracia romana -no en vano hay otros Numerii entre los magistrados más antiguos atestiguados en Pompeya como Numerius Barca (CIL IV, 75)-, uno de estos singulares poliónimos que constituían, también, marca de distinción en la onomástica latina. Ésta comenzó con el desempeño del cargo de IIuir -el equivalente a "alcalde"- en la propia comunidad pompeyana, cargo que llegó a iterar, es decir, a detentar en dos ocasiones, pero después, dio paso a una carrera del ordo equester que le llevó a ser prefecto de los artesanos (praefectus fabrum), tribuno militar (tribunus militum) y, finalmente, praefectus Autrygon(um) en alusión a una tribu hispana, de carácter indoeuropeo, del norte peninsular bien conocida en las fuentes antiguas, la de los Autrigones. El texto da razón a una referencia de Estrabón (Str. 3, 4, 20) sobre la presencia de varios ayudantes del legatus Augusti que gobernaba la Hispania Citerior desde el 19-19 a. C. Uno de ellos, según todo parece indicar, sería éste praefectus Autrigonum que ha tenido, en este verano, su particular epifanía en las excavaciones de Pompeya. La inscripción alude, en letras de menor tamaño y en una segunda línea, a que el lugar -que no se refiere- de la tumba ((locus) datus sepulturae) se le otorgó, seguramente en virtud de su destacada carrera y proyección militar, por decreto decurional, d(ecreto) d(ecurionum).

[III.] 2025 va a ser año jubilar en la capital de la cristiandad, Roma y la ciudad está desarrollando una intensa actividad de modernización urbanística articulando nuevos espacios que servirán para a acoger a los miles de peregrinos a los que esta celebración atraerá. Precisamente, en el inicio de agosto de este año, y en el marco de los trabajos que, a orillas del río Tíber, en el área del Castel de Sant Angelo -que fosiliza el antiguo mausoleo funerario del emperador Adriano- se están llevando a cabo para dicho fin se ha producido felizmente el -aparentemente nimio pero muy interesante históricamente- tercer hallazgo epigráfico de esta serie de epigraphica aestiva, de "cosas epigráficas veraniegas". 

En el apasionante estudio de la topografía de la Roma antigua, poco se sabía acerca de los Horti Agrippinae, un complejo recreativo que se extendía desde las orillas del río Tiber hasta el ager Vaticanus y la colina del mismo nombre y que aparece citado en los textos antiguos que, precisamente, certifican -especialmente a partir de Séneca (De ira, 3, 18)- que dicho espacio y las construcciones anejas acabaron por pasar a Calígula, hijo de Agripina la Mayor, esposa de Germánico. 

A diferencia de los otros documentos, grabados en piedra, el protagonista de esta tercera entrada es una inscripción en plomo responsable, precisamente, de certificar esa noticia dada por las fuentes antiguas y que se había transmitido usualmente en los estudios sobre la topografía de Roma en las áreas vaticana y tiberina. Al margen de los machones de un pórtico que dignificaría dichos horti y, a una cota superior, de una sensacional fullonica para el lavado de telas fechada ya en el siglo II d. C. (muy bien ilustrada en las fotografías difundidas por el Ministero della Cultura), los trabajos de construcción del espacio para peregrinos a que antes aludíamos han conducido al hallazgo, en la Piazza Pia, de una tubería de plomo -lo que en Latín, y así también en la tipología epigráfica solemos llamar fistula plumbea o fistula aquaria- marcada cuidadosamente con el texto C(aii) Caesaris Aug(usti) German(ici), es decir, "propiedad de Cayo César Augusto Germánico", por tanto, de Calígula. La inscripción, por tanto, permite concluir que el complejo al que se daba servicio la red de abastecimiento con que debe relacionarse esta nueva fistula se edificó en época de Calígula y, por tanto, estaría probando las transformaciones vividas por ese complejo ribereño del Tíber cuando pasó a ser propiedad del tercer emperador de Roma. Como han subrayado las noticias que, sobre el hallazgo, se han difundido (Finestre sull Arte o National Geographic España).


Los tres documentos epigráficos tienen, por tanto, varias cosas en común: los tres han aparecido en el transcurso de excavaciones arqueológicas si bien ninguna de las tres era, propiamente, una excavación de investigación sino que se enmarcaban en el contexto de seguimiento de obras públicas de diverso signo. Las dos últimas, además, han aportado nuevas luces a dos asuntos historiográficos que habían interesado a la investigación, el de la entidad de uno de los Numerii de Pompeya y el de la ubicación de los Horti Agrippinae. La primera, por su parte, ha traído a la vida, nos ha permitido "recordar", a Calliope la finada cuyos herederos eligieron para ella un sepulcro en forma abovedada del tipo cupa. Con ser, sin embargo, un documento de aparente menor calado histórico lo cierto es que permite conocer a alguien que, de otro modo, si no es por el recuerdo funerario, no habría surcado el umbral de la Historia. Tres documentos, por tanto, que nos parece -y, entre, seguro, muchos otros que se podrían haber elegido- hacen bastante justicia a la aportación que la documentación epigráfica hace al conocimiento histórico en Antigüedad.

NOTA.- Aunque se ha enlazado más arriba a algunos materiales complementarios, nos parece pertinente, conforme a la filosofía de la etiqueta Epigraphica de este blog, aportar aquí algunos títulos más específicos respecto de las cuestiones que se han tratado en los comentarios de las tres inscripciones aquí consignadas. Lo hacemos, como siempre, con el deseo de que Oppida Imperii Romani sea, en cada una de sus entradas, el punto de arranque para despertar una curiosidad casi "artesanal" en torno de aspectos sociales, económicos, materiales y, en definitiva, históricos, de la Antigüedad. Sobre la contribución de las inscripciones a nuestro conocimiento de la Historia de la Antigüedad es lectura inexcusable, además de la enlazada en el cuerpo del post, la publicada por Juan Manuel Abascal en Antigüedad y Cristianismo, 12, 1995. Sobre el éxito de la literacy epigráfica y del hábito epigráfico, resulta inexcusable el capítulo "The Epigraphic habit in the Roman World", que Francisco Beltrán Lloris firma en el manual de Epigrafía Romana de Oxford. [I.] Sobre las cupae, además del volumen de la Serie de Monografías Los Bañales que ya fue citado resulta esencial actualizarlo con las diversas contribuciones del libro Cupae: riletture e novitá (Faenza, 2018) donde, precisamente, se aborda, a partir de hallazgos posteriores a 2009, el asunto de las llamadas cupae structiles, con toda la bibliografía. El volumen incluye, de hecho, una contribución nuestra, de temática hispana, que actualiza el catálogo de hallazgos del libro Las cupae hispanas: origen, difusión, uso, tipología (Uncastillo, 2012). Para la inserción de la necrópolis Hispalense de la que proceden los hallazgos en la topografía urbana de la colonia Romula, puede verse el trabajo de Daniel González Acuña Forma urbis Hispalensis (Sevilla, 2011). Por último, a propósito del adjetivo rarissima para referirse a una fémina, debe verse el trabajo de Laura Díaz en Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra, 32, 2024. [II.] Con las actualizaciones pertinentes -que pueden obtenerse en el sensacional opúsculo de Manuel Salinas sobre la etnografía de la Hispania prelatina- es de justicia remitir a los trabajos de José Mª Solana sobre la Autrigonia prerromana y romana, clásicos pero que recogen las fuentes disponibles sobre esta etnia histórica peninsular. [II.] Los datos prosopográficos y, también, topográficos y arqueológicos proporcionados por el estudio de las fistulae plumbeae aquariae de Roma pueden verse en el clásico de Christer Bruun The water supply of ancient Rome (Helsinki, 1991) y en su artículo en Arctos, 46, 2012. 

MEMORABILIS CASVS

[La erupción del Vesubio en un fotograma del documental Pompeya, el último día (2003)]

En un contexto informativo, que dio inicio con la pandemia del Covid-19 y que se ha mantenido hasta hoy, en el que parece que una única noticia tiene la capacidad de eclipsar a las múltiples que, cada día, se generan, hace más de quince días que la vulcanología -y su particular relato- se ha puesto de moda, al menos en España monopolizando gran parte de los espacios informativos televisivos del país. La erupción del volcán de Cumbre Vieja, en la isla de La Palma, en Canarias y la reactivación de otros históricos volcanes europeos, como el Etna, en Sicilia, nos han hecho a muchos recordar lo que aprendimos en nuestros años escolares sobre el funcionamiento de estas montañas que demuestran la intensa vitalidad magmática que subyace a la corteza terrestre y que, a veces, resulta inimaginable. Como recordaba no hace mucho el arqueólogo -y antiguo becario del proyecto de Los Bañales de Uncastillo- Rubén Montoya en un sensacional artículo publicado en La Vanguardia, esos acontecimientos nos han evocado, a los amantes de la Antigüedad, la más célebre e impresionante de las erupciones volcánicas de todos los tiempos, la del monte Vesubio a finales de octubre -que no de agosto, como demostró hace pocos años un nuevo titulus esgrafiado en una de las pintadas de la ciudad- del año 79 d. C. y que sepultó, entre otras ciudades la de Pompeya que, de hecho, ha ido desfilando recientemente, por sus singulares hallazgos arqueológicos y epigráficos, por Oppida Imperii Romani. Sobre lo que supuso esa erupción para la conversación del legado urbanístico, seguramente, más impactante del mundo romano, ya nos detuvimos hace bastantes años en un viejo post de este blog post celebrativo de la muestra "Pompeya, catástrofe bajo el Vesubio" que obró en la primavera de 2013 en la Fundación Canal de Isabel II, en Madrid. Fue en ese contexto en que, por primera vez, se pudo ver en España el adiovisual "A Day in Pompeii" que, aunque manejando la fecha de agosto, reconstruye íntegramente los fenómenos que acompañaron la erupción y al que vale la pena dedicarle unos minutos.

Como es sabido, se trata de uno de esos acontecimientos extraordinarios del mundo antiguo para los que contamos con dos textos descriptivos escritos por un testigo del mismo y que, además, son contrastables con otros testimonios que, cuando sea oportuno, se traerán aquí a colación. Nos referimos a las dos cartas -las cartas 16 y 20- que Plinio el Joven compuso para narrar, en el libro sexto de sus Epistulae la muerte de su tío, Plinio el Viejo, y las peripecias vividas por él mismo y su madre en el día de la erupción. Respecto de estas cartas -que, de hecho, destilan ciertos ecos virgilianos que las convierten en épicas, como se ha puesto de relieve recientemente- pese a que fueron enviadas al historiador Tácito, el propio Plinio afirmó que, sus "detalles" (haec) "serían indignos de figurar en un relato histórico" (nequaquam historia digna uidebuntur) (20, 20) pues, como afirmaba en el cierre de la primera de las dos (16, 22) aliud est epistulam aliud historiam scribere, "una cosa es escribir una carta y otra un relato histórico" añadiendo que el relato histórico implica omnibus scribere, "escribir para todos" (la traducción de ambos textos empleada en este blog procede de González, J. (trad.), Plinio el Joven. Cartas, Gredos, Madrid, 2005, pp. 305-310 y 313-317 respectivamente). 

Aunque las cartas fueron escritas, principalmente, para, como se ha dicho, explicar Plinio el Joven la muerte de su tío -aparentemente asfixiado por los gases de la erupción aunque más verosímilmente debió sufrir un infarto mientras se acercaba al fenómeno desde Misenum, a unos 20 kilómetros del Vesubio, donde mandaba la flota imperial (sobre esta cuestión véase DUNN, D., Bajo la sombra del Vesubio: vida de Plinio, Madrid, 2021 -con interesante reseña aquí- y SERBAT, G. (trad.), Plinio el Viejo. Historia Natural. Libros I-II, Gredos, Madrid, 1995, pp. 22-35, con síntesis del status quaestionis en MALLISARD, A., en Mélanges Pierre Lévêque, París, 1990, pp. 227-243 y en RETIEF, F. P., y CILLIERS, Acta Theologica, 26-2, 2010)- lo que nos interesa es que en ellas, se alude a la erupción del Vesubio como "una catástrofe que ha destruido las tierras más hermosas (pulcherrima clade terrarum), al mismo tiempo que pueblos y ciudades (ut populi ut urbes)" (16, 2) -no en vano se califica a la zona como amoena ora, "costa hermosísima" (16, 9) y lo cierto es que aun hoy lo sigue siendo- un acontecimiento del que, en el mismo pasaje se dice fue "un suceso tan tan memorable" (memorabili casu) y que, por tratarse de "un fenómeno importante" (magnum) pareció a Plinio el Viejo, tío del autor de estas cartas, "que merecía ser contemplado desde más cerca" (propiusque noscendum) (16, 7) al tiempo que a Plinio el Joven, citando un verso de la Eneida, le habría llevado a escribir sobre esos recuerdos pese a que ello le resultase horroroso (animus meminisse horret: 20, 1) (obviamente, la bibliografía sobre estos dos relatos del joven Plinio es amplísima y sigue multiplicándose, nos limitamos a enlazar los resultados de una búsqueda somera en Google Académico para quien desee saber más sobre la cuestión).

Como se desprende de la segunda de las dos cartas, un tremor terrae per multos dies, es decir "un temblor de tierra de varios días" (20, 3) debió ser el primer indicio de que se avecinaba actividad volcánica en torno al Vesubio si bien, como el propio Plinio relataba, este tipo de temblores eran frecuentes en Campania pese a que aquél fue extraordinariamente formidolosus, es decir "violento", algo que subraya también otro testimonio bien documentado de la erupción (Cass. Dio 66, 22, 1). La documentación epigráfica, de hecho, ha dejado constancia de la existencia casi endémica de ese tipo de temblores -recordados también por las fuentes literarias (Suet. Nero 20, 2 y Tac. Ann. 15, 22 donde se le califica de celeber terrae motus)- y, no en vano, en el reinado de Nerón y en el de Vespasiano se erigieron en Pompeya inscripciones (AE 1899, 177) alusivas al mismo o se restauraron edificios como la aedes Isidis, el templo de Isis, de la que se dice fue terrae motu conlapsam (CIL X, 846) (el asunto, con evidencias también en otras inscripciones de otras ciudades campanas como Neapolis o Nuceria fue estudiado en LIVADIE, C. A. (ed.), Tremblements de terre, éruptions volcaniques et vie des hommes dans la Campanie antique, Nápoles-Roma-Bonn, 1986 y nosotros volvemos sobre él en un libro de próxima aparición sobre la construcción pública en época flavia en las ciudades del Mediterráneo y del que ya dimos avance hace algunos meses en este mismo espacio).

El primer paso de la erupción, según cuenta con detalle la primera carta -y hemos de pensar que fue al comienzo del día pues eso permite intuir el modo cómo ésta comienza-, fue la aparición "de una nube extraña por su aspecto y tamaño" (nubem inusitata et  magnitudine et specie) (16, 4) de la que se dice que surgía "mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol" (16, 5) lo que ya el propio Plinio interpretó como manifestación de "la primera erupción". Se trata de una nube que, además, se describía como de un color "manchado a causa de la tierra o cenizas (terram cineremue) que transportaba" (16, 6). Ya esa nube, según cuenta Plinio, aterrorizó a algunos vecinos como a Rectina, esposa de Tascio "aterrorizada por el peligro (inminente periculo exterrita) que la amenazaba pues su villa estaba al pie de la montaña y no tenía ninguna escapatoria, excepto por mar" (16, 8) pero, también a otros que, según se relata, "huyen despavoridos" en ese primer momento.

Avanzadas las horas, la carta de Plinio especifica que tras esa primera nube "ya las cenizas caían sobre los navíos, más compactas y ardientes (cinis calidior et densior) (...) incluso ya caían piedra pómez (pumices) y rocas ennegrecidas, quemadas y rotas por el fuego (nigrique et ambusti et fracti igne lapides)" (16, 11) tormenta ésta que, parece, generó el abandono de muchas viviendas (desertae uillae) que ardían solitarias (per solitudinem ardere) al haber sido alcanzadas por las "fuentes de fuego" (pyrós pegás) a las que alude otro fiable relato de la erupción, en este caso a cargo de Casio Dión (Cass. Dio 66, 22, 1) como paso previo a la caída de gran cantidad de cenizas (téphran) y piedras ardientes (Cass. Dio 66, 22. 4). Más de un millar de viviendas han sufrido de este modo en estos días por culpa del Cumbre Vieja. A tenor de lo que se explica en la carta sobre la experiencia de Plinio el Viejo, la propia finca de éste, en la noche, estaba ya "repleta de cenizas y piedra pómez de tal manera había subido el nivel que, si [Plinio] hubiese permanecido más tiempo en el dormitorio, ya no habría podido salir" (16, 13). Dión Casio, de hecho, alude a la cobertura de Pompeya y de Herculano por la constante caída de cenizas (Cass. Dio 66, 23, 3) que, según este último autor, parece llegaron incluso a África, Siria, Egipto o Roma (Cass. Dio 66, 23, 4). El fenómeno debió ser tan notable que, como precisa Plinio el Joven, prácticamente, la bahía quedó sumida en una "noche más densa y negra (nigrior densiorque) que todas las noches que haya habido nunca" (16, 17) (de idéntica forma se describe este fenómeno en Cass. Dio 66, 23, 1) algo extraordinariamente bien recreado en el time-lapse "A Day in Pompeii" que enlazábamos más arriba al comienzo de este post.

Se explica, también, cómo, en las zonas más alejadas -como Stabia, "al otro lado de la bahía" (sinu medio)- el peligro se fue acercando de forma progresiva pese a que la zona quedase aislada de las primeras explosiones (16, 12) justo en un momento en que la epístola pliniana alude a "enormes incendios y altísimas columnas de fuego" (latissimae flammae altaque incendia e Vesuvio monte), "en las laderas del Vesubio" (16, 13) ya en la noche del primer día del evento. El primer efecto de la proximidad de ese fuego fue, como se describe con pormenor, el intenso olor a azufre y el cierre de la laringe de los personajes afectados -y en particular de Plinio el Viejo- debido a la "densa humareda" (innitens seruolis) (16, 19) en un fenómeno que se ha atestiguado, también, estos tristes días en la isla de La Palma, como ha recogido la prensa nacional que, casi, narra y retransmite, también por YouTube, la erupción en directo.

La segunda de las dos cartas sobre las que versa este post es la que detalla otros resultados, más postreros, de la erupción al narrar cómo la vivió el autor, Plinio el Joven, con su madre. Así, en Miseno, por tanto lejos del epicentro de la erupción, "el mar se retiraba sobre sí mismo (mare in se resorberi) y se replegaba como empujado por los temblores de la tierra" (20, 9) -algo que se ha discutido si sucederá también en La Palma, en fechas próximas en respuesta a la acumulación de lava en el entorno marino- y, en el mismo pasaje, se habla de "una nube negra y espantosa (nubes atra et horrenda), desgarrada por ardientes vapores que se retorcían centelleantes [y que] se abría en largas lenguas de fuego". La detallada descripción que se hace de la reacción de la población en ese contexto resulta absolutamente espeluznante. Así, se dice "podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres; unos llamaban a gritos a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus mujeres, intentando reconocerlos por sus voces; éstos se lamentaban de su destino, aquéllos del de sus parientes; hacía incluso algunos que por temor a la muerte pedían la muerte; muchos rogaban la ayuda de los dioses, otros más numerosos creían que ya no había dioses en ninguna parte y que esta noche sería eterna y la última del universo. Y no faltaban quienes, con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros reales" (20, 14 y 15).

También resulta sugerente, y esperado para quienes viven de cerca la tragedia del volcán de La Palma, el modo cómo Plinio el Joven, en la segunda de sus misivas, relata el final del fenómeno: "aquella oscuridad se desvaneció y se dispersó a la manera de humo o de una nube", "el sol también brilló, amarillento, sin embargo, como suele brillar en los eclipses" y todo en medio de "una profunda capa de ceniza como si se tratase de nieve" (20, 18). Ya que hasta ahora muchos de los fenómenos descritos por las cartas plinianas, se han repetido en la erupción estromboliana del volcán de Cumbre Vieja, por más que, efectivamente, ese tipo de erupción sea diferente del de la, precisamente, denominada pliniana o vesubiana que, aparentemente mucho más destructiva por la fuerza de sus explosiones y la extensión alcanzada por su flujo piroclástico, tan bien conocemos por estos dos documentos históricos de primer nivel confiemos en que pronto pueda procederse, como nos cuenta Suetonio que hizo, en el reinado de Tito, una comisión senatorial de curatores, -con él al frente según Casio Dión (Cass. Dio 66, 24, 1) a la restitutio afflictarum ciuitatum, a la "recuperación de las ciudades dañadas" (Suet. Tit. 8, 10) y, por tanto, al final de esta catástrofe que nos ha permitido evocar con horror -como al propio Plinio el Joven- uno de los más fascinantes episodios de la Historia de Roma. 

MARCVS VENERIVS SECVNDIO

 


[Fotografías, de Turismo Italia News, y de ABC, de las inscripciones descubiertas en una de las necrópolis de Pompeya el pasado 17 de agosto]

Oppida Imperii Romani abría este año de 2021 con la hermosa noticia del descubrimiento, en Pompeya, de un nuevo espacio comercial, un thermopolium, una "casa de comidas" que incorporaba, además, singulares y jocosos tituli scariphati, divertidos grafitos que centraron nuestra atención en esa entrada de hace algunos meses. El thermopolium que se hizo viral en la pasada Navidad es ya hoy visitable como, en estos últimos días, han mostrado orgullosos, los responsables del Parco Archeologico de Pompeii (ver esta hermosa entrevista a su director, Gabriel Zuchtriegel, publicada en La Vanguardia hace apenas unos meses) y como han recordado, también, de su mano, los medios de comunicación de todo el mundo tal es el impacto que cualquier trabajo que se desarrolla en la colonia ubicada a orillas del Vesubio genera.

Casi como sucedió entonces, ahora, cuando el verano va tocando a su fin, los propios responsables del yacimiento arqueológico de la Campania italiana difunden a través de su página web la noticia del sensacional descubrimiento, y excavación, de una hermosa tumba en la Porta Sarno de la colonia que, en apenas unos días, ha hecho absolutamente viral el nombre de su comitente y, a la vez, propietario y difunto, Marcus Venerius Secundio, nombre que, sin embargo, estaba ya atestiguado en las tablillas del ilustre banquero pompeyano L. Caecilius Icundus (CIL, IV, 3340, 139), un sensacional repertorio de tablillas de madera con alusión a préstamos bancarios prácticamente único en el mundo romano y en el que libertos como éste tienen excepcional protagonismo y demuestran su capacidad de acceso a las grandes fortunas locales (sobre éstas, sobre el personaje y sobre el parecido repertorio de las Tabulae Pompeianae Sulpiciorum, con breve explicación, véase también, además de la monografía de Jacques Andreau arriba enlazada el espacio que les dedica el archivo Trimegistos). Con una excelente gestión de la comunicación que, en un ejemplar ejercicio de Arqueología Pública, incluye un vídeo explicativo del hallazgo por parte del propio Dr. Zuchtriegel, la noticia de este nuevo hallazgo ha saltado a los medios de todo el mundo -y, de ellos, a las redes sociales a través, fundamentalmente, de la utilísima página de Fasti Online- y ha tenido, también, como es lógico, una singular cobertura en nuestro país, máxime cuando ha sido el equipo del Dr. Llorenç Allapont, del Departamento de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua de la Universitat de Valencia, el que ha liderado las investigaciones en dicho lugar. Así -y por citar sólo los de tirada nacional- tanto El País, como El Español, como La Vanguardia, como ABC -con sensacional repertorio gráfico, aunque no mejor que el de la sección de cultura del digital italiano Ansa- como la Agencia Efe -con extraordinario vídeo- así como algunos digitales, como 20 Minutos o páginas ávidas en recoger noticias sobre Antigüedad, como Terrae Antiquae, han dedicado atención al hallazgo contribuyendo a sacar del olvido a este Venerius Secundio que -en apenas unos días- ofrece ya, a quien quiera curiosear, un buen elenco de resultados en Google, resultados que rozan, de hecho, las 5.000 entradas y, también, ponen sobre la palestra a la mujer Nouia Amabilis -acaso su esposa- citada en una hermosa estela de mármol localizada en el acotado funerario y que amplía el elenco de las Nouiae citadas como libertas en la epigrafía pompeyana una vez que nos constaba ya una Nouia Amoena (AE, 1990, 178a) manumitidas por los Nouii, de cierta presencia, también, en el repertorio epigráfico local (AE, 1990, 178c o AE, 1984, 215) y, en algunos casos, además, en tituli sepulchrales -como los dos primeros citados- que siguen el patrón del de la pequeña estela que ha documentado ahora a Nouia Amabilis, de la que puede verse una foto en el encabezamiento de este post.

Al margen de las consideraciones paleoantropológicas y arqueológicas que, sobre el enterramiento, su tipología, la momificación del cadáver -en un contexto de predominio de la incineración- y el extraordinario estado de conservación del mismo, se puedan hacer -y en las que no nos detendremos aquí dejando que sea el lector de este blog quien recupere la información al respecto en el material que ofrecemos vinculado más arriba- y como ya sucediera con otro singular hallazgo epigráfico del pasado invierno -sobre el que también nos detuvimos aquí- ha sido el titulus sepulchralis conservado en una placa de mármol colocada sobre la entrada de la tumba el que, realmente,  ha devuelto a la vida a Venerius Secundio lo que vuelve a demostrar el sensacional poder de las fuentes epigráficas para el conocimiento de la Antigüedad, poder que hemos subrayado siempre en la sección Epigraphica de este espacio y sobre el que reflexionamos monográficamente, de hecho, en la entrada loquuntur saxa, celebrativa de un reciente hallazgo epigráfico hispano, hace algunos meses. En apenas cinco líneas en una letra actuaria cuidadísima, la nueva inscripción pompeyana desgrana lo esencial del personaje, su nombre, sus cargos y lo que hizo por la ciudad, la razón por la que quería ser recordado por sus convecinos pompeyanos y que, seguramente, él eligió individualmente como motivo central de esta suerte de elogium fúnebre que era, y sigue siendo, cualquier epitafio (ver, al respecto de su peculiar gramática, los ejemplos de tituli sepulchrales recogidos en nuestro Canal de vídeos en YouTube y cómo glosamos ésta en una entrada anterior). Así, gracias a este nuevo titulus, a esta nueva inscripción, sabemos que M(arcus) Venerius Secundio era lib(ertus) coloniae, es decir, liberto público propiedad de la colonia de Pompeya -había sido, por tanto, esclavo, con el nombre Secundius o Secundus y habría recibido la libertad de manos de la propia comunidad (ver el procedimiento en Gerión, 36-2, 2018, con bibliografía que también puede verse en Revista de Historiografía, 28, 2018) acaso prestando sus servicios en el propio templo de Venus, lo que podría explicar el gentilicio de su manumisión, Venerius- y, ya siendo liberto, habría desempeñado dos cargos religiosos tradicionalmente reservados a los individuos de extracción servil, aedituus Veneris -es decir, ayudante del templo de Venus, del que existe evidencia arqueológica en la colonia, divinidad que aparece citada en algunos candidatorum programmata como Venus Pomp(eiana) (ILLRP, 1140) y para cuyo culto conocemos, también, a una sacerdos (ILS, 6371)- y Augustalis, miembro, por tanto, del colegio de sacerdotes responsables de la promoción del culto al emperador en la ciudad, colegio del que se consideraba, además, un simple minister -min(ister) eorum, dice la inscripción-, un simple sirviente. Tras la enumeración de tan digno cursus honorum, de tan digno historial, la inscripción termina con el que, acaso, ha sido el asunto más comentado por las noticias que se han publicado en relación a este hallazgo, el hecho de que Venerius Secundio hubiese ofrecido a la ciudad (dedit) por espacio de cuatro días (quadriduo) y en solitario (hic solus) ludi Graeci et Latini, es decir, espectáculos de diverso tipo y de gran cobertura étnica o lingüística, si es que así puede expresarse. 

De las referencias epigráficas que describen los cargos de este personaje acaso resultan singulares su condición de aedituus Veneris -algo así como "sacristán de Venus" (para esta traducción ver aquí y en la voz correspondiente de la versión en red del Oxford Classical Dictionary)- que, acaso, debería desdoblarse mejor como aedituus (aedis) Veneris pues en las inscripciones del Occidente Romano dicho término va casi siempre seguido de la alusión al templum (aeditus templi eiusdem en CIL, XIII, 7282 de Mogontiacum) o al aedes (aedituus aedis Romae et Augustorum en CIL, XIV, 73 de Ostia) en que se prestaba un servicio que, a juzgar por la documentación epigráfica disponible podría incluir desde tareas de escriba (CIL, X, 1958 de Puteoli) hasta cualquiera derivada del mantenimiento material del templo en que se prestaba el servicio y de su culto. Es, precisamente, a ello, a lo que apunta la etimología del propio término aedituus, aedis + tueor, "cuidador del templo" y lo que se infiere de expresiones como aedituus de aede Iouis, de una inscripción de Roma (CIL, VI, 8708) donde se incide claramente en el edificio "sobre el que" se prestaba ese servicio. La que, sin embargo, debió reportarle mayor popularidad 

Como hemos anotado anteriormente, el término minister, aunque es más propio de la epigrafía cristiana, sí aparece, como en este caso, asociado a contextos vinculados a la Augustalidad como en Carales (ILSard, 1, 49) donde un sacerdote de este colegio se proclama a sí mismo como minister. El contexto -y otras alusiones al término en las fuentes, que fueron, en su día, recopiladas en el Latin Dictionary de CH. T. LEWIS y CH. SHORT- permiten pensar en que Venerius Senecio quiso subrayar que su rango en el colegio de la Augustalidad de Pompeya no era destacado y que estaba subordinado a quienes, como magistri, lo dirigían. Como es sabido -y ha sido un tema recurrente en la bibliografía especializada desde el sensacional trabajo de DUTHOY, R., "Les *Augustales", Aufstieg und Niedergang der Römischen Welt, 16/2, Berlín, 1978, pp. 1254-1315- el prestigio de los Augustales (existe un título reciente sobre ellos en el ámbito campano, con alusión específica a su labor en Pompeya: CORAZZA, G., Gli Augustales della Campania Romana, Nápoles, 2016 además de un sensacional libro reciente, en castellano, el de BAÑÓN, A., Los seviros augustales en Hispania y las Galias: una aproximación a la movilidad social en el Imperio Romano, Logroño, 2020 donde se explican las claves de este singular colegio sacerdotal de época imperial) fue extraordinario una vez que -como recuerda la voz correspondiente en el Oxford Classical Dictionary- su papel como dinamizadores del culto imperial y su compromiso con cuántos actos de munificencia pública pudieran cumplir con dicho objetivo (con reservas puede verse un viejo artículo nuestro en Vipasca, 7, 1998, sobre la cuestión) les otorgaba una extraordinaria visibilidad cívica. 

Aunque, en los medios, se ha subrayado la originalidad de la expresión final del epígrafe, en que se habla de la celebración, por cuatro días, de ludi Graeci et Latini costeados por este nuevo evergeta pompeyano esto no es tan infrecuente en la epigrafía de ámbito itálico estando atestiguada, también, la evergesía de una serie de libertos de Caere (Cerveteri), en ese sentido en época tiberiana (CIL, XI, 3613) y algunas disposiciones al respecto de los ludi Saeculares del 17 d. C., recogidas en una lápida del Museo Nazionale Romano, en Roma (ILS, 5050). El sentido de estas expresiones -inequívocamente referidas a espectáculos teatrales (DUPONT, F., "Theatre", en The Oxford Handbook on Roman Studies/Oxford Handbooks Online, 2012, s. p. o el clásico trabajo de MELCHOR, E., y RODRÍGUEZ NEILA, J. F., "Sociedad, espectáculos y evergetismo en Hispania Romana", en NOGALES, T. (ed.), Ludi Romani. Espectáculos en Hispania Romana, Mérida, 2002, pp. 135-156) no está del todo claro y no necesariamente deban referirse a representaciones teatrales bilingües (como afirma Suetonio en la expresión omnium linguarum histriones, de Iul. 39, 1 y Aug. 43, 1 y también Cicerón, según analizan recientemente PAILLARD, E., y MONTEVENTI, V., "Les ludi Graeci chez Cicerón", Hermes, 150, 2022, en prensa) o a representaciones de obras propias de la escena griega, en el caso de los primeros, o de la escena romana, en el de los segundos (SANDYS, J. E. (ed.), A Companion to Latin Studies, Cambridge, 1921, nºs 791 y 792, pp. 507 y 508) sino a la alternancia de competiciones gimnásticas -los ludi Graeci- y de espectáculos dramáticos teatrales -los Latini- como se ha apuntado, con todas las fuentes literarias disponibles al respecto, recientemente (MANUWALD, G., Roman Republican Theatre, Londres, 2011, p. 21, nota 28) algo que no debió ser infrecuente en Roma en los primeros años del Principado Romano en los que habría que datar este nuevo monumento epigráfico que vuelve a demostrar cómo, en la antigua Roma, y en este caso en la colonia Pompeiana, la Historia -también la pequeña historia de los "anónimos" habitantes del Imperio- se sigue escribiendo en piedra. 

NICIA CINAEDE CACATOR

 

[Representación de un perro decorando el mostrador de un thermopolium descubierto en Pompeya en diciembre de 2020 con texto jocoso en grafito, marcado en rojo y con su ductus reproducido, grosso modo, en el encarte superior. El montaje es del recreador 3D Pablo Serrano Basterra. Más fotografías del hallazgo, a buena resolución y tamaño, aquí]

En un blog como Oppida Imperii Romani, centrado en cuestiones relativas a la vida urbana en época romana, la antigua Pompeia tiene, lógicamente, una presencia generosa aunque, seguramente, todavía insuficiente. No hace mucho, de hecho, en el contexto del confinamiento impuesto por la pandemia del Covid-19, recogíamos los mensajes sapienciales y morales de algunos de los tituli scariphati, de los grafitos urbanos atestiguados en las paredes de muchos de los edificios de la colonia; poco después volvimos sobre la ciudad, en tanto que verdadero escenario del hábito epigráfico romano, reseñando el último libro, ambientado en ella, del siempre insuperable y recomendable Fernando Lillo; y, en fin, hace algún tiempo, también recogimos una buena colección de recursos bibliográficos y de todo tipo sobre la ciudad con motivo de una hermosa exposición sobre ella en el madrileño Centro de Arte Canal que, quizás, algunos lectores de Oppida Imperii Romani recordarán. Seguramente, muchos de los lectores de este blog se habrán tropezado con abundantes alusiones a la "literatura de la calle" pompeyana (pp. 284, 285 o 321) en el imprescindible y aclamado libro El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo (Siruela, Madrid, 2020), de la reciente premio nacional de ensayo, la zaragozana Irene Vallejo. 

Casi cuando se estaban publicando las clásicas recopilaciones de los más excitantes descubrimientos arqueológicos del año, 2020 ha terminado con un nuevo y sobrecogedor hallazgo en las excavaciones de la regio V de Pompeya, que, en apenas unos días, y gracias a la excelente labor de difusión en la web social de la página de Facebook Pompeii - Parco Archeologico que aportaba un documentadísimo vídeo sobre el hallazgo -otro también útil puede verse en las noticias publicadas al efecto por Antena 3 Noticias o por Telecinco, en España- se ha convertido en viral y aun, transcurridos unos días, se sigue compartiendo profusamente en redes. Se trata del descubrimiento y excavación de un hermoso thermopolium -palabra que, sorprendentemente, se ha popularizado y convertido en los últimos días en verdadero trending topic en redes sociales- que, aunque, lógicamente, no es el único conocido en la ciudad, sí presenta un estado de conservación absolutamente extraordinario, especialmente en lo que respecta a las pinturas murales que decorarían el frente de su tabella, de su "mostrador". Basta hacerse una idea de la magnitud del descubrimiento a través de la consulta de las noticias ilustradas publicadas por medios internacionales, como The Telegraph o CNN, o por un amplio elenco de medios nacionales como El País, ABC o El Mundo -entre otros- medio éste último que traducía con acierto el término latino thermopolium como "fast-food callejero" lo que ha inspirado, de hecho, no pocos simpáticos memes que el lector sabrá encontrar en las redes sociales... El establecimiento comercial recuperado ha cobrado vida en un documental que estrenará en breve la Rai italiana y que circula ya, en un breve y muy recomendable tráiler, en las aludidas redes sociales. 

Precisamente, el primer mérito de la noticia, al margen del interés intrínseco de tan importante hallazgo arqueológico, ha sido el de poner al cabo de la calle la importancia de los thermopolia en el mundo romano y convertir el término, hasta ahora casi de especialistas, en casi un término periodístico. El Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines, el popular Daremberg-Saglio -tantas veces traído a este blog como herramienta inexcusable para amantes del mundo clásico, pese a haber sido editada entre finales del siglo XIX y comienzos del XX (ver aquí)- define el thermopolium (pp. 218-219 de su volumen 5) como "una suerte particular de establecimientos de restauración en el que se servían comidas calientes" semejantes, por tanto, a las múltiples tavola calda que no es infrecuente encontrar, todavía, en las calles de tantas ciudades italianas y, en particular, en Roma. En esa línea lo define también el diccionario latino Lewis-Short, que insiste en su condición de "taberna para la venta de guisos y tapas". En ellas, como seguramente confirmarán los análisis que van a hacerse a los restos orgánicos hallados en las dolia y recipientes del nuevo establecimiento descubierto en Pompeya en estos últimos días, se ofrecían al viandante aceitunas, productos en salmuera o en aceite, legumbres y toda una serie de platos preparados englobados en el término latino calda, seguramente una suerte de sopas con hierbas y productos aromáticos de distinto género (pp. 820-821 del volumen 1,2 del Daremberg-Saglio) indicados para ser bebidos más que para ser comidos, no en vano el comediógrafo Plauto alude a los bibentes in thermopolio (Curculio 2, 3) y ridiculiza la salsa y la potio, ambas calificadas de frigidae, de un establecimiento de dicho perfil (Rudens 2, 6).

Pero, además, si bien los aspectos estructurales y decorativos del hallazgo monopolizaron gran parte del enfoque de las noticias sobre el descubrimiento, algunos medios hicieron notar la atestiguación, sobre el hermoso dibujo de un perro que decoraba uno de los flancos del mostrador del local, de una inscripción latina, grabada con un grafito, con el texto Nicia cinaede cacator, algo así como "Nicia, maricón, cagón" presentándola, incluso, algunas noticias -bien en el interior del texto de la pieza informativa, como en El Correo, bien en el titular, como la citada noticia de The Telegraph- como un insulto de carácter homófobo lo que, seguramente, es forzar ya mucho las cosas una vez que en la antigua Roma no había un juicio jocoso sobre la homosexualidad pero sí sobre el hecho de que un hombre libre se dejase penetrar sexualmente por otro. La posición del texto esgrafiado es también interesante pues estaría ocupando la frons tabernae, el "frente de la tienda", en atinada expresión del poeta latino Catulo que alude, precisamente, al hábito romano de dibujar falos y elementos obscenos en tan transitados espacios urbanos (Catull. Carm. 37).

Si se parte de la base de que Nicia sería, acaso, el nombre del tabernarius regente del thermopolium o de uno de sus empleados o, quién sabe, quizás uno de los clientes que lo frecuentaba, el "insulto" consta de dos adjetivos, cinaedus -que aparece en vocativo- y cacator, en idéntico caso. El nombre Nicia aparece ya en otras inscripciones parietarias de la ciudad bien sólo (CIL, IV, 1252) bien con el adjetivo cinaedus (AE, 2000, 303) y, pese a ser aquí un nombre masculino -al que le convienen, por tanto, los adjetivos en dicho género que le acompañan en el titulus scariphatus que nos ocupa- está también atestiguado como nombre de liberta, por tanto femenino, en otra conocida inscripción de la colonia (AE, 1990, 181). Cinaedus es un adjetivo latino que el diccionario de Ch. T. Lewis traduce como "alguien que practica lujuria contra natura", que el Wiktionary describe como "un compañero sexual, varón, pasivo" y que, por tanto, como concluye el Oxford Latin Dictionary, suele traducirse por "afeminado" o "marica", como se dice vulgarmente en castellano. Su origen, como nos recuerda el Daremberg-Saglio (p. 1172 de su volumen 1,2) está en los danzantes griegos que practicaban el mimo y que, llamados kínaidoi, eran considerados los más afeminados de los artistas de la escena griega. Probablemente, el término latino trataba de dar forma al movimiento sexual de un acto homosexual -que en algo recordaría al de los mimos griegos antes citados-, como ha recordado con notable acierto, David Martínez Chico en un artículo reciente publicado en el Anuari de Filologia. Antiqua et Mediaevalia, 10, 2020, que recoge muy bien las acepciones del término, sus problemas y algunas de sus atestiguaciones hispanas, una de ellas, probablemente, presente en un grafito sobre cerámica de Los Bañales de Uncastillo (Ficheiro Epigráfico, 152, 2017, nº 609). Por su parte, cacator, es un participio derivado del verbo latino caco, y significa "cagón" o "cagador" (para el significado de estos términos son útiles los hilos abiertos por Néstor F. Marqués en el twitter de Antigua Roma al Día, precisamente en el marco del hallazgo que nos ocupa.

Hasta donde permiten deducir los resultados del motor de búsqueda epigráfico de Clauss-Slaby, ésta sería, además, la primera atestiguación en la epigrafía parietaria pompeyana de la combinación de ambos adjetivos, cinaedus y cacator. Cinaedus sí aparece junto, por ejemplo, a fellator -derivado del verbo fello y traducido por Lewis-Short algo así como "mamón"  (sobre este adjetivo, aunque en femenino, pueden verse las muy recientes reflexiones de Joaquín Gómez-Pantoja y de Jesús Rodríguez Morales en Ficheiro Epigráfico, 198, 2020, nº 728, como el artículo de David Martínez Chico, con abundante bibliografía)- pero nunca junto a cacator que suele aparecer, además, en Pompeya, siempre con carácter genérico (CIL, IV, 3782, 3832, 4586, 6641...) y sin ser aplicado, como adjetivo, a personaje concreto alguno pauta ésta que, por otra parte, es la habitual para este adjetivo en la Epigrafía Romana. La combinación, por tanto, añade, para los amantes de la Epigrafía Latina, valor a este ya per se sobrecogedor descubrimiento arqueológico algo que, como es lógico, las noticias de prensa no habían acertado a señalar. 

La novedad, por tanto, de este hallazgo no está sólo en la hermosura de los frescos, en el estado de conservación del conjunto o en las numerosas posibilidades que el nuevo thermopolium y los materiales en él recuperados ofrecen para la investigación interdisciplinar a todos los niveles (ver algunas de ellas en este site del Ministero per i Beni e la attività Culturali italiano) sino en que un elemento que puede pasar desapercibido del mismo, el grafito que aquí nos ha ocupado, constituye una primera jocosa atestiguación de dos adjetivos, "marica" y "cagón" que, quizás, están entre los que primero aprendemos en nuestra infancia y que sorprende que no hayan sido, hasta ahora, atestiguados epigráficamente juntos en el Occidente Romano. De nuevo, un hallazgo textual sobre una pared de Pompeya -como ya sucedió, en la propia regio V, de nuevo, con la inscripción con una fecha que ha sugerido retrasar al otoño del año 79 d. C. la erupción del Vesubio y que, por tanto, no se habría producido en agosto de ese año, como hasta ahora se creía- vuelve a poner de relieve el poder de los textos escritos, sean de la naturaleza que sean, a los que tratamos de contextualizar en la creciente etiqueta Epigraphica de este blog.